jueves, 29 de noviembre de 2012

Baby


Ayer me conmovió una noticia que era esperable, pero muy dolorosa y por eso, siempre inesperada. 
Ya no estaba más.
Después de pelearla como todo lo que peleó en su vida, se apagó la luz de Baby, la querida Baby, “nuestra” querida Baby. Y en este “nuestra” me permito sacarle la exclusividad a sus seres queridos, a sus hijos, a su marido, porque ella era de casi todos nosotros.

Hoy sentí que las musas de las letras, realmente estaban de duelo. Porque ella fue poetisa y maestra de letras, por simplificar enormemente sus títulos y sus capacidades, pero eso la define. En su creativa intuición, ella ejerció, enseñó, transmitió y divulgó el amor por las letras. Mi temprana adolescencia de poeta frustrado un día tuvo la suerte de cruzarse con ella, la primera persona adulta a la que me animé a enseñarle mis cuadernos, mis versos, mis dolores escritos con rimas, en cuadernos rayados y a pura birome Bic.

Ella escuchó, leyó y se atrevió a darme alas. Me criticó, me corrigió, me enseñó a ser riguroso con algunas cosas de la escritura y muy libre en otras. Deshizo versos e invirtió oraciones y nunca, pero nunca, desalentó el más mínimo proceso creativo. Me llenó de su genuino amor por este arte, me llenó de genuino cariño personal. Fue mi mentora literaria, sin dudas y ella así lo asumía con alegría.

Su hablar atolondrado y veloz te hacía creer que siempre tenía algo que hacer, pero estaba con vos, conversando, escuchando, mimando las letras. Tuve largas charlas con ella sobre libros, sobre historias, sobre poetas, sobre la vida, sobre la adolescencia que compartí desde el corazón y el alma con Mariana, su hija, mi amada amiga de la vida y con Ricardo, querido amigo y gran maestro de sus artes orientales, su hijo heredero de los genes de libertad que ella portaba en su ADN.

Crió a sus hijos desde esa libertad intrínseca de dejarlos ser, de apoyarlos, de la charla permanente, de sentarse a razonar con ellos, cosa no tan habitual en muchos padres de aquellos años. Los dejó elegir, los hizo crecer. Construyeron con su amado y amante Yoyo una familia completa, una visión de la vida conjunta de dos seres tan distintos que impresionaba, pero con un amor mutuo que se firmaba en roca pura. Entre el puro pragmatismo racional de Yoyo y la emoción afectiva y creativa de Baby, siempre corrió un río de amor. Todos nosotros metimos los pies en esas aguas reconfortantes.

Nos abrieron su casa siempre, eramos una banda de adolescentes ruidosos, les copábamos el living, el patio, la pileta, el comedor, su casa de veraneo. Nos bancaron las locuras, los conflictos de cada uno y nos vieron crecer uno a uno, estudiar, crecer más, hacer nuestras familias, tener hijos.
Recuerdo curiosamente que Baby y Yoyo me prestaron su auto para que salgamos entre amigos, antes que me lo prestara mi propio padre. Confiaron siempre en nosotros y respondimos a esa confianza desde nuestra inconsciencia juvenil.

Y pasaron los años y mis letras se guardaron en una caja de cartón durante muchos. Pero la llama seguía encendida y en cada encuentro con Baby, ella la avivaba con estímulos y arengas…

Y alguna vez, gracias a ella también y a las vueltas (o a los revolcones) de la vida, volví a escribir. Y las letras volvieron a mí como todo eso que nunca se va. Aprendí a escribir sobre todo, los dolores y las dichas. Y siempre su guía estaba presente, en mi cabeza sonaban sus consejos.

Ya grande, hace poquitos años, una vez, por esas cosas de la vida y el estímulo de otra querida amiga embebida en letras, escribí un cuento corto y por primera vez presenté algo en un concurso literario. Y el cuentito recibió una Mención de Honor. En medio de la serena alegría que me provocó el premio, sólo atiné a pensar en Baby. Cuando el cuento salió publicado en una edición económica y gratuita, agarré un ejemplar del pequeño libro y munido de una dedicatoria amorosa y agradecida, la fui a ver a Baby.
Ella ya estaba penando sus nanas, pagando sus culpas de tabaco de toda la vida, pero con el espíritu intacto y lúcido.
Se emocionó mucho al recibir el librito, me emocioné con ella y nos dimos un abrazo grande y largo. Y sólo atiné a darle las gracias. Nunca se dejó llevar por las muestras de afecto sensiblero y siguió con un chiste enseguida.
Luego siguió su derrotero y su lucha, acompañada por su gente, por su hija gigante en dedicación y entrega, por su hijo completo en el afecto físico y sensible y por Yoyo en el recorrido de envejecer juntos. Siempre juntos.

La noticia esperable del primer renglón me conmovió, y fui a su casa y vi a sus hijos, a sus bellas nietas, a su amado Yoyo, a sus viejos amigos de toda la vida, también estábamos muchos de los amigos de sus hijos. Abracé con el alma a Mariana, a Ricardo (ambos saben fielmente lo que su madre fue para mí) y a Yoyo que luchará todo lo que pueda contra la falta de su compañera.

Ayer, en su despedida, una persona que colaboró con ella en su casa los últimos tiempos me preguntó:

- “¿Usted es el que una vez hace unos años le trajo un librito con un cuento suyo? 
- “Si, soy yo” le contesté. 
- “Ah! Porque la señora Baby siempre tenía y llevaba juntos el libro de poesías que ella había publicado y el librito que Ud. le trajo, para ella esos dos libros siempre tenían que estar juntos”

Y ahí si, se quebró mi alma, de amor, de respeto, de recuerdos y sobre todo de gratitud.
Esperé a llegar a casa a la noche, tarde. Y mientras todos dormían en casa, pude llorar en silencio y en soledad.

Miento, no fue en soledad, porque mientras las lágrimas finalmente se liberaron, yo iba escribiendo esto y a mi lado, Baby me seguía corrigiendo y dando vuelta las oraciones, como tantas veces.

Nelson

("Baby" era Iris Haydeé Gastón de Fennen, poetisa, escritora, Profesora de Literatura, Maestra de las Letras, madre, esposa y amiga entrañable. Ayer se fue a escribir a otro lado, lejos de aquí. ¡¡Gracias!!)

sábado, 10 de noviembre de 2012

Pequeña Miss Patagonia (dedicado a Nora Espector)

La conocí una fría tarde de julio, en la Patagonia, hace algunos años, luego de una intensa nevada. El sol salió a confirmar quién era el que mandaba y yo estaba en el lobby del pequeño hotel boutique, con otros directivos de la empresa en la cual trabajaba. Varios asuntos laborales se habían concentrado en esa reunión y tres o cuatro personas bebíamos café y algunos minúsculos manjares dulces.

Arrellanados en los sillones frente al fuego, mi posición me permitía ver la entrada del edificio, a unos 20 metros de donde me encontraba. La conversación versaba sobre algunas actividades promocionales que íbamos a desarrollar en esos días. Escuchamos voces en la entrada y movimiento. Me distraje un momento y desvié la vista hacia la puerta. Ella ingresó haciendo ademanes a las personas que estaban con ella. Se detuvo en el front desk, y dio algunas instrucciones. Le avisaron que estábamos allí, dio una mirada rápida hacia donde nos encontrábamos, dijo dos palabras más y caminó hacia nosotros.

Era pequeña, segura, extrovertida y con una sonrisa devastadora. Su aspecto denotaba la formalidad de su cargo, vestía un tailleur oscuro, pero me llamaron la atención sus botas negras: clásicas, elegantes, en punta y con tacos altos y delicados que no condecían con el clima y el suelo de la región. Sus pasos eran rápidos, cortos, sensuales, sonoros y muy femeninos.
Nos presentaron a todos, nos saludó con un apretón de manos firme y un beso en la mejilla a cada uno y se sentó un rato a conversar con nosotros. Era la nueva Gerente del Hotel, quince minutos después, se retiró hacia otras obligaciones. Ese fue nuestro primer encuentro.
Es el que siempre recuerdo, porque fue el momento en que entró a mi vida, para siempre.
Luego se sucedieron viajes, eventos, festejos y actividades diversas. Mis viajes al Sur eran frecuentes por trabajo y trabajar con ella era una fiesta. No había stress posible en cada charla, pese a su poco patagónica hiperactividad, porque hasta en el más complejo problema, su sonrisa nos impedía perder la línea del disfrute. Compartimos amigos en común y gracias a ella conocí personas deliciosas que fueron y siguen siendo importantes en mi vida.
Algunas mesas compartidas, una apuesta graciosa que perdí y me tocó pagar una cena para ambos.
Esa noche me resultó fantástica, me contó su vida, su película de aventura de hijos, países y ex maridos, bebimos uno o dos Merlot de mis favoritos y las pastas artesanales nos cobijaron el alma. Me sedujo de lado a lado, su espontaneidad, su humor, su postura frente a su vida y a sus propios desmanes emocionales, su femenina complicación. Digamos que mi corazón, mi amor y mi deseo estaban ya en ese entonces depositados en otra dama, la misma que por suerte hoy sigue compartiendo mi vida, pero si no hubiera sido por eso, seguramente me hubiera devorado el romance, sin garantía de salir exitoso, obviamente.  Con lo cual, las reglas de juego y de nuestra amistad, quedaron claras. Y en ese juego de iguales nació un cariño enorme, una complicidad graciosa y zafada, nos reímos en eventos sociales y de amigos, trabajamos, bailamos más de una vez y hasta me escuchó cantar un tango que ella recuerda bolero. 
Y hoy, varios años después, recuerda detalles que yo desconozco. Hay guiños y recuerdos confusos, pero todos profundamente vívidos y gratos. Nuestros encuentros a lo largo de los años fueron pocos, realmente, pero la intensidad que siempre tuvieron me ha hecho pensar que fueron muchos más.

En algún momento se fue de aquel trabajo que compartíamos, volvió a su “entorno natural” allá por el Llao Llao, nos seguimos viendo, chateando por Internet, o cruzando por la vida, sabiendo uno del otro por amigos en común. Y en otro momento empezó a disputar una lucha silenciosa, de la cual, de un modo u otro nos fuimos enterando, por ella o por los demás. Los stilettos más femeninos de la Patagonia, seguían pisando fuerte.

Y esa lucha, hoy la sigue disputando, ganando batallas todo el tiempo, aunque pierda algún soldado en ellas, levanta la bandera de su sonrisa y avanza de nuevo hacia el frente. Y me reclama letras y “puesías”, por Facebook, por Twitter, por chat, y yo me derrito en sus pedidos. Y la admiro en su entereza, en su belleza íntegra y femenina y la quiero con toda el alma.

Y aparte de las “puesías”, hoy le quise escribir esta, nuestra historia chiquita y dulce, solamente como un testimonio de todas las nuevas historias y “puesías” que vendrán, siempre que ella quiera seguir iluminando esos rincones literarios de mi vida.
Porque ilumina aunque no quiera, porque ríe con la sonrisa más seductora de todas, porque sus hijos, sus nietos, sus amigos tenemos la suerte de tenerla todo el tiempo pidiendo y dando más. 

Y siempre habrá más poesía para vos, Norita, desde el alma, porque me seguís dando letra…

Y como dice una frase que vi en tu Face: "La gente bella, no surge de la nada"
Con profundo cariño

jueves, 8 de noviembre de 2012

La vio imperfecta


La vio imperfecta, apenas la conoció. No supo más de ella que su nombre y su rango: “es la novia de”.
Mutó, miró, cambiaron miradas, hubo encuentros, sociales, amistosos, grupos, salidas. Transitó su soledad de años viendo como ella le sonreía, o movía su cabello, o lo miraba cariñosamente.
Cierta vez cruzaron la piel de sus manos casualmente, posando para una foto de amigos varios. La perdió un tiempo y la volvió a encontrar. Y la piel se cruzó de nuevo.

Pero había peros, “la novia de” mantenía el rango. Y cada vez le sostenía más la mirada. Sus ojos declararon otra cosa en un ascensor donde sólo cabían dos. Y el perfume de su cuello sonrojado recibió dos besos de sus labios de hombre sólo.

A él le presentaron diez amigas. Dos eran amigas de ella. Ninguna superó el regreso de un viaje de fin de semana. Pero las dos amigas, sin saberlo, le dieron datos, le mostraron ambientes desconocidos. Y el cuello seguía teniendo el perfume de los labios que él ya había dado por perdidos.

Besó cien veces, cien bocas, sin sabor. Todo el resto era imaginado. O ya no. Ella cedió una vez, la comisura de la suya, turbada, excitada, confundida, culpable.
Y ese beso se derramó en la boca de ella, casto, suave, superficial y candente, Y cedió paso a su mejilla. Y acompaño la búsqueda del cuello aquel del perfume, y se perdió en lágrimas.
Y supo que el perfume no era tal, era el sabor de su piel, era el deseo exudado de ella que no se atrevía. Y no se atrevió. Y hubo encuentros, furtivos, cortos, largos, tersos, silenciosos y conversados.

Y el destrozaba su soledad con sueños, con las fotos de ese día, de esos días... de esos tiempos. Imaginó cuentos donde habitaba entre sus piernas interminables, contó centavos de piel robados en una caricia de cocina.

La vida cambió, pegó, dolió, dibujó feo y amaneció lindo. Y la mirada seguía allí. Y la sonrisa madura de ella y su dolor. Y él sin querer erosionar su piel de nuevo, quiso dejarla de lado. Olvidar sus fotos, su perfume, su cuello y la mirada cariñosa. Y no pudo. Y hubo lágrimas a oscuras que ella nunca vio. Y ella jugó su carta más dañina, sin saberlo. Lo dejó que se deslice cuerpo abajo.
Y él amó su piel, su cabello, su pecho, su mirada y su cuello por última vez. Demolió su cuerpo en amor derramado, y comenzó a despedirse de todo.

Y ella nunca lo vio irse, porque no volvió a girar su rostro hacia donde él estaba.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Desasosiego


Mis queridos lectores, disculpen la tardanza, anduve tratando de vivir una vida que no quiero mucho, pero que a veces se me hace necesaria.
Cada ausencia de las letras me confirma más firmemente que este es el lugar donde quiero estar, el mundo en el que quisiera vivir, jugando, creyendo, trabajando, vistiendo y desnudando con las palabras, pero claramente, no lo logro aún.
Eso no quita que hoy esté aquí, remando entre efluvios médicamente narcóticos, pero volviendo a repasar el teclado, no sin proponerme que esta vez será mucho más cercana a próxima, como hago cada vez. Y prometiéndome cumplirla, como cada vez también.
La palabra de hoy es “DESASOSIEGO” y tal como casi cada vez que hablamos, la Real Academia española me da una manito:
Desasosiego: (De desasosegar). 1. m. Falta de sosiego
Y su correspondiente…
Sosiego: (De sosegar). 1. m. Quietud, tranquilidad, serenidad.

Fuera de las condiciones que me llevaron a esta situación, hacía mucho tiempo que no vivía esa sensación de “desasosiego”, es más, creo que la última vez que sentí algo parecido fue hace más de doce años atrás, durante una de las circunstancias más complejas de mi vida.
Pero esta vez la cosa llegó por otro lado, por la parte profesional y laboral. Nunca pensé, confieso, que a esta altura de mi vida me pudiera suceder. Uno ya siente que ha recorrido miles de kilómetros, y que ha tenido experiencias buenas, malas y de las otras, así que se siente inmunizado contra la estupidez y el caos. Pero está ahí, acechando en la actividad laboral más resplandeciente.
Y sin entrar en detalles, paso a paso, día a día, llegó el desasosiego.
Silencioso, progresivo, sin grandes anuncios, un día el desasosiego se asienta en tu alma, en tu mente, en tu cuerpo. Esa “falta de tranquilidad” por definición, se hace cargo de las decisiones que cada día uno toma en el trabajo, en la vida cotidiana, etc.
La desconfianza en uno mismo, el desamor por el trabajo, la sensación de que nada es suficiente, todo se monta en el desasosiego. El insomnio, la pelea por conseguir recursos, las decisiones en sentidos contrarios con diferencia de horas, los egos enfrentados, los que saben todo pero no resuelven nada. Cuando la respuesta a los interrogantes es: “Porque sí”, algo está irremediablemente roto.
Hace un par de días eclosioné en una crisis provocada por estas situaciones y debí optar entre poner el pie en el freno (con todos los riesgos que ello implica) o seguir adelante sin medir las consecuencias para mi propia salud.
Fuerte aprendizaje esta de la vida adulta, donde uno ya creía que no aprendía nada. La imágenes se sucedieron en mi mente, los sentimientos me bombardearon el alma y me di cuenta que no. Que no valía la pena dejar casi la vida en pos de salvar la falsa dignidad o de superar los escollos insalvables que te ponen delante aquellos que solo quieren (valga la redundancia) lo que ellos quieren.
Conozco mis capacidades, mis falencias, mis virtudes y mis defectos, y la deformación profesional hace que uno aprenda a disimular unas y potenciar otras, pero cuando la visión de quienes debe conducir un proyecto de vida, laboral o de investigación se va nublando, el manejo de cualquier cosa: proyecto, empresa,  emprendimiento laboral o vital, es casi imposible
Mis años de profesión me enseñaron que construir un equipo para conseguir un objetivo común es la única manera de obtenerlo. Si por añadidura, tu función es conducir ese equipo, te convertís en el engranaje más plano y más aceitado que debe haber. No existe otro modo. Embarcado en esta verdad de Perogrullo, pero siempre efectiva, puse hace unos meses manos a la obra.
Para simplificar la cosas, puse los objetivos más importantes en fecha y me propuse llegar a ellos de la mejor manera. Hasta ahí, nada especial.
Lo especial sobrevino al verificar que los recursos con los que íbamos a contar, literalmente no existían. Ni humanos, ni materiales. Lo único que sí seguía existiendo eran las demandas de cumplimiento de fechas y objetivos.
Mis estimados e inteligentes lectores me dirán: “Nada nuevo, siempre es así”, pero depende la forma en que cada uno se tome sus responsabilidades, el resultado que se obtiene.
Yo soy de aquellos estúpidos que decide tratar de hacer todo, de todos modos y como sea comprometiendo cada segundo de mi vida en que las cosas resulten según lo planeado. Les confirmo que lo de “estúpido” es un juicio de valor acertado ya que lo que correspondería es hacer todo lo mejor que se pueda, con lo poco que uno dispone y que todo resulte de acuerdo a lo “posible” ya que la responsabilidad deja de recaer en uno.

Pues no, estimados, opté por el otro camino, por el primero, lo que me llevó inevitablemente a la locura y el desasosiego. “Todo no se puede” “que te resbale..” “Hacé hasta donde puedas..” etc. son frases que escuché.

Hasta que colapsé, hasta que el desasosiego se hizo carne, sangre y nervio en mi mente y en mi cuerpo y ya ni una ni otro respondían adecuadamente.
Y dije basta. Y solté. Y busqué ayuda.
Y aquí estoy, tratando de que mi terapia de letras fluyendo funcione, tratando de ocupar el espacio que quiero ocupar, tratando de que mi gente querida me tenga más y lo mejor de mí, no retazos que otros se ocuparon de desgarrar.
Era sólo catarsis esta vez, pero mis pocos y exclusivos lectores saben que cada letra en este Blog  es un peldaño pulido en piedra, que la reconstrucción y el destino abrigan ahí afuera.
Hoy empieza otro camino… uno más y van…  Lo bueno es que nunca sabemos adonde vamos, pero reconforta saber que ustedes acompañan.
Buenas y pocas noches, amigos.

lunes, 6 de agosto de 2012

Extrañándote...

El verbo “extrañar” (Del latín extraneāre) tiene muchas acepciones en el Diccionario de la Real Academia Española, más precisamente ocho acepciones y/o significados pero solamente, o fundamentalmente, de una sola de ellas estaremos hablando esta noche, la cuarta, que dice así:  4. tr. Echar de menos a alguien o algo, sentir su falta. 

En los últimos tiempos, estos de tecnología y redes sociales, he percibido un aumento notable de una expresión de afecto, el “te quiero mucho” o sus miles de variables de escritura (TQM, TKM, TQU, etc., etc.) que es utilizado indistintamente entre novios, parejas, amigos, familiares, compañeros de trabajo o estudio, etc.

Lo que prejuiciosamente podría calificarse como una pérdida de valor del contenido o la sustancia de la frase (del amor se trata, básicamente) lo interpreto como una genuina humanización de las expresiones virtuales, que permiten a alguien comunicarle a otro directamente algo que siente en forma real. No es poco para tanto vilipendio a la “deshumanización” de las relaciones, que reprueban todos los que (simplificando) no están conectados a Internet.

Pero (siempre hay un pero) hay una expresión que no tiene ni el mismo valor, ni la misma nueva cotidianeidad del “Te quiero mucho” y es esa otra frasecita que dice “te extraño mucho”

Otra connotación, mucho más profunda aún aparece cuando uno lee la acepción del diccionario que inicia este escrito: “Echar de menos a alguien o algo, sentir su falta”

“Echar de menos” es una expresión castellana poco usada en nuestra región y nos puede resultar lejana,  pero si analizamos la otra parte: “Sentir la falta de alguien” tiene una potencia y expresividad demoledoras.
Cuando extrañamos a alguien nos falta algo, estamos incompletos, hay un vacío a ocupar. Es una mezcla de desolación y dependencia deliciosas. Somos más vulnerables al decir “te extraño” que al decir “te quiero” porque el extrañar se padece, no somos sujetos activos como al “querer” a alguien.

“Me hacés falta”, “Me completás” “Necesito tu presencia” son expresiones derivadas de extrañar que remiten directamente a una sensación física, a la falta física y presencial del otro. Además, esto conlleva otras implicancias que tienen que ver con los sentidos: ver al otro, tocar al otro, abrazarlo o tomar su mano, o besarlo, o sentir su presencia. El cariño y/o amor que supone un “te quiero” es una emoción profunda que busca su expresión en palabras. El “te extraño” vá más allá de la emoción para ser una experiencia vital y concreta; puede extrañarse incluso a algún amor que ya no es tal, pues aunque casi siempre implique afecto, la falta del otro es física.

Y me alegra que la gente la use mucho menos que el “te quiero”. Egoístamente sé que cuando le digo a alguien que la/lo extraño, le estoy diciendo que mi ser completo acusa la falta de su presencia, de su cuerpo, de su voz, de su mirada. Y sé que el cariño, afecto o amor, está implícito, no necesito agregarle el “te quiero”.
Por eso, cada vez que alguien te dice que te extraña, recordá que va más allá de una expresión de afecto; ese alguien te necesita, le faltás, hay un vacío en su vida sin tí.

Y cada vez que digas “Te extraño”, poné el valor de lo que estás diciendo en su punto real, no regales un “te extraño”, pero no lo escatimes, cuando el cuerpo lo pide: "Sí, te lo digo a vos"

No me extrañen, queridos  lectores; nos vemos pronto.

Buenas noches, pocas noches.

miércoles, 27 de junio de 2012

Red Queen


Reina de diamante, roja la baraja
tiemblan en el fuego las sortijas de tu pelo
Y mirando hacia allá descubro en serio
cuánto de vos explota en mi sien
y en mi deseo.

Mirada esquiva, convencida por constancia,
la verdad arrulla el sentimiento expuesto.
Descubro constelaciones nuevas en la noche de tus pecas,
en tus pechos, en tus hombros, en tu espalda,
pequeños lunares quietos, nunca tan astrales.

Devoción y cielo con colores de infierno
y la cintura dibujada en el cuerpo firme y terso
Los objetos necesarios de mi extraña resonancia
consuelan tu desdicha temporal y amenazan
con descubrir
las variantes infinitas de los besos
que soñé aquella noche
mientras una a una, caían las cartas.
Sobre esa piel desnuda y tus labios, eso si, van mis dedos.

La tristeza, el tedio y luego la destreza
de volver a dibujar tu sonrisa interminable
son juegos ganadores de esta partida insana
de amarte así, Reina Roja
siempre en llamas, 
siempre en fuego.





miércoles, 13 de junio de 2012

La muerte del amor


Lo prometido es deuda y hoy…  hablamos un poquito del amor.

Tengo en mi alforja un puñado de verdades no absolutas y un millón de frases, sugerencias y consejos de amigos, enemigos, compañeros, y de los otros.

Qué complejo es hablar del amor, sobre todo cuando uno ha recorrido ese andarivel con suerte variada y derrotas múltiples. Por eso y para hacerlo un poquito más cercano a la realidad, hoy hablamos de la muerte del amor.

Tanto autor dedicado al nacimiento, desarrollo y plenitud del sentimiento más absoluto y maravilloso de la condición humana y tan pocos dedicados a la otra parte, a la muerte de ese mismo e inconmensurable sentimiento.

Antes que nada, permítanme decir y declarar ante ustedes que soy un defensor del amor más puro, de aquél único e irrepetible, de ese incondicional y luminoso sentir. Pero a la vez debo confesar que soy humano, imperfecto y falible, realista y romántico de quimeras rotas.

¿A qué vienen las aclaraciones? Al más elemental de los sentidos…el común. Ese deleznable (siempre que hablemos a la vez del amor) sentido que aflora en nuestras vidas en forma directamente proporcional a los años que declara nuestro documento.

“Confieso que he amado” escribió algún genio literario y a causa de estas frases me descubro preguntándome alguna vez que tan lejos está la estupidez del Premio Nobel.

Muchos de nosotros hemos amado y seguramente amamos hoy, aún, o en este instante, o dentro de un mes. No alcanzamos a distinguir con claridad un sentimiento de otro, la urgencia física de la necesidad inasible del otro.
Lo que sí logramos descubrir en un momento determinado,  con más o menos dolor, (en general con mucho más, me incluyo) es que ese único, irrepetible, interminable y absoluto amor que impregnaba nuestras vidas, no está más. Desapareció. Se transformó. Mutó irrepetiblemente en algo profundamente distinto.

“Se murió el amor.”

Qué duro y complejo suena, pero al mismo tiempo la frase suena plena de sabiduría y seguridad.
Podemos dudar si estamos o no enamorados, si realmente sentimos amor por ese otro ser. Pero de lo que jamás tenemos dudas es cuando descubrimos que ese amor ha muerto.
El vacío más devastador acompaña esa clarividencia y una sensación de desasosiego lo inunda todo, pero curiosamente acompañada de una seguridad, consistencia y convicción a la que no nos ha llevado ni el más absoluto de los amores.

La muerte del amor es fría, dura y consistente como una pared de granito. Real, completa y devastadora como una batalla perdida. Los muertos están ahí, aún humeantes, pero nada puede hacernos creer que ellos van a revivir y que el destino de la batalla será otro que la derrota.

El amor crea, imagina, proyecta, deforma, fantasea. La muerte del amor, no; es pragmática, sórdida y terriblemente real. Pero es sanadora, triste y liberadora. El amor te atrapa, te seduce, te enrosca. Su muerte te libera, te desata, te eyecta, te deja afuera. Desnudo y sangrante, pero vivo y liberado.

Esa muerte silenciosa te hace respirar a bocanadas, te separa las lágrimas de los ojos y tu piel queda en carne viva. El aire entra a raudales y los demás sentimientos hacen su juego loco y enrevesado: frustración, odio, rechazo, tristeza, soledad, dolor… todo se mezcla y lastima, pero es real y curativo a su vez.

Vuelvo a repetir que soy un creyente total e ilimitado en el amor, pero como muchos que han pasado por los dos extremos de esta experiencia, la muerte del amor es lo único que no te deja dudas.

Las románticas dubitaciones del amor son deliciosas y esquizofrénicas y afortunadamente, mejoran su calidad con los años. El amor con el tiempo se hace más sabio, más tolerante, más trabajado y más sabroso.

La falta de amor es inmutable en su crudeza, pero no es lo mismo que falte por no haber amado nunca que porque alguna vez amamos y ese amor ha muerto.
Quién no ha amado profundamente no puede comprender la dimensión de la muerte del amor. Puede interpretarla, traducirla o tocar de oído, pero no la comprenderá hasta que retazos de su piel queden en las púas del alambrado de salida del amor más intenso.

Como todos los sentimientos humanos y sus experiencias, la muerte del sentimiento más sublime nos provee aplomo, seguridad, un cuero algo más curtido y sobre todo, serenidad para comprender la diferencia.

Este querido Blog me ha reportado muchas lecturas de desconocidos críticos, detractores y sobre todo (por suerte) seguidores y hace un tiempo alguien me pidió que habláramos un poco del amor. Aquí cumplo. No cierro puertas ni temas, pero preferí abordar una idea distinta al remanido tema del amor “per se”. Es difícil hablar de la muerte, en cualquiera de sus formas. Pero tal vez es la mejor forma de festejar la vida.

Por eso:  “El amor ha muerto, ¡viva el amor!”

Pocas y buenas noches, mis querídos lectores.

Nota:
Por favor, dejen sus comentarios, sugerencias y críticas. El sistema del Blog me obliga a moderarlas para su publicación, pero por suerte nunca he tenido que “moderar “ ninguna. Así que, a expresarse, recomienden si les gusta y critiquen si no.
Gracias.
El autor.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Me comunico poco, últimamente.


Me comunico poco, últimamente.
Como si cada palabra, gesto o expresión pesara una tonelada y media, como si el sencillo ejercicio de articular pensamientos y hacerlos trascender más allá de uno mismo fuera una descomunal carga en la espalda y en los sentidos.

¿Me comunico poco, últimamente?
No es que me haya comunicado mucho nunca . Muchos buenos amigos, víctimas inocentes de mis desvaríos suelen decir que “casi nunca” (en realidad dijeron “jamás”, pero quiero exculparlos de tal carga) expreso lo que realmente me pasa. ¿Será tan así?

Hace poco tuve la oportunidad de ser “analizado” técnicamente por una psicóloga muy profesional, que me hizo una devolución cuanto menos, asombrosa sobre mis propia psiquis y dónde surgió también este tema de la comunicación. En este punto, decidí que podía ser importante poder comunicar por escrito mis problemas de comunicación. Abusemos de la palabrita, un poco.

Munido de lápiz y papel o, mejor dicho, de un teclado y una pantallita plana ad hoc, comencé a desgranar estas ideas algo tormentosas sobre mi relación con el tema. Tampoco es que se nos viene el programa “Comunicación para todos... y todas”, pero en estos tiempos de hipervínculos virtuales y poco abrazo genuino, solamente acercarse al tema… es una forma de exorcizarlo.

¿Me comunico poco?
Comunicamos con todo: gestos, expresiones, palabras dichas o escritas, arte visual, música, etc. pero muchas veces quedamos con la sensación de estar profundamente aislados. En mi caso particular no tengo problemas en comunicarme, expresarme y mostrar, la timidez no es lo mío pero, sutilmente, utilizo hasta un exceso de esa energía, simplemente para poder enterrar la expresión más profunda y temerosa que es la de exponer quién y realmente qué soy.

Seguramente somos muchos en este mismo barco y el hecho de la existencia de este Blog hace que se entienda que la letra escrita es para mí una pala con la que voy cavando en las catacumbas de mi subconsciente, desenterrando no siempre reliquias valiosas, sino de cuando en cuando, algún viejo cadáver devenido en miseria personal.

Todo esto no debe significar que me comunico correctamente, claro está, pero… antes que alguien me haga la advertencia, puedo preguntarme qué es lo “correcto”. Como decía el Maestro Dolina (aproximadamente): “No me quedo muy tranquilo siguiendo el sentido de circulación que marcan las señales, sobre todo sabiendo quiénes han sido los que pusieron esas señales”

En épocas de crisis interna, prefiero poner en duda las garantías y jugar a ser el que patea el tablero, asumiendo el riesgo de fractura que conlleva, si el tablero resulta ser de esos de mármol de alguna plaza, por ejemplo.

¿Me comunico?
¿Quién comunica todo y bien? Seguramente nadie, pero estaría bueno que empecemos por aceptar que la comunicación no sólo depende del emisor, sino (y de manera fundamental) del receptor. Uno puede gritar su puñado de verdades al viento, pero sin audiencia la comunicación se reduce a cero.

“No contás lo que te pasa.” “No expresás lo que sentís.” “Tu procesión va por dentro.”
Son ejemplos de frases que escuchamos de gente allegada y querida, pero en los últimos años he detectado que en el momento en que uno empieza, sufrida y valerosamente, a desgranar su propia historia, el otro siempre se vuelve autorreferencial: “A mí me pasó eso y yo hice tal cosa…” “Yo en tu lugar hubiera hecho tal otra…”, “En mi caso fue diferente porque…”, etcétera. Es casi inevitable terminar en ese sitio y me incluyo en la volteada, ¿eh?. Me he sorprendido cometiendo ese error de terminar hablando de mí cuando el otro intentaba drenar sus sentimientos ahí nomás, sobre la mesa de café.

¿Entonces? ¿Hablo de mí o no hablo de mí? ¿En qué quedamos?

La verdad, a esta altura de la fiesta, creo que tendríamos que aprender a escuchar un poco más lo que el otro nos está diciendo, olvidando por un instante que no somos él.

El problema no es que uno no comunique bien o que comunique más o menos cosas, el problema es que olvidamos el camino de ida y vuelta y creemos que ese requisito se completa con 144 caracteres por vez y con tener la nobleza de re-twittear la respuesta. Pero el camino parece ser otro. Más corto, menos cool, más ordinario tal vez, pero sobre todo más parecido a una mano en el hombro y una mirada silenciosa mientras el de enfrente se desangra en palabras. Y no reniego de las nuevas formas de comunicarse, al contrario, las reivindico como una herramienta complementaria importante para nuestra vida de hoy, pero el peso de una mirada hermana tiene la potencia de un huracán.

Comuniquemos un poco más, pero escuchemos mucho más, al menos eso parece tener un futuro menos prodigioso pero absolutamente más humano.

Buenas noches, mis escasos, exclusivos y queridos lectores… ¿la próxima?... la próxima hablamos de amor.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Pasado perfecto


Hoy desnudé el deseo de mirarte en primera persona
hoy dibujé dos veces más de lo recomendable la curva de tu cadera

Y en medio de tanto desamparo, falta y descontento
retorné jadeando al hueco de tu espalda.

Por qué no decir que tu voz está sabiendo mis urgencias
de tener conformado ese mapa que pedías.
Flechas, direcciones, destinos y desatinos, no reparo en gastos cuando voy a equivocarme

El arco de tu empeine es mi parábola perfecta, el fetiche activo de mi raro devenir.
Miserias más, pobrezas menos, todos trazamos la misma curva en la caída.

Y allí en el fondo de la historia nuestra, unos pocos caracteres resumen lustros de espera,
Derraman previsión, miedo y malicia contenida, solamente por no librar los labios a los besos,
al abrazo,
a la caricia,
a la piel más tersa del deseo.

A tu boca, que dibuja en mi perfil, siempre, otra amenaza.

viernes, 6 de abril de 2012

Sonidos de percusión


Seguirás llegando
en esta noche cierta
tu roce, el tacto y la piel herida
aunque el tiempo, espero,
dibuje otro almanaque.

Cantando tus notas de feria inalcanzable
percute en mis oídos tu voz y mi recuerdo oscuros
sinfonía corta de notas
vientos, bronces y palillos

Brillante porvenir, destino bahiano
dibujando espuma de mar en clave de sol y sostenido
aturdió el sentido del compás cerrado
y desguaza su estrella terminada
en los palos seniles del naufragio anticipado.

La voz que tus ojos callan, dispara mi recuerdo y canta
tu extraño acertijo de frases y cedillas.

Y el mar, ahí nomás
extraña verte
 ·  · 

lunes, 27 de febrero de 2012

Acero y Sangre

La hoja de acero afilada se hundió en la carne, abriendo un surco limpio y definido en la piel pálida. La sangre comenzó a brotar inmediatamente, descontrolada, caliente, vivaz; formó un caprichoso dibujo sobre la dermis ultrajada y se amontonó desordenada sobre la herida.

Él intentó sobreponerse a la sensación del acero frío dentro suyo y al dolor agudo y repentino. No lo esperaba, no creyó que le pudiera suceder a él, aunque ella se lo había advertido. Quiso gritar.

Las gotas de sangre invadieron toda la escena, desordenadas, chorreantes, densas; una tras otra se unieron formando figuras sobre la superficie y acomodándose guiadas por la gravedad, se unieron a los demás fluídos y formaron un pequeño riacho de color oscuro que buscaba un cauce donde desaguar.

Sintió que el líquido ácido y penetrante se filtraba en la herida y las punzadas de dolor se hicieron más intensas. La sangre no cesaba de manar. Reprimió un grito de dolor para no delatar su herida, su ubicación, su error, este error que estaba pagando con su propia sangre, con su carne lastimada y devastada.
La herida latía rítmicamente, acompasada con el dolor. Se le nubló la vista, sintió que podía desmayarse en cualquier momento, buscó donde afirmarse para no caer. El liquido rojo y espeso ya teñía el agua completamente

¿Cómo había llegado a eso? ¿Por qué a él? Justamente a él que se había ofrecido inocentemente a realizar esa faena peligrosa, ingrata. ¿Inocentemente?  Bueno, tal vez eso era lo que intentaba transmitir a los demás y a si mismo, pero la culpa y la necesidad de demostrar algo más, lo habían impulsado. No era una oferta inocente, muy por el contrario era tendenciosa y especuladora. Quería demostrar que podía hacerlo, por más desagradable que fuera. Lo que no calculó, fueron los riesgos. No imaginó que su propia supervivencia podía estar en juego.

Apretó sus mandíbulas reprimiendo otro alarido de dolor, de bestia herida; quería insultar, gritar hasta perder la voz, pero debía soportarlo si no quería ser descubierto.  Si aún le quedaba alguna esperanza, debía terminar la tarea que le habían encomendado, aun a costa de su propia sangre. ¿Podría hacerlo sin sucumbir? ¿Cuánto tiempo más iba a mantenerse lúcido?  Intentó mantenerse alerta recordando alguna otra situación similar. Algunas pocas veces había tenido faenas similares y más de una vez, su sangre había sido el precio. Pero esta vez todo había ido más allá. Mucho más allá.
La herida era más profunda que nunca, imaginó. ¿Cuánta sangre había perdido ya?  Seguramente esa pérdida le provocaba ese mareo cada vez más intenso.
“De un momento a otro voy a caer”, pensó, “¿Quién sabrá de mí?” “¿Alguien llegará a tiempo para salvar mi vida?”

Había sido escogido para ser el victimario y ahora él era la víctima. Pero su ultima presa estaba casi intacta, su piel blanca, casi pasivamente aguardándolo.  Ya había dado cuenta de los dos primeros, había visto sus entrañas desechas bajo la luz de esa lámpara fluorescente vieja y ruidosa. Había disfrutado al hacerlo, prolijamente, con precisión de cirujano, felicitándose por el resultado. Pero en la tercera, cuando había asestado el primer corte llegó la oscuridad y la estocada, el dolor, el grito, la sangre… el silencio aterrador.

Intentó afirmarse, tomó el cuchillo y se abalanzó sobre ella. Su propia sangre salpicaba la piel blanca y se mezclaba con el líquido vital de su víctima que a su vez penetraba en su herida y se clavaba como púas al rojo vivo… dolor y sangre.

Como pudo, no supo de qué modo, sintió que había terminado… ya estaba hecho. No importaba nada más. Apoyó su espalda contra el mueble cercano y se dejo caer lentamente deslizándose hacia el piso, hasta quedar sentado, obnubilado, casi sin conciencia, buscó su herida y la apretó fuertemente. Una paz casi definitiva, lo invadió.


Nunca supo cuanto tiempo transcurrió, pero aturdido y somnoliento escuchó pasos en la habitación contigua. Pasos que se acercaban, y esa voz:

-        ¿Qué pasó?
-        ¿Eh? ¿Qué pasó con qué?
-          ¡Con este desastre! ¡Está todo manchado! ¿Te lastimaste?
-          Si, me corté el dedo, con el cuchillo, ¡pero lo hice!
-          ¡Sí!  ¡Hiciste un desastre, Marcos! ¡Sangre por todos lados! ¿A ver que te pasó? ¡Manchaste todo y encima te desmayaste por un cortecito de nada en el dedo!
-      Si, claro: “De nada, de nada…”, pero tenés que ver como chorreaba la sangre, ¡casi me muero!
-       ¡Me voy a morir yo para limpiar todo esto!  ¡Sólo te pedí que cortes dos tomates y una cebolla para la ensalada y esto parece una escena de Freddy Kruger 3 !
-          ¿Viste los tomates? Los corté perfectos… dijo con orgullo mientras se incorporaba. Eso sí, no sabés como arde la cebolla en la herida! ¡Terrible!
-          ¡Sí! ¡Divinos! Pero la cebolla parece remolacha, toda roja, llena de sangre… es un asco esto, la tiro y corto otra.  Por favor anda a lavarte esa mano, ponete una venda y vení a comer.
-          “Bueno…  ya vuelvo” dijo mientras se iba tambaleante y mascullaba “Los corté perfectos...”

FIN

Nelson Acosta García

lunes, 9 de enero de 2012

Quince semanas (Cuento Corto)


Juan caminó los cinco pasos que lo separaban de la puerta de la cafetería recientemente inaugurada cerca de su casa. Como ya había repetido varias veces la rutina, se acomodó detrás de las dos personas que esperaban a ser atendidas. Miró distraídamente las mesas ocupadas buscando donde podría ubicarse luego.

No había espacios libres, así que pensó en subir las escaleras buscando el sector del primer piso del viejo caserón reciclado en cafetería. Ya con su café moka con helado de crema en mano, pensaba cual era el motivo extraño que lo atraía hacia aquel lugar ya que él era un amante del café “espresso” bien fuerte, corto, italiano y la simple mirada hacia su mano que sostenía el enorme vaso con helado y café lo hizo sonreír.

Le atraía la calidez del lugar y su tranquilidad, luego del furor de la inauguración, los pequeños grupos de adolescentes habían dejado de concurrir en oleadas y de a poco se iban afianzando los clientes habituales. Mientras subía la escalera de madera, la música de fondo se sentía suave y agradable y le gustó descubrir que sólo había un hombre sentado en todo el primer piso, junto a la mesita baja de la ventana grande. Desvió su camino hacia la salita contigua, más pequeña aún y nuevamente sonrió: ¡no había nadie allí!

Cada vez más cómodo, aprovechó uno de los sillones grandes junto a la mesa central y se instaló allí. Apoyó su maletín en el sillón contiguo, su café en la mesa, extrajo del maletín su notebook y la encendió mientras la acomodaba enfrente suyo. Había sol en la ventana y las hojas de los árboles se movían con el viento suavemente. Era un martes de otoño perfecto.

Se dispuso a trabajar un tiempo abriendo hojas de cálculo y consultando datos en Internet, mientras saboreaba el helado que se derretía lentamente con el calor del café. Le fascinaba aquella combinación frío-calor dulce y era un pequeño exceso que se permitía.

Juan tenía un buen estado físico, nadaba una o dos veces por semana, a veces lo combinaba con el gimnasio y corría sólo 4 o 5 kilómetros, dos veces por semana con lo cual no necesitaba una dieta estricta, pero intentaba no excederse mucho en sus comidas. Había cumplido 40 años hacía pocos meses y estaba logrando la estabilidad económica que buscaba. Su pequeña consultora administrativo-contable le rendía razonablemente y podía darse algunos gustos, algunos viajes, buenos restaurantes y algunos signos de cierto status social y económico que había perseguido con mucho deseo.

Mientras tecleaba en su computadora, escuchó que los escalones de madera crujían suavemente, lo cual le hizo desear de forma infantil que, quien fuera que subiera, se quedara en la sala grande y le respetaran su “privacidad”. No pudo menos que reírse de su propia exigencia.
Aguzó el oído y ya escuchando pasos los últimos y más cercanos escalones, reconoció pisadas femeninas. El suave esbozo de un perfume que llegó hasta su nariz, se lo confirmó. Los pasos se detuvieron al fin de la escalera, se aquietaron unos segundos, mientras Juan se concentraba tontamente  para que la recién llegada, se quedase en la sala grande. Luego un paso, se detuvo, dos pasos más, se detuvo nuevamente y luego comenzó a caminar hacia donde Juan estaba. No la veía pero reconoció nuevamente pisadas de tacos femeninos que le confirmaban su intuición. Intentó no mirar la entrada de la salita y clavó su vista en la pantalla.

Tac, tac, tac, tac. Se detuvo. No había forma de no darse cuenta que se había parado en la entrada. Juan sentía su presencia y levantó la vista. Recorrió de abajo hacia arriba toda su presencia: botas cortas marrón gastado con un delicado y altísimo taco que se ocultaban bajo los jeans azules y llevaba una túnica amplia, suelta, en tela rústica color natural, un sweater marrón claro de hilo abierto, asimétrico, con largas puntas cayendo, el cabello castaño muy claro, casi rubio y abundante caía sobre sus hombros. Recordó cada detalle. Aquella vez vio su rostro por primera vez, nunca pensó que jamás iba a olvidarlo.

Llevaba una cartera bolso amplia al hombro del color de sus botas y Juan llegó a su rostro sonriente, recorriendo con sus ojos que subían, las manijas del bolso, su cabello, sus hombros y… ella. Ojos entre grises y azulados, bellos labios apenas maquillados y dientes blanquísimos
Sonrió en forma dulce y devastadora mientras lo miraba y a Juan, esas décimas de segundo le parecieron casi un “siempre”

-          “Disculpame, ¿te molesta si te robo un lugarcito aquí en tu oficina?” dijo pícaramente.

-          “Eeeh… no, no es mi ofi... ¡sí, claro! Por supuesto…digo, ¡no!  ¡No me molesta!

No quiso imaginar Juan el color de su rostro y su sonrisa tonta mientras balbuceaba esas palabras. Ella soltó una pequeña risita y caminó atravesando la salita pasando frente a él y a su mesa. Tac, tac, tac, tac, tac, tac, sus largas piernas daban pasos seguros, elegantes y femeninos. Se sentó en una silla vieja muy cómoda, junto a la mesa que estaba bajo la ventana soleada. Juan siguió su recorrido con sus ojos sin poder dejar de mirarla. Seguramente a ella le pareció divertido y sabía que él la miraba. Se quitó el sweater, dejando a la imaginación de Juan el cuerpo delgado, firme y atractivo que ocultaba delicadamente bajo su camisa, apoyó el bolsón en la silla a su lado y extrajo de él un libro mediano de muchas páginas marcado con un colorido señalador artesanal, tejido en hilos de lana con un pequeño cascabel pendiendo de algunos de ellos.

Juan recorrió sus manos que sostenían el libro, reconoció una alianza de compromiso en su anular izquierdo, otros anillos de diseño en plata, dedos largos, blancos y delicados, sus uñas apenas brillantes. De su cuello pendía un colgante tribal, en metal plateado y finas tiras de cuero negro. Mientras seguía su reconocimiento, tropezó su mirada con la de ella. Sintió que el rubor lo invadía como hacía muchos años no le sucedía, se sentía un niño sorprendido en una travesura y volvió a sonreír torpemente sin decir palabra cuando la dulce sonrisa levemente inquisidora de ella lo atrapó.

Siguió intentando trabajar en su notebook mirando de reojo cada tanto a esa imagen que ocupaba toda su razón. El sol que se filtraba por la ventana, brillaba en sus cabellos claros y destellaba en la habitación, o al menos eso creía ver Juan.
Sus largas piernas cruzadas eran una invitación a la fantasía y cada ruidito que ella hacía al apoyar su café, o su cucharita, o con el libro, eran motivo de la atención absoluta de Juan, que intentaba sin ningún éxito disimular su pequeña y repentina obsesión. Ella tendría unos 30 o 32 años como mucho o incluso menos.

Unos cuarenta y cinco minutos después de haber llegado, aquella mujer cerró su libro, lo guardó en su bolsón, levantó su teléfono celular, que sólo había chequeado una vez, se colocó su saco, tomo su bolso y comenzó a caminar hacia la salida de la habitación.
Juan la siguió con los ojos hasta que volvió a escuchar su voz - “¡Chau! y… ¡gracias!” dijo sonriente y cómplice con un guiño.

La vió caminar e irse, esta vez su cuerpo y su cabello le parecieron más atractivos aún que al llegar y Juan creyó haberse escuchado decir, casi para si mismo y en un susurro  -“De nada…”


Esa semana, Juan volvió todos los días a esa hora o un rato antes a la cafetería, se ubicó mas cerca de la ventana, para intentar verla llegar. Se acomodaba en los distintos sillones tratando de decidir que posición le era más favorable, cómo verla mejor si se sentaba en el mismo sitio que el martes, cómo podría él ubicado para estar en un ángulo mas favorecedor para iniciar una charla.

Pero no, no volvió a aparecer en toda la semana. Una leve y desesperada tristeza lo invadió el viernes, al irse del café.

El lunes siguiente, volvió con energía renovada, pero su frustración se replicó ante la ausencia de su nuevo objeto de deseo.

El martes, ya resignado, volvió a repetir sus ritos abruptamente diarios, pero sin prestar atención. En algún momento creyó oler aquel perfume que lo envolvió una semana atrás, pero prefirió ignorarlo. Subieron algunas personas, bajaron otras y cuando Juan ya estaba por desconectar su notebook escuchó: tac, tac, tac, tac… y el sonido se detuvo.

Juan giró su cabeza y la vió, parada en el mismo sitio que hacía exactamente una semana, ya esta vez mirándolo sonriente. “Te invado de nuevo, ¿puedo?”  Esta vez, Juan tuvo algo más de presencia de ánimo: “Sentite como en tu casa, o como en la mía”
Se felicitó a si mismo por la respuesta graciosa, inmediata y ambigua que había improvisado y su masculino instinto de conquista se sintió poderoso.  Juan tendía a autoevaluarse socialmente todo el tiempo, en una práctica que no siempre era saludable para su ego.

Poco más de media hora transcurrió, ella (Juan había decidido llamarla para sí mismo, María, caprichosamente) recogió sus cosas y caminó hasta la escalera. Juan intentó no mirarla, pero no pudo evitarlo cuando escuchó que sus pasos se detenían: Tac, tac, tac…
Levantó la vista y la vio, de espaldas hacia él, aun como si hubiera recordado algo. Giró su cabeza y levemente su cuerpo y obviamente chocó su mirada con la de él y le dijo: “Chau, ¡gracias!”;  haciendo un pequeño guiño cómplice que a Juan le resultó demoledor, inmediatamente volvió la vista hacia el frente y se perdió escaleras abajo. Juan no atinó a contestar nada; esa mujer, su belleza, su cuerpo, su estilo, su deliciosa femineidad lo tenían atrapado y supo que no podría sacarla de su mente.

Durante las siguientes doce semanas, Juan se encontró con María cada martes a la misma hora, repitieron los mismos ritos, animaron brevemente unas pocas palabras más cada vez, conversando brevemente sobre el clima o algún suceso que hubiera sido noticia por esos días. Sin nombres, sin información uno del otro.

Juan se desconocía. Era incapaz de avanzar un paso más, de convertir la mínima charla cordial y de compromiso en algo más sustancioso. Subyugado por la presencia de esta mujer, sus dotes de conquistador quedaban destrozadas al sentir su perfume o ver sus ojos o sentir sus pasos. No era él.

A la semana trece, sucedió algo inusual. María llegó algo más tarde que de costumbre, su semblante no era el mejor. El brillo de su mirada se había opacado. Sus respuestas fueron, de todos modos, cordiales y de compromiso, esbozando una delicada y forzada sonrisa. Evidentemente no quería ser descortés con Juan y hacía un esfuerzo. Obviamente Juan tampoco se animó a preguntar, prefirió esperar una semana más y ahí si, esta situación lo había decidido, iniciaría una conversación más profunda. Pese a la liviandad de sus charlas habituales, sentía que ya había ente ambos una cierta confianza, una familiaridad dada por esos ratos de silencio compartido, había llegado el momento.

El martes siguiente, el de la semana catorce, María no vino.

En la semana quince, Juan estaba decidido y por qué no, preocupado. Por su falta de iniciativa en las catorce semanas anteriores, por el rostro triste que había visto en María esa última vez.

Ya casi estaba por irse cuando escuchó sus pasos inconfundibles.

Instintivamente se paró, necesitaba recibirla, de algún modo. La vió llegar al rellano de la escalera con la mirada baja, concentrada en los escalones, unas gafas oscuras tapaban sus ojos. Tac, tac, tac, tac..

Levantó su mirada hacia Juan y comenzó a caminar hacia él. Juan se dedicó a mirarla desde los pies a la cabeza y vió que ella se quitaba las gafas. Al ver sus ojos, los descubrió llorosos, llenos de una infinita tristeza. Su corazón latía desordenadamente, pugnando por salir de su pecho, lleno de congoja y frustración, por lo que veía, por lo que sentía, por la impotencia que le provocaba la visión de esa mujer triste y devastada a la cual lo unía, seguramente, un sentimiento que no había reconocido hasta este momento.

Ella se dirigió esta vez, directamente hacia él. Se detuvo a pocos centímetros de Juan, mirándolo a los ojos desde sus ojos repletos de lágrimas quietas, Juan respiraba aceleradamente y aspiraba ese dulce y soñado aroma de su perfume, de su piel. María descargó su bolso en el sillón grande donde había estado sentado Juan. Lentamente se acercó a él, mientras Juan instintivamente abría sus brazos, ella recostó su cabeza entre el pecho y el hombro izquierdo de Juan y comenzó a sollozar suavemente, con pequeños estertores.

Juan, superado por la situación, la abrazó delicadamente pero con firmeza.
Juan, nuevamente, no podía hablar.

La dejó llorar sobre su hombro casi diez minutos, acariciando suavemente su cabeza y su espalda, consolándola en silencio, hasta que lentamente se calmó.

Suavemente fue liberándose del amoroso abrazo de Juan. Apoyó las palmas de sus manos sobre el pecho de él, mientras Juan aun la sostenía por la cintura y ella se dejaba sostener. Levantó la mirada hacia los ojos de ese hombre casi desconocido que la tenia entre sus brazos y entre sus lágrimas esbozó una triste sonrisa con sus dientes blanquísimos.

Acercó su rostro lentamente hacia el de Juan, que por primera vez intentó hablar: “¿Qué es lo q…?” ella lo interrumpió y tapó con un gesto de su mano derecha la boca de Juan, implorando silencio.

Acercó sus labios y comenzó a besarlo profundamente. Ese beso era conmovedor, desesperado, necesitado, silencioso y lleno de dulzura. Juan sólo sentía que su mundo se llenaba de estupor, de belleza, de tristeza, de dolor, de un deseo demandante y ambiguo. No podía abstraerse del sabor de los labios de esa mujer soñada y deseada tan intensamente. Pero no había euforia, no había sexo urgente, ni afán de conquista. Sólo quería darle lo que ella necesitara en ese momento, sólo quería borrar su tristeza de un plumazo, fuera como fuera. La besó y se dejó llevar hacia donde fuera que ella iba.

Finalmente, María se separó de Juan, que estaba inmóvil. Lo miró con dulzura y con sus ojos húmedos y enrojecidos. Dio un paso hacia atrás, se reclinó brevemente para buscar su bolso, lo colgó de su hombro izquierdo y comenzó a irse, mientras seguía mirándolo.
Juan nuevamente intentó decir algo, pero ella le dijo casi imperceptiblemente: “ No! Por favor… no… shhh! “

Se alejó caminando lentamente sin quitar la vista de su rostro. Al llegar a la escalera, giró brevemente y lo miró a modo de despedida.

Tac, tac, tac,… sus tacos retumbaron en la escalera, y Juan sintió que ese sonido era devastador y poderoso, hasta que finalmente se diluyó.

Juan no supo cuanto tiempo estuvo allí parado, inmóvil, en silencio, hasta que una adolescente subió la escalera y lo miró extrañada. Tomando conciencia de la incómoda situación, Juan comenzó a recoger sus cosas, echó un vistazo hacia atrás al salir, como si estuviera dejando algo olvidado. La sensación que lo invadía era extraña, triste y desesperante. Una profunda tristeza lo acompañó en su salida.