miércoles, 27 de junio de 2012

Red Queen


Reina de diamante, roja la baraja
tiemblan en el fuego las sortijas de tu pelo
Y mirando hacia allá descubro en serio
cuánto de vos explota en mi sien
y en mi deseo.

Mirada esquiva, convencida por constancia,
la verdad arrulla el sentimiento expuesto.
Descubro constelaciones nuevas en la noche de tus pecas,
en tus pechos, en tus hombros, en tu espalda,
pequeños lunares quietos, nunca tan astrales.

Devoción y cielo con colores de infierno
y la cintura dibujada en el cuerpo firme y terso
Los objetos necesarios de mi extraña resonancia
consuelan tu desdicha temporal y amenazan
con descubrir
las variantes infinitas de los besos
que soñé aquella noche
mientras una a una, caían las cartas.
Sobre esa piel desnuda y tus labios, eso si, van mis dedos.

La tristeza, el tedio y luego la destreza
de volver a dibujar tu sonrisa interminable
son juegos ganadores de esta partida insana
de amarte así, Reina Roja
siempre en llamas, 
siempre en fuego.





miércoles, 13 de junio de 2012

La muerte del amor


Lo prometido es deuda y hoy…  hablamos un poquito del amor.

Tengo en mi alforja un puñado de verdades no absolutas y un millón de frases, sugerencias y consejos de amigos, enemigos, compañeros, y de los otros.

Qué complejo es hablar del amor, sobre todo cuando uno ha recorrido ese andarivel con suerte variada y derrotas múltiples. Por eso y para hacerlo un poquito más cercano a la realidad, hoy hablamos de la muerte del amor.

Tanto autor dedicado al nacimiento, desarrollo y plenitud del sentimiento más absoluto y maravilloso de la condición humana y tan pocos dedicados a la otra parte, a la muerte de ese mismo e inconmensurable sentimiento.

Antes que nada, permítanme decir y declarar ante ustedes que soy un defensor del amor más puro, de aquél único e irrepetible, de ese incondicional y luminoso sentir. Pero a la vez debo confesar que soy humano, imperfecto y falible, realista y romántico de quimeras rotas.

¿A qué vienen las aclaraciones? Al más elemental de los sentidos…el común. Ese deleznable (siempre que hablemos a la vez del amor) sentido que aflora en nuestras vidas en forma directamente proporcional a los años que declara nuestro documento.

“Confieso que he amado” escribió algún genio literario y a causa de estas frases me descubro preguntándome alguna vez que tan lejos está la estupidez del Premio Nobel.

Muchos de nosotros hemos amado y seguramente amamos hoy, aún, o en este instante, o dentro de un mes. No alcanzamos a distinguir con claridad un sentimiento de otro, la urgencia física de la necesidad inasible del otro.
Lo que sí logramos descubrir en un momento determinado,  con más o menos dolor, (en general con mucho más, me incluyo) es que ese único, irrepetible, interminable y absoluto amor que impregnaba nuestras vidas, no está más. Desapareció. Se transformó. Mutó irrepetiblemente en algo profundamente distinto.

“Se murió el amor.”

Qué duro y complejo suena, pero al mismo tiempo la frase suena plena de sabiduría y seguridad.
Podemos dudar si estamos o no enamorados, si realmente sentimos amor por ese otro ser. Pero de lo que jamás tenemos dudas es cuando descubrimos que ese amor ha muerto.
El vacío más devastador acompaña esa clarividencia y una sensación de desasosiego lo inunda todo, pero curiosamente acompañada de una seguridad, consistencia y convicción a la que no nos ha llevado ni el más absoluto de los amores.

La muerte del amor es fría, dura y consistente como una pared de granito. Real, completa y devastadora como una batalla perdida. Los muertos están ahí, aún humeantes, pero nada puede hacernos creer que ellos van a revivir y que el destino de la batalla será otro que la derrota.

El amor crea, imagina, proyecta, deforma, fantasea. La muerte del amor, no; es pragmática, sórdida y terriblemente real. Pero es sanadora, triste y liberadora. El amor te atrapa, te seduce, te enrosca. Su muerte te libera, te desata, te eyecta, te deja afuera. Desnudo y sangrante, pero vivo y liberado.

Esa muerte silenciosa te hace respirar a bocanadas, te separa las lágrimas de los ojos y tu piel queda en carne viva. El aire entra a raudales y los demás sentimientos hacen su juego loco y enrevesado: frustración, odio, rechazo, tristeza, soledad, dolor… todo se mezcla y lastima, pero es real y curativo a su vez.

Vuelvo a repetir que soy un creyente total e ilimitado en el amor, pero como muchos que han pasado por los dos extremos de esta experiencia, la muerte del amor es lo único que no te deja dudas.

Las románticas dubitaciones del amor son deliciosas y esquizofrénicas y afortunadamente, mejoran su calidad con los años. El amor con el tiempo se hace más sabio, más tolerante, más trabajado y más sabroso.

La falta de amor es inmutable en su crudeza, pero no es lo mismo que falte por no haber amado nunca que porque alguna vez amamos y ese amor ha muerto.
Quién no ha amado profundamente no puede comprender la dimensión de la muerte del amor. Puede interpretarla, traducirla o tocar de oído, pero no la comprenderá hasta que retazos de su piel queden en las púas del alambrado de salida del amor más intenso.

Como todos los sentimientos humanos y sus experiencias, la muerte del sentimiento más sublime nos provee aplomo, seguridad, un cuero algo más curtido y sobre todo, serenidad para comprender la diferencia.

Este querido Blog me ha reportado muchas lecturas de desconocidos críticos, detractores y sobre todo (por suerte) seguidores y hace un tiempo alguien me pidió que habláramos un poco del amor. Aquí cumplo. No cierro puertas ni temas, pero preferí abordar una idea distinta al remanido tema del amor “per se”. Es difícil hablar de la muerte, en cualquiera de sus formas. Pero tal vez es la mejor forma de festejar la vida.

Por eso:  “El amor ha muerto, ¡viva el amor!”

Pocas y buenas noches, mis querídos lectores.

Nota:
Por favor, dejen sus comentarios, sugerencias y críticas. El sistema del Blog me obliga a moderarlas para su publicación, pero por suerte nunca he tenido que “moderar “ ninguna. Así que, a expresarse, recomienden si les gusta y critiquen si no.
Gracias.
El autor.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Me comunico poco, últimamente.


Me comunico poco, últimamente.
Como si cada palabra, gesto o expresión pesara una tonelada y media, como si el sencillo ejercicio de articular pensamientos y hacerlos trascender más allá de uno mismo fuera una descomunal carga en la espalda y en los sentidos.

¿Me comunico poco, últimamente?
No es que me haya comunicado mucho nunca . Muchos buenos amigos, víctimas inocentes de mis desvaríos suelen decir que “casi nunca” (en realidad dijeron “jamás”, pero quiero exculparlos de tal carga) expreso lo que realmente me pasa. ¿Será tan así?

Hace poco tuve la oportunidad de ser “analizado” técnicamente por una psicóloga muy profesional, que me hizo una devolución cuanto menos, asombrosa sobre mis propia psiquis y dónde surgió también este tema de la comunicación. En este punto, decidí que podía ser importante poder comunicar por escrito mis problemas de comunicación. Abusemos de la palabrita, un poco.

Munido de lápiz y papel o, mejor dicho, de un teclado y una pantallita plana ad hoc, comencé a desgranar estas ideas algo tormentosas sobre mi relación con el tema. Tampoco es que se nos viene el programa “Comunicación para todos... y todas”, pero en estos tiempos de hipervínculos virtuales y poco abrazo genuino, solamente acercarse al tema… es una forma de exorcizarlo.

¿Me comunico poco?
Comunicamos con todo: gestos, expresiones, palabras dichas o escritas, arte visual, música, etc. pero muchas veces quedamos con la sensación de estar profundamente aislados. En mi caso particular no tengo problemas en comunicarme, expresarme y mostrar, la timidez no es lo mío pero, sutilmente, utilizo hasta un exceso de esa energía, simplemente para poder enterrar la expresión más profunda y temerosa que es la de exponer quién y realmente qué soy.

Seguramente somos muchos en este mismo barco y el hecho de la existencia de este Blog hace que se entienda que la letra escrita es para mí una pala con la que voy cavando en las catacumbas de mi subconsciente, desenterrando no siempre reliquias valiosas, sino de cuando en cuando, algún viejo cadáver devenido en miseria personal.

Todo esto no debe significar que me comunico correctamente, claro está, pero… antes que alguien me haga la advertencia, puedo preguntarme qué es lo “correcto”. Como decía el Maestro Dolina (aproximadamente): “No me quedo muy tranquilo siguiendo el sentido de circulación que marcan las señales, sobre todo sabiendo quiénes han sido los que pusieron esas señales”

En épocas de crisis interna, prefiero poner en duda las garantías y jugar a ser el que patea el tablero, asumiendo el riesgo de fractura que conlleva, si el tablero resulta ser de esos de mármol de alguna plaza, por ejemplo.

¿Me comunico?
¿Quién comunica todo y bien? Seguramente nadie, pero estaría bueno que empecemos por aceptar que la comunicación no sólo depende del emisor, sino (y de manera fundamental) del receptor. Uno puede gritar su puñado de verdades al viento, pero sin audiencia la comunicación se reduce a cero.

“No contás lo que te pasa.” “No expresás lo que sentís.” “Tu procesión va por dentro.”
Son ejemplos de frases que escuchamos de gente allegada y querida, pero en los últimos años he detectado que en el momento en que uno empieza, sufrida y valerosamente, a desgranar su propia historia, el otro siempre se vuelve autorreferencial: “A mí me pasó eso y yo hice tal cosa…” “Yo en tu lugar hubiera hecho tal otra…”, “En mi caso fue diferente porque…”, etcétera. Es casi inevitable terminar en ese sitio y me incluyo en la volteada, ¿eh?. Me he sorprendido cometiendo ese error de terminar hablando de mí cuando el otro intentaba drenar sus sentimientos ahí nomás, sobre la mesa de café.

¿Entonces? ¿Hablo de mí o no hablo de mí? ¿En qué quedamos?

La verdad, a esta altura de la fiesta, creo que tendríamos que aprender a escuchar un poco más lo que el otro nos está diciendo, olvidando por un instante que no somos él.

El problema no es que uno no comunique bien o que comunique más o menos cosas, el problema es que olvidamos el camino de ida y vuelta y creemos que ese requisito se completa con 144 caracteres por vez y con tener la nobleza de re-twittear la respuesta. Pero el camino parece ser otro. Más corto, menos cool, más ordinario tal vez, pero sobre todo más parecido a una mano en el hombro y una mirada silenciosa mientras el de enfrente se desangra en palabras. Y no reniego de las nuevas formas de comunicarse, al contrario, las reivindico como una herramienta complementaria importante para nuestra vida de hoy, pero el peso de una mirada hermana tiene la potencia de un huracán.

Comuniquemos un poco más, pero escuchemos mucho más, al menos eso parece tener un futuro menos prodigioso pero absolutamente más humano.

Buenas noches, mis escasos, exclusivos y queridos lectores… ¿la próxima?... la próxima hablamos de amor.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Pasado perfecto


Hoy desnudé el deseo de mirarte en primera persona
hoy dibujé dos veces más de lo recomendable la curva de tu cadera

Y en medio de tanto desamparo, falta y descontento
retorné jadeando al hueco de tu espalda.

Por qué no decir que tu voz está sabiendo mis urgencias
de tener conformado ese mapa que pedías.
Flechas, direcciones, destinos y desatinos, no reparo en gastos cuando voy a equivocarme

El arco de tu empeine es mi parábola perfecta, el fetiche activo de mi raro devenir.
Miserias más, pobrezas menos, todos trazamos la misma curva en la caída.

Y allí en el fondo de la historia nuestra, unos pocos caracteres resumen lustros de espera,
Derraman previsión, miedo y malicia contenida, solamente por no librar los labios a los besos,
al abrazo,
a la caricia,
a la piel más tersa del deseo.

A tu boca, que dibuja en mi perfil, siempre, otra amenaza.

viernes, 6 de abril de 2012

Sonidos de percusión


Seguirás llegando
en esta noche cierta
tu roce, el tacto y la piel herida
aunque el tiempo, espero,
dibuje otro almanaque.

Cantando tus notas de feria inalcanzable
percute en mis oídos tu voz y mi recuerdo oscuros
sinfonía corta de notas
vientos, bronces y palillos

Brillante porvenir, destino bahiano
dibujando espuma de mar en clave de sol y sostenido
aturdió el sentido del compás cerrado
y desguaza su estrella terminada
en los palos seniles del naufragio anticipado.

La voz que tus ojos callan, dispara mi recuerdo y canta
tu extraño acertijo de frases y cedillas.

Y el mar, ahí nomás
extraña verte
 ·  · 

lunes, 27 de febrero de 2012

Acero y Sangre

La hoja de acero afilada se hundió en la carne, abriendo un surco limpio y definido en la piel pálida. La sangre comenzó a brotar inmediatamente, descontrolada, caliente, vivaz; formó un caprichoso dibujo sobre la dermis ultrajada y se amontonó desordenada sobre la herida.

Él intentó sobreponerse a la sensación del acero frío dentro suyo y al dolor agudo y repentino. No lo esperaba, no creyó que le pudiera suceder a él, aunque ella se lo había advertido. Quiso gritar.

Las gotas de sangre invadieron toda la escena, desordenadas, chorreantes, densas; una tras otra se unieron formando figuras sobre la superficie y acomodándose guiadas por la gravedad, se unieron a los demás fluídos y formaron un pequeño riacho de color oscuro que buscaba un cauce donde desaguar.

Sintió que el líquido ácido y penetrante se filtraba en la herida y las punzadas de dolor se hicieron más intensas. La sangre no cesaba de manar. Reprimió un grito de dolor para no delatar su herida, su ubicación, su error, este error que estaba pagando con su propia sangre, con su carne lastimada y devastada.
La herida latía rítmicamente, acompasada con el dolor. Se le nubló la vista, sintió que podía desmayarse en cualquier momento, buscó donde afirmarse para no caer. El liquido rojo y espeso ya teñía el agua completamente

¿Cómo había llegado a eso? ¿Por qué a él? Justamente a él que se había ofrecido inocentemente a realizar esa faena peligrosa, ingrata. ¿Inocentemente?  Bueno, tal vez eso era lo que intentaba transmitir a los demás y a si mismo, pero la culpa y la necesidad de demostrar algo más, lo habían impulsado. No era una oferta inocente, muy por el contrario era tendenciosa y especuladora. Quería demostrar que podía hacerlo, por más desagradable que fuera. Lo que no calculó, fueron los riesgos. No imaginó que su propia supervivencia podía estar en juego.

Apretó sus mandíbulas reprimiendo otro alarido de dolor, de bestia herida; quería insultar, gritar hasta perder la voz, pero debía soportarlo si no quería ser descubierto.  Si aún le quedaba alguna esperanza, debía terminar la tarea que le habían encomendado, aun a costa de su propia sangre. ¿Podría hacerlo sin sucumbir? ¿Cuánto tiempo más iba a mantenerse lúcido?  Intentó mantenerse alerta recordando alguna otra situación similar. Algunas pocas veces había tenido faenas similares y más de una vez, su sangre había sido el precio. Pero esta vez todo había ido más allá. Mucho más allá.
La herida era más profunda que nunca, imaginó. ¿Cuánta sangre había perdido ya?  Seguramente esa pérdida le provocaba ese mareo cada vez más intenso.
“De un momento a otro voy a caer”, pensó, “¿Quién sabrá de mí?” “¿Alguien llegará a tiempo para salvar mi vida?”

Había sido escogido para ser el victimario y ahora él era la víctima. Pero su ultima presa estaba casi intacta, su piel blanca, casi pasivamente aguardándolo.  Ya había dado cuenta de los dos primeros, había visto sus entrañas desechas bajo la luz de esa lámpara fluorescente vieja y ruidosa. Había disfrutado al hacerlo, prolijamente, con precisión de cirujano, felicitándose por el resultado. Pero en la tercera, cuando había asestado el primer corte llegó la oscuridad y la estocada, el dolor, el grito, la sangre… el silencio aterrador.

Intentó afirmarse, tomó el cuchillo y se abalanzó sobre ella. Su propia sangre salpicaba la piel blanca y se mezclaba con el líquido vital de su víctima que a su vez penetraba en su herida y se clavaba como púas al rojo vivo… dolor y sangre.

Como pudo, no supo de qué modo, sintió que había terminado… ya estaba hecho. No importaba nada más. Apoyó su espalda contra el mueble cercano y se dejo caer lentamente deslizándose hacia el piso, hasta quedar sentado, obnubilado, casi sin conciencia, buscó su herida y la apretó fuertemente. Una paz casi definitiva, lo invadió.


Nunca supo cuanto tiempo transcurrió, pero aturdido y somnoliento escuchó pasos en la habitación contigua. Pasos que se acercaban, y esa voz:

-        ¿Qué pasó?
-        ¿Eh? ¿Qué pasó con qué?
-          ¡Con este desastre! ¡Está todo manchado! ¿Te lastimaste?
-          Si, me corté el dedo, con el cuchillo, ¡pero lo hice!
-          ¡Sí!  ¡Hiciste un desastre, Marcos! ¡Sangre por todos lados! ¿A ver que te pasó? ¡Manchaste todo y encima te desmayaste por un cortecito de nada en el dedo!
-      Si, claro: “De nada, de nada…”, pero tenés que ver como chorreaba la sangre, ¡casi me muero!
-       ¡Me voy a morir yo para limpiar todo esto!  ¡Sólo te pedí que cortes dos tomates y una cebolla para la ensalada y esto parece una escena de Freddy Kruger 3 !
-          ¿Viste los tomates? Los corté perfectos… dijo con orgullo mientras se incorporaba. Eso sí, no sabés como arde la cebolla en la herida! ¡Terrible!
-          ¡Sí! ¡Divinos! Pero la cebolla parece remolacha, toda roja, llena de sangre… es un asco esto, la tiro y corto otra.  Por favor anda a lavarte esa mano, ponete una venda y vení a comer.
-          “Bueno…  ya vuelvo” dijo mientras se iba tambaleante y mascullaba “Los corté perfectos...”

FIN

Nelson Acosta García

lunes, 9 de enero de 2012

Quince semanas (Cuento Corto)


Juan caminó los cinco pasos que lo separaban de la puerta de la cafetería recientemente inaugurada cerca de su casa. Como ya había repetido varias veces la rutina, se acomodó detrás de las dos personas que esperaban a ser atendidas. Miró distraídamente las mesas ocupadas buscando donde podría ubicarse luego.

No había espacios libres, así que pensó en subir las escaleras buscando el sector del primer piso del viejo caserón reciclado en cafetería. Ya con su café moka con helado de crema en mano, pensaba cual era el motivo extraño que lo atraía hacia aquel lugar ya que él era un amante del café “espresso” bien fuerte, corto, italiano y la simple mirada hacia su mano que sostenía el enorme vaso con helado y café lo hizo sonreír.

Le atraía la calidez del lugar y su tranquilidad, luego del furor de la inauguración, los pequeños grupos de adolescentes habían dejado de concurrir en oleadas y de a poco se iban afianzando los clientes habituales. Mientras subía la escalera de madera, la música de fondo se sentía suave y agradable y le gustó descubrir que sólo había un hombre sentado en todo el primer piso, junto a la mesita baja de la ventana grande. Desvió su camino hacia la salita contigua, más pequeña aún y nuevamente sonrió: ¡no había nadie allí!

Cada vez más cómodo, aprovechó uno de los sillones grandes junto a la mesa central y se instaló allí. Apoyó su maletín en el sillón contiguo, su café en la mesa, extrajo del maletín su notebook y la encendió mientras la acomodaba enfrente suyo. Había sol en la ventana y las hojas de los árboles se movían con el viento suavemente. Era un martes de otoño perfecto.

Se dispuso a trabajar un tiempo abriendo hojas de cálculo y consultando datos en Internet, mientras saboreaba el helado que se derretía lentamente con el calor del café. Le fascinaba aquella combinación frío-calor dulce y era un pequeño exceso que se permitía.

Juan tenía un buen estado físico, nadaba una o dos veces por semana, a veces lo combinaba con el gimnasio y corría sólo 4 o 5 kilómetros, dos veces por semana con lo cual no necesitaba una dieta estricta, pero intentaba no excederse mucho en sus comidas. Había cumplido 40 años hacía pocos meses y estaba logrando la estabilidad económica que buscaba. Su pequeña consultora administrativo-contable le rendía razonablemente y podía darse algunos gustos, algunos viajes, buenos restaurantes y algunos signos de cierto status social y económico que había perseguido con mucho deseo.

Mientras tecleaba en su computadora, escuchó que los escalones de madera crujían suavemente, lo cual le hizo desear de forma infantil que, quien fuera que subiera, se quedara en la sala grande y le respetaran su “privacidad”. No pudo menos que reírse de su propia exigencia.
Aguzó el oído y ya escuchando pasos los últimos y más cercanos escalones, reconoció pisadas femeninas. El suave esbozo de un perfume que llegó hasta su nariz, se lo confirmó. Los pasos se detuvieron al fin de la escalera, se aquietaron unos segundos, mientras Juan se concentraba tontamente  para que la recién llegada, se quedase en la sala grande. Luego un paso, se detuvo, dos pasos más, se detuvo nuevamente y luego comenzó a caminar hacia donde Juan estaba. No la veía pero reconoció nuevamente pisadas de tacos femeninos que le confirmaban su intuición. Intentó no mirar la entrada de la salita y clavó su vista en la pantalla.

Tac, tac, tac, tac. Se detuvo. No había forma de no darse cuenta que se había parado en la entrada. Juan sentía su presencia y levantó la vista. Recorrió de abajo hacia arriba toda su presencia: botas cortas marrón gastado con un delicado y altísimo taco que se ocultaban bajo los jeans azules y llevaba una túnica amplia, suelta, en tela rústica color natural, un sweater marrón claro de hilo abierto, asimétrico, con largas puntas cayendo, el cabello castaño muy claro, casi rubio y abundante caía sobre sus hombros. Recordó cada detalle. Aquella vez vio su rostro por primera vez, nunca pensó que jamás iba a olvidarlo.

Llevaba una cartera bolso amplia al hombro del color de sus botas y Juan llegó a su rostro sonriente, recorriendo con sus ojos que subían, las manijas del bolso, su cabello, sus hombros y… ella. Ojos entre grises y azulados, bellos labios apenas maquillados y dientes blanquísimos
Sonrió en forma dulce y devastadora mientras lo miraba y a Juan, esas décimas de segundo le parecieron casi un “siempre”

-          “Disculpame, ¿te molesta si te robo un lugarcito aquí en tu oficina?” dijo pícaramente.

-          “Eeeh… no, no es mi ofi... ¡sí, claro! Por supuesto…digo, ¡no!  ¡No me molesta!

No quiso imaginar Juan el color de su rostro y su sonrisa tonta mientras balbuceaba esas palabras. Ella soltó una pequeña risita y caminó atravesando la salita pasando frente a él y a su mesa. Tac, tac, tac, tac, tac, tac, sus largas piernas daban pasos seguros, elegantes y femeninos. Se sentó en una silla vieja muy cómoda, junto a la mesa que estaba bajo la ventana soleada. Juan siguió su recorrido con sus ojos sin poder dejar de mirarla. Seguramente a ella le pareció divertido y sabía que él la miraba. Se quitó el sweater, dejando a la imaginación de Juan el cuerpo delgado, firme y atractivo que ocultaba delicadamente bajo su camisa, apoyó el bolsón en la silla a su lado y extrajo de él un libro mediano de muchas páginas marcado con un colorido señalador artesanal, tejido en hilos de lana con un pequeño cascabel pendiendo de algunos de ellos.

Juan recorrió sus manos que sostenían el libro, reconoció una alianza de compromiso en su anular izquierdo, otros anillos de diseño en plata, dedos largos, blancos y delicados, sus uñas apenas brillantes. De su cuello pendía un colgante tribal, en metal plateado y finas tiras de cuero negro. Mientras seguía su reconocimiento, tropezó su mirada con la de ella. Sintió que el rubor lo invadía como hacía muchos años no le sucedía, se sentía un niño sorprendido en una travesura y volvió a sonreír torpemente sin decir palabra cuando la dulce sonrisa levemente inquisidora de ella lo atrapó.

Siguió intentando trabajar en su notebook mirando de reojo cada tanto a esa imagen que ocupaba toda su razón. El sol que se filtraba por la ventana, brillaba en sus cabellos claros y destellaba en la habitación, o al menos eso creía ver Juan.
Sus largas piernas cruzadas eran una invitación a la fantasía y cada ruidito que ella hacía al apoyar su café, o su cucharita, o con el libro, eran motivo de la atención absoluta de Juan, que intentaba sin ningún éxito disimular su pequeña y repentina obsesión. Ella tendría unos 30 o 32 años como mucho o incluso menos.

Unos cuarenta y cinco minutos después de haber llegado, aquella mujer cerró su libro, lo guardó en su bolsón, levantó su teléfono celular, que sólo había chequeado una vez, se colocó su saco, tomo su bolso y comenzó a caminar hacia la salida de la habitación.
Juan la siguió con los ojos hasta que volvió a escuchar su voz - “¡Chau! y… ¡gracias!” dijo sonriente y cómplice con un guiño.

La vió caminar e irse, esta vez su cuerpo y su cabello le parecieron más atractivos aún que al llegar y Juan creyó haberse escuchado decir, casi para si mismo y en un susurro  -“De nada…”


Esa semana, Juan volvió todos los días a esa hora o un rato antes a la cafetería, se ubicó mas cerca de la ventana, para intentar verla llegar. Se acomodaba en los distintos sillones tratando de decidir que posición le era más favorable, cómo verla mejor si se sentaba en el mismo sitio que el martes, cómo podría él ubicado para estar en un ángulo mas favorecedor para iniciar una charla.

Pero no, no volvió a aparecer en toda la semana. Una leve y desesperada tristeza lo invadió el viernes, al irse del café.

El lunes siguiente, volvió con energía renovada, pero su frustración se replicó ante la ausencia de su nuevo objeto de deseo.

El martes, ya resignado, volvió a repetir sus ritos abruptamente diarios, pero sin prestar atención. En algún momento creyó oler aquel perfume que lo envolvió una semana atrás, pero prefirió ignorarlo. Subieron algunas personas, bajaron otras y cuando Juan ya estaba por desconectar su notebook escuchó: tac, tac, tac, tac… y el sonido se detuvo.

Juan giró su cabeza y la vió, parada en el mismo sitio que hacía exactamente una semana, ya esta vez mirándolo sonriente. “Te invado de nuevo, ¿puedo?”  Esta vez, Juan tuvo algo más de presencia de ánimo: “Sentite como en tu casa, o como en la mía”
Se felicitó a si mismo por la respuesta graciosa, inmediata y ambigua que había improvisado y su masculino instinto de conquista se sintió poderoso.  Juan tendía a autoevaluarse socialmente todo el tiempo, en una práctica que no siempre era saludable para su ego.

Poco más de media hora transcurrió, ella (Juan había decidido llamarla para sí mismo, María, caprichosamente) recogió sus cosas y caminó hasta la escalera. Juan intentó no mirarla, pero no pudo evitarlo cuando escuchó que sus pasos se detenían: Tac, tac, tac…
Levantó la vista y la vio, de espaldas hacia él, aun como si hubiera recordado algo. Giró su cabeza y levemente su cuerpo y obviamente chocó su mirada con la de él y le dijo: “Chau, ¡gracias!”;  haciendo un pequeño guiño cómplice que a Juan le resultó demoledor, inmediatamente volvió la vista hacia el frente y se perdió escaleras abajo. Juan no atinó a contestar nada; esa mujer, su belleza, su cuerpo, su estilo, su deliciosa femineidad lo tenían atrapado y supo que no podría sacarla de su mente.

Durante las siguientes doce semanas, Juan se encontró con María cada martes a la misma hora, repitieron los mismos ritos, animaron brevemente unas pocas palabras más cada vez, conversando brevemente sobre el clima o algún suceso que hubiera sido noticia por esos días. Sin nombres, sin información uno del otro.

Juan se desconocía. Era incapaz de avanzar un paso más, de convertir la mínima charla cordial y de compromiso en algo más sustancioso. Subyugado por la presencia de esta mujer, sus dotes de conquistador quedaban destrozadas al sentir su perfume o ver sus ojos o sentir sus pasos. No era él.

A la semana trece, sucedió algo inusual. María llegó algo más tarde que de costumbre, su semblante no era el mejor. El brillo de su mirada se había opacado. Sus respuestas fueron, de todos modos, cordiales y de compromiso, esbozando una delicada y forzada sonrisa. Evidentemente no quería ser descortés con Juan y hacía un esfuerzo. Obviamente Juan tampoco se animó a preguntar, prefirió esperar una semana más y ahí si, esta situación lo había decidido, iniciaría una conversación más profunda. Pese a la liviandad de sus charlas habituales, sentía que ya había ente ambos una cierta confianza, una familiaridad dada por esos ratos de silencio compartido, había llegado el momento.

El martes siguiente, el de la semana catorce, María no vino.

En la semana quince, Juan estaba decidido y por qué no, preocupado. Por su falta de iniciativa en las catorce semanas anteriores, por el rostro triste que había visto en María esa última vez.

Ya casi estaba por irse cuando escuchó sus pasos inconfundibles.

Instintivamente se paró, necesitaba recibirla, de algún modo. La vió llegar al rellano de la escalera con la mirada baja, concentrada en los escalones, unas gafas oscuras tapaban sus ojos. Tac, tac, tac, tac..

Levantó su mirada hacia Juan y comenzó a caminar hacia él. Juan se dedicó a mirarla desde los pies a la cabeza y vió que ella se quitaba las gafas. Al ver sus ojos, los descubrió llorosos, llenos de una infinita tristeza. Su corazón latía desordenadamente, pugnando por salir de su pecho, lleno de congoja y frustración, por lo que veía, por lo que sentía, por la impotencia que le provocaba la visión de esa mujer triste y devastada a la cual lo unía, seguramente, un sentimiento que no había reconocido hasta este momento.

Ella se dirigió esta vez, directamente hacia él. Se detuvo a pocos centímetros de Juan, mirándolo a los ojos desde sus ojos repletos de lágrimas quietas, Juan respiraba aceleradamente y aspiraba ese dulce y soñado aroma de su perfume, de su piel. María descargó su bolso en el sillón grande donde había estado sentado Juan. Lentamente se acercó a él, mientras Juan instintivamente abría sus brazos, ella recostó su cabeza entre el pecho y el hombro izquierdo de Juan y comenzó a sollozar suavemente, con pequeños estertores.

Juan, superado por la situación, la abrazó delicadamente pero con firmeza.
Juan, nuevamente, no podía hablar.

La dejó llorar sobre su hombro casi diez minutos, acariciando suavemente su cabeza y su espalda, consolándola en silencio, hasta que lentamente se calmó.

Suavemente fue liberándose del amoroso abrazo de Juan. Apoyó las palmas de sus manos sobre el pecho de él, mientras Juan aun la sostenía por la cintura y ella se dejaba sostener. Levantó la mirada hacia los ojos de ese hombre casi desconocido que la tenia entre sus brazos y entre sus lágrimas esbozó una triste sonrisa con sus dientes blanquísimos.

Acercó su rostro lentamente hacia el de Juan, que por primera vez intentó hablar: “¿Qué es lo q…?” ella lo interrumpió y tapó con un gesto de su mano derecha la boca de Juan, implorando silencio.

Acercó sus labios y comenzó a besarlo profundamente. Ese beso era conmovedor, desesperado, necesitado, silencioso y lleno de dulzura. Juan sólo sentía que su mundo se llenaba de estupor, de belleza, de tristeza, de dolor, de un deseo demandante y ambiguo. No podía abstraerse del sabor de los labios de esa mujer soñada y deseada tan intensamente. Pero no había euforia, no había sexo urgente, ni afán de conquista. Sólo quería darle lo que ella necesitara en ese momento, sólo quería borrar su tristeza de un plumazo, fuera como fuera. La besó y se dejó llevar hacia donde fuera que ella iba.

Finalmente, María se separó de Juan, que estaba inmóvil. Lo miró con dulzura y con sus ojos húmedos y enrojecidos. Dio un paso hacia atrás, se reclinó brevemente para buscar su bolso, lo colgó de su hombro izquierdo y comenzó a irse, mientras seguía mirándolo.
Juan nuevamente intentó decir algo, pero ella le dijo casi imperceptiblemente: “ No! Por favor… no… shhh! “

Se alejó caminando lentamente sin quitar la vista de su rostro. Al llegar a la escalera, giró brevemente y lo miró a modo de despedida.

Tac, tac, tac,… sus tacos retumbaron en la escalera, y Juan sintió que ese sonido era devastador y poderoso, hasta que finalmente se diluyó.

Juan no supo cuanto tiempo estuvo allí parado, inmóvil, en silencio, hasta que una adolescente subió la escalera y lo miró extrañada. Tomando conciencia de la incómoda situación, Juan comenzó a recoger sus cosas, echó un vistazo hacia atrás al salir, como si estuviera dejando algo olvidado. La sensación que lo invadía era extraña, triste y desesperante. Una profunda tristeza lo acompañó en su salida.


martes, 2 de agosto de 2011

MUDANZAS

El día a día que vivo por estos tiempos y la cercanía de una mudanza obligada por las circunstancias me generó una serie de cavilaciones que podían ser escritas. Y aquí estoy, mis “exclusivos” lectores (que siguen siendo pocos pero buenos) volcando esas sub-ideas en mi querido Blog.

Es una verdad revelada que las mudanzas, el cambio de hogar, de sitio propio, es un motivo de stress galopante, dicho ampliamente desde los cenáculos académicos de la psicología hasta por la escriba más básica de la revista Para Ti. En estos momentos es cuando se acumulan en uno las sensaciones más desesperantes.

Cierto es que hay distintos tipos de mudanzas, desde las más alegres y deseadas, por la compra de una nueva casa o su construcción, por el paso dado al agrandar superficies y/o mejorar la calidad de vida, o de ubicación , o de ampliación de la familia por la llegada de  un nuevo integrante hasta las más complejas o difíciles que tienen que ver con todo lo contrario a lo descripto: “achicarse” o perder calidad de vida o tener que mudarse sin desearlo, por temas laborales, económicos, de salud, etc. Entre estos extremos existe una gama enorme de posibilidades más o menos buenas o malas, pero todas teñidas de nerviosismo y tensión, personal y familiar.

Para los que somos naturalmente “acumuladores” de objetos y recuerdos, no existe un momento más difícil que la mudanza, pero confieso que la edad y ciertos aprendizajes hacen que uno empiece a valorar más el concepto de “viajar liviano” por la vida y estoy en un proceso de descarte sistemático de todo aquello que no sea irreemplazable o fundamentalmente necesario para la vida que viene. Estoy aprendiendo a deshacerme de “mis” cosas, que son cada vez menos mías y más parte de una historia que uno teme perder, sin reparar en que lo más valioso de dicha historia  está alojado, para bien o para mal, entre las costillas y el pulmón izquierdo y dentro de nuestro duro cráneo, en el disco rígido interminable del cerebro. Así que, intentaré mudar mi historia mucho más dentro mío que dentro de una cajita de cartón corrugado de 60 x 40 x 40 cm. de lado.

La herencia genética y cultural juega su papel en esto de las mudanzas, también. Por el lado de las “propiedades inmuebles” y la obligación del techo propio como objetivo primario, nos condiciona en cada paso y para quienes no lo poseemos reviste un valor no solo social sino también familiar ante el paso de los años y esta “falta” huele demasiado a “carencia”…  para los demás, por suerte.
Pero las elecciones en la vida hacen que todo pueda ser sublimado en función de un objetivo superior y algunas veces podemos rebelarnos un poco ante estos “requisitos” sociales, familiares y culturales y decidir tocar la música que más nos guste, aunque la crítica arrecie y el apoyo escasee.

La otra cara de la moneda está en toda esa gente que se solidariza con el estresado “mudante” y se ofrece desde para envolver las copas de la abuela y ponerlas en cajas, hasta para acercar un vehículo utilitario o su propia fuerza física para poder llevar la mesa del comedor que sentís como patrimonio grupal, porque ha sido escenario de las tenidas gastro-enológicas más amenas y divertidas de tu vida. Sospecho que ellos también lo consideran así, por eso es que ofrecen su ayuda.

El que se vá a mudar, es objeto de piedad y comprensión por parte de su gente querida, todos le dicen: “¡Pobre!, ¡la que te espera!” pero al minuto se arremangan y te dicen: “¿En qué te ayudo?”. Si bien pocas veces uno puede aprovechar a todos los que se ofrecen, es reconfortante recibir tal oferta desinteresada en un momento álgido.

También está el que te ofrece una garantía para alquilar, por ejemplo, o unos pesos para completar el pago del boleto de compraventa o la reserva, pero en todos y cada uno de ellos debemos entender que también está aquella historia de la que hablábamos más arriba, esa que incluye la amistad, la familia, el apoyo y la infinidad de momentos compartidos. Ni más ni menos, esa es la carga más poderosa que si o si debemos llevar con nosotros en cada mudanza, esa no se abandona ni se descarta en ningún lado. Lo he comprobado con gente fundamental en mi vida que viajaron al exilio por necesidad o por proyecto. Algunos han vuelto, otros siguen y seguirán lejos., pero todos ellos mudaron la historia compartida en sus valijas. Algunos la sacan cada tanto y le limpian el polvo, sólo para mirarla y añorarla; otros deciden ponerla frente a la computadora y navegar redes sociales y recursos virtuales que los mantengan en contacto con los protagonistas. Cualquiera de estas opciones es respetable, la decisión tanto como la experiencia, es personal e intransferible.

La mudanza también pone a prueba otras cosas: amores, proyectos, promesas, empleos. Todos ellos deben superar obstáculos complejos y muchas veces se desprecia la influencia que la movida del traslado puede tener en esos ítems y algunos otros. Pero nuevamente la experiencia personal, muchas veces dolorosa, es la que nos debe ayudar a mantener los ojos abiertos. Muchos matrimonios han caído bajo la presión de una mudanza complicada, distancias, lugares, trabajos que se modifican, horarios y alteraciones del statu quo de una familia recién mudada.

En fin, queridos amigos, lo cierto es que me estoy por mudar y una catarata de sentimientos, situaciones y sucesos hacen mi vida de estos días un tanto más complicada que de costumbre y, como siempre, era la excusa perfecta para no escribir aquí en Pocas Noches. Por suerte, decidí cambiar abulia por catarsis y al menos salió esto que es un muy pequeño resumen de todo lo que uno recorre en estas circunstancias.

Espero encontrarlos nuevamente, una vez que mi historia haya anidado en otro hogar y una nueva etapa, comience a gastar el camino.

Gracias por estos minutos, como siempre. Opinen, comenten, critiquen y promuevan el blog si creen que vale la pena.

Buenas noches.

Nelson Acosta García.

lunes, 27 de junio de 2011

Desvestida

Un poco más de poesía...cuando se cansen , me avisan!


Desvestida

Busqué tu nombre en mis heridas,
en tu mirada, en mi secreto.
Y en el bajo fondo del cajón de mi pasado
Afloró tu imagen, disipada y frágil
Fiesta, sombrero y camisa blanca
Giros sin mirar la mirada,
el cuerpo de tu cuerpo ciñe en compases la piel deseada
Tuya, eternamente deslumbrante, los ojos almendra, el cielo claro

Derramaste en el césped los anuncios de tus lunares desperdigados,
Ya sugería primarias emociones tu blusa de seda inventada en la mañana
Desmintieron su indiferencia las turgentes demostraciones de tu deseo
que, al contacto con mi tez, florecieron como rosas entre besos
tu falda corta, tus largas piernas
la mirada esquiva, el sol besando

Un juego delicioso y vital nos desespera
y brilla en tu pelo, largo y bienamado, enredado entre mis dedos
el grito jadeante de tu espera,
desvestida cada noche, en cada sueño.

Nelson Acosta Garcia - Junio 2011

sábado, 28 de mayo de 2011

Esa mujer o el dorso de mi mano

El dorso de mi mano, calculó el beso de tu espalda
cientos de veces, llenando cada poro
vivió la alegría estival de su pasado
Y casi desangrando, viró a negro

Nieve y cielo en su cuenco acurrucado
por la oscura pasión del vino de tu sexo
gotas delicadas en cristal de galería
gratamente despidiendo tus impulsos

Hoy dejaste abrumados, sin sentido
a los viejos comentaristas del olvido
sagradas voces de vacas más sagradas
que arrinconaron su intelecto al ver tu nombre

Mujer que sola te debates entre sedas
quiero ser la otra seda de tu espalda, el otro beso, la piel tensada
y dibujar mil veces en tu soledad de estar con alguien
aunque sea borrosamente, entre tus piernas
el dorso de mi mano.


Nelson Acosta García, mayo 2011.

viernes, 6 de mayo de 2011

"El Ángel Olaya" Cuento corto - 2007

El “Ángel” Esteban Olaya había muerto asesinado un frío tres de agosto hacía ya ocho años a la salida de un entrenamiento. Su ejecutor había sido su antiguo compañero de potrero, “Pollo” Aranda, cuya vida de miseria no había encontrado la misma luz que destellaba el fútbol en la del “Ángel”.
Seguramente resentido por todo lo que su amigo había conseguido y queriéndole arrebatar esa “vida mejor” que le estaba llegando, “Pollo” creyó que robándole “de caño” las zapatillas, el walkman y el equipo de entrenamiento, podría adjudicarse algo de aquella historia que todos los del barrio deseaban por lo bajo.  El Ángel había forcejeado tratando de convencer a su amigo para que bajara el arma, pero ésta se disparó. Una sola vez sonó el estruendo que convirtió a Esteban Olaya, para siempre en “el Ángel”.
Olaya había comenzado una prometedora carrera en las inferiores de Chicago, luego de que un cazador de talentos de potrero lo llevara a probarse al Club. Era la primera vez que un pibe del barrio llegaba a jugar a un Club que olía de cerca a la Primera División del fútbol argentino.  Era un jugador rápido, de buen porte, un “nueve de área”, diría un periodista deportivo. El mismo año de su muerte había llegado a debutar en la Primera de Chicago.  Nueve partidos en el banco, ochenta y cinco minutos en la cancha y dos goles, que lo acercaban tímidamente al futuro soñado por generaciones enteras de pibes argentinos.
La bala disparada por “Pollo” Aranda lo transformó en leyenda. Su historia trágica y un sinnúmero de anécdotas inventadas luego del episodio final le valieron el apodo celestial que no tenía en vida y que lo acompañaría muchos años después de su muerte. Su imagen física no era muy conocida, pero todos podían ver en la pared medianera que cerraba el gran potrero donde había crecido un enorme mural con la figura del “Ángel”, de casi tres metros de altura, pintado con los brillantes colores del esmalte sintético. Allí, Olaya aparecía con la camiseta del Torito de Mataderos, un par de grandes alas blancas desplegadas en su espalda y los botines con las tres tiras elevados del suelo en el comienzo de un vuelo que lo llevaba hacia una número cinco blanca y negra, dispuesta a recibir el frentazo redentor del “Ángel” que la depositara en su destino divino de red.  El mural había sido pintado por los chicos de un taller solidario de arte que funcionaba en el barrio y se había convertido en un pequeño santuario donde no faltaban flores, cartas, botellas y objetos personales apoyados contra la gran medianera y frente a una crucecita de palo improvisada por algún creyente devoto del “Ángel”.  Extrañamente, el mural era retocado y mantenido periódicamente por el taller de arte, como forma de preservar la historia que pudo ser.

El Tuni tenía doce años, jugaba de diez (o de “enganche”, como dicen ahora), era zurdo y tenía una gambeta endiablada. Si no fuera porque sus rulos negros habían caído bajo la “cero” en un combate desigual contra la pediculosis, su parecido físico con el Pelusa de Fiorito era notable.
Cursaba el séptimo grado en la Escuela “Fragata Sarmiento” del barrio y era un buen alumno. Era el tercero de cinco hermanos y el segundo varón. Todos iban o habían ido a la Escuela porque su padre, albañil, y su madre, empleada doméstica, trabajaban de sol a sol con ese único objetivo: que sus hijos estudiaran. “La única forma de salir del Barrio alguna vez”, repetía Antonio, como una letanía. El hermano mayor del Tuni era Víctor y estaba por terminar la secundaria. Era un buen jugador de fútbol, pero la pasión y el talento eran todas de Tuni.
Aquella tarde, como casi todas, Tuni terminó los deberes de la escuela y salió disparado hacia La Medianera, como llamaban al potrero donde se había formado el “Ángel”, en el arte de la pelota. Esa tarde venían los de “la Mayo” a jugar un desafío y él era el habilidoso de La Medianera pese a ser cuatro o cinco años menor que la mayoría de sus compañeros. Víctor también jugaba (era el 6 y capitán del equipo) y ya estaba ahí cuando Tuni llegó.  El nombre de “la Mayo” se debía también al lugar de origen del equipo, la placita “Mayo Francés” ubicada a unas quince cuadras de La Medianera y eran los rivales tradicionales en el fútbol y, periódicamente, en las trifulcas que el fútbol provocaba.

Esa tarde ganó el local por 7 a 3 con tres goles del Tuni y dos que les dejó servidos a sus compañeros, que sólo tuvieron que empujarla. Por suerte, pese a algunos roces, no hubo trifulca esta vez y todos felicitaban al Tuni y le auguraban un futuro de heredero del “Ángel” que presidía la canchita, pero con un final más feliz.  Víctor había conocido al “Ángel” cuando él tenía sólo 8 años y Olaya se acercaba a compartir un picado informal con los pibes de La Medianera. Allí, todos hablaban con devoción y respeto del Ángel. Para Tuni, era un Santo venerable casi, aunque no supiera sobre él más que lo que exageraba su leyenda.
Estaban charlando sobre el partido recién terminado y compartiendo una gaseosa grande entre todos cuando un hombre canoso que había estado mirando el partido, se acercó al grupo. Tendría unos 50 años, vestía jeans, camisa a cuadros y llevaba una carterita negra de cuero entre las manos. Saludó y le preguntó a Tuni su nombre. - “Antonio”, respondió Tuni, poniendo distancia, y Víctor dijo: - “Yo soy Víctor, su hermano”- mirando al extraño. -¡Ah!... ¡mejor entonces! ¿Puedo hablar con ustedes dos un minuto?, - inquirió con autoridad, pero con respeto.
Caminaron unos metros los tres juntos y los chicos se sentaron en un tronco que hacía las veces de banco de suplentes. -“¿Me esperan un segundito?- les preguntó el hombre, y sin esperar respuesta, caminó hacia el grupo de la Mayo. Todavía discutían entre ellos sobre las culpas por haber perdido el partido. Repitió la misma operación que había hecho con los de La Medianera y apartó del resto del grupo al arquero de la Mayo, pues aunque había recibido siete goles, había evitado otros tantos, en una magnifica actuación. El chico tenía unos quince años y era alto, flaco y desgarbado.
El hombre y el arquerito llegaron hasta donde estaban Tuni y Víctor y el pibe se sentó al lado de los otros. Como un director técnico que se dirige a su equipo, el hombre empezó a hablarles. Les contó que era un reclutador, que buscaba nuevos valores para un club muy importante y que ellos, Tuni y el arquerito, le habían parecido los mejores y que merecían una oportunidad para probarse. Mudos, lo escucharon hasta el final, sin decir palabra.  Les pidió que lo hablaran con sus padres y que si los padres lo autorizaban, lo llamaran por teléfono para concertar la prueba.  Les entregó una tarjeta con un nombre y un número de teléfono celular.

Víctor se animó a la pregunta: “¿Yo también me puedo ir a probar? El hombre lo miró socarronamente y le contestó, concediendo: -“Si conseguís que tus viejos dejen venir a tu hermano, también podés venir, pero si no es con él, no vengas”.
Cuando el hombre se iba, Tuni le preguntó tímidamente lo más importante, que todos habían olvidado preguntar: -“¿De qué equipo viene usted?”.  El hombre se detuvo, los miró y volviendo a emprender la marcha les dijo suavemente: -“Vélez”.

Esa noche Tuni no durmió. En sus oídos resonaba: “Vélez…”.  ¡¡¡Vélez!!!  Se repetía una y otra vez: Campeón de América, Campeón Intercontinental, Bianchi, Chilavert, nombres y títulos cargados de gloria. Esa gloria que hoy empezaba a tocar su puerta. Sus padres habían tomado el tema con cuidado y respeto y habían prometido pensarlo. La ansiedad de Víctor había generado una pequeña pelea con su padre, que Tuni intentó apaciguar. Su padre les había prometido una respuesta para ese fin de semana. Lo tenía que charlar con su mujer.
El día de la prueba, Tuni preparó su mejor ropa deportiva, que su madre le había remendado, lavado y planchado amorosamente. Desayunó un mate cocido con leche y pan fresco. Puso en una mochila pequeña los botines que su madre le había traído de la casa de su patrona y que sólo usaba en los partidos importantes. Su pie había crecido y le ajustaban un poco... pero él se sentía un profesional cuando los usaba.  Víctor le gritó: -“¡Tuni! ¡Vamos!”- y él salió corriendo.

Cuando comenzó el partido, Tuni veía cómo su hermano caminaba hacia el sector donde haría su propia prueba. Ahora estaba él solo. Rodeado de chicos más grandes en edad y en físico, se sintió ahogado en aquella inmensa cancha de buen césped. La ventaja era que sus botines se afirmaban mejor y su velocidad le daba ventaja ante jugadores más pesados. Tenía 40 minutos, en dos tiempos de veinte, para demostrar por qué estaba allí y dónde se jugaba, probablemente, el más grande destino futbolero de la historia de su barrio, quizás mayor aún que el del Ángel Olaya.

El primer tiempo fue durísimo. Todos estaban allí por la misma ilusión, todos querían lucirse ante el Director Técnico para “quedar”. Los defensores contrarios jugaban a matar y a demostrar su reciedumbre. El Tuni era livianito y rápido, pero sus gambetas enloquecían a los otros y empezaron a golpearlo duro. Le costaba entrar al área con la pelota dominada, a esa altura varios pares de piernas se apiñaban sobre sus canillas huesudas y sus medias bajas.
Hizo dos o tres buenas jugadas y dos pases de gol muy claros, que sus compañeros de equipo no habían concretado. Pero el Tuni estaba acostumbrado a más, y era muy difícil. Muy difícil.

Terminó el primer tiempo y empataban 0 a 0. El Director Técnico se dedico a pedirle más a cada uno de ellos. Cuando llegó al Tuni, lo miró con fiereza y le dijo: “Vos, pibe, viniste acá a hacer goles, si no haces un gol, no vuelvas.” Tuni se mordió el labio inferior, sus ojos se nublaron de lágrimas que no iban a saltar, su orgullo no se lo permitía. Miró su rodilla izquierda manchada de sangre, pasto y tierra, y sus canillas amoratadas por los golpes. El cuerpo le pesaba, pero no le iban a ganar tan fácil, él era de La Medianera. Pensó nuevamente en el Ángel y le rogó por aquel gol.
El segundo tiempo tuvo el mismo tenor del primero. Los contrarios metieron un gol a los siete minutos y el equipo del Tuni se desesperó. Cuando iban 15 minutos, el pibe desbarató a un lateral y al central del otro equipo y le sirvió un gol perfecto al delantero suyo. Empate y festejo. El goleador ni se acercó a saludarlo o a agradecerle el pase. “Eso no pasa en el Barrio” -pensó Tuni y volvió a su posición.

La voz del DT retumbaba en su cabeza: “…si no haces un gol, no vuelvas…”

Con el tiempo cumplido, y el partido empatado, el DT que hacía también de referí, gritó: “¡Un minuto más y se termina!” – miró su reloj y siguió el partido.
Tuni recibió una pelota que rebotó en un cruce entre dos jugadores y decidió encarar hacia el arco. Era su última oportunidad. Pensó en sus padres, en sus hermanos…  amagó hacia la izquierda y uno quedó atrás, pensó en  La Medianera y en los otros chicos del equipo…  clavó la suela del botín zurdo sobre la pelota y otro defensor barrió desde atrás pasando de largo por la pisada de Tuni… volvió a arrancar y con la vista en alto vio al arquero tirado sobre su palo derecho. Buscó el palo izquierdo y encontró el hueco… se preparó para clavarla al ángulo con una comba perfecta que dibujó en su mente varias veces en milésimas de segundo, pensó en la gloria… y sacó el zurdazo. El empeine externo de su izquierda prodigiosa cacheteó el balón y este salió disparado…
Tuni vio como la trayectoria de la pelota se mantenía derecha y nunca llegaba la comba que le daría destino de gol, aquella comba imaginada.
Por su cabeza desfilaron mil imágenes que se fueron diluyendo una tras otra en la desilusión: se imaginaba debutando en quinta división en Vélez, saliendo varias veces campeón en las inferiores, imaginó su debut en la Primera, su primer gol, su “patente” de ídolo, su pase a Europa, toda la felicidad de su familia. Todas las imágenes desaparecían atrás de esa pelota que se iba irremediablemente afuera. Y pensó en el Ángel, y envidió su leyenda que nunca iba a igualar. Y volvió a mirar la pelota casi con desgano, mientras frenaba su carrera y empezaba a darse vuelta para volver a su campo, a su fracaso, a su barrio, a su Medianera.

Y ahí fue cuando lo vio. Todo sucedió en uno o dos segundos.

Pensó en gritar. Mezcla de susto y de admiración, cuando vio una camiseta verde y negra del Torito de Mataderos. Enorme y brillante como si estuviera pintada con esmalte sintético. Como una ráfaga de viento pasó hacia el arco.
Y vio dos grandes alas blancas y los botines de las tres tiras elevándose del suelo. Allí, frente a sus ojos y a toda carrera, el Ángel Olaya se despegaba del piso en un vuelo interminable, volando sobre rivales y líneas de cal. La cabeza erguida y su frente dirigida a esa pelota blanca y negra que esta vez y por el impulso del Tuni, se dirigía lejos del arco. Irremediablemente afuera.
El Tuni se clavó en el piso y gritó: “¡¡Miren eso!!”. Varios lo escucharon y se dieron vuelta hacia donde Tuni miraba. Solamente él veía al Ángel.
El frentazo del Ángel fue suave y perfecto, su cuerpo arqueado y poderoso le dio el toque sutil y necesario; la dirección de la pelota cambió levemente y el arquero, que la miraba irse con desprecio, abrió los ojos e intentó volar con un manotazo agónico. Entró a cuatro o cinco centímetros del ángulo entre el palo izquierdo del arquero y el travesaño y tal fue el asombrado silencio de todos, que se escuchó el roce del cuero con la red.

Tuni no se movió. Cuando vio caer la pelota dentro del arco, levantó la vista para buscarlo. Ya no estaba.
Unos segundos después, sus compañeros de equipo gritaban desaforadamente el gol y los contrarios derrotados, los brazos en jarra  y la cabeza gacha mirando el suelo, negando una y otra vez: “No puede ser, no puede ser…”

Del resto, Tuni no se acuerda mucho. O tal vez nunca lo olvidará.  Víctor lo escuchó mil veces decir “Fue el Ángel, no fui yo”. “¡Callate, pendejo!” le contestó una y otra vez, con una mezcla de bronca y orgullo, una por no haber quedado seleccionado él y otro por el enorme y mágico talento de su hermanito, del cual todos hablaban en las inferiores de Vélez.
Fue el tercer gol del Ángel, el último.
Fue el primero del Tuni.
El Club le dio a Tuni botines nuevos. Los que usó aquel día, cuelgan de la cruz de palo, al pie de la imagen del Ángel.  En la Medianera, claro.

FIN
  
Nelson Acosta García – 2007

lunes, 4 de abril de 2011

Malvinas, el alma herida.

Para todos los que formamos parte de un modo u otro de la "Generación Malvinas", en estas fechas, las imágenes y los recuerdos se agolpan. Vuelvo a publicar aquí un texto que escribí el año pasado, referido al tema. Vaya como un homenaje permanente a todos los que dejaron o se jugaron la vida en una guerra que nadie quería. Gracias por acompañarlo leyendo,

Islas del Sur

Epopeya cobarde contra el viento helado.

Escribo sangre en las noches, de fogonazo y metralla.
Escupo balas secas, como voces de mando ausentes.
Yo, mi pozo zorro y el crepúsculo amargo.
Camarada de armas, pibe viejo de Corrientes, sin lustre y con mucha alma.

Tras su manto… me enseñaron en el Nacional, como previniendo…
Y sigue sudando agua helada la turba oscura. La niebla hostiga.
Pam! Pam! Pam! Vibra el FAL viejo y atorado. Nunca más de tres. Nunca más.

Ciego de santo y seña vá Corrientes a remplazarme en el pozo.
Grita a oscuras, mira sordo el silencio previo. Algo sabía. Pero no me contó.
Y yo vuelvo al trapo, carpa, sábana, manta, nada es eso, barro y espinillo. Y a tientas recorro la piedra ya partida por el plomo viejo, de ayer o de hoy quizás?
No, de hoy no.

Hasta ahora.
Ahora sí. Fogonazo y bomba.
Y no sé si me duermo o me desmayo o me voló el seso derramado. Hasta la luz, nadie dijo nada.
Nadie estaba.
Ni el cabo, ni el sargento. Nadie.
Corrientes dejó su alma lustrada, partido al medio en la carne, su sangre ya congelada por la noche que pasó. Y yo apenas. Y yo a duras penas. Me levanto y veo.
Esa misma sangre pintó la piedra que recorrí anoche con mis manos. Pincel de metralla duro, dibuja salpicando.
Obra terminada.
Y si.
Guerra sin triunfos.

Soldadito sin dedos, sin piernas, sin alma.
No eras vos, ni yo. Debían ser ellos.
Chau Corrientes.

Nelson Acosta García
02/04/2010
(basado en el relato de un buen amigo, ex combatiente de Malvinas)