miércoles, 13 de junio de 2012

La muerte del amor


Lo prometido es deuda y hoy…  hablamos un poquito del amor.

Tengo en mi alforja un puñado de verdades no absolutas y un millón de frases, sugerencias y consejos de amigos, enemigos, compañeros, y de los otros.

Qué complejo es hablar del amor, sobre todo cuando uno ha recorrido ese andarivel con suerte variada y derrotas múltiples. Por eso y para hacerlo un poquito más cercano a la realidad, hoy hablamos de la muerte del amor.

Tanto autor dedicado al nacimiento, desarrollo y plenitud del sentimiento más absoluto y maravilloso de la condición humana y tan pocos dedicados a la otra parte, a la muerte de ese mismo e inconmensurable sentimiento.

Antes que nada, permítanme decir y declarar ante ustedes que soy un defensor del amor más puro, de aquél único e irrepetible, de ese incondicional y luminoso sentir. Pero a la vez debo confesar que soy humano, imperfecto y falible, realista y romántico de quimeras rotas.

¿A qué vienen las aclaraciones? Al más elemental de los sentidos…el común. Ese deleznable (siempre que hablemos a la vez del amor) sentido que aflora en nuestras vidas en forma directamente proporcional a los años que declara nuestro documento.

“Confieso que he amado” escribió algún genio literario y a causa de estas frases me descubro preguntándome alguna vez que tan lejos está la estupidez del Premio Nobel.

Muchos de nosotros hemos amado y seguramente amamos hoy, aún, o en este instante, o dentro de un mes. No alcanzamos a distinguir con claridad un sentimiento de otro, la urgencia física de la necesidad inasible del otro.
Lo que sí logramos descubrir en un momento determinado,  con más o menos dolor, (en general con mucho más, me incluyo) es que ese único, irrepetible, interminable y absoluto amor que impregnaba nuestras vidas, no está más. Desapareció. Se transformó. Mutó irrepetiblemente en algo profundamente distinto.

“Se murió el amor.”

Qué duro y complejo suena, pero al mismo tiempo la frase suena plena de sabiduría y seguridad.
Podemos dudar si estamos o no enamorados, si realmente sentimos amor por ese otro ser. Pero de lo que jamás tenemos dudas es cuando descubrimos que ese amor ha muerto.
El vacío más devastador acompaña esa clarividencia y una sensación de desasosiego lo inunda todo, pero curiosamente acompañada de una seguridad, consistencia y convicción a la que no nos ha llevado ni el más absoluto de los amores.

La muerte del amor es fría, dura y consistente como una pared de granito. Real, completa y devastadora como una batalla perdida. Los muertos están ahí, aún humeantes, pero nada puede hacernos creer que ellos van a revivir y que el destino de la batalla será otro que la derrota.

El amor crea, imagina, proyecta, deforma, fantasea. La muerte del amor, no; es pragmática, sórdida y terriblemente real. Pero es sanadora, triste y liberadora. El amor te atrapa, te seduce, te enrosca. Su muerte te libera, te desata, te eyecta, te deja afuera. Desnudo y sangrante, pero vivo y liberado.

Esa muerte silenciosa te hace respirar a bocanadas, te separa las lágrimas de los ojos y tu piel queda en carne viva. El aire entra a raudales y los demás sentimientos hacen su juego loco y enrevesado: frustración, odio, rechazo, tristeza, soledad, dolor… todo se mezcla y lastima, pero es real y curativo a su vez.

Vuelvo a repetir que soy un creyente total e ilimitado en el amor, pero como muchos que han pasado por los dos extremos de esta experiencia, la muerte del amor es lo único que no te deja dudas.

Las románticas dubitaciones del amor son deliciosas y esquizofrénicas y afortunadamente, mejoran su calidad con los años. El amor con el tiempo se hace más sabio, más tolerante, más trabajado y más sabroso.

La falta de amor es inmutable en su crudeza, pero no es lo mismo que falte por no haber amado nunca que porque alguna vez amamos y ese amor ha muerto.
Quién no ha amado profundamente no puede comprender la dimensión de la muerte del amor. Puede interpretarla, traducirla o tocar de oído, pero no la comprenderá hasta que retazos de su piel queden en las púas del alambrado de salida del amor más intenso.

Como todos los sentimientos humanos y sus experiencias, la muerte del sentimiento más sublime nos provee aplomo, seguridad, un cuero algo más curtido y sobre todo, serenidad para comprender la diferencia.

Este querido Blog me ha reportado muchas lecturas de desconocidos críticos, detractores y sobre todo (por suerte) seguidores y hace un tiempo alguien me pidió que habláramos un poco del amor. Aquí cumplo. No cierro puertas ni temas, pero preferí abordar una idea distinta al remanido tema del amor “per se”. Es difícil hablar de la muerte, en cualquiera de sus formas. Pero tal vez es la mejor forma de festejar la vida.

Por eso:  “El amor ha muerto, ¡viva el amor!”

Pocas y buenas noches, mis querídos lectores.

Nota:
Por favor, dejen sus comentarios, sugerencias y críticas. El sistema del Blog me obliga a moderarlas para su publicación, pero por suerte nunca he tenido que “moderar “ ninguna. Así que, a expresarse, recomienden si les gusta y critiquen si no.
Gracias.
El autor.

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