Lo prometido es deuda y hoy… hablamos un poquito del amor.
Tengo en mi alforja un puñado de
verdades no absolutas y un millón de frases, sugerencias y consejos de amigos,
enemigos, compañeros, y de los otros.
Qué complejo es hablar del amor,
sobre todo cuando uno ha recorrido ese andarivel con suerte variada y derrotas
múltiples. Por eso y para hacerlo un poquito más cercano a la realidad, hoy
hablamos de la muerte del amor.
Tanto autor dedicado al
nacimiento, desarrollo y plenitud del sentimiento más absoluto y maravilloso de
la condición humana y tan pocos dedicados a la otra parte, a la muerte de ese
mismo e inconmensurable sentimiento.
Antes que nada, permítanme decir
y declarar ante ustedes que soy un defensor del amor más puro, de aquél único e
irrepetible, de ese incondicional y luminoso sentir. Pero a la vez debo
confesar que soy humano, imperfecto y falible, realista y romántico de quimeras
rotas.
¿A qué vienen las aclaraciones?
Al más elemental de los sentidos…el común. Ese deleznable (siempre que hablemos
a la vez del amor) sentido que aflora en nuestras vidas en forma directamente
proporcional a los años que declara nuestro documento.
“Confieso que he amado” escribió
algún genio literario y a causa de estas frases me descubro preguntándome
alguna vez que tan lejos está la estupidez del Premio Nobel.
Muchos de nosotros hemos amado y
seguramente amamos hoy, aún, o en este instante, o dentro de un mes. No
alcanzamos a distinguir con claridad un sentimiento de otro, la urgencia física
de la necesidad inasible del otro.
Lo que sí logramos descubrir en
un momento determinado, con más o menos
dolor, (en general con mucho más, me incluyo) es que ese único, irrepetible,
interminable y absoluto amor que impregnaba nuestras vidas, no está más.
Desapareció. Se transformó. Mutó irrepetiblemente en algo profundamente
distinto.
“Se murió el amor.”
Qué duro y complejo suena, pero
al mismo tiempo la frase suena plena de sabiduría y seguridad.
Podemos dudar si estamos o no
enamorados, si realmente sentimos amor por ese otro ser. Pero de lo que jamás
tenemos dudas es cuando descubrimos que ese amor ha muerto.
El vacío más devastador acompaña
esa clarividencia y una sensación de desasosiego lo inunda todo, pero
curiosamente acompañada de una seguridad, consistencia y convicción a la que no
nos ha llevado ni el más absoluto de los amores.
La muerte del amor es fría, dura
y consistente como una pared de granito. Real, completa y devastadora como una
batalla perdida. Los muertos están ahí, aún humeantes, pero nada puede hacernos
creer que ellos van a revivir y que el destino de la batalla será otro que la
derrota.
Esa muerte silenciosa te hace
respirar a bocanadas, te separa las lágrimas de los ojos y tu piel queda en
carne viva. El aire entra a raudales y los demás sentimientos hacen su juego
loco y enrevesado: frustración, odio, rechazo, tristeza, soledad, dolor… todo
se mezcla y lastima, pero es real y curativo a su vez.
Vuelvo a repetir que soy un
creyente total e ilimitado en el
amor , pero como muchos que han pasado por los dos extremos de
esta experiencia, la muerte del amor es lo único que no te deja dudas.
Las románticas dubitaciones del
amor son deliciosas y esquizofrénicas y afortunadamente, mejoran su calidad con
los años. El amor
con el tiempo se hace más sabio, más tolerante, más trabajado y más sabroso.
La falta de amor es inmutable en
su crudeza, pero no es lo mismo que falte por no haber amado nunca que porque
alguna vez amamos y ese amor ha muerto.
Quién no ha amado profundamente
no puede comprender la dimensión de la muerte del amor. Puede interpretarla,
traducirla o tocar de oído, pero no la comprenderá hasta que retazos de su piel
queden en las púas del alambrado de salida del amor más intenso.
Como todos los sentimientos
humanos y sus experiencias, la muerte del sentimiento más sublime nos provee
aplomo, seguridad, un cuero algo más curtido y sobre todo, serenidad para
comprender la diferencia.
Este querido Blog me ha reportado
muchas lecturas de desconocidos críticos, detractores y sobre todo (por suerte)
seguidores y hace un tiempo alguien me pidió que habláramos un poco del amor.
Aquí cumplo. No cierro puertas ni temas, pero preferí abordar una idea distinta
al remanido tema del amor “per se”. Es difícil hablar de la muerte, en
cualquiera de sus formas. Pero tal vez es la mejor forma de festejar la vida.
Por eso: “El
amor ha muerto, ¡viva el amor !”
Pocas y buenas noches, mis
querídos lectores.
Nota:
Por favor, dejen sus comentarios,
sugerencias y críticas. El sistema del Blog me obliga a moderarlas para su
publicación, pero por suerte nunca he tenido que “moderar “ ninguna. Así que, a
expresarse, recomienden si les gusta y critiquen si no.
Gracias.
El autor.
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