El “Ángel” Esteban Olaya había muerto asesinado un frío tres de agosto hacía ya ocho años a la salida de un entrenamiento. Su ejecutor había sido su antiguo compañero de potrero, “Pollo” Aranda, cuya vida de miseria no había encontrado la misma luz que destellaba el fútbol en la del “Ángel”.
Seguramente resentido por todo lo que su amigo había conseguido y queriéndole arrebatar esa “vida mejor” que le estaba llegando, “Pollo” creyó que robándole “de caño” las zapatillas, el walkman y el equipo de entrenamiento, podría adjudicarse algo de aquella historia que todos los del barrio deseaban por lo bajo. El Ángel había forcejeado tratando de convencer a su amigo para que bajara el arma, pero ésta se disparó. Una sola vez sonó el estruendo que convirtió a Esteban Olaya, para siempre en “el Ángel”.
Olaya había comenzado una prometedora carrera en las inferiores de Chicago, luego de que un cazador de talentos de potrero lo llevara a probarse al Club. Era la primera vez que un pibe del barrio llegaba a jugar a un Club que olía de cerca a la Primera División del fútbol argentino. Era un jugador rápido, de buen porte, un “nueve de área”, diría un periodista deportivo. El mismo año de su muerte había llegado a debutar en la Primera de Chicago. Nueve partidos en el banco, ochenta y cinco minutos en la cancha y dos goles, que lo acercaban tímidamente al futuro soñado por generaciones enteras de pibes argentinos.
La bala disparada por “Pollo” Aranda lo transformó en leyenda. Su historia trágica y un sinnúmero de anécdotas inventadas luego del episodio final le valieron el apodo celestial que no tenía en vida y que lo acompañaría muchos años después de su muerte. Su imagen física no era muy conocida, pero todos podían ver en la pared medianera que cerraba el gran potrero donde había crecido un enorme mural con la figura del “Ángel”, de casi tres metros de altura, pintado con los brillantes colores del esmalte sintético. Allí, Olaya aparecía con la camiseta del Torito de Mataderos, un par de grandes alas blancas desplegadas en su espalda y los botines con las tres tiras elevados del suelo en el comienzo de un vuelo que lo llevaba hacia una número cinco blanca y negra, dispuesta a recibir el frentazo redentor del “Ángel” que la depositara en su destino divino de red. El mural había sido pintado por los chicos de un taller solidario de arte que funcionaba en el barrio y se había convertido en un pequeño santuario donde no faltaban flores, cartas, botellas y objetos personales apoyados contra la gran medianera y frente a una crucecita de palo improvisada por algún creyente devoto del “Ángel”. Extrañamente, el mural era retocado y mantenido periódicamente por el taller de arte, como forma de preservar la historia que pudo ser.
El Tuni tenía doce años, jugaba de diez (o de “enganche”, como dicen ahora), era zurdo y tenía una gambeta endiablada. Si no fuera porque sus rulos negros habían caído bajo la “cero” en un combate desigual contra la pediculosis, su parecido físico con el Pelusa de Fiorito era notable.
Cursaba el séptimo grado en la Escuela “Fragata Sarmiento” del barrio y era un buen alumno. Era el tercero de cinco hermanos y el segundo varón. Todos iban o habían ido a la Escuela porque su padre, albañil, y su madre, empleada doméstica, trabajaban de sol a sol con ese único objetivo: que sus hijos estudiaran. “La única forma de salir del Barrio alguna vez”, repetía Antonio, como una letanía. El hermano mayor del Tuni era Víctor y estaba por terminar la secundaria. Era un buen jugador de fútbol, pero la pasión y el talento eran todas de Tuni.
Aquella tarde, como casi todas, Tuni terminó los deberes de la escuela y salió disparado hacia La Medianera, como llamaban al potrero donde se había formado el “Ángel”, en el arte de la pelota. Esa tarde venían los de “la Mayo” a jugar un desafío y él era el habilidoso de La Medianera pese a ser cuatro o cinco años menor que la mayoría de sus compañeros. Víctor también jugaba (era el 6 y capitán del equipo) y ya estaba ahí cuando Tuni llegó. El nombre de “la Mayo” se debía también al lugar de origen del equipo, la placita “Mayo Francés” ubicada a unas quince cuadras de La Medianera y eran los rivales tradicionales en el fútbol y, periódicamente, en las trifulcas que el fútbol provocaba.
Esa tarde ganó el local por 7 a 3 con tres goles del Tuni y dos que les dejó servidos a sus compañeros, que sólo tuvieron que empujarla. Por suerte, pese a algunos roces, no hubo trifulca esta vez y todos felicitaban al Tuni y le auguraban un futuro de heredero del “Ángel” que presidía la canchita, pero con un final más feliz. Víctor había conocido al “Ángel” cuando él tenía sólo 8 años y Olaya se acercaba a compartir un picado informal con los pibes de La Medianera. Allí, todos hablaban con devoción y respeto del Ángel. Para Tuni, era un Santo venerable casi, aunque no supiera sobre él más que lo que exageraba su leyenda.
Estaban charlando sobre el partido recién terminado y compartiendo una gaseosa grande entre todos cuando un hombre canoso que había estado mirando el partido, se acercó al grupo. Tendría unos 50 años, vestía jeans, camisa a cuadros y llevaba una carterita negra de cuero entre las manos. Saludó y le preguntó a Tuni su nombre. - “Antonio”, respondió Tuni, poniendo distancia, y Víctor dijo: - “Yo soy Víctor, su hermano”- mirando al extraño. -¡Ah!... ¡mejor entonces! ¿Puedo hablar con ustedes dos un minuto?, - inquirió con autoridad, pero con respeto.
Caminaron unos metros los tres juntos y los chicos se sentaron en un tronco que hacía las veces de banco de suplentes. -“¿Me esperan un segundito?- les preguntó el hombre, y sin esperar respuesta, caminó hacia el grupo de la Mayo. Todavía discutían entre ellos sobre las culpas por haber perdido el partido. Repitió la misma operación que había hecho con los de La Medianera y apartó del resto del grupo al arquero de la Mayo, pues aunque había recibido siete goles, había evitado otros tantos, en una magnifica actuación. El chico tenía unos quince años y era alto, flaco y desgarbado.
El hombre y el arquerito llegaron hasta donde estaban Tuni y Víctor y el pibe se sentó al lado de los otros. Como un director técnico que se dirige a su equipo, el hombre empezó a hablarles. Les contó que era un reclutador, que buscaba nuevos valores para un club muy importante y que ellos, Tuni y el arquerito, le habían parecido los mejores y que merecían una oportunidad para probarse. Mudos, lo escucharon hasta el final, sin decir palabra. Les pidió que lo hablaran con sus padres y que si los padres lo autorizaban, lo llamaran por teléfono para concertar la prueba. Les entregó una tarjeta con un nombre y un número de teléfono celular.
Víctor se animó a la pregunta: “¿Yo también me puedo ir a probar? El hombre lo miró socarronamente y le contestó, concediendo: -“Si conseguís que tus viejos dejen venir a tu hermano, también podés venir, pero si no es con él, no vengas”.
Cuando el hombre se iba, Tuni le preguntó tímidamente lo más importante, que todos habían olvidado preguntar: -“¿De qué equipo viene usted?”. El hombre se detuvo, los miró y volviendo a emprender la marcha les dijo suavemente: -“Vélez”.
Esa noche Tuni no durmió. En sus oídos resonaba: “Vélez…”. ¡¡¡Vélez!!! Se repetía una y otra vez: Campeón de América, Campeón Intercontinental, Bianchi, Chilavert, nombres y títulos cargados de gloria. Esa gloria que hoy empezaba a tocar su puerta. Sus padres habían tomado el tema con cuidado y respeto y habían prometido pensarlo. La ansiedad de Víctor había generado una pequeña pelea con su padre, que Tuni intentó apaciguar. Su padre les había prometido una respuesta para ese fin de semana. Lo tenía que charlar con su mujer.
El día de la prueba, Tuni preparó su mejor ropa deportiva, que su madre le había remendado, lavado y planchado amorosamente. Desayunó un mate cocido con leche y pan fresco. Puso en una mochila pequeña los botines que su madre le había traído de la casa de su patrona y que sólo usaba en los partidos importantes. Su pie había crecido y le ajustaban un poco... pero él se sentía un profesional cuando los usaba. Víctor le gritó: -“¡Tuni! ¡Vamos!”- y él salió corriendo.
Cuando comenzó el partido, Tuni veía cómo su hermano caminaba hacia el sector donde haría su propia prueba. Ahora estaba él solo. Rodeado de chicos más grandes en edad y en físico, se sintió ahogado en aquella inmensa cancha de buen césped. La ventaja era que sus botines se afirmaban mejor y su velocidad le daba ventaja ante jugadores más pesados. Tenía 40 minutos, en dos tiempos de veinte, para demostrar por qué estaba allí y dónde se jugaba, probablemente, el más grande destino futbolero de la historia de su barrio, quizás mayor aún que el del Ángel Olaya.
El primer tiempo fue durísimo. Todos estaban allí por la misma ilusión, todos querían lucirse ante el Director Técnico para “quedar”. Los defensores contrarios jugaban a matar y a demostrar su reciedumbre. El Tuni era livianito y rápido, pero sus gambetas enloquecían a los otros y empezaron a golpearlo duro. Le costaba entrar al área con la pelota dominada, a esa altura varios pares de piernas se apiñaban sobre sus canillas huesudas y sus medias bajas.
Hizo dos o tres buenas jugadas y dos pases de gol muy claros, que sus compañeros de equipo no habían concretado. Pero el Tuni estaba acostumbrado a más, y era muy difícil. Muy difícil.
Terminó el primer tiempo y empataban 0 a 0. El Director Técnico se dedico a pedirle más a cada uno de ellos. Cuando llegó al Tuni, lo miró con fiereza y le dijo: “Vos, pibe, viniste acá a hacer goles, si no haces un gol, no vuelvas.” Tuni se mordió el labio inferior, sus ojos se nublaron de lágrimas que no iban a saltar, su orgullo no se lo permitía. Miró su rodilla izquierda manchada de sangre, pasto y tierra, y sus canillas amoratadas por los golpes. El cuerpo le pesaba, pero no le iban a ganar tan fácil, él era de La Medianera. Pensó nuevamente en el Ángel y le rogó por aquel gol.
El segundo tiempo tuvo el mismo tenor del primero. Los contrarios metieron un gol a los siete minutos y el equipo del Tuni se desesperó. Cuando iban 15 minutos, el pibe desbarató a un lateral y al central del otro equipo y le sirvió un gol perfecto al delantero suyo. Empate y festejo. El goleador ni se acercó a saludarlo o a agradecerle el pase. “Eso no pasa en el Barrio” -pensó Tuni y volvió a su posición.
La voz del DT retumbaba en su cabeza: “…si no haces un gol, no vuelvas…”
Con el tiempo cumplido, y el partido empatado, el DT que hacía también de referí, gritó: “¡Un minuto más y se termina!” – miró su reloj y siguió el partido.
Tuni recibió una pelota que rebotó en un cruce entre dos jugadores y decidió encarar hacia el arco. Era su última oportunidad. Pensó en sus padres, en sus hermanos… amagó hacia la izquierda y uno quedó atrás, pensó en La Medianera y en los otros chicos del equipo… clavó la suela del botín zurdo sobre la pelota y otro defensor barrió desde atrás pasando de largo por la pisada de Tuni… volvió a arrancar y con la vista en alto vio al arquero tirado sobre su palo derecho. Buscó el palo izquierdo y encontró el hueco… se preparó para clavarla al ángulo con una comba perfecta que dibujó en su mente varias veces en milésimas de segundo, pensó en la gloria… y sacó el zurdazo. El empeine externo de su izquierda prodigiosa cacheteó el balón y este salió disparado…
Tuni vio como la trayectoria de la pelota se mantenía derecha y nunca llegaba la comba que le daría destino de gol, aquella comba imaginada.
Por su cabeza desfilaron mil imágenes que se fueron diluyendo una tras otra en la desilusión: se imaginaba debutando en quinta división en Vélez, saliendo varias veces campeón en las inferiores, imaginó su debut en la Primera, su primer gol, su “patente” de ídolo, su pase a Europa, toda la felicidad de su familia. Todas las imágenes desaparecían atrás de esa pelota que se iba irremediablemente afuera. Y pensó en el Ángel, y envidió su leyenda que nunca iba a igualar. Y volvió a mirar la pelota casi con desgano, mientras frenaba su carrera y empezaba a darse vuelta para volver a su campo, a su fracaso, a su barrio, a su Medianera.
Y ahí fue cuando lo vio. Todo sucedió en uno o dos segundos.
Pensó en gritar. Mezcla de susto y de admiración, cuando vio una camiseta verde y negra del Torito de Mataderos. Enorme y brillante como si estuviera pintada con esmalte sintético. Como una ráfaga de viento pasó hacia el arco.
Y vio dos grandes alas blancas y los botines de las tres tiras elevándose del suelo. Allí, frente a sus ojos y a toda carrera, el Ángel Olaya se despegaba del piso en un vuelo interminable, volando sobre rivales y líneas de cal. La cabeza erguida y su frente dirigida a esa pelota blanca y negra que esta vez y por el impulso del Tuni, se dirigía lejos del arco. Irremediablemente afuera.
El Tuni se clavó en el piso y gritó: “¡¡Miren eso!!”. Varios lo escucharon y se dieron vuelta hacia donde Tuni miraba. Solamente él veía al Ángel.
El frentazo del Ángel fue suave y perfecto, su cuerpo arqueado y poderoso le dio el toque sutil y necesario; la dirección de la pelota cambió levemente y el arquero, que la miraba irse con desprecio, abrió los ojos e intentó volar con un manotazo agónico. Entró a cuatro o cinco centímetros del ángulo entre el palo izquierdo del arquero y el travesaño y tal fue el asombrado silencio de todos, que se escuchó el roce del cuero con la red.
Tuni no se movió. Cuando vio caer la pelota dentro del arco, levantó la vista para buscarlo. Ya no estaba.
Unos segundos después, sus compañeros de equipo gritaban desaforadamente el gol y los contrarios derrotados, los brazos en jarra y la cabeza gacha mirando el suelo, negando una y otra vez: “No puede ser, no puede ser…”
Del resto, Tuni no se acuerda mucho. O tal vez nunca lo olvidará. Víctor lo escuchó mil veces decir “Fue el Ángel, no fui yo”. “¡Callate, pendejo!” le contestó una y otra vez, con una mezcla de bronca y orgullo, una por no haber quedado seleccionado él y otro por el enorme y mágico talento de su hermanito, del cual todos hablaban en las inferiores de Vélez.
Fue el tercer gol del Ángel, el último.
Fue el primero del Tuni.
El Club le dio a Tuni botines nuevos. Los que usó aquel día, cuelgan de la cruz de palo, al pie de la imagen del Ángel. En la Medianera, claro.
FIN
Nelson Acosta García – 2007
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