viernes, 8 de marzo de 2013

Ella - Mujer


8 de marzo - Día Internacional de la Mujer

Hoy, este espacio se convierte en mi homenaje especial a ella, a quien dibuja con su belleza cada amanecer compartido desde hace mucho tiempo.
A quien desde su femenina convicción crece, protege, brilla, acompaña, lidera, sufre, conmueve, entrega, lucha y encanta.
A la que ha llenado mi vida de color, de alegría, de tolerancia, de dedicación y de sueños comunes.
A la que me enseñó a comprender, procesar y disfrutar de los sabores, los aromas, las texturas y los colores de cada alimento y bebida que llega a nuestra mesa.
A quien me demostró su amor en silencio, lista para colaborar cuando mi vida se puso complicada, poniendo sólo las palabras necesarias en el momento adecuado.
A quien por propia voluntad se hizo mi socia en la crianza de mis hijos, que no son suyos, trabajando codo a codo para sostener y educar la familia que intentamos ensamblar, no sin dificultades y dolor.
A ella que me maravilló desde la primera vez por su belleza, simpleza, sofisticación y elegancia natural.
A la mujer valiente que luchó y lucha contra desafíos que su salud le impone, siempre saliendo adelante con una sonrisa y una energía vital que me traspasa
A quien me ayudó a reconstruir mi vida, ladrillo a ladrillo, cuando al conocerme sólo encontró ruinas
A quien me puso alas y me llevó por el mundo que ansiaba conocer
A quien me impulsa y estimula a cumplir mi sueño de escritor
Y tengo una infinidad de relatos, temas y virtudes para remarcar y tengo además una valija llena de recuerdos dulces, divertidos y de los otros.
Pero el homenaje es a esa mujer especial, que abrió mi alma y mi corazón cuando todo estaba perdido, que calla cuando no quiere pelear, que ríe compasivamente cuando hago un chiste tonto, que ordena mi fabuloso desorden, que me tolera en mi inconsciencia soñadora y volátil.
Es quien diseñó a mi lado la arquitectura de la vida que queremos de aquí en más.
Es con quien aprendimos juntos a prescindir cada vez más de las pertenencias materiales
Es quien acepta a mis amigos, amigas y familia (¡no es fácil!) y comparte los suyos conmigo.
Es ella con quien tenemos un pacto de amor sin condiciones, ni papeles, ni fecha de vencimiento, sólo estamos uno junto al otro porque así lo queremos, cada día, desde hace más de 10 años.
Es ella quien me falta poderosamente cuando no está y es quien me completa cuando llega.
Es generosa, comprensiva, delicada, femenina hasta la médula y tiene un carácter calmo pero firme y convencido. Se enoja en serio muy poco, pero les aseguro que no quiero que se enoje.
Es mujer, es distinta a todas y a cada una y es “ellas” todo el tiempo
Es amiga de sus amigas, es rigurosa, organizada y eficiente.
Pero yo la conozco mucho, no del todo por suerte, pero mucho.
Y amo lo que conozco, y amo lo que no conozco de ella. Porque es una caja de sorpresas, porque nunca termina de maravillarme
Porque cada almuerzo o cena juntos es una charla de dos horas. Porque es una interlocutora inteligente, lúcida, combativa y graciosa.
Porque es mi par, cómplice, compañera, mi orgullo, mi bastión y mi refugio.
Porque no es “mía” porque no nos pertenecemos, sino que nos elegimos
Porque me enamora cada vez que la veo pasar a mi lado, en un pasillo de nuestra casa o en la calle, siempre me enamora.
Porque quiero ser lo mismo para ella, porque quiero acompañarla, maravillarla, cuidarla, comprenderla y enamorarla.
Quiero ser su refugio, su condición, su amante, su confidente y su sostén.
Quiero enseñarle, aprender de ella, hacerla reír y darle una bella vida
Quiero seguir junto a ella nuestros sueños, nuestras metas, nuestros deseos.
Quiero esa vida simple y despojada que deseamos ambos intensamente
Quiero…
La quiero a ella, la amo profundamente, bella, deliciosa y única
Este es mi homenaje de amor y gratitud a toda su enorme femineidad.

Ella, la mujer de mi vida.

lunes, 25 de febrero de 2013

El Antiguo


Hace pocos días me sucedió algo que, como muchas otras veces, me hizo pensar en el tema de esta noche y decidí llevarlo a ustedes, queridos lectores amigos.

Pasé a buscar a una queridísima amiga, que hacía mucho tiempo que no veía, por su casa, aprovechando que por su trabajo estaba en Buenos Aires. Fuimos coordinando nuestro encuentro en los días previos usando varios de los métodos de comunicación de los que hoy disponemos: algo de chat del Facebook, algún mensajito vía Whatsapp y creo que hasta un par de SMS.

Unos minutos antes de la hora del encuentro, estando yo en camino, me llegó un mensaje suyo diciéndome que le avisara cuando llegaba, así yo no tenía que bajar a tocar el portero el eléctrico. Me pareció un detalle encantador de su parte, para que yo ni me molestara en bajar, pero inevitable y arrasadoramente surgió en mi interior, como siempre: “El Antiguo”, ese que me hizo bajar del auto, tocar el portero, anunciarme y esperarla parado frente a la puerta, hasta que bajó y la pude saludar, abrirle la puerta para que suba a mi auto y partir a un café a tener la charla que nos debíamos.

Y ya en tema (que no tiene nada que ver con mi amiga, fue sólo un disparador) empecé a recordar la infinidad de veces durante mi vida en que “El Antiguo” que llevo dentro me hizo sentir un bicho extraño pero creo que, afortunadamente, está instalado para siempre.

Aclarando entonces.

Desde mi tierna infancia, recibí de mi padre una formación intuitiva pero muy perseverante referida al modo en que uno debía conducirse socialmente y sobre todo en lo referido al modo de tratar y comportarse con las mujeres, legado que he valorado día a día desde hace muchos años pero que siempre me ubicó en el lugar de “El Antiguo”. Detalles simples pero básicos de comportamiento como por ejemplo: abrir la puerta del auto a una dama al abordarlo y al descender, ayudarla a descender del auto en ese caso, abrirle siempre una puerta de entrada o salida y ceder el paso, cederle el paso al subir una escalera y precederla al bajarla, caminar por la vereda a su lado pero cediéndole siempre el lado interno de la misma, sostener el paraguas, servirle la bebida a las damas que nos acompañan en la mesa siempre, esperarla en la puerta de pie cuando uno pasa a buscarla por algún lugar, preocuparse en saber dónde se ubica el toilette en un espacio público para poder indicarle sin que tenga que dedicarse a averiguarlo, sentarse a la mesa en lo posible una vez que todas las damas de la mesa ya se han sentado, etc.

También me formaron en el concepto de tratar con delicadeza y respeto a la mujer, a las mayores, obviamente y a mis pares, desde mi hermana, pasando por mis amigas, novias o compañeras hasta la enemiga más acérrima. Será por eso también que temas como la violencia de género me sublevan sobremanera.

De diversos modos, fui sumando a lo recibido de mi padre, otras ideas, gestos y costumbres de mi propia cosecha, tratando de hacer de uno mismo, alguien un poco mejor cada vez.

A esta altura, ya varios se han dado cuenta y justificarán lo de “El Antiguo”, muchos dirán que son exageraciones anacrónicas ya en desuso, etc. y hasta incluso he recibido la crítica de alguna feminista extrema quejándose de tal condescendencia. Pero afortunadamente me he mantenido en mis trece y estos gestos se han convertido en algo natural en mí y procuro transmitírselos a mis dos hijos varones, obviamente no sin quejas, pero con resultados.

Lo interesante resulta ser la forma en que las mujeres reaccionan antes estas situaciones de acuerdo a su edad y personalidad. Está claro que cuando yo era un adolescente o en mi tierna juventud, a mis amigas y compañeras les costaba a veces comprender esos gestos pero finalmente terminaban aceptándolos y disfrutando de ellos de buen grado con el uso y la costumbre. 

Es más claro aún que las chicas de estos días de redes sociales y relaciones virtuales en general no comprenden de qué se trata y por supuesto no saben cuál es el movimiento que deben hacer o cómo responder a estas conductas, pero debo decir, que a lo largo de los años, con distintas edades, generaciones y características personales, una vez que reciben esa deferencia y la comprenden, lo agradecen y las halaga. La sensibilidad femenina, de cualquier edad y época, sigue siendo única y receptiva.

Con los años y la madurez, legiones de damas se pliegan a aceptar y valorar estas cosas que en su juventud no le daban importancia, pero que con el tiempo se sienten gratamente consideradas.

Confieso, asumiendo que es un “viejazo”, que me da un poquito de pena ver como los chicos hoy entran a un boliche o a un Mc Donald´s o adonde sea, por delante de las chicas, dejándole caer impiadosamente la puerta de cierre automático a la damita que lo sigue. Pero no cejaré en mi empeño e incluso veo que hoy mis hijos, han asumido estas conductas más naturalmente, sobre todo cuando se trata de mujeres mayores que ellos.

Tanta valoración por estos gestos me llevó incluso, hace muchos años, a averiguar cómo se habían originado estas reglas y conductas, detalles que muchos no conocen. Así aprendí, por ejemplo, que el deber del hombre de caminar del lado de la calle, cuando uno acompaña a una dama en una vereda, proviene de antiguas costumbres urbanas, cuando las calles eran surcadas por carruajes con caballos y no existían las cloacas. El hombre debía proteger a la dama de las salpicaduras que podían provocar los carruajes en calles llenas de barro y charcos, pero sobre todo otorgarle la protección de los balcones a la dama desde los cuales muchas veces se arrojaba al centro de la calle y sin cuidado, el contenido de las bacinillas y “tazas de noche” donde hacían sus necesidades los habitantes de aquellas incipientes aglomeraciones urbanas. Nada más valorado por los hombres de esas épocas, que un buen sombrero, ¿no?

Pocos saben que la conducta en la escalera (ceder el paso a la dama cuando suben e ir por delante de ella al descender) tiene que ver con poder “atajar” y contener una posible caída de la dama, que utilizaba largos y pesados vestidos y tacos que se enredaban con facilidad. Entonces, siempre el hombre un par de escalones debajo, manteniendo el ritmo de la dama que acompañamos.

Pasando a otras conductas sociales de estos tiempos y siendo yo mismo asiduo usuario de los gadgets electrónicos que nos comunican, me parece deleznable que alguien, hombre o mujer, pretenda mantener, discutir, arreglar o terminar una relación de amistad, pareja o familiar, utilizando el e-mail u otra red social alternativa

Estimados colegas de género: No se puede reemplazar el cara a cara, no se pueden decir cosas durísimas, afectuosas, tristes o románticas a través de un e-mail, un sms o un tweet, ¡por favor! Pongamos todo lo que debemos poner y mantengamos la voz en alto y los ojos en nuestro interlocutor. Duela o cueste lo que sea.

Cuando escucho que alguien termina una relación por mail, que pide perdón con un sms o que pretende seducir a través del Twitter siento que estamos traicionando nuestra condición humana. No niego que charlando a través de un chat uno puede saber más de alguien, entenderlo o incluso hasta enamorarse de la forma en que piensa o siente el otro pero reivindiquemos por favor el contacto humano, la mirada en el otro, la piel que se eriza, las lágrimas en los ojos o los labios que tiemblan.

Si, ya sé, sigo siendo “El Antiguo”, pero al menos ahora entienden por qué.

Mantendré mis gestos, costumbres y “antigüedades”, porque me gusta y porque eso me permite andar más satisfecho y liviano por la vida. Me permito sugerirles que le dejemos un poco más de humanidad a cada uno de los que la comparten con nosotros día a día.

Buenas y Pocas Noches, queridos amigos.

miércoles, 2 de enero de 2013

Querido 2013:

Confieso que es la primera vez que le escribo a un año. 

Le he escrito al amor, al dolor, a la mujer, a la amistad, al deseo, al desencuentro, a la enfermedad, al valor, a la tristeza, a la naturaleza y creo que hasta a un árbol. Pero nunca a un año. Ni imaginé escribirle a un año terminado en 13, tan cabalístico y con tal mala prensa que sería mejor ni nombrarlo.

Pero algo pasó, algo hizo clic entre este año y el anterior, o durante el anterior y cerca de este, no sé.

Te hablo de tu antecesor un poco, porque ustedes los años nunca llegan a conocerse unos a otros. Siempre llegan cuando el otro se fue, así, en un segundo.  Te cuento que el 2012 (entre nosotros y en confianza lo podemos llamar “el 12”, ¿no?, gracias) fue un añito raro. Hablando con mucha gente prevaleció en su definición la palabra “raro”. “Bueno” ,“malo”, “de transición”, etc. también aparecieron, pero la que más apareció fue: “raro”

Raro porque las cosas no se definieron, porque el tiempo transcurrió sin resolver nada. Porque tuvo cosas excelentes y muchas definitivamente malas. Porque fue cansador y reiterativo. Violento y malhumorado, pero cada tanto sacaba la cabeza para respirar.  Por todo esto y por algunas cosas más, es que te pido que toleres algunas cosas, algunos pedidos, algún reclamo más o menos airado.

No sos vos, soy yo. Yo necesito que seas un tanto más amable, comprensivo y acogedor que el 12. Necesito que firmemos algún acuerdo de no agresión mutua, que nos dure hasta tu 31 de diciembre.
Necesito que me permitas consolidar ese par de temas que ya sabés y que podamos concretar juntos, ese sueño que vengo hilando con varios de tus antepasados. Porque ustedes pasan, pero nosotros seguimos acá y no está fácil. 

Sería muy oportuno que bajes un poco la intensidad de la violencia (la ruidosa y la silenciosa, ambas) que venimos bancando, porque a veces se hace intolerable. Hablo de la violencia de la calle, la de los gobiernos, la de los poderes ocultos o visibles, la del  tipo que maneja el auto de al lado o que me atiende en un negocio o que decide el destino de los países. Esa, la que aflora en mí cuando la violencia de los demás me indigna (sí, ya sé, de esa me tengo que ocupar yo, quedamos así.)

Estaría muy bien además que haya un tanto de paz y bienestar. No hablamos de opulencia, ni por casualidad, sino de bienestar. Se trata de que haya muchos menos (o ninguno) pibes y adultos que no tienen para comer, que todos puedan comer un poco mejor y educarse algo y saber de qué se trata el tema de laburar. Para que al menos los grandes puedan decirle a los pibes lo que es laburar. Porque eso también es educar, ¿no?

Trataría de ver si de algún modo, en lugar de “raro”, cuando termines podamos decir que fuiste: “tranquilo”, con eso ya mejoramos bastante, te cuento.

Y para ponerme menos social y utópico, estaría bueno que la gente pueda soñar cosas que llegan alguna vez, que sepan que el esfuerzo vale la pena y que criar y educar a nuestros hijos aquí sea para inculcarles el amor por la propia tierra y no para sacarles rápido el pasaporte y pedirles que busquen el mundo afuera, por más que ese mundo tampoco esté en su mejor momento.

Si, ya sé, estoy un poco escéptico. 

Pero te juro que tengo sueños y ganas. No tantos como antes, ni exactamente los que quisiera, pero los tengo. Ya hay muchos que no serán, otros que quizás sucedan y alguno que seguro ocurre.

Y habrá un par de ellos por nacer. Ustedes los años, cuando transcurren muchos, no permiten ya que nuestras células se reproduzcan mucho (salvo las del tejido adiposo) pero no han podido evitar que los sueños, con más o menos fertilidad, aparezcan inevitablemente.

Y ya que estamos en esto de pedirte un par de cosas, necesito que me dejes seguir amando. Del mismo modo pero con más intensidad que el 12. Dame lugar a seguir amando a toda esa gente amada que me hace el camino más fácil, que me siguen dibujando sonrisas nuevas, que estremecen la piel y el alma. Que duelen en su dolor y nos alegran en su alegría.

Si, si, ya sé que no sos Dios, que no hacés milagros y que esto ya parece una plegaria y bla bla bla… pero no… es una simple conversación entre un tipo común y un año que siempre, pero siempre, tiene la oportunidad de ser único y especial en la vida de cada uno de nosotros.
Corrés con ventaja. Tenés 51 semanas y media para hacer todo lo que puedas. Tenés el calendario lleno de hojitas en blanco, una buena parva de feriados y mucha gente expectante.
No sé por qué misteriosa razón, el cambio de año nos provoca esta cosa de balance y renovación. ¿Vos sabés?.  Al fin y al cabo, te inventamos nosotros, te dimos número y entidad, como si fueras “alguien” pero los días siguen transcurriendo sin diferencia sustancial, mas que el clima o las vacaciones que inventamos también nosotros.

Y acá estoy yo, escribiéndole a un “fenómeno cultural” (no te ofendas, lo de “fenómeno” es cariñoso) tratando de que me acomode un poco las estanterías de la vida

Fijate vos, hacé lo que puedas. Yo trataré de hace mi parte.
Que tengas un feliz “vos”

Nos vemos todos los días de acá a diciembre, ponete las pilas!
Claramente, mi querido 13, este es TU año.

N

jueves, 29 de noviembre de 2012

Baby


Ayer me conmovió una noticia que era esperable, pero muy dolorosa y por eso, siempre inesperada. 
Ya no estaba más.
Después de pelearla como todo lo que peleó en su vida, se apagó la luz de Baby, la querida Baby, “nuestra” querida Baby. Y en este “nuestra” me permito sacarle la exclusividad a sus seres queridos, a sus hijos, a su marido, porque ella era de casi todos nosotros.

Hoy sentí que las musas de las letras, realmente estaban de duelo. Porque ella fue poetisa y maestra de letras, por simplificar enormemente sus títulos y sus capacidades, pero eso la define. En su creativa intuición, ella ejerció, enseñó, transmitió y divulgó el amor por las letras. Mi temprana adolescencia de poeta frustrado un día tuvo la suerte de cruzarse con ella, la primera persona adulta a la que me animé a enseñarle mis cuadernos, mis versos, mis dolores escritos con rimas, en cuadernos rayados y a pura birome Bic.

Ella escuchó, leyó y se atrevió a darme alas. Me criticó, me corrigió, me enseñó a ser riguroso con algunas cosas de la escritura y muy libre en otras. Deshizo versos e invirtió oraciones y nunca, pero nunca, desalentó el más mínimo proceso creativo. Me llenó de su genuino amor por este arte, me llenó de genuino cariño personal. Fue mi mentora literaria, sin dudas y ella así lo asumía con alegría.

Su hablar atolondrado y veloz te hacía creer que siempre tenía algo que hacer, pero estaba con vos, conversando, escuchando, mimando las letras. Tuve largas charlas con ella sobre libros, sobre historias, sobre poetas, sobre la vida, sobre la adolescencia que compartí desde el corazón y el alma con Mariana, su hija, mi amada amiga de la vida y con Ricardo, querido amigo y gran maestro de sus artes orientales, su hijo heredero de los genes de libertad que ella portaba en su ADN.

Crió a sus hijos desde esa libertad intrínseca de dejarlos ser, de apoyarlos, de la charla permanente, de sentarse a razonar con ellos, cosa no tan habitual en muchos padres de aquellos años. Los dejó elegir, los hizo crecer. Construyeron con su amado y amante Yoyo una familia completa, una visión de la vida conjunta de dos seres tan distintos que impresionaba, pero con un amor mutuo que se firmaba en roca pura. Entre el puro pragmatismo racional de Yoyo y la emoción afectiva y creativa de Baby, siempre corrió un río de amor. Todos nosotros metimos los pies en esas aguas reconfortantes.

Nos abrieron su casa siempre, eramos una banda de adolescentes ruidosos, les copábamos el living, el patio, la pileta, el comedor, su casa de veraneo. Nos bancaron las locuras, los conflictos de cada uno y nos vieron crecer uno a uno, estudiar, crecer más, hacer nuestras familias, tener hijos.
Recuerdo curiosamente que Baby y Yoyo me prestaron su auto para que salgamos entre amigos, antes que me lo prestara mi propio padre. Confiaron siempre en nosotros y respondimos a esa confianza desde nuestra inconsciencia juvenil.

Y pasaron los años y mis letras se guardaron en una caja de cartón durante muchos. Pero la llama seguía encendida y en cada encuentro con Baby, ella la avivaba con estímulos y arengas…

Y alguna vez, gracias a ella también y a las vueltas (o a los revolcones) de la vida, volví a escribir. Y las letras volvieron a mí como todo eso que nunca se va. Aprendí a escribir sobre todo, los dolores y las dichas. Y siempre su guía estaba presente, en mi cabeza sonaban sus consejos.

Ya grande, hace poquitos años, una vez, por esas cosas de la vida y el estímulo de otra querida amiga embebida en letras, escribí un cuento corto y por primera vez presenté algo en un concurso literario. Y el cuentito recibió una Mención de Honor. En medio de la serena alegría que me provocó el premio, sólo atiné a pensar en Baby. Cuando el cuento salió publicado en una edición económica y gratuita, agarré un ejemplar del pequeño libro y munido de una dedicatoria amorosa y agradecida, la fui a ver a Baby.
Ella ya estaba penando sus nanas, pagando sus culpas de tabaco de toda la vida, pero con el espíritu intacto y lúcido.
Se emocionó mucho al recibir el librito, me emocioné con ella y nos dimos un abrazo grande y largo. Y sólo atiné a darle las gracias. Nunca se dejó llevar por las muestras de afecto sensiblero y siguió con un chiste enseguida.
Luego siguió su derrotero y su lucha, acompañada por su gente, por su hija gigante en dedicación y entrega, por su hijo completo en el afecto físico y sensible y por Yoyo en el recorrido de envejecer juntos. Siempre juntos.

La noticia esperable del primer renglón me conmovió, y fui a su casa y vi a sus hijos, a sus bellas nietas, a su amado Yoyo, a sus viejos amigos de toda la vida, también estábamos muchos de los amigos de sus hijos. Abracé con el alma a Mariana, a Ricardo (ambos saben fielmente lo que su madre fue para mí) y a Yoyo que luchará todo lo que pueda contra la falta de su compañera.

Ayer, en su despedida, una persona que colaboró con ella en su casa los últimos tiempos me preguntó:

- “¿Usted es el que una vez hace unos años le trajo un librito con un cuento suyo? 
- “Si, soy yo” le contesté. 
- “Ah! Porque la señora Baby siempre tenía y llevaba juntos el libro de poesías que ella había publicado y el librito que Ud. le trajo, para ella esos dos libros siempre tenían que estar juntos”

Y ahí si, se quebró mi alma, de amor, de respeto, de recuerdos y sobre todo de gratitud.
Esperé a llegar a casa a la noche, tarde. Y mientras todos dormían en casa, pude llorar en silencio y en soledad.

Miento, no fue en soledad, porque mientras las lágrimas finalmente se liberaron, yo iba escribiendo esto y a mi lado, Baby me seguía corrigiendo y dando vuelta las oraciones, como tantas veces.

Nelson

("Baby" era Iris Haydeé Gastón de Fennen, poetisa, escritora, Profesora de Literatura, Maestra de las Letras, madre, esposa y amiga entrañable. Ayer se fue a escribir a otro lado, lejos de aquí. ¡¡Gracias!!)

sábado, 10 de noviembre de 2012

Pequeña Miss Patagonia (dedicado a Nora Espector)

La conocí una fría tarde de julio, en la Patagonia, hace algunos años, luego de una intensa nevada. El sol salió a confirmar quién era el que mandaba y yo estaba en el lobby del pequeño hotel boutique, con otros directivos de la empresa en la cual trabajaba. Varios asuntos laborales se habían concentrado en esa reunión y tres o cuatro personas bebíamos café y algunos minúsculos manjares dulces.

Arrellanados en los sillones frente al fuego, mi posición me permitía ver la entrada del edificio, a unos 20 metros de donde me encontraba. La conversación versaba sobre algunas actividades promocionales que íbamos a desarrollar en esos días. Escuchamos voces en la entrada y movimiento. Me distraje un momento y desvié la vista hacia la puerta. Ella ingresó haciendo ademanes a las personas que estaban con ella. Se detuvo en el front desk, y dio algunas instrucciones. Le avisaron que estábamos allí, dio una mirada rápida hacia donde nos encontrábamos, dijo dos palabras más y caminó hacia nosotros.

Era pequeña, segura, extrovertida y con una sonrisa devastadora. Su aspecto denotaba la formalidad de su cargo, vestía un tailleur oscuro, pero me llamaron la atención sus botas negras: clásicas, elegantes, en punta y con tacos altos y delicados que no condecían con el clima y el suelo de la región. Sus pasos eran rápidos, cortos, sensuales, sonoros y muy femeninos.
Nos presentaron a todos, nos saludó con un apretón de manos firme y un beso en la mejilla a cada uno y se sentó un rato a conversar con nosotros. Era la nueva Gerente del Hotel, quince minutos después, se retiró hacia otras obligaciones. Ese fue nuestro primer encuentro.
Es el que siempre recuerdo, porque fue el momento en que entró a mi vida, para siempre.
Luego se sucedieron viajes, eventos, festejos y actividades diversas. Mis viajes al Sur eran frecuentes por trabajo y trabajar con ella era una fiesta. No había stress posible en cada charla, pese a su poco patagónica hiperactividad, porque hasta en el más complejo problema, su sonrisa nos impedía perder la línea del disfrute. Compartimos amigos en común y gracias a ella conocí personas deliciosas que fueron y siguen siendo importantes en mi vida.
Algunas mesas compartidas, una apuesta graciosa que perdí y me tocó pagar una cena para ambos.
Esa noche me resultó fantástica, me contó su vida, su película de aventura de hijos, países y ex maridos, bebimos uno o dos Merlot de mis favoritos y las pastas artesanales nos cobijaron el alma. Me sedujo de lado a lado, su espontaneidad, su humor, su postura frente a su vida y a sus propios desmanes emocionales, su femenina complicación. Digamos que mi corazón, mi amor y mi deseo estaban ya en ese entonces depositados en otra dama, la misma que por suerte hoy sigue compartiendo mi vida, pero si no hubiera sido por eso, seguramente me hubiera devorado el romance, sin garantía de salir exitoso, obviamente.  Con lo cual, las reglas de juego y de nuestra amistad, quedaron claras. Y en ese juego de iguales nació un cariño enorme, una complicidad graciosa y zafada, nos reímos en eventos sociales y de amigos, trabajamos, bailamos más de una vez y hasta me escuchó cantar un tango que ella recuerda bolero. 
Y hoy, varios años después, recuerda detalles que yo desconozco. Hay guiños y recuerdos confusos, pero todos profundamente vívidos y gratos. Nuestros encuentros a lo largo de los años fueron pocos, realmente, pero la intensidad que siempre tuvieron me ha hecho pensar que fueron muchos más.

En algún momento se fue de aquel trabajo que compartíamos, volvió a su “entorno natural” allá por el Llao Llao, nos seguimos viendo, chateando por Internet, o cruzando por la vida, sabiendo uno del otro por amigos en común. Y en otro momento empezó a disputar una lucha silenciosa, de la cual, de un modo u otro nos fuimos enterando, por ella o por los demás. Los stilettos más femeninos de la Patagonia, seguían pisando fuerte.

Y esa lucha, hoy la sigue disputando, ganando batallas todo el tiempo, aunque pierda algún soldado en ellas, levanta la bandera de su sonrisa y avanza de nuevo hacia el frente. Y me reclama letras y “puesías”, por Facebook, por Twitter, por chat, y yo me derrito en sus pedidos. Y la admiro en su entereza, en su belleza íntegra y femenina y la quiero con toda el alma.

Y aparte de las “puesías”, hoy le quise escribir esta, nuestra historia chiquita y dulce, solamente como un testimonio de todas las nuevas historias y “puesías” que vendrán, siempre que ella quiera seguir iluminando esos rincones literarios de mi vida.
Porque ilumina aunque no quiera, porque ríe con la sonrisa más seductora de todas, porque sus hijos, sus nietos, sus amigos tenemos la suerte de tenerla todo el tiempo pidiendo y dando más. 

Y siempre habrá más poesía para vos, Norita, desde el alma, porque me seguís dando letra…

Y como dice una frase que vi en tu Face: "La gente bella, no surge de la nada"
Con profundo cariño

jueves, 8 de noviembre de 2012

La vio imperfecta


La vio imperfecta, apenas la conoció. No supo más de ella que su nombre y su rango: “es la novia de”.
Mutó, miró, cambiaron miradas, hubo encuentros, sociales, amistosos, grupos, salidas. Transitó su soledad de años viendo como ella le sonreía, o movía su cabello, o lo miraba cariñosamente.
Cierta vez cruzaron la piel de sus manos casualmente, posando para una foto de amigos varios. La perdió un tiempo y la volvió a encontrar. Y la piel se cruzó de nuevo.

Pero había peros, “la novia de” mantenía el rango. Y cada vez le sostenía más la mirada. Sus ojos declararon otra cosa en un ascensor donde sólo cabían dos. Y el perfume de su cuello sonrojado recibió dos besos de sus labios de hombre sólo.

A él le presentaron diez amigas. Dos eran amigas de ella. Ninguna superó el regreso de un viaje de fin de semana. Pero las dos amigas, sin saberlo, le dieron datos, le mostraron ambientes desconocidos. Y el cuello seguía teniendo el perfume de los labios que él ya había dado por perdidos.

Besó cien veces, cien bocas, sin sabor. Todo el resto era imaginado. O ya no. Ella cedió una vez, la comisura de la suya, turbada, excitada, confundida, culpable.
Y ese beso se derramó en la boca de ella, casto, suave, superficial y candente, Y cedió paso a su mejilla. Y acompaño la búsqueda del cuello aquel del perfume, y se perdió en lágrimas.
Y supo que el perfume no era tal, era el sabor de su piel, era el deseo exudado de ella que no se atrevía. Y no se atrevió. Y hubo encuentros, furtivos, cortos, largos, tersos, silenciosos y conversados.

Y el destrozaba su soledad con sueños, con las fotos de ese día, de esos días... de esos tiempos. Imaginó cuentos donde habitaba entre sus piernas interminables, contó centavos de piel robados en una caricia de cocina.

La vida cambió, pegó, dolió, dibujó feo y amaneció lindo. Y la mirada seguía allí. Y la sonrisa madura de ella y su dolor. Y él sin querer erosionar su piel de nuevo, quiso dejarla de lado. Olvidar sus fotos, su perfume, su cuello y la mirada cariñosa. Y no pudo. Y hubo lágrimas a oscuras que ella nunca vio. Y ella jugó su carta más dañina, sin saberlo. Lo dejó que se deslice cuerpo abajo.
Y él amó su piel, su cabello, su pecho, su mirada y su cuello por última vez. Demolió su cuerpo en amor derramado, y comenzó a despedirse de todo.

Y ella nunca lo vio irse, porque no volvió a girar su rostro hacia donde él estaba.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Desasosiego


Mis queridos lectores, disculpen la tardanza, anduve tratando de vivir una vida que no quiero mucho, pero que a veces se me hace necesaria.
Cada ausencia de las letras me confirma más firmemente que este es el lugar donde quiero estar, el mundo en el que quisiera vivir, jugando, creyendo, trabajando, vistiendo y desnudando con las palabras, pero claramente, no lo logro aún.
Eso no quita que hoy esté aquí, remando entre efluvios médicamente narcóticos, pero volviendo a repasar el teclado, no sin proponerme que esta vez será mucho más cercana a próxima, como hago cada vez. Y prometiéndome cumplirla, como cada vez también.
La palabra de hoy es “DESASOSIEGO” y tal como casi cada vez que hablamos, la Real Academia española me da una manito:
Desasosiego: (De desasosegar). 1. m. Falta de sosiego
Y su correspondiente…
Sosiego: (De sosegar). 1. m. Quietud, tranquilidad, serenidad.

Fuera de las condiciones que me llevaron a esta situación, hacía mucho tiempo que no vivía esa sensación de “desasosiego”, es más, creo que la última vez que sentí algo parecido fue hace más de doce años atrás, durante una de las circunstancias más complejas de mi vida.
Pero esta vez la cosa llegó por otro lado, por la parte profesional y laboral. Nunca pensé, confieso, que a esta altura de mi vida me pudiera suceder. Uno ya siente que ha recorrido miles de kilómetros, y que ha tenido experiencias buenas, malas y de las otras, así que se siente inmunizado contra la estupidez y el caos. Pero está ahí, acechando en la actividad laboral más resplandeciente.
Y sin entrar en detalles, paso a paso, día a día, llegó el desasosiego.
Silencioso, progresivo, sin grandes anuncios, un día el desasosiego se asienta en tu alma, en tu mente, en tu cuerpo. Esa “falta de tranquilidad” por definición, se hace cargo de las decisiones que cada día uno toma en el trabajo, en la vida cotidiana, etc.
La desconfianza en uno mismo, el desamor por el trabajo, la sensación de que nada es suficiente, todo se monta en el desasosiego. El insomnio, la pelea por conseguir recursos, las decisiones en sentidos contrarios con diferencia de horas, los egos enfrentados, los que saben todo pero no resuelven nada. Cuando la respuesta a los interrogantes es: “Porque sí”, algo está irremediablemente roto.
Hace un par de días eclosioné en una crisis provocada por estas situaciones y debí optar entre poner el pie en el freno (con todos los riesgos que ello implica) o seguir adelante sin medir las consecuencias para mi propia salud.
Fuerte aprendizaje esta de la vida adulta, donde uno ya creía que no aprendía nada. La imágenes se sucedieron en mi mente, los sentimientos me bombardearon el alma y me di cuenta que no. Que no valía la pena dejar casi la vida en pos de salvar la falsa dignidad o de superar los escollos insalvables que te ponen delante aquellos que solo quieren (valga la redundancia) lo que ellos quieren.
Conozco mis capacidades, mis falencias, mis virtudes y mis defectos, y la deformación profesional hace que uno aprenda a disimular unas y potenciar otras, pero cuando la visión de quienes debe conducir un proyecto de vida, laboral o de investigación se va nublando, el manejo de cualquier cosa: proyecto, empresa,  emprendimiento laboral o vital, es casi imposible
Mis años de profesión me enseñaron que construir un equipo para conseguir un objetivo común es la única manera de obtenerlo. Si por añadidura, tu función es conducir ese equipo, te convertís en el engranaje más plano y más aceitado que debe haber. No existe otro modo. Embarcado en esta verdad de Perogrullo, pero siempre efectiva, puse hace unos meses manos a la obra.
Para simplificar la cosas, puse los objetivos más importantes en fecha y me propuse llegar a ellos de la mejor manera. Hasta ahí, nada especial.
Lo especial sobrevino al verificar que los recursos con los que íbamos a contar, literalmente no existían. Ni humanos, ni materiales. Lo único que sí seguía existiendo eran las demandas de cumplimiento de fechas y objetivos.
Mis estimados e inteligentes lectores me dirán: “Nada nuevo, siempre es así”, pero depende la forma en que cada uno se tome sus responsabilidades, el resultado que se obtiene.
Yo soy de aquellos estúpidos que decide tratar de hacer todo, de todos modos y como sea comprometiendo cada segundo de mi vida en que las cosas resulten según lo planeado. Les confirmo que lo de “estúpido” es un juicio de valor acertado ya que lo que correspondería es hacer todo lo mejor que se pueda, con lo poco que uno dispone y que todo resulte de acuerdo a lo “posible” ya que la responsabilidad deja de recaer en uno.

Pues no, estimados, opté por el otro camino, por el primero, lo que me llevó inevitablemente a la locura y el desasosiego. “Todo no se puede” “que te resbale..” “Hacé hasta donde puedas..” etc. son frases que escuché.

Hasta que colapsé, hasta que el desasosiego se hizo carne, sangre y nervio en mi mente y en mi cuerpo y ya ni una ni otro respondían adecuadamente.
Y dije basta. Y solté. Y busqué ayuda.
Y aquí estoy, tratando de que mi terapia de letras fluyendo funcione, tratando de ocupar el espacio que quiero ocupar, tratando de que mi gente querida me tenga más y lo mejor de mí, no retazos que otros se ocuparon de desgarrar.
Era sólo catarsis esta vez, pero mis pocos y exclusivos lectores saben que cada letra en este Blog  es un peldaño pulido en piedra, que la reconstrucción y el destino abrigan ahí afuera.
Hoy empieza otro camino… uno más y van…  Lo bueno es que nunca sabemos adonde vamos, pero reconforta saber que ustedes acompañan.
Buenas y pocas noches, amigos.

lunes, 6 de agosto de 2012

Extrañándote...

El verbo “extrañar” (Del latín extraneāre) tiene muchas acepciones en el Diccionario de la Real Academia Española, más precisamente ocho acepciones y/o significados pero solamente, o fundamentalmente, de una sola de ellas estaremos hablando esta noche, la cuarta, que dice así:  4. tr. Echar de menos a alguien o algo, sentir su falta. 

En los últimos tiempos, estos de tecnología y redes sociales, he percibido un aumento notable de una expresión de afecto, el “te quiero mucho” o sus miles de variables de escritura (TQM, TKM, TQU, etc., etc.) que es utilizado indistintamente entre novios, parejas, amigos, familiares, compañeros de trabajo o estudio, etc.

Lo que prejuiciosamente podría calificarse como una pérdida de valor del contenido o la sustancia de la frase (del amor se trata, básicamente) lo interpreto como una genuina humanización de las expresiones virtuales, que permiten a alguien comunicarle a otro directamente algo que siente en forma real. No es poco para tanto vilipendio a la “deshumanización” de las relaciones, que reprueban todos los que (simplificando) no están conectados a Internet.

Pero (siempre hay un pero) hay una expresión que no tiene ni el mismo valor, ni la misma nueva cotidianeidad del “Te quiero mucho” y es esa otra frasecita que dice “te extraño mucho”

Otra connotación, mucho más profunda aún aparece cuando uno lee la acepción del diccionario que inicia este escrito: “Echar de menos a alguien o algo, sentir su falta”

“Echar de menos” es una expresión castellana poco usada en nuestra región y nos puede resultar lejana,  pero si analizamos la otra parte: “Sentir la falta de alguien” tiene una potencia y expresividad demoledoras.
Cuando extrañamos a alguien nos falta algo, estamos incompletos, hay un vacío a ocupar. Es una mezcla de desolación y dependencia deliciosas. Somos más vulnerables al decir “te extraño” que al decir “te quiero” porque el extrañar se padece, no somos sujetos activos como al “querer” a alguien.

“Me hacés falta”, “Me completás” “Necesito tu presencia” son expresiones derivadas de extrañar que remiten directamente a una sensación física, a la falta física y presencial del otro. Además, esto conlleva otras implicancias que tienen que ver con los sentidos: ver al otro, tocar al otro, abrazarlo o tomar su mano, o besarlo, o sentir su presencia. El cariño y/o amor que supone un “te quiero” es una emoción profunda que busca su expresión en palabras. El “te extraño” vá más allá de la emoción para ser una experiencia vital y concreta; puede extrañarse incluso a algún amor que ya no es tal, pues aunque casi siempre implique afecto, la falta del otro es física.

Y me alegra que la gente la use mucho menos que el “te quiero”. Egoístamente sé que cuando le digo a alguien que la/lo extraño, le estoy diciendo que mi ser completo acusa la falta de su presencia, de su cuerpo, de su voz, de su mirada. Y sé que el cariño, afecto o amor, está implícito, no necesito agregarle el “te quiero”.
Por eso, cada vez que alguien te dice que te extraña, recordá que va más allá de una expresión de afecto; ese alguien te necesita, le faltás, hay un vacío en su vida sin tí.

Y cada vez que digas “Te extraño”, poné el valor de lo que estás diciendo en su punto real, no regales un “te extraño”, pero no lo escatimes, cuando el cuerpo lo pide: "Sí, te lo digo a vos"

No me extrañen, queridos  lectores; nos vemos pronto.

Buenas noches, pocas noches.

miércoles, 27 de junio de 2012

Red Queen


Reina de diamante, roja la baraja
tiemblan en el fuego las sortijas de tu pelo
Y mirando hacia allá descubro en serio
cuánto de vos explota en mi sien
y en mi deseo.

Mirada esquiva, convencida por constancia,
la verdad arrulla el sentimiento expuesto.
Descubro constelaciones nuevas en la noche de tus pecas,
en tus pechos, en tus hombros, en tu espalda,
pequeños lunares quietos, nunca tan astrales.

Devoción y cielo con colores de infierno
y la cintura dibujada en el cuerpo firme y terso
Los objetos necesarios de mi extraña resonancia
consuelan tu desdicha temporal y amenazan
con descubrir
las variantes infinitas de los besos
que soñé aquella noche
mientras una a una, caían las cartas.
Sobre esa piel desnuda y tus labios, eso si, van mis dedos.

La tristeza, el tedio y luego la destreza
de volver a dibujar tu sonrisa interminable
son juegos ganadores de esta partida insana
de amarte así, Reina Roja
siempre en llamas, 
siempre en fuego.





miércoles, 13 de junio de 2012

La muerte del amor


Lo prometido es deuda y hoy…  hablamos un poquito del amor.

Tengo en mi alforja un puñado de verdades no absolutas y un millón de frases, sugerencias y consejos de amigos, enemigos, compañeros, y de los otros.

Qué complejo es hablar del amor, sobre todo cuando uno ha recorrido ese andarivel con suerte variada y derrotas múltiples. Por eso y para hacerlo un poquito más cercano a la realidad, hoy hablamos de la muerte del amor.

Tanto autor dedicado al nacimiento, desarrollo y plenitud del sentimiento más absoluto y maravilloso de la condición humana y tan pocos dedicados a la otra parte, a la muerte de ese mismo e inconmensurable sentimiento.

Antes que nada, permítanme decir y declarar ante ustedes que soy un defensor del amor más puro, de aquél único e irrepetible, de ese incondicional y luminoso sentir. Pero a la vez debo confesar que soy humano, imperfecto y falible, realista y romántico de quimeras rotas.

¿A qué vienen las aclaraciones? Al más elemental de los sentidos…el común. Ese deleznable (siempre que hablemos a la vez del amor) sentido que aflora en nuestras vidas en forma directamente proporcional a los años que declara nuestro documento.

“Confieso que he amado” escribió algún genio literario y a causa de estas frases me descubro preguntándome alguna vez que tan lejos está la estupidez del Premio Nobel.

Muchos de nosotros hemos amado y seguramente amamos hoy, aún, o en este instante, o dentro de un mes. No alcanzamos a distinguir con claridad un sentimiento de otro, la urgencia física de la necesidad inasible del otro.
Lo que sí logramos descubrir en un momento determinado,  con más o menos dolor, (en general con mucho más, me incluyo) es que ese único, irrepetible, interminable y absoluto amor que impregnaba nuestras vidas, no está más. Desapareció. Se transformó. Mutó irrepetiblemente en algo profundamente distinto.

“Se murió el amor.”

Qué duro y complejo suena, pero al mismo tiempo la frase suena plena de sabiduría y seguridad.
Podemos dudar si estamos o no enamorados, si realmente sentimos amor por ese otro ser. Pero de lo que jamás tenemos dudas es cuando descubrimos que ese amor ha muerto.
El vacío más devastador acompaña esa clarividencia y una sensación de desasosiego lo inunda todo, pero curiosamente acompañada de una seguridad, consistencia y convicción a la que no nos ha llevado ni el más absoluto de los amores.

La muerte del amor es fría, dura y consistente como una pared de granito. Real, completa y devastadora como una batalla perdida. Los muertos están ahí, aún humeantes, pero nada puede hacernos creer que ellos van a revivir y que el destino de la batalla será otro que la derrota.

El amor crea, imagina, proyecta, deforma, fantasea. La muerte del amor, no; es pragmática, sórdida y terriblemente real. Pero es sanadora, triste y liberadora. El amor te atrapa, te seduce, te enrosca. Su muerte te libera, te desata, te eyecta, te deja afuera. Desnudo y sangrante, pero vivo y liberado.

Esa muerte silenciosa te hace respirar a bocanadas, te separa las lágrimas de los ojos y tu piel queda en carne viva. El aire entra a raudales y los demás sentimientos hacen su juego loco y enrevesado: frustración, odio, rechazo, tristeza, soledad, dolor… todo se mezcla y lastima, pero es real y curativo a su vez.

Vuelvo a repetir que soy un creyente total e ilimitado en el amor, pero como muchos que han pasado por los dos extremos de esta experiencia, la muerte del amor es lo único que no te deja dudas.

Las románticas dubitaciones del amor son deliciosas y esquizofrénicas y afortunadamente, mejoran su calidad con los años. El amor con el tiempo se hace más sabio, más tolerante, más trabajado y más sabroso.

La falta de amor es inmutable en su crudeza, pero no es lo mismo que falte por no haber amado nunca que porque alguna vez amamos y ese amor ha muerto.
Quién no ha amado profundamente no puede comprender la dimensión de la muerte del amor. Puede interpretarla, traducirla o tocar de oído, pero no la comprenderá hasta que retazos de su piel queden en las púas del alambrado de salida del amor más intenso.

Como todos los sentimientos humanos y sus experiencias, la muerte del sentimiento más sublime nos provee aplomo, seguridad, un cuero algo más curtido y sobre todo, serenidad para comprender la diferencia.

Este querido Blog me ha reportado muchas lecturas de desconocidos críticos, detractores y sobre todo (por suerte) seguidores y hace un tiempo alguien me pidió que habláramos un poco del amor. Aquí cumplo. No cierro puertas ni temas, pero preferí abordar una idea distinta al remanido tema del amor “per se”. Es difícil hablar de la muerte, en cualquiera de sus formas. Pero tal vez es la mejor forma de festejar la vida.

Por eso:  “El amor ha muerto, ¡viva el amor!”

Pocas y buenas noches, mis querídos lectores.

Nota:
Por favor, dejen sus comentarios, sugerencias y críticas. El sistema del Blog me obliga a moderarlas para su publicación, pero por suerte nunca he tenido que “moderar “ ninguna. Así que, a expresarse, recomienden si les gusta y critiquen si no.
Gracias.
El autor.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Me comunico poco, últimamente.


Me comunico poco, últimamente.
Como si cada palabra, gesto o expresión pesara una tonelada y media, como si el sencillo ejercicio de articular pensamientos y hacerlos trascender más allá de uno mismo fuera una descomunal carga en la espalda y en los sentidos.

¿Me comunico poco, últimamente?
No es que me haya comunicado mucho nunca . Muchos buenos amigos, víctimas inocentes de mis desvaríos suelen decir que “casi nunca” (en realidad dijeron “jamás”, pero quiero exculparlos de tal carga) expreso lo que realmente me pasa. ¿Será tan así?

Hace poco tuve la oportunidad de ser “analizado” técnicamente por una psicóloga muy profesional, que me hizo una devolución cuanto menos, asombrosa sobre mis propia psiquis y dónde surgió también este tema de la comunicación. En este punto, decidí que podía ser importante poder comunicar por escrito mis problemas de comunicación. Abusemos de la palabrita, un poco.

Munido de lápiz y papel o, mejor dicho, de un teclado y una pantallita plana ad hoc, comencé a desgranar estas ideas algo tormentosas sobre mi relación con el tema. Tampoco es que se nos viene el programa “Comunicación para todos... y todas”, pero en estos tiempos de hipervínculos virtuales y poco abrazo genuino, solamente acercarse al tema… es una forma de exorcizarlo.

¿Me comunico poco?
Comunicamos con todo: gestos, expresiones, palabras dichas o escritas, arte visual, música, etc. pero muchas veces quedamos con la sensación de estar profundamente aislados. En mi caso particular no tengo problemas en comunicarme, expresarme y mostrar, la timidez no es lo mío pero, sutilmente, utilizo hasta un exceso de esa energía, simplemente para poder enterrar la expresión más profunda y temerosa que es la de exponer quién y realmente qué soy.

Seguramente somos muchos en este mismo barco y el hecho de la existencia de este Blog hace que se entienda que la letra escrita es para mí una pala con la que voy cavando en las catacumbas de mi subconsciente, desenterrando no siempre reliquias valiosas, sino de cuando en cuando, algún viejo cadáver devenido en miseria personal.

Todo esto no debe significar que me comunico correctamente, claro está, pero… antes que alguien me haga la advertencia, puedo preguntarme qué es lo “correcto”. Como decía el Maestro Dolina (aproximadamente): “No me quedo muy tranquilo siguiendo el sentido de circulación que marcan las señales, sobre todo sabiendo quiénes han sido los que pusieron esas señales”

En épocas de crisis interna, prefiero poner en duda las garantías y jugar a ser el que patea el tablero, asumiendo el riesgo de fractura que conlleva, si el tablero resulta ser de esos de mármol de alguna plaza, por ejemplo.

¿Me comunico?
¿Quién comunica todo y bien? Seguramente nadie, pero estaría bueno que empecemos por aceptar que la comunicación no sólo depende del emisor, sino (y de manera fundamental) del receptor. Uno puede gritar su puñado de verdades al viento, pero sin audiencia la comunicación se reduce a cero.

“No contás lo que te pasa.” “No expresás lo que sentís.” “Tu procesión va por dentro.”
Son ejemplos de frases que escuchamos de gente allegada y querida, pero en los últimos años he detectado que en el momento en que uno empieza, sufrida y valerosamente, a desgranar su propia historia, el otro siempre se vuelve autorreferencial: “A mí me pasó eso y yo hice tal cosa…” “Yo en tu lugar hubiera hecho tal otra…”, “En mi caso fue diferente porque…”, etcétera. Es casi inevitable terminar en ese sitio y me incluyo en la volteada, ¿eh?. Me he sorprendido cometiendo ese error de terminar hablando de mí cuando el otro intentaba drenar sus sentimientos ahí nomás, sobre la mesa de café.

¿Entonces? ¿Hablo de mí o no hablo de mí? ¿En qué quedamos?

La verdad, a esta altura de la fiesta, creo que tendríamos que aprender a escuchar un poco más lo que el otro nos está diciendo, olvidando por un instante que no somos él.

El problema no es que uno no comunique bien o que comunique más o menos cosas, el problema es que olvidamos el camino de ida y vuelta y creemos que ese requisito se completa con 144 caracteres por vez y con tener la nobleza de re-twittear la respuesta. Pero el camino parece ser otro. Más corto, menos cool, más ordinario tal vez, pero sobre todo más parecido a una mano en el hombro y una mirada silenciosa mientras el de enfrente se desangra en palabras. Y no reniego de las nuevas formas de comunicarse, al contrario, las reivindico como una herramienta complementaria importante para nuestra vida de hoy, pero el peso de una mirada hermana tiene la potencia de un huracán.

Comuniquemos un poco más, pero escuchemos mucho más, al menos eso parece tener un futuro menos prodigioso pero absolutamente más humano.

Buenas noches, mis escasos, exclusivos y queridos lectores… ¿la próxima?... la próxima hablamos de amor.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Pasado perfecto


Hoy desnudé el deseo de mirarte en primera persona
hoy dibujé dos veces más de lo recomendable la curva de tu cadera

Y en medio de tanto desamparo, falta y descontento
retorné jadeando al hueco de tu espalda.

Por qué no decir que tu voz está sabiendo mis urgencias
de tener conformado ese mapa que pedías.
Flechas, direcciones, destinos y desatinos, no reparo en gastos cuando voy a equivocarme

El arco de tu empeine es mi parábola perfecta, el fetiche activo de mi raro devenir.
Miserias más, pobrezas menos, todos trazamos la misma curva en la caída.

Y allí en el fondo de la historia nuestra, unos pocos caracteres resumen lustros de espera,
Derraman previsión, miedo y malicia contenida, solamente por no librar los labios a los besos,
al abrazo,
a la caricia,
a la piel más tersa del deseo.

A tu boca, que dibuja en mi perfil, siempre, otra amenaza.