lunes, 27 de febrero de 2012

Acero y Sangre

La hoja de acero afilada se hundió en la carne, abriendo un surco limpio y definido en la piel pálida. La sangre comenzó a brotar inmediatamente, descontrolada, caliente, vivaz; formó un caprichoso dibujo sobre la dermis ultrajada y se amontonó desordenada sobre la herida.

Él intentó sobreponerse a la sensación del acero frío dentro suyo y al dolor agudo y repentino. No lo esperaba, no creyó que le pudiera suceder a él, aunque ella se lo había advertido. Quiso gritar.

Las gotas de sangre invadieron toda la escena, desordenadas, chorreantes, densas; una tras otra se unieron formando figuras sobre la superficie y acomodándose guiadas por la gravedad, se unieron a los demás fluídos y formaron un pequeño riacho de color oscuro que buscaba un cauce donde desaguar.

Sintió que el líquido ácido y penetrante se filtraba en la herida y las punzadas de dolor se hicieron más intensas. La sangre no cesaba de manar. Reprimió un grito de dolor para no delatar su herida, su ubicación, su error, este error que estaba pagando con su propia sangre, con su carne lastimada y devastada.
La herida latía rítmicamente, acompasada con el dolor. Se le nubló la vista, sintió que podía desmayarse en cualquier momento, buscó donde afirmarse para no caer. El liquido rojo y espeso ya teñía el agua completamente

¿Cómo había llegado a eso? ¿Por qué a él? Justamente a él que se había ofrecido inocentemente a realizar esa faena peligrosa, ingrata. ¿Inocentemente?  Bueno, tal vez eso era lo que intentaba transmitir a los demás y a si mismo, pero la culpa y la necesidad de demostrar algo más, lo habían impulsado. No era una oferta inocente, muy por el contrario era tendenciosa y especuladora. Quería demostrar que podía hacerlo, por más desagradable que fuera. Lo que no calculó, fueron los riesgos. No imaginó que su propia supervivencia podía estar en juego.

Apretó sus mandíbulas reprimiendo otro alarido de dolor, de bestia herida; quería insultar, gritar hasta perder la voz, pero debía soportarlo si no quería ser descubierto.  Si aún le quedaba alguna esperanza, debía terminar la tarea que le habían encomendado, aun a costa de su propia sangre. ¿Podría hacerlo sin sucumbir? ¿Cuánto tiempo más iba a mantenerse lúcido?  Intentó mantenerse alerta recordando alguna otra situación similar. Algunas pocas veces había tenido faenas similares y más de una vez, su sangre había sido el precio. Pero esta vez todo había ido más allá. Mucho más allá.
La herida era más profunda que nunca, imaginó. ¿Cuánta sangre había perdido ya?  Seguramente esa pérdida le provocaba ese mareo cada vez más intenso.
“De un momento a otro voy a caer”, pensó, “¿Quién sabrá de mí?” “¿Alguien llegará a tiempo para salvar mi vida?”

Había sido escogido para ser el victimario y ahora él era la víctima. Pero su ultima presa estaba casi intacta, su piel blanca, casi pasivamente aguardándolo.  Ya había dado cuenta de los dos primeros, había visto sus entrañas desechas bajo la luz de esa lámpara fluorescente vieja y ruidosa. Había disfrutado al hacerlo, prolijamente, con precisión de cirujano, felicitándose por el resultado. Pero en la tercera, cuando había asestado el primer corte llegó la oscuridad y la estocada, el dolor, el grito, la sangre… el silencio aterrador.

Intentó afirmarse, tomó el cuchillo y se abalanzó sobre ella. Su propia sangre salpicaba la piel blanca y se mezclaba con el líquido vital de su víctima que a su vez penetraba en su herida y se clavaba como púas al rojo vivo… dolor y sangre.

Como pudo, no supo de qué modo, sintió que había terminado… ya estaba hecho. No importaba nada más. Apoyó su espalda contra el mueble cercano y se dejo caer lentamente deslizándose hacia el piso, hasta quedar sentado, obnubilado, casi sin conciencia, buscó su herida y la apretó fuertemente. Una paz casi definitiva, lo invadió.


Nunca supo cuanto tiempo transcurrió, pero aturdido y somnoliento escuchó pasos en la habitación contigua. Pasos que se acercaban, y esa voz:

-        ¿Qué pasó?
-        ¿Eh? ¿Qué pasó con qué?
-          ¡Con este desastre! ¡Está todo manchado! ¿Te lastimaste?
-          Si, me corté el dedo, con el cuchillo, ¡pero lo hice!
-          ¡Sí!  ¡Hiciste un desastre, Marcos! ¡Sangre por todos lados! ¿A ver que te pasó? ¡Manchaste todo y encima te desmayaste por un cortecito de nada en el dedo!
-      Si, claro: “De nada, de nada…”, pero tenés que ver como chorreaba la sangre, ¡casi me muero!
-       ¡Me voy a morir yo para limpiar todo esto!  ¡Sólo te pedí que cortes dos tomates y una cebolla para la ensalada y esto parece una escena de Freddy Kruger 3 !
-          ¿Viste los tomates? Los corté perfectos… dijo con orgullo mientras se incorporaba. Eso sí, no sabés como arde la cebolla en la herida! ¡Terrible!
-          ¡Sí! ¡Divinos! Pero la cebolla parece remolacha, toda roja, llena de sangre… es un asco esto, la tiro y corto otra.  Por favor anda a lavarte esa mano, ponete una venda y vení a comer.
-          “Bueno…  ya vuelvo” dijo mientras se iba tambaleante y mascullaba “Los corté perfectos...”

FIN

Nelson Acosta García

lunes, 9 de enero de 2012

Quince semanas (Cuento Corto)


Juan caminó los cinco pasos que lo separaban de la puerta de la cafetería recientemente inaugurada cerca de su casa. Como ya había repetido varias veces la rutina, se acomodó detrás de las dos personas que esperaban a ser atendidas. Miró distraídamente las mesas ocupadas buscando donde podría ubicarse luego.

No había espacios libres, así que pensó en subir las escaleras buscando el sector del primer piso del viejo caserón reciclado en cafetería. Ya con su café moka con helado de crema en mano, pensaba cual era el motivo extraño que lo atraía hacia aquel lugar ya que él era un amante del café “espresso” bien fuerte, corto, italiano y la simple mirada hacia su mano que sostenía el enorme vaso con helado y café lo hizo sonreír.

Le atraía la calidez del lugar y su tranquilidad, luego del furor de la inauguración, los pequeños grupos de adolescentes habían dejado de concurrir en oleadas y de a poco se iban afianzando los clientes habituales. Mientras subía la escalera de madera, la música de fondo se sentía suave y agradable y le gustó descubrir que sólo había un hombre sentado en todo el primer piso, junto a la mesita baja de la ventana grande. Desvió su camino hacia la salita contigua, más pequeña aún y nuevamente sonrió: ¡no había nadie allí!

Cada vez más cómodo, aprovechó uno de los sillones grandes junto a la mesa central y se instaló allí. Apoyó su maletín en el sillón contiguo, su café en la mesa, extrajo del maletín su notebook y la encendió mientras la acomodaba enfrente suyo. Había sol en la ventana y las hojas de los árboles se movían con el viento suavemente. Era un martes de otoño perfecto.

Se dispuso a trabajar un tiempo abriendo hojas de cálculo y consultando datos en Internet, mientras saboreaba el helado que se derretía lentamente con el calor del café. Le fascinaba aquella combinación frío-calor dulce y era un pequeño exceso que se permitía.

Juan tenía un buen estado físico, nadaba una o dos veces por semana, a veces lo combinaba con el gimnasio y corría sólo 4 o 5 kilómetros, dos veces por semana con lo cual no necesitaba una dieta estricta, pero intentaba no excederse mucho en sus comidas. Había cumplido 40 años hacía pocos meses y estaba logrando la estabilidad económica que buscaba. Su pequeña consultora administrativo-contable le rendía razonablemente y podía darse algunos gustos, algunos viajes, buenos restaurantes y algunos signos de cierto status social y económico que había perseguido con mucho deseo.

Mientras tecleaba en su computadora, escuchó que los escalones de madera crujían suavemente, lo cual le hizo desear de forma infantil que, quien fuera que subiera, se quedara en la sala grande y le respetaran su “privacidad”. No pudo menos que reírse de su propia exigencia.
Aguzó el oído y ya escuchando pasos los últimos y más cercanos escalones, reconoció pisadas femeninas. El suave esbozo de un perfume que llegó hasta su nariz, se lo confirmó. Los pasos se detuvieron al fin de la escalera, se aquietaron unos segundos, mientras Juan se concentraba tontamente  para que la recién llegada, se quedase en la sala grande. Luego un paso, se detuvo, dos pasos más, se detuvo nuevamente y luego comenzó a caminar hacia donde Juan estaba. No la veía pero reconoció nuevamente pisadas de tacos femeninos que le confirmaban su intuición. Intentó no mirar la entrada de la salita y clavó su vista en la pantalla.

Tac, tac, tac, tac. Se detuvo. No había forma de no darse cuenta que se había parado en la entrada. Juan sentía su presencia y levantó la vista. Recorrió de abajo hacia arriba toda su presencia: botas cortas marrón gastado con un delicado y altísimo taco que se ocultaban bajo los jeans azules y llevaba una túnica amplia, suelta, en tela rústica color natural, un sweater marrón claro de hilo abierto, asimétrico, con largas puntas cayendo, el cabello castaño muy claro, casi rubio y abundante caía sobre sus hombros. Recordó cada detalle. Aquella vez vio su rostro por primera vez, nunca pensó que jamás iba a olvidarlo.

Llevaba una cartera bolso amplia al hombro del color de sus botas y Juan llegó a su rostro sonriente, recorriendo con sus ojos que subían, las manijas del bolso, su cabello, sus hombros y… ella. Ojos entre grises y azulados, bellos labios apenas maquillados y dientes blanquísimos
Sonrió en forma dulce y devastadora mientras lo miraba y a Juan, esas décimas de segundo le parecieron casi un “siempre”

-          “Disculpame, ¿te molesta si te robo un lugarcito aquí en tu oficina?” dijo pícaramente.

-          “Eeeh… no, no es mi ofi... ¡sí, claro! Por supuesto…digo, ¡no!  ¡No me molesta!

No quiso imaginar Juan el color de su rostro y su sonrisa tonta mientras balbuceaba esas palabras. Ella soltó una pequeña risita y caminó atravesando la salita pasando frente a él y a su mesa. Tac, tac, tac, tac, tac, tac, sus largas piernas daban pasos seguros, elegantes y femeninos. Se sentó en una silla vieja muy cómoda, junto a la mesa que estaba bajo la ventana soleada. Juan siguió su recorrido con sus ojos sin poder dejar de mirarla. Seguramente a ella le pareció divertido y sabía que él la miraba. Se quitó el sweater, dejando a la imaginación de Juan el cuerpo delgado, firme y atractivo que ocultaba delicadamente bajo su camisa, apoyó el bolsón en la silla a su lado y extrajo de él un libro mediano de muchas páginas marcado con un colorido señalador artesanal, tejido en hilos de lana con un pequeño cascabel pendiendo de algunos de ellos.

Juan recorrió sus manos que sostenían el libro, reconoció una alianza de compromiso en su anular izquierdo, otros anillos de diseño en plata, dedos largos, blancos y delicados, sus uñas apenas brillantes. De su cuello pendía un colgante tribal, en metal plateado y finas tiras de cuero negro. Mientras seguía su reconocimiento, tropezó su mirada con la de ella. Sintió que el rubor lo invadía como hacía muchos años no le sucedía, se sentía un niño sorprendido en una travesura y volvió a sonreír torpemente sin decir palabra cuando la dulce sonrisa levemente inquisidora de ella lo atrapó.

Siguió intentando trabajar en su notebook mirando de reojo cada tanto a esa imagen que ocupaba toda su razón. El sol que se filtraba por la ventana, brillaba en sus cabellos claros y destellaba en la habitación, o al menos eso creía ver Juan.
Sus largas piernas cruzadas eran una invitación a la fantasía y cada ruidito que ella hacía al apoyar su café, o su cucharita, o con el libro, eran motivo de la atención absoluta de Juan, que intentaba sin ningún éxito disimular su pequeña y repentina obsesión. Ella tendría unos 30 o 32 años como mucho o incluso menos.

Unos cuarenta y cinco minutos después de haber llegado, aquella mujer cerró su libro, lo guardó en su bolsón, levantó su teléfono celular, que sólo había chequeado una vez, se colocó su saco, tomo su bolso y comenzó a caminar hacia la salida de la habitación.
Juan la siguió con los ojos hasta que volvió a escuchar su voz - “¡Chau! y… ¡gracias!” dijo sonriente y cómplice con un guiño.

La vió caminar e irse, esta vez su cuerpo y su cabello le parecieron más atractivos aún que al llegar y Juan creyó haberse escuchado decir, casi para si mismo y en un susurro  -“De nada…”


Esa semana, Juan volvió todos los días a esa hora o un rato antes a la cafetería, se ubicó mas cerca de la ventana, para intentar verla llegar. Se acomodaba en los distintos sillones tratando de decidir que posición le era más favorable, cómo verla mejor si se sentaba en el mismo sitio que el martes, cómo podría él ubicado para estar en un ángulo mas favorecedor para iniciar una charla.

Pero no, no volvió a aparecer en toda la semana. Una leve y desesperada tristeza lo invadió el viernes, al irse del café.

El lunes siguiente, volvió con energía renovada, pero su frustración se replicó ante la ausencia de su nuevo objeto de deseo.

El martes, ya resignado, volvió a repetir sus ritos abruptamente diarios, pero sin prestar atención. En algún momento creyó oler aquel perfume que lo envolvió una semana atrás, pero prefirió ignorarlo. Subieron algunas personas, bajaron otras y cuando Juan ya estaba por desconectar su notebook escuchó: tac, tac, tac, tac… y el sonido se detuvo.

Juan giró su cabeza y la vió, parada en el mismo sitio que hacía exactamente una semana, ya esta vez mirándolo sonriente. “Te invado de nuevo, ¿puedo?”  Esta vez, Juan tuvo algo más de presencia de ánimo: “Sentite como en tu casa, o como en la mía”
Se felicitó a si mismo por la respuesta graciosa, inmediata y ambigua que había improvisado y su masculino instinto de conquista se sintió poderoso.  Juan tendía a autoevaluarse socialmente todo el tiempo, en una práctica que no siempre era saludable para su ego.

Poco más de media hora transcurrió, ella (Juan había decidido llamarla para sí mismo, María, caprichosamente) recogió sus cosas y caminó hasta la escalera. Juan intentó no mirarla, pero no pudo evitarlo cuando escuchó que sus pasos se detenían: Tac, tac, tac…
Levantó la vista y la vio, de espaldas hacia él, aun como si hubiera recordado algo. Giró su cabeza y levemente su cuerpo y obviamente chocó su mirada con la de él y le dijo: “Chau, ¡gracias!”;  haciendo un pequeño guiño cómplice que a Juan le resultó demoledor, inmediatamente volvió la vista hacia el frente y se perdió escaleras abajo. Juan no atinó a contestar nada; esa mujer, su belleza, su cuerpo, su estilo, su deliciosa femineidad lo tenían atrapado y supo que no podría sacarla de su mente.

Durante las siguientes doce semanas, Juan se encontró con María cada martes a la misma hora, repitieron los mismos ritos, animaron brevemente unas pocas palabras más cada vez, conversando brevemente sobre el clima o algún suceso que hubiera sido noticia por esos días. Sin nombres, sin información uno del otro.

Juan se desconocía. Era incapaz de avanzar un paso más, de convertir la mínima charla cordial y de compromiso en algo más sustancioso. Subyugado por la presencia de esta mujer, sus dotes de conquistador quedaban destrozadas al sentir su perfume o ver sus ojos o sentir sus pasos. No era él.

A la semana trece, sucedió algo inusual. María llegó algo más tarde que de costumbre, su semblante no era el mejor. El brillo de su mirada se había opacado. Sus respuestas fueron, de todos modos, cordiales y de compromiso, esbozando una delicada y forzada sonrisa. Evidentemente no quería ser descortés con Juan y hacía un esfuerzo. Obviamente Juan tampoco se animó a preguntar, prefirió esperar una semana más y ahí si, esta situación lo había decidido, iniciaría una conversación más profunda. Pese a la liviandad de sus charlas habituales, sentía que ya había ente ambos una cierta confianza, una familiaridad dada por esos ratos de silencio compartido, había llegado el momento.

El martes siguiente, el de la semana catorce, María no vino.

En la semana quince, Juan estaba decidido y por qué no, preocupado. Por su falta de iniciativa en las catorce semanas anteriores, por el rostro triste que había visto en María esa última vez.

Ya casi estaba por irse cuando escuchó sus pasos inconfundibles.

Instintivamente se paró, necesitaba recibirla, de algún modo. La vió llegar al rellano de la escalera con la mirada baja, concentrada en los escalones, unas gafas oscuras tapaban sus ojos. Tac, tac, tac, tac..

Levantó su mirada hacia Juan y comenzó a caminar hacia él. Juan se dedicó a mirarla desde los pies a la cabeza y vió que ella se quitaba las gafas. Al ver sus ojos, los descubrió llorosos, llenos de una infinita tristeza. Su corazón latía desordenadamente, pugnando por salir de su pecho, lleno de congoja y frustración, por lo que veía, por lo que sentía, por la impotencia que le provocaba la visión de esa mujer triste y devastada a la cual lo unía, seguramente, un sentimiento que no había reconocido hasta este momento.

Ella se dirigió esta vez, directamente hacia él. Se detuvo a pocos centímetros de Juan, mirándolo a los ojos desde sus ojos repletos de lágrimas quietas, Juan respiraba aceleradamente y aspiraba ese dulce y soñado aroma de su perfume, de su piel. María descargó su bolso en el sillón grande donde había estado sentado Juan. Lentamente se acercó a él, mientras Juan instintivamente abría sus brazos, ella recostó su cabeza entre el pecho y el hombro izquierdo de Juan y comenzó a sollozar suavemente, con pequeños estertores.

Juan, superado por la situación, la abrazó delicadamente pero con firmeza.
Juan, nuevamente, no podía hablar.

La dejó llorar sobre su hombro casi diez minutos, acariciando suavemente su cabeza y su espalda, consolándola en silencio, hasta que lentamente se calmó.

Suavemente fue liberándose del amoroso abrazo de Juan. Apoyó las palmas de sus manos sobre el pecho de él, mientras Juan aun la sostenía por la cintura y ella se dejaba sostener. Levantó la mirada hacia los ojos de ese hombre casi desconocido que la tenia entre sus brazos y entre sus lágrimas esbozó una triste sonrisa con sus dientes blanquísimos.

Acercó su rostro lentamente hacia el de Juan, que por primera vez intentó hablar: “¿Qué es lo q…?” ella lo interrumpió y tapó con un gesto de su mano derecha la boca de Juan, implorando silencio.

Acercó sus labios y comenzó a besarlo profundamente. Ese beso era conmovedor, desesperado, necesitado, silencioso y lleno de dulzura. Juan sólo sentía que su mundo se llenaba de estupor, de belleza, de tristeza, de dolor, de un deseo demandante y ambiguo. No podía abstraerse del sabor de los labios de esa mujer soñada y deseada tan intensamente. Pero no había euforia, no había sexo urgente, ni afán de conquista. Sólo quería darle lo que ella necesitara en ese momento, sólo quería borrar su tristeza de un plumazo, fuera como fuera. La besó y se dejó llevar hacia donde fuera que ella iba.

Finalmente, María se separó de Juan, que estaba inmóvil. Lo miró con dulzura y con sus ojos húmedos y enrojecidos. Dio un paso hacia atrás, se reclinó brevemente para buscar su bolso, lo colgó de su hombro izquierdo y comenzó a irse, mientras seguía mirándolo.
Juan nuevamente intentó decir algo, pero ella le dijo casi imperceptiblemente: “ No! Por favor… no… shhh! “

Se alejó caminando lentamente sin quitar la vista de su rostro. Al llegar a la escalera, giró brevemente y lo miró a modo de despedida.

Tac, tac, tac,… sus tacos retumbaron en la escalera, y Juan sintió que ese sonido era devastador y poderoso, hasta que finalmente se diluyó.

Juan no supo cuanto tiempo estuvo allí parado, inmóvil, en silencio, hasta que una adolescente subió la escalera y lo miró extrañada. Tomando conciencia de la incómoda situación, Juan comenzó a recoger sus cosas, echó un vistazo hacia atrás al salir, como si estuviera dejando algo olvidado. La sensación que lo invadía era extraña, triste y desesperante. Una profunda tristeza lo acompañó en su salida.


martes, 2 de agosto de 2011

MUDANZAS

El día a día que vivo por estos tiempos y la cercanía de una mudanza obligada por las circunstancias me generó una serie de cavilaciones que podían ser escritas. Y aquí estoy, mis “exclusivos” lectores (que siguen siendo pocos pero buenos) volcando esas sub-ideas en mi querido Blog.

Es una verdad revelada que las mudanzas, el cambio de hogar, de sitio propio, es un motivo de stress galopante, dicho ampliamente desde los cenáculos académicos de la psicología hasta por la escriba más básica de la revista Para Ti. En estos momentos es cuando se acumulan en uno las sensaciones más desesperantes.

Cierto es que hay distintos tipos de mudanzas, desde las más alegres y deseadas, por la compra de una nueva casa o su construcción, por el paso dado al agrandar superficies y/o mejorar la calidad de vida, o de ubicación , o de ampliación de la familia por la llegada de  un nuevo integrante hasta las más complejas o difíciles que tienen que ver con todo lo contrario a lo descripto: “achicarse” o perder calidad de vida o tener que mudarse sin desearlo, por temas laborales, económicos, de salud, etc. Entre estos extremos existe una gama enorme de posibilidades más o menos buenas o malas, pero todas teñidas de nerviosismo y tensión, personal y familiar.

Para los que somos naturalmente “acumuladores” de objetos y recuerdos, no existe un momento más difícil que la mudanza, pero confieso que la edad y ciertos aprendizajes hacen que uno empiece a valorar más el concepto de “viajar liviano” por la vida y estoy en un proceso de descarte sistemático de todo aquello que no sea irreemplazable o fundamentalmente necesario para la vida que viene. Estoy aprendiendo a deshacerme de “mis” cosas, que son cada vez menos mías y más parte de una historia que uno teme perder, sin reparar en que lo más valioso de dicha historia  está alojado, para bien o para mal, entre las costillas y el pulmón izquierdo y dentro de nuestro duro cráneo, en el disco rígido interminable del cerebro. Así que, intentaré mudar mi historia mucho más dentro mío que dentro de una cajita de cartón corrugado de 60 x 40 x 40 cm. de lado.

La herencia genética y cultural juega su papel en esto de las mudanzas, también. Por el lado de las “propiedades inmuebles” y la obligación del techo propio como objetivo primario, nos condiciona en cada paso y para quienes no lo poseemos reviste un valor no solo social sino también familiar ante el paso de los años y esta “falta” huele demasiado a “carencia”…  para los demás, por suerte.
Pero las elecciones en la vida hacen que todo pueda ser sublimado en función de un objetivo superior y algunas veces podemos rebelarnos un poco ante estos “requisitos” sociales, familiares y culturales y decidir tocar la música que más nos guste, aunque la crítica arrecie y el apoyo escasee.

La otra cara de la moneda está en toda esa gente que se solidariza con el estresado “mudante” y se ofrece desde para envolver las copas de la abuela y ponerlas en cajas, hasta para acercar un vehículo utilitario o su propia fuerza física para poder llevar la mesa del comedor que sentís como patrimonio grupal, porque ha sido escenario de las tenidas gastro-enológicas más amenas y divertidas de tu vida. Sospecho que ellos también lo consideran así, por eso es que ofrecen su ayuda.

El que se vá a mudar, es objeto de piedad y comprensión por parte de su gente querida, todos le dicen: “¡Pobre!, ¡la que te espera!” pero al minuto se arremangan y te dicen: “¿En qué te ayudo?”. Si bien pocas veces uno puede aprovechar a todos los que se ofrecen, es reconfortante recibir tal oferta desinteresada en un momento álgido.

También está el que te ofrece una garantía para alquilar, por ejemplo, o unos pesos para completar el pago del boleto de compraventa o la reserva, pero en todos y cada uno de ellos debemos entender que también está aquella historia de la que hablábamos más arriba, esa que incluye la amistad, la familia, el apoyo y la infinidad de momentos compartidos. Ni más ni menos, esa es la carga más poderosa que si o si debemos llevar con nosotros en cada mudanza, esa no se abandona ni se descarta en ningún lado. Lo he comprobado con gente fundamental en mi vida que viajaron al exilio por necesidad o por proyecto. Algunos han vuelto, otros siguen y seguirán lejos., pero todos ellos mudaron la historia compartida en sus valijas. Algunos la sacan cada tanto y le limpian el polvo, sólo para mirarla y añorarla; otros deciden ponerla frente a la computadora y navegar redes sociales y recursos virtuales que los mantengan en contacto con los protagonistas. Cualquiera de estas opciones es respetable, la decisión tanto como la experiencia, es personal e intransferible.

La mudanza también pone a prueba otras cosas: amores, proyectos, promesas, empleos. Todos ellos deben superar obstáculos complejos y muchas veces se desprecia la influencia que la movida del traslado puede tener en esos ítems y algunos otros. Pero nuevamente la experiencia personal, muchas veces dolorosa, es la que nos debe ayudar a mantener los ojos abiertos. Muchos matrimonios han caído bajo la presión de una mudanza complicada, distancias, lugares, trabajos que se modifican, horarios y alteraciones del statu quo de una familia recién mudada.

En fin, queridos amigos, lo cierto es que me estoy por mudar y una catarata de sentimientos, situaciones y sucesos hacen mi vida de estos días un tanto más complicada que de costumbre y, como siempre, era la excusa perfecta para no escribir aquí en Pocas Noches. Por suerte, decidí cambiar abulia por catarsis y al menos salió esto que es un muy pequeño resumen de todo lo que uno recorre en estas circunstancias.

Espero encontrarlos nuevamente, una vez que mi historia haya anidado en otro hogar y una nueva etapa, comience a gastar el camino.

Gracias por estos minutos, como siempre. Opinen, comenten, critiquen y promuevan el blog si creen que vale la pena.

Buenas noches.

Nelson Acosta García.

lunes, 27 de junio de 2011

Desvestida

Un poco más de poesía...cuando se cansen , me avisan!


Desvestida

Busqué tu nombre en mis heridas,
en tu mirada, en mi secreto.
Y en el bajo fondo del cajón de mi pasado
Afloró tu imagen, disipada y frágil
Fiesta, sombrero y camisa blanca
Giros sin mirar la mirada,
el cuerpo de tu cuerpo ciñe en compases la piel deseada
Tuya, eternamente deslumbrante, los ojos almendra, el cielo claro

Derramaste en el césped los anuncios de tus lunares desperdigados,
Ya sugería primarias emociones tu blusa de seda inventada en la mañana
Desmintieron su indiferencia las turgentes demostraciones de tu deseo
que, al contacto con mi tez, florecieron como rosas entre besos
tu falda corta, tus largas piernas
la mirada esquiva, el sol besando

Un juego delicioso y vital nos desespera
y brilla en tu pelo, largo y bienamado, enredado entre mis dedos
el grito jadeante de tu espera,
desvestida cada noche, en cada sueño.

Nelson Acosta Garcia - Junio 2011

sábado, 28 de mayo de 2011

Esa mujer o el dorso de mi mano

El dorso de mi mano, calculó el beso de tu espalda
cientos de veces, llenando cada poro
vivió la alegría estival de su pasado
Y casi desangrando, viró a negro

Nieve y cielo en su cuenco acurrucado
por la oscura pasión del vino de tu sexo
gotas delicadas en cristal de galería
gratamente despidiendo tus impulsos

Hoy dejaste abrumados, sin sentido
a los viejos comentaristas del olvido
sagradas voces de vacas más sagradas
que arrinconaron su intelecto al ver tu nombre

Mujer que sola te debates entre sedas
quiero ser la otra seda de tu espalda, el otro beso, la piel tensada
y dibujar mil veces en tu soledad de estar con alguien
aunque sea borrosamente, entre tus piernas
el dorso de mi mano.


Nelson Acosta García, mayo 2011.

viernes, 6 de mayo de 2011

"El Ángel Olaya" Cuento corto - 2007

El “Ángel” Esteban Olaya había muerto asesinado un frío tres de agosto hacía ya ocho años a la salida de un entrenamiento. Su ejecutor había sido su antiguo compañero de potrero, “Pollo” Aranda, cuya vida de miseria no había encontrado la misma luz que destellaba el fútbol en la del “Ángel”.
Seguramente resentido por todo lo que su amigo había conseguido y queriéndole arrebatar esa “vida mejor” que le estaba llegando, “Pollo” creyó que robándole “de caño” las zapatillas, el walkman y el equipo de entrenamiento, podría adjudicarse algo de aquella historia que todos los del barrio deseaban por lo bajo.  El Ángel había forcejeado tratando de convencer a su amigo para que bajara el arma, pero ésta se disparó. Una sola vez sonó el estruendo que convirtió a Esteban Olaya, para siempre en “el Ángel”.
Olaya había comenzado una prometedora carrera en las inferiores de Chicago, luego de que un cazador de talentos de potrero lo llevara a probarse al Club. Era la primera vez que un pibe del barrio llegaba a jugar a un Club que olía de cerca a la Primera División del fútbol argentino.  Era un jugador rápido, de buen porte, un “nueve de área”, diría un periodista deportivo. El mismo año de su muerte había llegado a debutar en la Primera de Chicago.  Nueve partidos en el banco, ochenta y cinco minutos en la cancha y dos goles, que lo acercaban tímidamente al futuro soñado por generaciones enteras de pibes argentinos.
La bala disparada por “Pollo” Aranda lo transformó en leyenda. Su historia trágica y un sinnúmero de anécdotas inventadas luego del episodio final le valieron el apodo celestial que no tenía en vida y que lo acompañaría muchos años después de su muerte. Su imagen física no era muy conocida, pero todos podían ver en la pared medianera que cerraba el gran potrero donde había crecido un enorme mural con la figura del “Ángel”, de casi tres metros de altura, pintado con los brillantes colores del esmalte sintético. Allí, Olaya aparecía con la camiseta del Torito de Mataderos, un par de grandes alas blancas desplegadas en su espalda y los botines con las tres tiras elevados del suelo en el comienzo de un vuelo que lo llevaba hacia una número cinco blanca y negra, dispuesta a recibir el frentazo redentor del “Ángel” que la depositara en su destino divino de red.  El mural había sido pintado por los chicos de un taller solidario de arte que funcionaba en el barrio y se había convertido en un pequeño santuario donde no faltaban flores, cartas, botellas y objetos personales apoyados contra la gran medianera y frente a una crucecita de palo improvisada por algún creyente devoto del “Ángel”.  Extrañamente, el mural era retocado y mantenido periódicamente por el taller de arte, como forma de preservar la historia que pudo ser.

El Tuni tenía doce años, jugaba de diez (o de “enganche”, como dicen ahora), era zurdo y tenía una gambeta endiablada. Si no fuera porque sus rulos negros habían caído bajo la “cero” en un combate desigual contra la pediculosis, su parecido físico con el Pelusa de Fiorito era notable.
Cursaba el séptimo grado en la Escuela “Fragata Sarmiento” del barrio y era un buen alumno. Era el tercero de cinco hermanos y el segundo varón. Todos iban o habían ido a la Escuela porque su padre, albañil, y su madre, empleada doméstica, trabajaban de sol a sol con ese único objetivo: que sus hijos estudiaran. “La única forma de salir del Barrio alguna vez”, repetía Antonio, como una letanía. El hermano mayor del Tuni era Víctor y estaba por terminar la secundaria. Era un buen jugador de fútbol, pero la pasión y el talento eran todas de Tuni.
Aquella tarde, como casi todas, Tuni terminó los deberes de la escuela y salió disparado hacia La Medianera, como llamaban al potrero donde se había formado el “Ángel”, en el arte de la pelota. Esa tarde venían los de “la Mayo” a jugar un desafío y él era el habilidoso de La Medianera pese a ser cuatro o cinco años menor que la mayoría de sus compañeros. Víctor también jugaba (era el 6 y capitán del equipo) y ya estaba ahí cuando Tuni llegó.  El nombre de “la Mayo” se debía también al lugar de origen del equipo, la placita “Mayo Francés” ubicada a unas quince cuadras de La Medianera y eran los rivales tradicionales en el fútbol y, periódicamente, en las trifulcas que el fútbol provocaba.

Esa tarde ganó el local por 7 a 3 con tres goles del Tuni y dos que les dejó servidos a sus compañeros, que sólo tuvieron que empujarla. Por suerte, pese a algunos roces, no hubo trifulca esta vez y todos felicitaban al Tuni y le auguraban un futuro de heredero del “Ángel” que presidía la canchita, pero con un final más feliz.  Víctor había conocido al “Ángel” cuando él tenía sólo 8 años y Olaya se acercaba a compartir un picado informal con los pibes de La Medianera. Allí, todos hablaban con devoción y respeto del Ángel. Para Tuni, era un Santo venerable casi, aunque no supiera sobre él más que lo que exageraba su leyenda.
Estaban charlando sobre el partido recién terminado y compartiendo una gaseosa grande entre todos cuando un hombre canoso que había estado mirando el partido, se acercó al grupo. Tendría unos 50 años, vestía jeans, camisa a cuadros y llevaba una carterita negra de cuero entre las manos. Saludó y le preguntó a Tuni su nombre. - “Antonio”, respondió Tuni, poniendo distancia, y Víctor dijo: - “Yo soy Víctor, su hermano”- mirando al extraño. -¡Ah!... ¡mejor entonces! ¿Puedo hablar con ustedes dos un minuto?, - inquirió con autoridad, pero con respeto.
Caminaron unos metros los tres juntos y los chicos se sentaron en un tronco que hacía las veces de banco de suplentes. -“¿Me esperan un segundito?- les preguntó el hombre, y sin esperar respuesta, caminó hacia el grupo de la Mayo. Todavía discutían entre ellos sobre las culpas por haber perdido el partido. Repitió la misma operación que había hecho con los de La Medianera y apartó del resto del grupo al arquero de la Mayo, pues aunque había recibido siete goles, había evitado otros tantos, en una magnifica actuación. El chico tenía unos quince años y era alto, flaco y desgarbado.
El hombre y el arquerito llegaron hasta donde estaban Tuni y Víctor y el pibe se sentó al lado de los otros. Como un director técnico que se dirige a su equipo, el hombre empezó a hablarles. Les contó que era un reclutador, que buscaba nuevos valores para un club muy importante y que ellos, Tuni y el arquerito, le habían parecido los mejores y que merecían una oportunidad para probarse. Mudos, lo escucharon hasta el final, sin decir palabra.  Les pidió que lo hablaran con sus padres y que si los padres lo autorizaban, lo llamaran por teléfono para concertar la prueba.  Les entregó una tarjeta con un nombre y un número de teléfono celular.

Víctor se animó a la pregunta: “¿Yo también me puedo ir a probar? El hombre lo miró socarronamente y le contestó, concediendo: -“Si conseguís que tus viejos dejen venir a tu hermano, también podés venir, pero si no es con él, no vengas”.
Cuando el hombre se iba, Tuni le preguntó tímidamente lo más importante, que todos habían olvidado preguntar: -“¿De qué equipo viene usted?”.  El hombre se detuvo, los miró y volviendo a emprender la marcha les dijo suavemente: -“Vélez”.

Esa noche Tuni no durmió. En sus oídos resonaba: “Vélez…”.  ¡¡¡Vélez!!!  Se repetía una y otra vez: Campeón de América, Campeón Intercontinental, Bianchi, Chilavert, nombres y títulos cargados de gloria. Esa gloria que hoy empezaba a tocar su puerta. Sus padres habían tomado el tema con cuidado y respeto y habían prometido pensarlo. La ansiedad de Víctor había generado una pequeña pelea con su padre, que Tuni intentó apaciguar. Su padre les había prometido una respuesta para ese fin de semana. Lo tenía que charlar con su mujer.
El día de la prueba, Tuni preparó su mejor ropa deportiva, que su madre le había remendado, lavado y planchado amorosamente. Desayunó un mate cocido con leche y pan fresco. Puso en una mochila pequeña los botines que su madre le había traído de la casa de su patrona y que sólo usaba en los partidos importantes. Su pie había crecido y le ajustaban un poco... pero él se sentía un profesional cuando los usaba.  Víctor le gritó: -“¡Tuni! ¡Vamos!”- y él salió corriendo.

Cuando comenzó el partido, Tuni veía cómo su hermano caminaba hacia el sector donde haría su propia prueba. Ahora estaba él solo. Rodeado de chicos más grandes en edad y en físico, se sintió ahogado en aquella inmensa cancha de buen césped. La ventaja era que sus botines se afirmaban mejor y su velocidad le daba ventaja ante jugadores más pesados. Tenía 40 minutos, en dos tiempos de veinte, para demostrar por qué estaba allí y dónde se jugaba, probablemente, el más grande destino futbolero de la historia de su barrio, quizás mayor aún que el del Ángel Olaya.

El primer tiempo fue durísimo. Todos estaban allí por la misma ilusión, todos querían lucirse ante el Director Técnico para “quedar”. Los defensores contrarios jugaban a matar y a demostrar su reciedumbre. El Tuni era livianito y rápido, pero sus gambetas enloquecían a los otros y empezaron a golpearlo duro. Le costaba entrar al área con la pelota dominada, a esa altura varios pares de piernas se apiñaban sobre sus canillas huesudas y sus medias bajas.
Hizo dos o tres buenas jugadas y dos pases de gol muy claros, que sus compañeros de equipo no habían concretado. Pero el Tuni estaba acostumbrado a más, y era muy difícil. Muy difícil.

Terminó el primer tiempo y empataban 0 a 0. El Director Técnico se dedico a pedirle más a cada uno de ellos. Cuando llegó al Tuni, lo miró con fiereza y le dijo: “Vos, pibe, viniste acá a hacer goles, si no haces un gol, no vuelvas.” Tuni se mordió el labio inferior, sus ojos se nublaron de lágrimas que no iban a saltar, su orgullo no se lo permitía. Miró su rodilla izquierda manchada de sangre, pasto y tierra, y sus canillas amoratadas por los golpes. El cuerpo le pesaba, pero no le iban a ganar tan fácil, él era de La Medianera. Pensó nuevamente en el Ángel y le rogó por aquel gol.
El segundo tiempo tuvo el mismo tenor del primero. Los contrarios metieron un gol a los siete minutos y el equipo del Tuni se desesperó. Cuando iban 15 minutos, el pibe desbarató a un lateral y al central del otro equipo y le sirvió un gol perfecto al delantero suyo. Empate y festejo. El goleador ni se acercó a saludarlo o a agradecerle el pase. “Eso no pasa en el Barrio” -pensó Tuni y volvió a su posición.

La voz del DT retumbaba en su cabeza: “…si no haces un gol, no vuelvas…”

Con el tiempo cumplido, y el partido empatado, el DT que hacía también de referí, gritó: “¡Un minuto más y se termina!” – miró su reloj y siguió el partido.
Tuni recibió una pelota que rebotó en un cruce entre dos jugadores y decidió encarar hacia el arco. Era su última oportunidad. Pensó en sus padres, en sus hermanos…  amagó hacia la izquierda y uno quedó atrás, pensó en  La Medianera y en los otros chicos del equipo…  clavó la suela del botín zurdo sobre la pelota y otro defensor barrió desde atrás pasando de largo por la pisada de Tuni… volvió a arrancar y con la vista en alto vio al arquero tirado sobre su palo derecho. Buscó el palo izquierdo y encontró el hueco… se preparó para clavarla al ángulo con una comba perfecta que dibujó en su mente varias veces en milésimas de segundo, pensó en la gloria… y sacó el zurdazo. El empeine externo de su izquierda prodigiosa cacheteó el balón y este salió disparado…
Tuni vio como la trayectoria de la pelota se mantenía derecha y nunca llegaba la comba que le daría destino de gol, aquella comba imaginada.
Por su cabeza desfilaron mil imágenes que se fueron diluyendo una tras otra en la desilusión: se imaginaba debutando en quinta división en Vélez, saliendo varias veces campeón en las inferiores, imaginó su debut en la Primera, su primer gol, su “patente” de ídolo, su pase a Europa, toda la felicidad de su familia. Todas las imágenes desaparecían atrás de esa pelota que se iba irremediablemente afuera. Y pensó en el Ángel, y envidió su leyenda que nunca iba a igualar. Y volvió a mirar la pelota casi con desgano, mientras frenaba su carrera y empezaba a darse vuelta para volver a su campo, a su fracaso, a su barrio, a su Medianera.

Y ahí fue cuando lo vio. Todo sucedió en uno o dos segundos.

Pensó en gritar. Mezcla de susto y de admiración, cuando vio una camiseta verde y negra del Torito de Mataderos. Enorme y brillante como si estuviera pintada con esmalte sintético. Como una ráfaga de viento pasó hacia el arco.
Y vio dos grandes alas blancas y los botines de las tres tiras elevándose del suelo. Allí, frente a sus ojos y a toda carrera, el Ángel Olaya se despegaba del piso en un vuelo interminable, volando sobre rivales y líneas de cal. La cabeza erguida y su frente dirigida a esa pelota blanca y negra que esta vez y por el impulso del Tuni, se dirigía lejos del arco. Irremediablemente afuera.
El Tuni se clavó en el piso y gritó: “¡¡Miren eso!!”. Varios lo escucharon y se dieron vuelta hacia donde Tuni miraba. Solamente él veía al Ángel.
El frentazo del Ángel fue suave y perfecto, su cuerpo arqueado y poderoso le dio el toque sutil y necesario; la dirección de la pelota cambió levemente y el arquero, que la miraba irse con desprecio, abrió los ojos e intentó volar con un manotazo agónico. Entró a cuatro o cinco centímetros del ángulo entre el palo izquierdo del arquero y el travesaño y tal fue el asombrado silencio de todos, que se escuchó el roce del cuero con la red.

Tuni no se movió. Cuando vio caer la pelota dentro del arco, levantó la vista para buscarlo. Ya no estaba.
Unos segundos después, sus compañeros de equipo gritaban desaforadamente el gol y los contrarios derrotados, los brazos en jarra  y la cabeza gacha mirando el suelo, negando una y otra vez: “No puede ser, no puede ser…”

Del resto, Tuni no se acuerda mucho. O tal vez nunca lo olvidará.  Víctor lo escuchó mil veces decir “Fue el Ángel, no fui yo”. “¡Callate, pendejo!” le contestó una y otra vez, con una mezcla de bronca y orgullo, una por no haber quedado seleccionado él y otro por el enorme y mágico talento de su hermanito, del cual todos hablaban en las inferiores de Vélez.
Fue el tercer gol del Ángel, el último.
Fue el primero del Tuni.
El Club le dio a Tuni botines nuevos. Los que usó aquel día, cuelgan de la cruz de palo, al pie de la imagen del Ángel.  En la Medianera, claro.

FIN
  
Nelson Acosta García – 2007

lunes, 4 de abril de 2011

Malvinas, el alma herida.

Para todos los que formamos parte de un modo u otro de la "Generación Malvinas", en estas fechas, las imágenes y los recuerdos se agolpan. Vuelvo a publicar aquí un texto que escribí el año pasado, referido al tema. Vaya como un homenaje permanente a todos los que dejaron o se jugaron la vida en una guerra que nadie quería. Gracias por acompañarlo leyendo,

Islas del Sur

Epopeya cobarde contra el viento helado.

Escribo sangre en las noches, de fogonazo y metralla.
Escupo balas secas, como voces de mando ausentes.
Yo, mi pozo zorro y el crepúsculo amargo.
Camarada de armas, pibe viejo de Corrientes, sin lustre y con mucha alma.

Tras su manto… me enseñaron en el Nacional, como previniendo…
Y sigue sudando agua helada la turba oscura. La niebla hostiga.
Pam! Pam! Pam! Vibra el FAL viejo y atorado. Nunca más de tres. Nunca más.

Ciego de santo y seña vá Corrientes a remplazarme en el pozo.
Grita a oscuras, mira sordo el silencio previo. Algo sabía. Pero no me contó.
Y yo vuelvo al trapo, carpa, sábana, manta, nada es eso, barro y espinillo. Y a tientas recorro la piedra ya partida por el plomo viejo, de ayer o de hoy quizás?
No, de hoy no.

Hasta ahora.
Ahora sí. Fogonazo y bomba.
Y no sé si me duermo o me desmayo o me voló el seso derramado. Hasta la luz, nadie dijo nada.
Nadie estaba.
Ni el cabo, ni el sargento. Nadie.
Corrientes dejó su alma lustrada, partido al medio en la carne, su sangre ya congelada por la noche que pasó. Y yo apenas. Y yo a duras penas. Me levanto y veo.
Esa misma sangre pintó la piedra que recorrí anoche con mis manos. Pincel de metralla duro, dibuja salpicando.
Obra terminada.
Y si.
Guerra sin triunfos.

Soldadito sin dedos, sin piernas, sin alma.
No eras vos, ni yo. Debían ser ellos.
Chau Corrientes.

Nelson Acosta García
02/04/2010
(basado en el relato de un buen amigo, ex combatiente de Malvinas)

viernes, 1 de abril de 2011

Ciudad tomada

No sé cuando llegaron. No los escuché. No sé quienes son ni por qué o por quién vinieron.

Esa mañana apuré mi café negro sin azúcar y tomé mi abrigo y mi vieja carpeta de trabajo. Abrí con dificultad la antigua puerta cancel, luego la principal y salí a la calle. No los vi, ni sabía que allí estaban.
La gente caminaba nerviosa, exasperadamente malhumorada. 
-“Es lunes” – pensé.

Doblé en la esquina y recorrí unos 150 metros hacia la vieja estación de tren. Intenté sacar mi pasaje en la expendedora automática, pero la ranura de las monedas estaba bloqueada con una sustancia viscosa, amarronada. No me animé. Busqué la ventanilla de venta de pasajes que tenía un letrero obvio escrito a mano con bolígrafo azul en un cartón manchado y roto: “Ventanilla serrada, disculpe las molestia” (SIC). Caminé unos metros por el andén sucio, plagado de papeles y envases de quién sabe cuantas cosas e intenté sentarme en algún banco, pero todos se hallaban desvencijados y rotos claramente a patadas. La promociones de la empresa de trenes, empastaban las carteleras sin horarios siquiera.

-¿Nos estarán observando?- comencé a preguntarme sin conciencia casi…

Luego de una larga espera, el tren atronó la estación con el chirrido de sus frenos. Como pudimos, los que esperábamos en la estación entramos en esa descomunal lata de sardinas. Arrancamos.

Intentaba cerrar los ojos para aislarme de aquel insano apretujamiento, de los rostros duros que se veían cara a cara o a nuca o a oído, toses y miradas, desconfiando todos de cada uno de nosotros, cuidando carteras, bolsillos, cuerpos o maletines. Ninguna intimidad queda a salvo en esos momentos: los olores, la piel, las ropas, la mirada, el sudor; nada es propio.
Una conversación personal a los gritos por un teléfono móvil, presagiaba un hogar con problemas por la noche a la vuelta del trabajo.

El tren se detuvo. No podía ver siquiera por las ventanillas. Las puertas no se abrían. Giro sobre mi mismo, intentando ver algo más y arrastrando alguna mochila descuidada y logro ver que no hay estación, nos detuvimos en medio de las vías.

Diez, veinte minutos de espera, desde el vagón que nos precede llegan gritos, enojos, insultos.
Se abre una puerta y ventila brevemente ese ambiente pestilente y sofocante de decenas, cientos de personas encerradas en un vagón sin ventanas para abrir, pero cuyo aire acondicionado calienta, en lugar de enfriar ese infierno urbano.

De a poco, más insultos, más gritos, más reclamos, debemos descender del tren, descolgarnos por pequeñas escaleras de emergencia, ancianos, embarazadas, escolares. Entre las vías, los rieles electrificados y la mugre.
Salimos de allí como podemos, saltando un alambrado caído, dispersándonos como hormigas a las que le han pateado el hormiguero. Los vemos allí, son unos veinte empleados (o parecen serlo) de la empresa ferroviaria  que han cortado las vías, poniendo obstáculos y banderas, reclamando por la libertad de un viejo líder sindical apresado por asesinato.  Todos los trenes se han detenido. Todos.

Las hormigas buscan otro camino. El alimento debe llegar al hormiguero, pase lo que pase.

¿Quienes serán? ¿Qué aspecto tendrán? ¿Serán como nosotros?

A duras penas, recorriendo varias calles, un autobús me acerca cansinamente a mi destino. Igual que antes, repleto, sofocante.
Vuelvo a cerrar los ojos, el cansancio y el sueño me invaden. Pronto percibo que hace unos minutos que estamos detenidos. El ulular de sirenas, el ruido de motores, el smog, todo anestesia mis sentidos.

Algunos pasajeros comienzan a descender del autobús, hago lo mismo. Camino unas cinco calles atestadas con cientos de automóviles, taxis y autobuses detenidos, carburando su carburante a pleno humo.  Tocando sus bocinas, los conductores peleando unos con otros.
En ese lugar encuentro el motivo del atasco, banderas rojas,  banderas azules, gritos, cánticos, bombas de estruendo, peleas. Policías, caballos, armas. Una agrupación política corta la avenida para que el mismo viejo líder sindical siga en prisión. Ya no hay trenes, ni calles para circular.

Intento rodear la plaza para apurar mi paso, pero decenas de estudiantes acampan en la plaza y cortan la calle lateral y organizadamente nos desvían a los transeúntes hacia la otra calle. Por aquí no, “¡la Escuela está ocupada!” - nos gritan. Reclaman por calefacción para sus aulas y quieren ser ellos quienes elijan a sus profesores y a sus autoridades y dictar su propio código de convivencia y decidir lo que se debe estudiar.
“¡Democraticemos la Escuela!” nos siguen gritando adolescentes con capuchas y palos.

Hay periodistas, móviles, cámaras que corren de una a otra manifestación con nerviosismo, hacen preguntas, cientos de veces las mismas preguntas, cargan las tintas siempre sobre los mismos temas, salen en vivo, por TV, por radio. Cuando las cámaras se apagan, ríen y beben gaseosas.

¿Por qué vienen? ¿Vendrán por nosotros? ¿Por todos?

Finalmente y con mucho atraso, llego a mi viejo despacho, cuelgo mi abrigo y dejo la carpeta sobre el escritorio. Pienso en mi día, en mi trabajo, en todo lo que tengo por hacer  y ya no podré.

¿Se llevarán a los niños? ¿Buscarán alimentos o riquezas?

Enciendo la radio y  tiemblo al escuchar el breve noticiero: tres muertos en 12 horas, asesinados por robos o por venganzas o “pasionales” o por si acaso. Quiero olvidar todo para poder pensar en mi trabajo, pero no puedo.

Retumban en la ventana los golpes de los tambores que surgen de las entrañas de la ciudad, desde las escaleras del metro. De cada lado de la calle surgen grupos disidentes que pelean, gritan y se desafían. Se arrojan piedras y palos. El Metro de la ciudad está detenido, las vísceras vivas de la red urbana no se mueven, las hormigas salen de los agujeros y huyen despavoridas. Ya no eligen otro transporte, solo corren.

Ya están cerca, vienen por nosotros, de eso no hay dudas.

Van cayendo, minuto a minuto. Nadie avanza, Nadie retrocede. Nadie logra moverse.
Nadie trabaja, nadie quiere hacerlo. Nadie puede. La hormigas obreras se rebelan y paran. Nadie avanza, Nadie retrocede.

Siguen llegando automóviles y la ciudad colapsa. Ellos están ahí y parece que nadie los viera.
Pero yo si los veo, ¿los veo?. Los escucho. Los presiento. Aturdido camino por los pasillos del viejo edificio, abro el gran portón y salgo a la calle. Ellos están ahí. Me rodean. Nos rodean. No, ya no los veo, ni sé si ellos me ven.

Son como nosotros, supongo. Casi iguales. Gritan, corren, gimen y pelean. Como nosotros. Como ellos.

Busco alejarme, camino y corro, camino y corro. Logro encontrar un autobús que me aleje de allí.
Lejos. Donde ellos no puedan encontrarme. Donde nos ocultamos casi todos.

La ciudad queda en manos de ellos. La hemos entregado.

Consigo un coche y salgo por la ruta alejándome de la ciudad. 
Lejos, la carretera surca sinuosamente los sembradíos.
La ciudad era nuestra, es de ellos. Ellos son casi como nosotros.

Casi iguales.
Somos nosotros.

La ciudad está tomada. No debimos permitirlo. No debimos haberlo hecho.


Nelson Acosta García
Un humilde tributo al maestro Julio C.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Mujeres al borde de un ataque de sueños.

Buenos Aires, 8 de marzo de 2011.

Mujeres al borde de un ataque de sueños.

Por alguna extraña razón, todos los 8 de marzo siento que algo debería escribir. Y algo escribo. Y actúo en consecuencia. Y envío mensajes, e-mails, saludos o hago llamados a todas las mujeres que de una u otra manera están en mi vida. Todas son importantes, todas cuentan.

En estos años recibí muchas respuestas, la mayoría agradeciendo, seré sincero, pero algunas veces las respuestas me dejaron al menos en silencio. Desde “…no hay nada que festejar…”; “…lamento que exista un día de la Mujer…”; “…somos tan discriminadas que necesitamos un día, como el día del animal…” y algunas otras por el estilo hasta los agradecimientos mas amorosos y dedicados. Entiendo todas y cada una de las posturas y las respeto profundamente. A quien detestaba la fecha, dejé de enviarle mensajes y a quien lo retribuía con cariño, se mantenía en mi lista de envio.

Pero el punto era escribir, (esta vez tengo el blog!) lo que seguramente permitirá que muchas más puedan leerlo. Después les contaré el resultado de la experiencia.

“…todas las mujeres que de una u otra manera están en mi vida…” escribí más arriba y es una arbitraria selección de ellas, a la vez innumerable e imprescindible.
Cada paso de mi existencia (como la de casi todos, estimo) ha estado signado por la presencia generosa, exigente y muchas veces indescifrable de poderosos exponentes del agraciado sexo femenino. Lo de agraciado no es un adjetivo solamente sino que concuerda con las percepciones más profundas que tengo sobre ellas (sobre ustedes, ¡perdón!)  y con los estados de gracia en que se encuentran las mujeres cuando uno se cruza con ellas en la vida.
Siempre, invariablemente, el estado de una mujer es especial, ya sea en fase de “zen” más absoluta o en el más complejo conflicto que pueda aquejarla.

¡Viva la diferencia! decía una sesentosa y remanida frase, pues para quien esto escribe las mujeres son como un río, siempre distintas, siempre caudalosas, siempre entregando señales sobre una posible crecida, o un desborde o una sequía, señales que los mortales masculinos podemos interpretar muy pocas veces desde nuestra básica y lineal condición, pero juro que nos esforzamos por hacerlo bien.

Antes que florezcan los comentarios aclaro que considero a nenas y nenes por igual, por sus aptitudes, capacidades y características y que detesto las generalizaciones de género que sólo entorpecen el conocimiento mutuo, pero obviamente si intento escribir sobre “las mujeres” busco aguas que permitan homogeneizar aunque sea brevemente las enormes variaciones posibles que el universo femenino nos ofrece.

Siguiendo con la alegoría del río, esa fuerza primal femenina invade desde el mismo vientre materno todos nuestros huecos, permitiendo que nos desarrollemos empapados en ese líquido imprescindible para la vida. Ciertamente, como sucede igualmente en el caso de los hombres, también ese “elixir” puede tornarse tóxico y asfixiante, pero tratándose de las mujeres, el efecto en general, si negativo, puede ser devastador. Eso habla de su poder, de su intensidad, de su enorme influencia que, obviamente, puede ser absolutamente positiva en el caso contrario.
Y por qué no?... me referiré precisamente a esos casos, a los positivos, a todo lo aprendido, recibido y añorado de ustedes, estimadas lectoras.(Disculpen muchachos, hoy les hablo a ellas.)

Considerando que los hombres tenemos una ceguera corporal irreversible con la maternidad, con ese vientre hinchado y esa revolución hormonal, ustedes nos acercan generosamente nuestra mano a su vientre y nos transmiten intensamente lo que sienten, seamos padres, hermanos, amigos o tíos, esa panza la hacen compartida y dadivosa, nos muestran los movimientos y los dolorcitos, las patadas y los descansos. Son nuestra “cámara espía” en ese mundo inaccesible para nosotros. Reniego, como muchas de mis queridas amigas, del instinto materno como una cuestión genética o atávica sino que lo considero un concepto cultural y precisamente por eso, creo más aún que la maternidad es un esfuerzo físico e intelectual superior, un don impresionante y complejo que las mujeres llevan adelante con una hidalguía y resistencia de la que carecemos los hombres. No creo que lo hagan por instinto, lo hacen porque son las únicas capaces de hacerlo.

Del mismo modo, muchas veces nos demuestran, nos conmueven y nos educan con las demostraciones de amor filial, fraternal, materno o amistoso incansable, sacrificado y alegre. También aprendemos de la lucha compleja que pelean en busca de las igualdades laborales, intelectuales o de oportunidad que muchas veces (cada vez menos por suerte) se les niegan. Uñas (pintadas) y dientes para un desafío desigual, pero que claramente van ganando día a día, aunque siempre falte algo más.

Nos entregan toneladas de su exquisita inteligencia en todas las posiciones de la sociedad. Cada vez son más las mujeres universitarias y menos los hombres. Las carreras humanísticas suman cada vez más y más mujeres dispuestas a crecer intelectualmente y nos superan claramente en rendimiento y capacidad en muchísimos casos.

Nos dan su aliento, su aguante, su deseo, su belleza, su sutileza, su mesura, su voz seductora y cálida, sus necesidades, su sensualidad, sus urgencias, su talento…

Seguramente hay un montón de cosas que detestamos, no comprendemos y evitamos de ustedes del mismo modo que ustedes lo hacen con nosotros pero hoy el tema es un elogio a la condición femenina y no una polémica de género.

Y el párrafo final para el amor, ese esquivo, maravilloso, difícil, complejo, completo, imprescindible amor de una mujer. Amor difícil de ignorar, intenso, apasionado, comprometido, desmesurado. Ese amor que algunos hombres tenemos la gracia de recibir alguna vez en la vida y que nos mantiene, vivos, alerta, que nos hace evolucionar o enterrarnos, que nos revitaliza o desanima, que nos subleva o rescata. Amor de mujer. Amor del todo.

Mis queridas lectoras, gracias por todo esto, por estar y si hasta aquí llegaron, por leerme esta noche. Algunas cosas les gustarán más y otras menos, todo es opinable, pero hoy quise sintetizar solamente cuestiones emocionales personales que me generan y por suerte seguirán haciéndolo, todas ustedes. Desde el alma, sin filtros.

Gracias, Feliz Día de la Mujer.

Buenas Noches.


Nelson Acosta García

viernes, 4 de marzo de 2011

Más liviano.

Mis “exclusivos” y queridos lectores, disculpen la tardanza, pero el vértigo diario no me ha permitido explayarme en estos días, aunque aquí estoy, de nuevo en el ruedo. Gracias por los comentarios que me hacen llegar…

Más liviano.

Hace poco tuve una charla con un amigo que nos movilizó algunos puntos sensibles referidos a los sueños, los deseos, las utopías y todas las variantes que encuentren. Surgía en la charla, esa acuciante necesidad que tenemos de tener (valga la redundancia) determinados objetivos: de “vida”, laborales, económicos, sociales, etc. hacen que cada momento de nuestras existencias estén plagados de exigencia y necesidades  (de estas, de las otras tenemos todos, ¿no?)

¿Cuándo es que alguien dijo, escribió, estableció o decretó que todos tenemos que tener sueños, objetivos grandiosos, utopías por concretar o deseos inalcanzables? Seguramente, muchos me dirán que no es equiparable una utopía romántica que un objetivo de “posesión” económica, cosa que es real, pero intento no discriminar ya que todos tenemos nuestra propia forma de sentirnos realizados.  El punto en cuestión no es ese de todos modos, sino la exigencia impuesta o auto impuesta que tenemos de (obtener cosas = obtener felicidad)

Es un tema tratado hasta el hartazgo, lo sé, pero a veces, justamente por ser algo tan comentado y declamado, no le damos lugar a analizarlo desde nuestra propia existencia. Como muchos, uno mismo tiene sueños, deseos y proyectos, ya que debe ser una necesidad inherente a la condición humana, pero muchas veces despreciamos al que se despoja de esas metas y solamente se dedica a llevar su existencia por el mejor camino posible, sin importarle no solo lo que los demás opinen sino lo que su propia carga cultural o ,mejor aún, su evolución intelectual y emocional le exige.

Con los años (uno ya tiene unos cuantos en la alforja) he ido bajando pretensiones y objetivos en pos de obtener una felicidad más fecunda en el recorrido de la vida. Como buen descendiente de castellanos de Salamanca, mi tozudez me ha permitido transitar esos caminos cargadito de ítems a cumplir en toda sufrida vida española (recordemos a nuestros antepasados españoles reprimidos, sufridos y oscuros de hace un siglo, no a la España europea de estos tiempos), pero la evolución natural de la misma y los pocos pensamientos evolutivos que uno consigue desarrollar nos permiten descargar algunas cosas.  Para esto, sería un facilismo recurrir a frases occidentales u orientales como “Dios proveerá” o “Todo sucede para bien”, pero debemos admitir que sea cual sea la religión o idiosincrasia adoptada, resumen claramente la intención de vida del emisor del mensaje. No está nada mal. Aunque uno mismo no logre hacerlo.

Los hijos que crecen nos marcan etapas y dibujan líneas no sólo en nuestro rostro, sino en el recorrido de la vida. Cuando se acerca el momento de su independencia, intentamos empezar a prever el nido vacío y hay que prepararse para ese momento, ahí es cuando nos damos cuenta de cual es la motivación que nos llevó a poseer algo más. Y los hijos son un motivo, no una excusa. Como decía un psicólogo conocido; “Los hijos son la excusa más usada y más perfecta para justificar cualquier barbaridad de las tantas que hacemos”.
“¡¡¡Lo hice por mis hijos!!!” es el grito de guerra más mediocre que podemos utilizar. Hay que asumir que cada uno, tenga hijos o no, hace lo que decide hacer o en todo caso, lo que puede.
Los sueños, las posesiones y los deseos de poseer son nuestros, egoístas, personales, internos y profundos.

Tal vez, deberíamos aprender a recibir la vida un poco más como viene y otro poco menos como queremos que venga. Sigamos apilando sueños, pero no caigamos aplastados bajo su peso y cada tanto, cumplamos alguno, eso aliviana.

Tengamos deseos, planes y búsquedas más simples, más básicas, menos onerosas en su costo no solo monetario sino en su costo emocional y vital. Disfrutemos un poco más de crecer, de los caminos, de las esperas, de las charlas largas, no siempre es tiempo perdido.

Hacia allí intento ir, pese a las pesadas ruedas de la carreta que arrastro estos días.
Espero como siempre, que la búsqueda sea fecunda y que el recorrido me lleve finalmente, por ese camino por el que intento ir, descalzo sobre la arena y con el sol en la cara.

En parte desde allí nació este Blog, ya que en mi caso escribir, aliviana…

Buenas Noches.