martes, 2 de agosto de 2011

MUDANZAS

El día a día que vivo por estos tiempos y la cercanía de una mudanza obligada por las circunstancias me generó una serie de cavilaciones que podían ser escritas. Y aquí estoy, mis “exclusivos” lectores (que siguen siendo pocos pero buenos) volcando esas sub-ideas en mi querido Blog.

Es una verdad revelada que las mudanzas, el cambio de hogar, de sitio propio, es un motivo de stress galopante, dicho ampliamente desde los cenáculos académicos de la psicología hasta por la escriba más básica de la revista Para Ti. En estos momentos es cuando se acumulan en uno las sensaciones más desesperantes.

Cierto es que hay distintos tipos de mudanzas, desde las más alegres y deseadas, por la compra de una nueva casa o su construcción, por el paso dado al agrandar superficies y/o mejorar la calidad de vida, o de ubicación , o de ampliación de la familia por la llegada de  un nuevo integrante hasta las más complejas o difíciles que tienen que ver con todo lo contrario a lo descripto: “achicarse” o perder calidad de vida o tener que mudarse sin desearlo, por temas laborales, económicos, de salud, etc. Entre estos extremos existe una gama enorme de posibilidades más o menos buenas o malas, pero todas teñidas de nerviosismo y tensión, personal y familiar.

Para los que somos naturalmente “acumuladores” de objetos y recuerdos, no existe un momento más difícil que la mudanza, pero confieso que la edad y ciertos aprendizajes hacen que uno empiece a valorar más el concepto de “viajar liviano” por la vida y estoy en un proceso de descarte sistemático de todo aquello que no sea irreemplazable o fundamentalmente necesario para la vida que viene. Estoy aprendiendo a deshacerme de “mis” cosas, que son cada vez menos mías y más parte de una historia que uno teme perder, sin reparar en que lo más valioso de dicha historia  está alojado, para bien o para mal, entre las costillas y el pulmón izquierdo y dentro de nuestro duro cráneo, en el disco rígido interminable del cerebro. Así que, intentaré mudar mi historia mucho más dentro mío que dentro de una cajita de cartón corrugado de 60 x 40 x 40 cm. de lado.

La herencia genética y cultural juega su papel en esto de las mudanzas, también. Por el lado de las “propiedades inmuebles” y la obligación del techo propio como objetivo primario, nos condiciona en cada paso y para quienes no lo poseemos reviste un valor no solo social sino también familiar ante el paso de los años y esta “falta” huele demasiado a “carencia”…  para los demás, por suerte.
Pero las elecciones en la vida hacen que todo pueda ser sublimado en función de un objetivo superior y algunas veces podemos rebelarnos un poco ante estos “requisitos” sociales, familiares y culturales y decidir tocar la música que más nos guste, aunque la crítica arrecie y el apoyo escasee.

La otra cara de la moneda está en toda esa gente que se solidariza con el estresado “mudante” y se ofrece desde para envolver las copas de la abuela y ponerlas en cajas, hasta para acercar un vehículo utilitario o su propia fuerza física para poder llevar la mesa del comedor que sentís como patrimonio grupal, porque ha sido escenario de las tenidas gastro-enológicas más amenas y divertidas de tu vida. Sospecho que ellos también lo consideran así, por eso es que ofrecen su ayuda.

El que se vá a mudar, es objeto de piedad y comprensión por parte de su gente querida, todos le dicen: “¡Pobre!, ¡la que te espera!” pero al minuto se arremangan y te dicen: “¿En qué te ayudo?”. Si bien pocas veces uno puede aprovechar a todos los que se ofrecen, es reconfortante recibir tal oferta desinteresada en un momento álgido.

También está el que te ofrece una garantía para alquilar, por ejemplo, o unos pesos para completar el pago del boleto de compraventa o la reserva, pero en todos y cada uno de ellos debemos entender que también está aquella historia de la que hablábamos más arriba, esa que incluye la amistad, la familia, el apoyo y la infinidad de momentos compartidos. Ni más ni menos, esa es la carga más poderosa que si o si debemos llevar con nosotros en cada mudanza, esa no se abandona ni se descarta en ningún lado. Lo he comprobado con gente fundamental en mi vida que viajaron al exilio por necesidad o por proyecto. Algunos han vuelto, otros siguen y seguirán lejos., pero todos ellos mudaron la historia compartida en sus valijas. Algunos la sacan cada tanto y le limpian el polvo, sólo para mirarla y añorarla; otros deciden ponerla frente a la computadora y navegar redes sociales y recursos virtuales que los mantengan en contacto con los protagonistas. Cualquiera de estas opciones es respetable, la decisión tanto como la experiencia, es personal e intransferible.

La mudanza también pone a prueba otras cosas: amores, proyectos, promesas, empleos. Todos ellos deben superar obstáculos complejos y muchas veces se desprecia la influencia que la movida del traslado puede tener en esos ítems y algunos otros. Pero nuevamente la experiencia personal, muchas veces dolorosa, es la que nos debe ayudar a mantener los ojos abiertos. Muchos matrimonios han caído bajo la presión de una mudanza complicada, distancias, lugares, trabajos que se modifican, horarios y alteraciones del statu quo de una familia recién mudada.

En fin, queridos amigos, lo cierto es que me estoy por mudar y una catarata de sentimientos, situaciones y sucesos hacen mi vida de estos días un tanto más complicada que de costumbre y, como siempre, era la excusa perfecta para no escribir aquí en Pocas Noches. Por suerte, decidí cambiar abulia por catarsis y al menos salió esto que es un muy pequeño resumen de todo lo que uno recorre en estas circunstancias.

Espero encontrarlos nuevamente, una vez que mi historia haya anidado en otro hogar y una nueva etapa, comience a gastar el camino.

Gracias por estos minutos, como siempre. Opinen, comenten, critiquen y promuevan el blog si creen que vale la pena.

Buenas noches.

Nelson Acosta García.

lunes, 27 de junio de 2011

Desvestida

Un poco más de poesía...cuando se cansen , me avisan!


Desvestida

Busqué tu nombre en mis heridas,
en tu mirada, en mi secreto.
Y en el bajo fondo del cajón de mi pasado
Afloró tu imagen, disipada y frágil
Fiesta, sombrero y camisa blanca
Giros sin mirar la mirada,
el cuerpo de tu cuerpo ciñe en compases la piel deseada
Tuya, eternamente deslumbrante, los ojos almendra, el cielo claro

Derramaste en el césped los anuncios de tus lunares desperdigados,
Ya sugería primarias emociones tu blusa de seda inventada en la mañana
Desmintieron su indiferencia las turgentes demostraciones de tu deseo
que, al contacto con mi tez, florecieron como rosas entre besos
tu falda corta, tus largas piernas
la mirada esquiva, el sol besando

Un juego delicioso y vital nos desespera
y brilla en tu pelo, largo y bienamado, enredado entre mis dedos
el grito jadeante de tu espera,
desvestida cada noche, en cada sueño.

Nelson Acosta Garcia - Junio 2011

sábado, 28 de mayo de 2011

Esa mujer o el dorso de mi mano

El dorso de mi mano, calculó el beso de tu espalda
cientos de veces, llenando cada poro
vivió la alegría estival de su pasado
Y casi desangrando, viró a negro

Nieve y cielo en su cuenco acurrucado
por la oscura pasión del vino de tu sexo
gotas delicadas en cristal de galería
gratamente despidiendo tus impulsos

Hoy dejaste abrumados, sin sentido
a los viejos comentaristas del olvido
sagradas voces de vacas más sagradas
que arrinconaron su intelecto al ver tu nombre

Mujer que sola te debates entre sedas
quiero ser la otra seda de tu espalda, el otro beso, la piel tensada
y dibujar mil veces en tu soledad de estar con alguien
aunque sea borrosamente, entre tus piernas
el dorso de mi mano.


Nelson Acosta García, mayo 2011.

viernes, 6 de mayo de 2011

"El Ángel Olaya" Cuento corto - 2007

El “Ángel” Esteban Olaya había muerto asesinado un frío tres de agosto hacía ya ocho años a la salida de un entrenamiento. Su ejecutor había sido su antiguo compañero de potrero, “Pollo” Aranda, cuya vida de miseria no había encontrado la misma luz que destellaba el fútbol en la del “Ángel”.
Seguramente resentido por todo lo que su amigo había conseguido y queriéndole arrebatar esa “vida mejor” que le estaba llegando, “Pollo” creyó que robándole “de caño” las zapatillas, el walkman y el equipo de entrenamiento, podría adjudicarse algo de aquella historia que todos los del barrio deseaban por lo bajo.  El Ángel había forcejeado tratando de convencer a su amigo para que bajara el arma, pero ésta se disparó. Una sola vez sonó el estruendo que convirtió a Esteban Olaya, para siempre en “el Ángel”.
Olaya había comenzado una prometedora carrera en las inferiores de Chicago, luego de que un cazador de talentos de potrero lo llevara a probarse al Club. Era la primera vez que un pibe del barrio llegaba a jugar a un Club que olía de cerca a la Primera División del fútbol argentino.  Era un jugador rápido, de buen porte, un “nueve de área”, diría un periodista deportivo. El mismo año de su muerte había llegado a debutar en la Primera de Chicago.  Nueve partidos en el banco, ochenta y cinco minutos en la cancha y dos goles, que lo acercaban tímidamente al futuro soñado por generaciones enteras de pibes argentinos.
La bala disparada por “Pollo” Aranda lo transformó en leyenda. Su historia trágica y un sinnúmero de anécdotas inventadas luego del episodio final le valieron el apodo celestial que no tenía en vida y que lo acompañaría muchos años después de su muerte. Su imagen física no era muy conocida, pero todos podían ver en la pared medianera que cerraba el gran potrero donde había crecido un enorme mural con la figura del “Ángel”, de casi tres metros de altura, pintado con los brillantes colores del esmalte sintético. Allí, Olaya aparecía con la camiseta del Torito de Mataderos, un par de grandes alas blancas desplegadas en su espalda y los botines con las tres tiras elevados del suelo en el comienzo de un vuelo que lo llevaba hacia una número cinco blanca y negra, dispuesta a recibir el frentazo redentor del “Ángel” que la depositara en su destino divino de red.  El mural había sido pintado por los chicos de un taller solidario de arte que funcionaba en el barrio y se había convertido en un pequeño santuario donde no faltaban flores, cartas, botellas y objetos personales apoyados contra la gran medianera y frente a una crucecita de palo improvisada por algún creyente devoto del “Ángel”.  Extrañamente, el mural era retocado y mantenido periódicamente por el taller de arte, como forma de preservar la historia que pudo ser.

El Tuni tenía doce años, jugaba de diez (o de “enganche”, como dicen ahora), era zurdo y tenía una gambeta endiablada. Si no fuera porque sus rulos negros habían caído bajo la “cero” en un combate desigual contra la pediculosis, su parecido físico con el Pelusa de Fiorito era notable.
Cursaba el séptimo grado en la Escuela “Fragata Sarmiento” del barrio y era un buen alumno. Era el tercero de cinco hermanos y el segundo varón. Todos iban o habían ido a la Escuela porque su padre, albañil, y su madre, empleada doméstica, trabajaban de sol a sol con ese único objetivo: que sus hijos estudiaran. “La única forma de salir del Barrio alguna vez”, repetía Antonio, como una letanía. El hermano mayor del Tuni era Víctor y estaba por terminar la secundaria. Era un buen jugador de fútbol, pero la pasión y el talento eran todas de Tuni.
Aquella tarde, como casi todas, Tuni terminó los deberes de la escuela y salió disparado hacia La Medianera, como llamaban al potrero donde se había formado el “Ángel”, en el arte de la pelota. Esa tarde venían los de “la Mayo” a jugar un desafío y él era el habilidoso de La Medianera pese a ser cuatro o cinco años menor que la mayoría de sus compañeros. Víctor también jugaba (era el 6 y capitán del equipo) y ya estaba ahí cuando Tuni llegó.  El nombre de “la Mayo” se debía también al lugar de origen del equipo, la placita “Mayo Francés” ubicada a unas quince cuadras de La Medianera y eran los rivales tradicionales en el fútbol y, periódicamente, en las trifulcas que el fútbol provocaba.

Esa tarde ganó el local por 7 a 3 con tres goles del Tuni y dos que les dejó servidos a sus compañeros, que sólo tuvieron que empujarla. Por suerte, pese a algunos roces, no hubo trifulca esta vez y todos felicitaban al Tuni y le auguraban un futuro de heredero del “Ángel” que presidía la canchita, pero con un final más feliz.  Víctor había conocido al “Ángel” cuando él tenía sólo 8 años y Olaya se acercaba a compartir un picado informal con los pibes de La Medianera. Allí, todos hablaban con devoción y respeto del Ángel. Para Tuni, era un Santo venerable casi, aunque no supiera sobre él más que lo que exageraba su leyenda.
Estaban charlando sobre el partido recién terminado y compartiendo una gaseosa grande entre todos cuando un hombre canoso que había estado mirando el partido, se acercó al grupo. Tendría unos 50 años, vestía jeans, camisa a cuadros y llevaba una carterita negra de cuero entre las manos. Saludó y le preguntó a Tuni su nombre. - “Antonio”, respondió Tuni, poniendo distancia, y Víctor dijo: - “Yo soy Víctor, su hermano”- mirando al extraño. -¡Ah!... ¡mejor entonces! ¿Puedo hablar con ustedes dos un minuto?, - inquirió con autoridad, pero con respeto.
Caminaron unos metros los tres juntos y los chicos se sentaron en un tronco que hacía las veces de banco de suplentes. -“¿Me esperan un segundito?- les preguntó el hombre, y sin esperar respuesta, caminó hacia el grupo de la Mayo. Todavía discutían entre ellos sobre las culpas por haber perdido el partido. Repitió la misma operación que había hecho con los de La Medianera y apartó del resto del grupo al arquero de la Mayo, pues aunque había recibido siete goles, había evitado otros tantos, en una magnifica actuación. El chico tenía unos quince años y era alto, flaco y desgarbado.
El hombre y el arquerito llegaron hasta donde estaban Tuni y Víctor y el pibe se sentó al lado de los otros. Como un director técnico que se dirige a su equipo, el hombre empezó a hablarles. Les contó que era un reclutador, que buscaba nuevos valores para un club muy importante y que ellos, Tuni y el arquerito, le habían parecido los mejores y que merecían una oportunidad para probarse. Mudos, lo escucharon hasta el final, sin decir palabra.  Les pidió que lo hablaran con sus padres y que si los padres lo autorizaban, lo llamaran por teléfono para concertar la prueba.  Les entregó una tarjeta con un nombre y un número de teléfono celular.

Víctor se animó a la pregunta: “¿Yo también me puedo ir a probar? El hombre lo miró socarronamente y le contestó, concediendo: -“Si conseguís que tus viejos dejen venir a tu hermano, también podés venir, pero si no es con él, no vengas”.
Cuando el hombre se iba, Tuni le preguntó tímidamente lo más importante, que todos habían olvidado preguntar: -“¿De qué equipo viene usted?”.  El hombre se detuvo, los miró y volviendo a emprender la marcha les dijo suavemente: -“Vélez”.

Esa noche Tuni no durmió. En sus oídos resonaba: “Vélez…”.  ¡¡¡Vélez!!!  Se repetía una y otra vez: Campeón de América, Campeón Intercontinental, Bianchi, Chilavert, nombres y títulos cargados de gloria. Esa gloria que hoy empezaba a tocar su puerta. Sus padres habían tomado el tema con cuidado y respeto y habían prometido pensarlo. La ansiedad de Víctor había generado una pequeña pelea con su padre, que Tuni intentó apaciguar. Su padre les había prometido una respuesta para ese fin de semana. Lo tenía que charlar con su mujer.
El día de la prueba, Tuni preparó su mejor ropa deportiva, que su madre le había remendado, lavado y planchado amorosamente. Desayunó un mate cocido con leche y pan fresco. Puso en una mochila pequeña los botines que su madre le había traído de la casa de su patrona y que sólo usaba en los partidos importantes. Su pie había crecido y le ajustaban un poco... pero él se sentía un profesional cuando los usaba.  Víctor le gritó: -“¡Tuni! ¡Vamos!”- y él salió corriendo.

Cuando comenzó el partido, Tuni veía cómo su hermano caminaba hacia el sector donde haría su propia prueba. Ahora estaba él solo. Rodeado de chicos más grandes en edad y en físico, se sintió ahogado en aquella inmensa cancha de buen césped. La ventaja era que sus botines se afirmaban mejor y su velocidad le daba ventaja ante jugadores más pesados. Tenía 40 minutos, en dos tiempos de veinte, para demostrar por qué estaba allí y dónde se jugaba, probablemente, el más grande destino futbolero de la historia de su barrio, quizás mayor aún que el del Ángel Olaya.

El primer tiempo fue durísimo. Todos estaban allí por la misma ilusión, todos querían lucirse ante el Director Técnico para “quedar”. Los defensores contrarios jugaban a matar y a demostrar su reciedumbre. El Tuni era livianito y rápido, pero sus gambetas enloquecían a los otros y empezaron a golpearlo duro. Le costaba entrar al área con la pelota dominada, a esa altura varios pares de piernas se apiñaban sobre sus canillas huesudas y sus medias bajas.
Hizo dos o tres buenas jugadas y dos pases de gol muy claros, que sus compañeros de equipo no habían concretado. Pero el Tuni estaba acostumbrado a más, y era muy difícil. Muy difícil.

Terminó el primer tiempo y empataban 0 a 0. El Director Técnico se dedico a pedirle más a cada uno de ellos. Cuando llegó al Tuni, lo miró con fiereza y le dijo: “Vos, pibe, viniste acá a hacer goles, si no haces un gol, no vuelvas.” Tuni se mordió el labio inferior, sus ojos se nublaron de lágrimas que no iban a saltar, su orgullo no se lo permitía. Miró su rodilla izquierda manchada de sangre, pasto y tierra, y sus canillas amoratadas por los golpes. El cuerpo le pesaba, pero no le iban a ganar tan fácil, él era de La Medianera. Pensó nuevamente en el Ángel y le rogó por aquel gol.
El segundo tiempo tuvo el mismo tenor del primero. Los contrarios metieron un gol a los siete minutos y el equipo del Tuni se desesperó. Cuando iban 15 minutos, el pibe desbarató a un lateral y al central del otro equipo y le sirvió un gol perfecto al delantero suyo. Empate y festejo. El goleador ni se acercó a saludarlo o a agradecerle el pase. “Eso no pasa en el Barrio” -pensó Tuni y volvió a su posición.

La voz del DT retumbaba en su cabeza: “…si no haces un gol, no vuelvas…”

Con el tiempo cumplido, y el partido empatado, el DT que hacía también de referí, gritó: “¡Un minuto más y se termina!” – miró su reloj y siguió el partido.
Tuni recibió una pelota que rebotó en un cruce entre dos jugadores y decidió encarar hacia el arco. Era su última oportunidad. Pensó en sus padres, en sus hermanos…  amagó hacia la izquierda y uno quedó atrás, pensó en  La Medianera y en los otros chicos del equipo…  clavó la suela del botín zurdo sobre la pelota y otro defensor barrió desde atrás pasando de largo por la pisada de Tuni… volvió a arrancar y con la vista en alto vio al arquero tirado sobre su palo derecho. Buscó el palo izquierdo y encontró el hueco… se preparó para clavarla al ángulo con una comba perfecta que dibujó en su mente varias veces en milésimas de segundo, pensó en la gloria… y sacó el zurdazo. El empeine externo de su izquierda prodigiosa cacheteó el balón y este salió disparado…
Tuni vio como la trayectoria de la pelota se mantenía derecha y nunca llegaba la comba que le daría destino de gol, aquella comba imaginada.
Por su cabeza desfilaron mil imágenes que se fueron diluyendo una tras otra en la desilusión: se imaginaba debutando en quinta división en Vélez, saliendo varias veces campeón en las inferiores, imaginó su debut en la Primera, su primer gol, su “patente” de ídolo, su pase a Europa, toda la felicidad de su familia. Todas las imágenes desaparecían atrás de esa pelota que se iba irremediablemente afuera. Y pensó en el Ángel, y envidió su leyenda que nunca iba a igualar. Y volvió a mirar la pelota casi con desgano, mientras frenaba su carrera y empezaba a darse vuelta para volver a su campo, a su fracaso, a su barrio, a su Medianera.

Y ahí fue cuando lo vio. Todo sucedió en uno o dos segundos.

Pensó en gritar. Mezcla de susto y de admiración, cuando vio una camiseta verde y negra del Torito de Mataderos. Enorme y brillante como si estuviera pintada con esmalte sintético. Como una ráfaga de viento pasó hacia el arco.
Y vio dos grandes alas blancas y los botines de las tres tiras elevándose del suelo. Allí, frente a sus ojos y a toda carrera, el Ángel Olaya se despegaba del piso en un vuelo interminable, volando sobre rivales y líneas de cal. La cabeza erguida y su frente dirigida a esa pelota blanca y negra que esta vez y por el impulso del Tuni, se dirigía lejos del arco. Irremediablemente afuera.
El Tuni se clavó en el piso y gritó: “¡¡Miren eso!!”. Varios lo escucharon y se dieron vuelta hacia donde Tuni miraba. Solamente él veía al Ángel.
El frentazo del Ángel fue suave y perfecto, su cuerpo arqueado y poderoso le dio el toque sutil y necesario; la dirección de la pelota cambió levemente y el arquero, que la miraba irse con desprecio, abrió los ojos e intentó volar con un manotazo agónico. Entró a cuatro o cinco centímetros del ángulo entre el palo izquierdo del arquero y el travesaño y tal fue el asombrado silencio de todos, que se escuchó el roce del cuero con la red.

Tuni no se movió. Cuando vio caer la pelota dentro del arco, levantó la vista para buscarlo. Ya no estaba.
Unos segundos después, sus compañeros de equipo gritaban desaforadamente el gol y los contrarios derrotados, los brazos en jarra  y la cabeza gacha mirando el suelo, negando una y otra vez: “No puede ser, no puede ser…”

Del resto, Tuni no se acuerda mucho. O tal vez nunca lo olvidará.  Víctor lo escuchó mil veces decir “Fue el Ángel, no fui yo”. “¡Callate, pendejo!” le contestó una y otra vez, con una mezcla de bronca y orgullo, una por no haber quedado seleccionado él y otro por el enorme y mágico talento de su hermanito, del cual todos hablaban en las inferiores de Vélez.
Fue el tercer gol del Ángel, el último.
Fue el primero del Tuni.
El Club le dio a Tuni botines nuevos. Los que usó aquel día, cuelgan de la cruz de palo, al pie de la imagen del Ángel.  En la Medianera, claro.

FIN
  
Nelson Acosta García – 2007

lunes, 4 de abril de 2011

Malvinas, el alma herida.

Para todos los que formamos parte de un modo u otro de la "Generación Malvinas", en estas fechas, las imágenes y los recuerdos se agolpan. Vuelvo a publicar aquí un texto que escribí el año pasado, referido al tema. Vaya como un homenaje permanente a todos los que dejaron o se jugaron la vida en una guerra que nadie quería. Gracias por acompañarlo leyendo,

Islas del Sur

Epopeya cobarde contra el viento helado.

Escribo sangre en las noches, de fogonazo y metralla.
Escupo balas secas, como voces de mando ausentes.
Yo, mi pozo zorro y el crepúsculo amargo.
Camarada de armas, pibe viejo de Corrientes, sin lustre y con mucha alma.

Tras su manto… me enseñaron en el Nacional, como previniendo…
Y sigue sudando agua helada la turba oscura. La niebla hostiga.
Pam! Pam! Pam! Vibra el FAL viejo y atorado. Nunca más de tres. Nunca más.

Ciego de santo y seña vá Corrientes a remplazarme en el pozo.
Grita a oscuras, mira sordo el silencio previo. Algo sabía. Pero no me contó.
Y yo vuelvo al trapo, carpa, sábana, manta, nada es eso, barro y espinillo. Y a tientas recorro la piedra ya partida por el plomo viejo, de ayer o de hoy quizás?
No, de hoy no.

Hasta ahora.
Ahora sí. Fogonazo y bomba.
Y no sé si me duermo o me desmayo o me voló el seso derramado. Hasta la luz, nadie dijo nada.
Nadie estaba.
Ni el cabo, ni el sargento. Nadie.
Corrientes dejó su alma lustrada, partido al medio en la carne, su sangre ya congelada por la noche que pasó. Y yo apenas. Y yo a duras penas. Me levanto y veo.
Esa misma sangre pintó la piedra que recorrí anoche con mis manos. Pincel de metralla duro, dibuja salpicando.
Obra terminada.
Y si.
Guerra sin triunfos.

Soldadito sin dedos, sin piernas, sin alma.
No eras vos, ni yo. Debían ser ellos.
Chau Corrientes.

Nelson Acosta García
02/04/2010
(basado en el relato de un buen amigo, ex combatiente de Malvinas)

viernes, 1 de abril de 2011

Ciudad tomada

No sé cuando llegaron. No los escuché. No sé quienes son ni por qué o por quién vinieron.

Esa mañana apuré mi café negro sin azúcar y tomé mi abrigo y mi vieja carpeta de trabajo. Abrí con dificultad la antigua puerta cancel, luego la principal y salí a la calle. No los vi, ni sabía que allí estaban.
La gente caminaba nerviosa, exasperadamente malhumorada. 
-“Es lunes” – pensé.

Doblé en la esquina y recorrí unos 150 metros hacia la vieja estación de tren. Intenté sacar mi pasaje en la expendedora automática, pero la ranura de las monedas estaba bloqueada con una sustancia viscosa, amarronada. No me animé. Busqué la ventanilla de venta de pasajes que tenía un letrero obvio escrito a mano con bolígrafo azul en un cartón manchado y roto: “Ventanilla serrada, disculpe las molestia” (SIC). Caminé unos metros por el andén sucio, plagado de papeles y envases de quién sabe cuantas cosas e intenté sentarme en algún banco, pero todos se hallaban desvencijados y rotos claramente a patadas. La promociones de la empresa de trenes, empastaban las carteleras sin horarios siquiera.

-¿Nos estarán observando?- comencé a preguntarme sin conciencia casi…

Luego de una larga espera, el tren atronó la estación con el chirrido de sus frenos. Como pudimos, los que esperábamos en la estación entramos en esa descomunal lata de sardinas. Arrancamos.

Intentaba cerrar los ojos para aislarme de aquel insano apretujamiento, de los rostros duros que se veían cara a cara o a nuca o a oído, toses y miradas, desconfiando todos de cada uno de nosotros, cuidando carteras, bolsillos, cuerpos o maletines. Ninguna intimidad queda a salvo en esos momentos: los olores, la piel, las ropas, la mirada, el sudor; nada es propio.
Una conversación personal a los gritos por un teléfono móvil, presagiaba un hogar con problemas por la noche a la vuelta del trabajo.

El tren se detuvo. No podía ver siquiera por las ventanillas. Las puertas no se abrían. Giro sobre mi mismo, intentando ver algo más y arrastrando alguna mochila descuidada y logro ver que no hay estación, nos detuvimos en medio de las vías.

Diez, veinte minutos de espera, desde el vagón que nos precede llegan gritos, enojos, insultos.
Se abre una puerta y ventila brevemente ese ambiente pestilente y sofocante de decenas, cientos de personas encerradas en un vagón sin ventanas para abrir, pero cuyo aire acondicionado calienta, en lugar de enfriar ese infierno urbano.

De a poco, más insultos, más gritos, más reclamos, debemos descender del tren, descolgarnos por pequeñas escaleras de emergencia, ancianos, embarazadas, escolares. Entre las vías, los rieles electrificados y la mugre.
Salimos de allí como podemos, saltando un alambrado caído, dispersándonos como hormigas a las que le han pateado el hormiguero. Los vemos allí, son unos veinte empleados (o parecen serlo) de la empresa ferroviaria  que han cortado las vías, poniendo obstáculos y banderas, reclamando por la libertad de un viejo líder sindical apresado por asesinato.  Todos los trenes se han detenido. Todos.

Las hormigas buscan otro camino. El alimento debe llegar al hormiguero, pase lo que pase.

¿Quienes serán? ¿Qué aspecto tendrán? ¿Serán como nosotros?

A duras penas, recorriendo varias calles, un autobús me acerca cansinamente a mi destino. Igual que antes, repleto, sofocante.
Vuelvo a cerrar los ojos, el cansancio y el sueño me invaden. Pronto percibo que hace unos minutos que estamos detenidos. El ulular de sirenas, el ruido de motores, el smog, todo anestesia mis sentidos.

Algunos pasajeros comienzan a descender del autobús, hago lo mismo. Camino unas cinco calles atestadas con cientos de automóviles, taxis y autobuses detenidos, carburando su carburante a pleno humo.  Tocando sus bocinas, los conductores peleando unos con otros.
En ese lugar encuentro el motivo del atasco, banderas rojas,  banderas azules, gritos, cánticos, bombas de estruendo, peleas. Policías, caballos, armas. Una agrupación política corta la avenida para que el mismo viejo líder sindical siga en prisión. Ya no hay trenes, ni calles para circular.

Intento rodear la plaza para apurar mi paso, pero decenas de estudiantes acampan en la plaza y cortan la calle lateral y organizadamente nos desvían a los transeúntes hacia la otra calle. Por aquí no, “¡la Escuela está ocupada!” - nos gritan. Reclaman por calefacción para sus aulas y quieren ser ellos quienes elijan a sus profesores y a sus autoridades y dictar su propio código de convivencia y decidir lo que se debe estudiar.
“¡Democraticemos la Escuela!” nos siguen gritando adolescentes con capuchas y palos.

Hay periodistas, móviles, cámaras que corren de una a otra manifestación con nerviosismo, hacen preguntas, cientos de veces las mismas preguntas, cargan las tintas siempre sobre los mismos temas, salen en vivo, por TV, por radio. Cuando las cámaras se apagan, ríen y beben gaseosas.

¿Por qué vienen? ¿Vendrán por nosotros? ¿Por todos?

Finalmente y con mucho atraso, llego a mi viejo despacho, cuelgo mi abrigo y dejo la carpeta sobre el escritorio. Pienso en mi día, en mi trabajo, en todo lo que tengo por hacer  y ya no podré.

¿Se llevarán a los niños? ¿Buscarán alimentos o riquezas?

Enciendo la radio y  tiemblo al escuchar el breve noticiero: tres muertos en 12 horas, asesinados por robos o por venganzas o “pasionales” o por si acaso. Quiero olvidar todo para poder pensar en mi trabajo, pero no puedo.

Retumban en la ventana los golpes de los tambores que surgen de las entrañas de la ciudad, desde las escaleras del metro. De cada lado de la calle surgen grupos disidentes que pelean, gritan y se desafían. Se arrojan piedras y palos. El Metro de la ciudad está detenido, las vísceras vivas de la red urbana no se mueven, las hormigas salen de los agujeros y huyen despavoridas. Ya no eligen otro transporte, solo corren.

Ya están cerca, vienen por nosotros, de eso no hay dudas.

Van cayendo, minuto a minuto. Nadie avanza, Nadie retrocede. Nadie logra moverse.
Nadie trabaja, nadie quiere hacerlo. Nadie puede. La hormigas obreras se rebelan y paran. Nadie avanza, Nadie retrocede.

Siguen llegando automóviles y la ciudad colapsa. Ellos están ahí y parece que nadie los viera.
Pero yo si los veo, ¿los veo?. Los escucho. Los presiento. Aturdido camino por los pasillos del viejo edificio, abro el gran portón y salgo a la calle. Ellos están ahí. Me rodean. Nos rodean. No, ya no los veo, ni sé si ellos me ven.

Son como nosotros, supongo. Casi iguales. Gritan, corren, gimen y pelean. Como nosotros. Como ellos.

Busco alejarme, camino y corro, camino y corro. Logro encontrar un autobús que me aleje de allí.
Lejos. Donde ellos no puedan encontrarme. Donde nos ocultamos casi todos.

La ciudad queda en manos de ellos. La hemos entregado.

Consigo un coche y salgo por la ruta alejándome de la ciudad. 
Lejos, la carretera surca sinuosamente los sembradíos.
La ciudad era nuestra, es de ellos. Ellos son casi como nosotros.

Casi iguales.
Somos nosotros.

La ciudad está tomada. No debimos permitirlo. No debimos haberlo hecho.


Nelson Acosta García
Un humilde tributo al maestro Julio C.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Mujeres al borde de un ataque de sueños.

Buenos Aires, 8 de marzo de 2011.

Mujeres al borde de un ataque de sueños.

Por alguna extraña razón, todos los 8 de marzo siento que algo debería escribir. Y algo escribo. Y actúo en consecuencia. Y envío mensajes, e-mails, saludos o hago llamados a todas las mujeres que de una u otra manera están en mi vida. Todas son importantes, todas cuentan.

En estos años recibí muchas respuestas, la mayoría agradeciendo, seré sincero, pero algunas veces las respuestas me dejaron al menos en silencio. Desde “…no hay nada que festejar…”; “…lamento que exista un día de la Mujer…”; “…somos tan discriminadas que necesitamos un día, como el día del animal…” y algunas otras por el estilo hasta los agradecimientos mas amorosos y dedicados. Entiendo todas y cada una de las posturas y las respeto profundamente. A quien detestaba la fecha, dejé de enviarle mensajes y a quien lo retribuía con cariño, se mantenía en mi lista de envio.

Pero el punto era escribir, (esta vez tengo el blog!) lo que seguramente permitirá que muchas más puedan leerlo. Después les contaré el resultado de la experiencia.

“…todas las mujeres que de una u otra manera están en mi vida…” escribí más arriba y es una arbitraria selección de ellas, a la vez innumerable e imprescindible.
Cada paso de mi existencia (como la de casi todos, estimo) ha estado signado por la presencia generosa, exigente y muchas veces indescifrable de poderosos exponentes del agraciado sexo femenino. Lo de agraciado no es un adjetivo solamente sino que concuerda con las percepciones más profundas que tengo sobre ellas (sobre ustedes, ¡perdón!)  y con los estados de gracia en que se encuentran las mujeres cuando uno se cruza con ellas en la vida.
Siempre, invariablemente, el estado de una mujer es especial, ya sea en fase de “zen” más absoluta o en el más complejo conflicto que pueda aquejarla.

¡Viva la diferencia! decía una sesentosa y remanida frase, pues para quien esto escribe las mujeres son como un río, siempre distintas, siempre caudalosas, siempre entregando señales sobre una posible crecida, o un desborde o una sequía, señales que los mortales masculinos podemos interpretar muy pocas veces desde nuestra básica y lineal condición, pero juro que nos esforzamos por hacerlo bien.

Antes que florezcan los comentarios aclaro que considero a nenas y nenes por igual, por sus aptitudes, capacidades y características y que detesto las generalizaciones de género que sólo entorpecen el conocimiento mutuo, pero obviamente si intento escribir sobre “las mujeres” busco aguas que permitan homogeneizar aunque sea brevemente las enormes variaciones posibles que el universo femenino nos ofrece.

Siguiendo con la alegoría del río, esa fuerza primal femenina invade desde el mismo vientre materno todos nuestros huecos, permitiendo que nos desarrollemos empapados en ese líquido imprescindible para la vida. Ciertamente, como sucede igualmente en el caso de los hombres, también ese “elixir” puede tornarse tóxico y asfixiante, pero tratándose de las mujeres, el efecto en general, si negativo, puede ser devastador. Eso habla de su poder, de su intensidad, de su enorme influencia que, obviamente, puede ser absolutamente positiva en el caso contrario.
Y por qué no?... me referiré precisamente a esos casos, a los positivos, a todo lo aprendido, recibido y añorado de ustedes, estimadas lectoras.(Disculpen muchachos, hoy les hablo a ellas.)

Considerando que los hombres tenemos una ceguera corporal irreversible con la maternidad, con ese vientre hinchado y esa revolución hormonal, ustedes nos acercan generosamente nuestra mano a su vientre y nos transmiten intensamente lo que sienten, seamos padres, hermanos, amigos o tíos, esa panza la hacen compartida y dadivosa, nos muestran los movimientos y los dolorcitos, las patadas y los descansos. Son nuestra “cámara espía” en ese mundo inaccesible para nosotros. Reniego, como muchas de mis queridas amigas, del instinto materno como una cuestión genética o atávica sino que lo considero un concepto cultural y precisamente por eso, creo más aún que la maternidad es un esfuerzo físico e intelectual superior, un don impresionante y complejo que las mujeres llevan adelante con una hidalguía y resistencia de la que carecemos los hombres. No creo que lo hagan por instinto, lo hacen porque son las únicas capaces de hacerlo.

Del mismo modo, muchas veces nos demuestran, nos conmueven y nos educan con las demostraciones de amor filial, fraternal, materno o amistoso incansable, sacrificado y alegre. También aprendemos de la lucha compleja que pelean en busca de las igualdades laborales, intelectuales o de oportunidad que muchas veces (cada vez menos por suerte) se les niegan. Uñas (pintadas) y dientes para un desafío desigual, pero que claramente van ganando día a día, aunque siempre falte algo más.

Nos entregan toneladas de su exquisita inteligencia en todas las posiciones de la sociedad. Cada vez son más las mujeres universitarias y menos los hombres. Las carreras humanísticas suman cada vez más y más mujeres dispuestas a crecer intelectualmente y nos superan claramente en rendimiento y capacidad en muchísimos casos.

Nos dan su aliento, su aguante, su deseo, su belleza, su sutileza, su mesura, su voz seductora y cálida, sus necesidades, su sensualidad, sus urgencias, su talento…

Seguramente hay un montón de cosas que detestamos, no comprendemos y evitamos de ustedes del mismo modo que ustedes lo hacen con nosotros pero hoy el tema es un elogio a la condición femenina y no una polémica de género.

Y el párrafo final para el amor, ese esquivo, maravilloso, difícil, complejo, completo, imprescindible amor de una mujer. Amor difícil de ignorar, intenso, apasionado, comprometido, desmesurado. Ese amor que algunos hombres tenemos la gracia de recibir alguna vez en la vida y que nos mantiene, vivos, alerta, que nos hace evolucionar o enterrarnos, que nos revitaliza o desanima, que nos subleva o rescata. Amor de mujer. Amor del todo.

Mis queridas lectoras, gracias por todo esto, por estar y si hasta aquí llegaron, por leerme esta noche. Algunas cosas les gustarán más y otras menos, todo es opinable, pero hoy quise sintetizar solamente cuestiones emocionales personales que me generan y por suerte seguirán haciéndolo, todas ustedes. Desde el alma, sin filtros.

Gracias, Feliz Día de la Mujer.

Buenas Noches.


Nelson Acosta García

viernes, 4 de marzo de 2011

Más liviano.

Mis “exclusivos” y queridos lectores, disculpen la tardanza, pero el vértigo diario no me ha permitido explayarme en estos días, aunque aquí estoy, de nuevo en el ruedo. Gracias por los comentarios que me hacen llegar…

Más liviano.

Hace poco tuve una charla con un amigo que nos movilizó algunos puntos sensibles referidos a los sueños, los deseos, las utopías y todas las variantes que encuentren. Surgía en la charla, esa acuciante necesidad que tenemos de tener (valga la redundancia) determinados objetivos: de “vida”, laborales, económicos, sociales, etc. hacen que cada momento de nuestras existencias estén plagados de exigencia y necesidades  (de estas, de las otras tenemos todos, ¿no?)

¿Cuándo es que alguien dijo, escribió, estableció o decretó que todos tenemos que tener sueños, objetivos grandiosos, utopías por concretar o deseos inalcanzables? Seguramente, muchos me dirán que no es equiparable una utopía romántica que un objetivo de “posesión” económica, cosa que es real, pero intento no discriminar ya que todos tenemos nuestra propia forma de sentirnos realizados.  El punto en cuestión no es ese de todos modos, sino la exigencia impuesta o auto impuesta que tenemos de (obtener cosas = obtener felicidad)

Es un tema tratado hasta el hartazgo, lo sé, pero a veces, justamente por ser algo tan comentado y declamado, no le damos lugar a analizarlo desde nuestra propia existencia. Como muchos, uno mismo tiene sueños, deseos y proyectos, ya que debe ser una necesidad inherente a la condición humana, pero muchas veces despreciamos al que se despoja de esas metas y solamente se dedica a llevar su existencia por el mejor camino posible, sin importarle no solo lo que los demás opinen sino lo que su propia carga cultural o ,mejor aún, su evolución intelectual y emocional le exige.

Con los años (uno ya tiene unos cuantos en la alforja) he ido bajando pretensiones y objetivos en pos de obtener una felicidad más fecunda en el recorrido de la vida. Como buen descendiente de castellanos de Salamanca, mi tozudez me ha permitido transitar esos caminos cargadito de ítems a cumplir en toda sufrida vida española (recordemos a nuestros antepasados españoles reprimidos, sufridos y oscuros de hace un siglo, no a la España europea de estos tiempos), pero la evolución natural de la misma y los pocos pensamientos evolutivos que uno consigue desarrollar nos permiten descargar algunas cosas.  Para esto, sería un facilismo recurrir a frases occidentales u orientales como “Dios proveerá” o “Todo sucede para bien”, pero debemos admitir que sea cual sea la religión o idiosincrasia adoptada, resumen claramente la intención de vida del emisor del mensaje. No está nada mal. Aunque uno mismo no logre hacerlo.

Los hijos que crecen nos marcan etapas y dibujan líneas no sólo en nuestro rostro, sino en el recorrido de la vida. Cuando se acerca el momento de su independencia, intentamos empezar a prever el nido vacío y hay que prepararse para ese momento, ahí es cuando nos damos cuenta de cual es la motivación que nos llevó a poseer algo más. Y los hijos son un motivo, no una excusa. Como decía un psicólogo conocido; “Los hijos son la excusa más usada y más perfecta para justificar cualquier barbaridad de las tantas que hacemos”.
“¡¡¡Lo hice por mis hijos!!!” es el grito de guerra más mediocre que podemos utilizar. Hay que asumir que cada uno, tenga hijos o no, hace lo que decide hacer o en todo caso, lo que puede.
Los sueños, las posesiones y los deseos de poseer son nuestros, egoístas, personales, internos y profundos.

Tal vez, deberíamos aprender a recibir la vida un poco más como viene y otro poco menos como queremos que venga. Sigamos apilando sueños, pero no caigamos aplastados bajo su peso y cada tanto, cumplamos alguno, eso aliviana.

Tengamos deseos, planes y búsquedas más simples, más básicas, menos onerosas en su costo no solo monetario sino en su costo emocional y vital. Disfrutemos un poco más de crecer, de los caminos, de las esperas, de las charlas largas, no siempre es tiempo perdido.

Hacia allí intento ir, pese a las pesadas ruedas de la carreta que arrastro estos días.
Espero como siempre, que la búsqueda sea fecunda y que el recorrido me lleve finalmente, por ese camino por el que intento ir, descalzo sobre la arena y con el sol en la cara.

En parte desde allí nació este Blog, ya que en mi caso escribir, aliviana…

Buenas Noches.

lunes, 21 de febrero de 2011

La decisión (Texto extirpable)

Hay momentos en que uno debería tener ese control remoto de aquella película tonta que permitía detener el tiempo, accionar el STOP y parar a pensar cuál es la próxima jugada en la vida que debemos hacer. Al menos unas horas de meditación para tomar decisiones trascendentes que uno juzga como merecedoras de una reflexión más profunda y dilatada.

Pero obviamente este “pensamiento mágico” se desmaya cuando cada mañana regresamos a la realidad más absoluta de los minutos que corren inclementes y también ruidosos debido al despertador chino estridente, ése que compramos para que nos despierte de la fábula onírica nocturna. (De los sueños hablaremos en otra oportunidad)

Somos esclavos y señores de nuestro tiempo, de nuestras decisiones, de nuestros deseos, nos sentimos totalmente vulnerables a nuestro propio criterio y tenemos buenas razones para hacerlo.

El devenir de las horas del día hace que si lo analizamos lógicamente, nuestro proceso decisorio está permanentemente encendido, es una perogrullada pero es real que tomamos decisiones todo el tiempo, pequeñas y grandes. Siempre queremos que esta últimas puedan ser más meditadas y evaluadas pero no nos damos cuenta ni podemos contabilizar las decenas de horas en que todo esto se sigue procesando en nuestra cabeza. Nuestro ser, está habitualmente en estado de crispación debido a las “decisiones” que se están procesando allá arriba, en nuestra “oficina central” cerebral.

El tema es aprender a convivir con esto y permitir al mismo tiempo que la vida fluya serena, divertida y/o adrenalínica, según cada uno necesite o desee.

Todos tenemos nuestros momentos de cavilaciones y análisis, mucho más en épocas de crisis, externas o personales. A veces es con el café de la mañana, mientras leemos superficialmente el diario, a veces en un medio de transporte, nuestro auto, un autobús, un tren. Siempre el proceso sigue y sigue. Y siempre pensamos que necesitamos más.

Hay diversos ejercicios de procesamiento lógico de las ideas, dictados por infinidad de gurúes de distinta calaña, pero nada ni nadie nos asegura que podamos entrenar ese poder decisorio, que es único e inherente a cada uno de nosotros. El que se deprime por tener que tomar decisiones o el que se asusta, lo seguirá haciendo por más que haya leído muchas veces “¿Quién se ha llevado mi queso?” y/o haya pagado fortunas por los seminarios del tipo “Decisiones de vida, la llave de la felicidad” incluyendo los folletitos, el coffee-break  y las biromes con el logo que nos regalen.

Este proceso evoluciona o involuciona con los años, según cada cerebrito pueda y espero por el bien de todos que a más edad, seamos más sabios decidiendo.

Las decisiones son nuestras, necesitan procesarse en el contexto de lo que somos,  queremos ser y vivimos. No siempre tienen que tener un objetivo altruista o revolucionario o transgresor; a veces son sólo decisiones con cierto egoísmo, o con cierta comodidad o con cierto desdén. No discriminemos hacia adentro nuestro. Dejemos que el proceso de decidir tenga que ver con lo que nos pasa hoy, ahora; con nuestra necesidad a veces de patear el problema para más adelante.

Disfrutemos lo más posible de este albedrío que nos fue concedido, dejando que las decisiones sucedan sin guía de bolsillo.

Decidamos cada día, si queremos decidir o no, no nos obliguemos a hacerlo, pero si hay ganas, que la decisión sea una fiesta.

Obviamente muchos de Uds. mis “exclusivos” lectores, opinarán distinto, otros pensarán que este post carece de originalidad y algunos pretenderán sobrellevar este texto, ignorándolo olímpicamente.

En todo caso, la decisión… es vuestra.

Buenas noches

Nelson

lunes, 14 de febrero de 2011

La bicicleta

La bicicleta

Circulando por la calle en los últimos días, tuve dos o tres encuentros con ciclistas que me llevaron a escribir algunas cositas que uno va acumulando en el “costurero” como decía mi tía cuando se refería a los recuerdos. (Nunca supe el porqué de ese nombre, pero me pareció siempre muy pintoresco y gráfico)

Desde el ciclista ese que avanza sobre la bocacalle con su rueda delantera tratando de “prepear” al auto que viene por su derecha a que frene y en el último segundo gira manteniendo el equilibrio, hasta los que atraviesan muy raudamente una senda peatonal llena de personas cruzando una calle o avenida, sin respetar ni el semáforo ni a la gente, el ciclista nativo es un dechado de virtudes urbanas, consecuencia de nuestra cada vez más paupérrima educación (y no me refiero a la académica). Un “argento 100%”, diría. Me incluyo, pues he sido ciclista mucho tiempo y aún hoy cada tanto lo soy, pero desde que les enseñé a mis hijos a andar en bici, intenté, espero que exitosamente, transmitir un mínimo respeto por la urbanidad, predicando con el ejemplo.

Podría hablar y gruñir mucho más sobre el tema, incluyendo bici sendas, normas de tránsito, conductores de automotores sin contemplaciones, ciclistas en la vereda, etc., pero el tema iba para otro lado.

Los recuerdos que van llegando a mi memoria sobre la bici son muchos, desde mis gritos:”Soy un inútil” cuando no podía mantener el equilibrio en la Aurorita de mi hermana mientras me estaban enseñando a andar, pasando por mi escapada al río en bici con mis secuaces de la cuadra a mis tiernos 8 o 9 años, cruzando dos avenidas y la barranca de Acassuso cual epopeya sanmartiniana y que me costara un reto severo y la prohibición de salir a la calle por una semana (en esas épocas, ese castigo era equivalente al destierro en Transilvania y así lo sufríamos).

Y cual repechaje de “Feliz Domingo” juguemos un poco a poner cosas que nos sugiere y/o recuerda la palabra “bicicleta”, sin repetir y sin soplar:

  • Mi primera bici, usada hasta que el largo de mis fémures impedía casi que pudiera girar el manubrio.

  • Una “nueva” de reemplazo, en realidad reciclada por mi viejo de una antigua bici inglesa con freno contra pedal (¡avance tecnológico!), a la cual le instalé el setentoso asiento “banana” comprado con ahorros y a la que le partí el cuadro en épocas en que empezaba a aparecer el “bici cross” (hoy lo llaman MTB) mientras saltábamos lomas de tierra en los baldíos y hacíamos concursos de “wheeling” por la calle a ver quién recorría más metros en una sola rueda.

  • Nuestros carritos de rulemanes necesitaban también de las bicis para ser arrastrados a remolque por el pavimento, teníamos “técnicas de arrastre” y hasta dispositivos para desenganchar automáticamente el cable de arrastre en caso de peligro.

  • La bicicleta de mi abuelo, que llamábamos “el buey” porque parecían cuernos las puntas del manubrio de carrera girado hacia arriba

  • Recién inaugurado, el Bar “La Bicicleta” de San Isidro era el lugar donde invité mis primeras gaseosas, tratando de impresionar a alguna damita tan adolescente como yo.

  • Infinidad de pantalones con las botamangas rotas y/o engrasadas por enganches con la cadena

  • Cientos de heridas, raspones, frutillones y varios en piernas codos y cabeza.

  • La bicicleta “financiera”, término que escuché en los tardíos 70 por primera vez y nunca nos ha abandonado, lamentablemente.

  • La bicicleta fija, que todos hemos tenido en casa alguna vez y jamás usamos.

  • La gente querida que no sabe andar en bicicleta y todos los miramos extrañados como si fuera un virus y no una simple habilidad no adquirida en la infancia por algún motivo simple y lógico como “nunca tuve bici” o algo así.

  • El olor a caucho, a pegamento para parches y a grasa para la cadena de la bicicletería del barrio.

  • La fascinación cuando un amigo o conocido aparecía con una BIANCHI o similar y decíamos: “¡Uhh! ¡Es una “media carrera”!” si tenía cubiertas finitas o el éxtasis de  “¡Uhh! ¡Es una “de carrera”!” si portaba tubos en lugar de cubiertas de calle.

Seguramente a muchos de los queridos lectores, la palabrita “bicicleta” les  sugiere muchos recuerdos o comentarios. ¡¡Anímense y posteen sus comentarios!!
Serán bien recibidos.

Buenas noches.

jueves, 3 de febrero de 2011

El año del Conejo

Gracias a todos por la buena onda y los comentarios!  Como lo prometido es deuda, vamos a meter un poco de humor entre tanto sentimiento compartido de los primeros posteos. Para que nadie crea que esto es un homenaje a la psiquis. 


El año del Conejo

Alguna vez, una amiga me dijo que tenía que ver qué animal era yo en el Horóscopo Chino, y me ayudo a buscar, recorriendo los viejos caminos de la sabiduría oriental o los sabios caminos que Ludovica Esquirru le clavó a sus lectores apropiándose de la cultura milenaria para editar libros y más libros sobre el tema.

Sea como sea, descubrimos esa vez que yo era: Conejo. No supe si ponerme orgulloso o triste, mis conocimientos del zodíaco no me permitían tal libertad como es el decir:  “Sos un típico escorpiano, jodido y mentiroso”. Por suerte no soy adepto al Zodíaco, ni siquiera escorpiano, cosa que lo hace más llevadero porque siempre escuché que eran unos jodidos.

Pero debo admitirlo: soy Conejo. (Este es el momento donde una bella cantante y modelo italiana me canta una canzione del coniglio y yo renazco de mis cenizas.)

¡Este año vá a ser maravilloso! , me dicen. ¿Sos conejo? ¡ Qué bueno! me comentan, como si eso fuera la garantía del pasaje a la eternidad, mientras yo me veo más bien en una cacerola, con una mostacita de Dijon adobando mi humanidad, digo, mi “conejez” .

¡Los conejos de metal van a tener un año brutal!  Mientras, me siento como el conejito de Duracell, color rosa chicle,  envuelto en papel aluminio y temiendo que me confundan con el de Pascua y de chocolate para más datos.

Nunca supe de que se trataba el horóscopo chino, pero me temo que si ahondo en las cosas que voy viendo por la web, seguro que me separo: “Fertilidad y muchas parejas” “Te divertirás con todas ellas!”  Wow! Nunca pensé que el destino me deparara algo así, asi que mejor le esquivo el bulto. Me imagino el año próximo (que seguro será del Dragón o de algún animalito mucho más fantástico que mi Bugs Bunny oriental) rodeado de conejitos de metal fruto de mi fertilidad anual e irresponsable.

Otra cosa que me enteré es que también puede ser uno Gato o Liebre, aparte de Conejo. ¡Hubieran avisado antes! Convengamos que el Gato tiene mucho más glamour y al menos una vida más licenciosa y menos reproductiva que la del conejito peludito.
 O sea que a partir de ahora seré un Gato de metal, ese que mueve la patita y es de la abundancia, lo cual me dá más aspecto de adorno comprado en Montañeses y Juramento que de sabiduría milenaria china.

En fin como quieran llamarlo, aquí ha llegado el año del Conejo, no pensamos irnos, hasta que todas y cada una de Uds. se disfrace de conejita para convertirse alegóricamente en un homenaje a la cultura más antigua de la tierra.

Este es nuestro año, somos conejos, queremos conejear! 

Ni Hugh Heffner lo hubiera pensado mejor.

Buenas noches.

La nueva Noche

Hola mis queridos y “exclusivos” lectores. Por más que sean pocos o muchos, siempre serán Uds. los “exclusivos” para mí.
No tengo muchos seguidores, pero sé y he comprobado que muchos me leen sin afiliación por el momento. Gracias.

La nueva Noche

En mi nueva noche, cada luz se confunde con la otra. Habiendo comprendido que no se trata sólo de un problema de astigmatismo refractario, he intentado anidar mis luces en el mismo árbol y empezar a separarlas.

En este momento de mi vida, de crisis como tantos otros, he buscado discernir cuales son las luces que me han iluminado el camino en los momentos mas difíciles.
Buscando en las polvorientas alforjas, cual Kwang Chang Caine de la ciber-era, voy descubriendo que las luces van prendiendo o apagando según el camino que recorremos y siempre o casi siempre, alguna se enciende en la oscuridad más endemoniada.

Asumen distintas formas o brillos, tienen más duración algunos y menos otras, pero todas iluminan. No pretendo hacer una alegoría del camino y los caminantes, pero cada uno sabe de qué se trata. En este tema de las luces he comenzado a poder comunicarle a la gente, qué es cada uno para mí. Dejé de tener pruritos. Tantos años de ser una buena oreja y un buen “solucionador” (otro neologismo y van…) para mucha de mi gente querida, me han dado un entrenamiento en la franqueza que debiera agradecer a mi vocación de amistad perdurable. En mi adolescencia más temprana, los amigos eran como una entidad inalcanzable patrimonio de los populares. Yo era un gris. De esos que no iluminan nada y a duras penas ven su propia nariz. Las distintas vueltas del camino hicieron que entre mis 15 y mis 17, la amistad en sus más diversos envases invadiera mi vida. Hasta tuve alguna “novia” adolescente y luminosa. Todos ellos sin excepción, muchos absolutamente ignorantes de esta situación, me marcaron el camino a seguir. Aprendí a escuchar, a decir despacio, a silenciar a gritos, a consolar llorando. Pero cada uno me iluminó un trecho.
Luego, en la juventud más universitaria, recogí antorchas que iluminaron mi pasaje a la adultez con la fuerza de un huracán caribeño.

Afortunadamente, cruces y quebradas mediante, hoy siguen a mi lado muchas de esas luces acumuladas en el camino. Es la única mochila que no pesa. Y siguen llegando a mi vida. Nuevos amigos de viejas historias. Amigos ciertos de rebote y herencia.
Todas luces. Todas que iluminan mi nueva Noche.

Vaya este texto escueto como un homenaje. Vaya para el amor de mi vida, que ilumina sin avaricia hasta el rincón más negro, aunque no lo sepa y ni siquiera lo pretenda. Vaya para mis pocos hermanos del alma, de los de ahora y de los de siempre, que siguen teniendo la flama en ristre cual lanza de las Cruzadas.
Vaya para los que depositaron en mi sus secretos más valiosos, sepan que esas luces que me dejaron, alumbran mis catacumbas pero nadie jamás podrá verlas.
Vaya para los que llevan mi sangre en su sangre, que sin imaginarlo, me hacen brillar de orgullo muchas veces. Vaya para los de mi carga genética heredada, que siguen iluminando interminablemente, dibujando líneas en mi rostro, finalmente más horizontales que verticales.
Vaya, al fin y al cabo, para esta vida que fui trazando y a la que sospecho, le quedan demasiados rincones por iluminar aún.

Prometo ser menos “interior” en mis próximos textos, pero entiendan amigos míos que tanto tiempo de espera, necesita un alumbramiento, no sé si doloroso, pero al menos profundamente interno.

Las letras han comenzado a salir, gracias por tolerarlas, y a los que no lo pueden hacer, gracias por haberlo intentado.

Es una verdad de Perogrullo pero entenderán: tanto esperar, tanta palabra apretujada que la salida, no puede ser menos que caótica.
En las próximas entregas, mejoraremos al menos… el orden de salida.

Buenas Noches

martes, 1 de febrero de 2011

Contornos

Hay contornos de una noche
urbanos, ciegos, imperfectos
la leve insinuación de imaginar
un rostro que no es, una mirada que desnuda

No hay forma de explicar
el caprichoso designio de ese encuentro
y esta extraña y deliciosa obsesión
sobre aquella sinfonía en blanco y negro

rumores, sospechas y deseo
que conjugan verbos no explicados
mientras cada pétalo que cae
es un segundo más de esta espera.

Que se disfruta, se percibe y se dibuja
en cada palabra susurrada con los dedos
que tu imagen desliza en el teclado

Interminable ser de piernas inmortales
dicho en letras suena diferente
el comienzo,
la caricia,
y nuevamente así, el contorno de esta noche de sueños
vuelve.