lunes, 4 de abril de 2011

Malvinas, el alma herida.

Para todos los que formamos parte de un modo u otro de la "Generación Malvinas", en estas fechas, las imágenes y los recuerdos se agolpan. Vuelvo a publicar aquí un texto que escribí el año pasado, referido al tema. Vaya como un homenaje permanente a todos los que dejaron o se jugaron la vida en una guerra que nadie quería. Gracias por acompañarlo leyendo,

Islas del Sur

Epopeya cobarde contra el viento helado.

Escribo sangre en las noches, de fogonazo y metralla.
Escupo balas secas, como voces de mando ausentes.
Yo, mi pozo zorro y el crepúsculo amargo.
Camarada de armas, pibe viejo de Corrientes, sin lustre y con mucha alma.

Tras su manto… me enseñaron en el Nacional, como previniendo…
Y sigue sudando agua helada la turba oscura. La niebla hostiga.
Pam! Pam! Pam! Vibra el FAL viejo y atorado. Nunca más de tres. Nunca más.

Ciego de santo y seña vá Corrientes a remplazarme en el pozo.
Grita a oscuras, mira sordo el silencio previo. Algo sabía. Pero no me contó.
Y yo vuelvo al trapo, carpa, sábana, manta, nada es eso, barro y espinillo. Y a tientas recorro la piedra ya partida por el plomo viejo, de ayer o de hoy quizás?
No, de hoy no.

Hasta ahora.
Ahora sí. Fogonazo y bomba.
Y no sé si me duermo o me desmayo o me voló el seso derramado. Hasta la luz, nadie dijo nada.
Nadie estaba.
Ni el cabo, ni el sargento. Nadie.
Corrientes dejó su alma lustrada, partido al medio en la carne, su sangre ya congelada por la noche que pasó. Y yo apenas. Y yo a duras penas. Me levanto y veo.
Esa misma sangre pintó la piedra que recorrí anoche con mis manos. Pincel de metralla duro, dibuja salpicando.
Obra terminada.
Y si.
Guerra sin triunfos.

Soldadito sin dedos, sin piernas, sin alma.
No eras vos, ni yo. Debían ser ellos.
Chau Corrientes.

Nelson Acosta García
02/04/2010
(basado en el relato de un buen amigo, ex combatiente de Malvinas)

viernes, 1 de abril de 2011

Ciudad tomada

No sé cuando llegaron. No los escuché. No sé quienes son ni por qué o por quién vinieron.

Esa mañana apuré mi café negro sin azúcar y tomé mi abrigo y mi vieja carpeta de trabajo. Abrí con dificultad la antigua puerta cancel, luego la principal y salí a la calle. No los vi, ni sabía que allí estaban.
La gente caminaba nerviosa, exasperadamente malhumorada. 
-“Es lunes” – pensé.

Doblé en la esquina y recorrí unos 150 metros hacia la vieja estación de tren. Intenté sacar mi pasaje en la expendedora automática, pero la ranura de las monedas estaba bloqueada con una sustancia viscosa, amarronada. No me animé. Busqué la ventanilla de venta de pasajes que tenía un letrero obvio escrito a mano con bolígrafo azul en un cartón manchado y roto: “Ventanilla serrada, disculpe las molestia” (SIC). Caminé unos metros por el andén sucio, plagado de papeles y envases de quién sabe cuantas cosas e intenté sentarme en algún banco, pero todos se hallaban desvencijados y rotos claramente a patadas. La promociones de la empresa de trenes, empastaban las carteleras sin horarios siquiera.

-¿Nos estarán observando?- comencé a preguntarme sin conciencia casi…

Luego de una larga espera, el tren atronó la estación con el chirrido de sus frenos. Como pudimos, los que esperábamos en la estación entramos en esa descomunal lata de sardinas. Arrancamos.

Intentaba cerrar los ojos para aislarme de aquel insano apretujamiento, de los rostros duros que se veían cara a cara o a nuca o a oído, toses y miradas, desconfiando todos de cada uno de nosotros, cuidando carteras, bolsillos, cuerpos o maletines. Ninguna intimidad queda a salvo en esos momentos: los olores, la piel, las ropas, la mirada, el sudor; nada es propio.
Una conversación personal a los gritos por un teléfono móvil, presagiaba un hogar con problemas por la noche a la vuelta del trabajo.

El tren se detuvo. No podía ver siquiera por las ventanillas. Las puertas no se abrían. Giro sobre mi mismo, intentando ver algo más y arrastrando alguna mochila descuidada y logro ver que no hay estación, nos detuvimos en medio de las vías.

Diez, veinte minutos de espera, desde el vagón que nos precede llegan gritos, enojos, insultos.
Se abre una puerta y ventila brevemente ese ambiente pestilente y sofocante de decenas, cientos de personas encerradas en un vagón sin ventanas para abrir, pero cuyo aire acondicionado calienta, en lugar de enfriar ese infierno urbano.

De a poco, más insultos, más gritos, más reclamos, debemos descender del tren, descolgarnos por pequeñas escaleras de emergencia, ancianos, embarazadas, escolares. Entre las vías, los rieles electrificados y la mugre.
Salimos de allí como podemos, saltando un alambrado caído, dispersándonos como hormigas a las que le han pateado el hormiguero. Los vemos allí, son unos veinte empleados (o parecen serlo) de la empresa ferroviaria  que han cortado las vías, poniendo obstáculos y banderas, reclamando por la libertad de un viejo líder sindical apresado por asesinato.  Todos los trenes se han detenido. Todos.

Las hormigas buscan otro camino. El alimento debe llegar al hormiguero, pase lo que pase.

¿Quienes serán? ¿Qué aspecto tendrán? ¿Serán como nosotros?

A duras penas, recorriendo varias calles, un autobús me acerca cansinamente a mi destino. Igual que antes, repleto, sofocante.
Vuelvo a cerrar los ojos, el cansancio y el sueño me invaden. Pronto percibo que hace unos minutos que estamos detenidos. El ulular de sirenas, el ruido de motores, el smog, todo anestesia mis sentidos.

Algunos pasajeros comienzan a descender del autobús, hago lo mismo. Camino unas cinco calles atestadas con cientos de automóviles, taxis y autobuses detenidos, carburando su carburante a pleno humo.  Tocando sus bocinas, los conductores peleando unos con otros.
En ese lugar encuentro el motivo del atasco, banderas rojas,  banderas azules, gritos, cánticos, bombas de estruendo, peleas. Policías, caballos, armas. Una agrupación política corta la avenida para que el mismo viejo líder sindical siga en prisión. Ya no hay trenes, ni calles para circular.

Intento rodear la plaza para apurar mi paso, pero decenas de estudiantes acampan en la plaza y cortan la calle lateral y organizadamente nos desvían a los transeúntes hacia la otra calle. Por aquí no, “¡la Escuela está ocupada!” - nos gritan. Reclaman por calefacción para sus aulas y quieren ser ellos quienes elijan a sus profesores y a sus autoridades y dictar su propio código de convivencia y decidir lo que se debe estudiar.
“¡Democraticemos la Escuela!” nos siguen gritando adolescentes con capuchas y palos.

Hay periodistas, móviles, cámaras que corren de una a otra manifestación con nerviosismo, hacen preguntas, cientos de veces las mismas preguntas, cargan las tintas siempre sobre los mismos temas, salen en vivo, por TV, por radio. Cuando las cámaras se apagan, ríen y beben gaseosas.

¿Por qué vienen? ¿Vendrán por nosotros? ¿Por todos?

Finalmente y con mucho atraso, llego a mi viejo despacho, cuelgo mi abrigo y dejo la carpeta sobre el escritorio. Pienso en mi día, en mi trabajo, en todo lo que tengo por hacer  y ya no podré.

¿Se llevarán a los niños? ¿Buscarán alimentos o riquezas?

Enciendo la radio y  tiemblo al escuchar el breve noticiero: tres muertos en 12 horas, asesinados por robos o por venganzas o “pasionales” o por si acaso. Quiero olvidar todo para poder pensar en mi trabajo, pero no puedo.

Retumban en la ventana los golpes de los tambores que surgen de las entrañas de la ciudad, desde las escaleras del metro. De cada lado de la calle surgen grupos disidentes que pelean, gritan y se desafían. Se arrojan piedras y palos. El Metro de la ciudad está detenido, las vísceras vivas de la red urbana no se mueven, las hormigas salen de los agujeros y huyen despavoridas. Ya no eligen otro transporte, solo corren.

Ya están cerca, vienen por nosotros, de eso no hay dudas.

Van cayendo, minuto a minuto. Nadie avanza, Nadie retrocede. Nadie logra moverse.
Nadie trabaja, nadie quiere hacerlo. Nadie puede. La hormigas obreras se rebelan y paran. Nadie avanza, Nadie retrocede.

Siguen llegando automóviles y la ciudad colapsa. Ellos están ahí y parece que nadie los viera.
Pero yo si los veo, ¿los veo?. Los escucho. Los presiento. Aturdido camino por los pasillos del viejo edificio, abro el gran portón y salgo a la calle. Ellos están ahí. Me rodean. Nos rodean. No, ya no los veo, ni sé si ellos me ven.

Son como nosotros, supongo. Casi iguales. Gritan, corren, gimen y pelean. Como nosotros. Como ellos.

Busco alejarme, camino y corro, camino y corro. Logro encontrar un autobús que me aleje de allí.
Lejos. Donde ellos no puedan encontrarme. Donde nos ocultamos casi todos.

La ciudad queda en manos de ellos. La hemos entregado.

Consigo un coche y salgo por la ruta alejándome de la ciudad. 
Lejos, la carretera surca sinuosamente los sembradíos.
La ciudad era nuestra, es de ellos. Ellos son casi como nosotros.

Casi iguales.
Somos nosotros.

La ciudad está tomada. No debimos permitirlo. No debimos haberlo hecho.


Nelson Acosta García
Un humilde tributo al maestro Julio C.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Mujeres al borde de un ataque de sueños.

Buenos Aires, 8 de marzo de 2011.

Mujeres al borde de un ataque de sueños.

Por alguna extraña razón, todos los 8 de marzo siento que algo debería escribir. Y algo escribo. Y actúo en consecuencia. Y envío mensajes, e-mails, saludos o hago llamados a todas las mujeres que de una u otra manera están en mi vida. Todas son importantes, todas cuentan.

En estos años recibí muchas respuestas, la mayoría agradeciendo, seré sincero, pero algunas veces las respuestas me dejaron al menos en silencio. Desde “…no hay nada que festejar…”; “…lamento que exista un día de la Mujer…”; “…somos tan discriminadas que necesitamos un día, como el día del animal…” y algunas otras por el estilo hasta los agradecimientos mas amorosos y dedicados. Entiendo todas y cada una de las posturas y las respeto profundamente. A quien detestaba la fecha, dejé de enviarle mensajes y a quien lo retribuía con cariño, se mantenía en mi lista de envio.

Pero el punto era escribir, (esta vez tengo el blog!) lo que seguramente permitirá que muchas más puedan leerlo. Después les contaré el resultado de la experiencia.

“…todas las mujeres que de una u otra manera están en mi vida…” escribí más arriba y es una arbitraria selección de ellas, a la vez innumerable e imprescindible.
Cada paso de mi existencia (como la de casi todos, estimo) ha estado signado por la presencia generosa, exigente y muchas veces indescifrable de poderosos exponentes del agraciado sexo femenino. Lo de agraciado no es un adjetivo solamente sino que concuerda con las percepciones más profundas que tengo sobre ellas (sobre ustedes, ¡perdón!)  y con los estados de gracia en que se encuentran las mujeres cuando uno se cruza con ellas en la vida.
Siempre, invariablemente, el estado de una mujer es especial, ya sea en fase de “zen” más absoluta o en el más complejo conflicto que pueda aquejarla.

¡Viva la diferencia! decía una sesentosa y remanida frase, pues para quien esto escribe las mujeres son como un río, siempre distintas, siempre caudalosas, siempre entregando señales sobre una posible crecida, o un desborde o una sequía, señales que los mortales masculinos podemos interpretar muy pocas veces desde nuestra básica y lineal condición, pero juro que nos esforzamos por hacerlo bien.

Antes que florezcan los comentarios aclaro que considero a nenas y nenes por igual, por sus aptitudes, capacidades y características y que detesto las generalizaciones de género que sólo entorpecen el conocimiento mutuo, pero obviamente si intento escribir sobre “las mujeres” busco aguas que permitan homogeneizar aunque sea brevemente las enormes variaciones posibles que el universo femenino nos ofrece.

Siguiendo con la alegoría del río, esa fuerza primal femenina invade desde el mismo vientre materno todos nuestros huecos, permitiendo que nos desarrollemos empapados en ese líquido imprescindible para la vida. Ciertamente, como sucede igualmente en el caso de los hombres, también ese “elixir” puede tornarse tóxico y asfixiante, pero tratándose de las mujeres, el efecto en general, si negativo, puede ser devastador. Eso habla de su poder, de su intensidad, de su enorme influencia que, obviamente, puede ser absolutamente positiva en el caso contrario.
Y por qué no?... me referiré precisamente a esos casos, a los positivos, a todo lo aprendido, recibido y añorado de ustedes, estimadas lectoras.(Disculpen muchachos, hoy les hablo a ellas.)

Considerando que los hombres tenemos una ceguera corporal irreversible con la maternidad, con ese vientre hinchado y esa revolución hormonal, ustedes nos acercan generosamente nuestra mano a su vientre y nos transmiten intensamente lo que sienten, seamos padres, hermanos, amigos o tíos, esa panza la hacen compartida y dadivosa, nos muestran los movimientos y los dolorcitos, las patadas y los descansos. Son nuestra “cámara espía” en ese mundo inaccesible para nosotros. Reniego, como muchas de mis queridas amigas, del instinto materno como una cuestión genética o atávica sino que lo considero un concepto cultural y precisamente por eso, creo más aún que la maternidad es un esfuerzo físico e intelectual superior, un don impresionante y complejo que las mujeres llevan adelante con una hidalguía y resistencia de la que carecemos los hombres. No creo que lo hagan por instinto, lo hacen porque son las únicas capaces de hacerlo.

Del mismo modo, muchas veces nos demuestran, nos conmueven y nos educan con las demostraciones de amor filial, fraternal, materno o amistoso incansable, sacrificado y alegre. También aprendemos de la lucha compleja que pelean en busca de las igualdades laborales, intelectuales o de oportunidad que muchas veces (cada vez menos por suerte) se les niegan. Uñas (pintadas) y dientes para un desafío desigual, pero que claramente van ganando día a día, aunque siempre falte algo más.

Nos entregan toneladas de su exquisita inteligencia en todas las posiciones de la sociedad. Cada vez son más las mujeres universitarias y menos los hombres. Las carreras humanísticas suman cada vez más y más mujeres dispuestas a crecer intelectualmente y nos superan claramente en rendimiento y capacidad en muchísimos casos.

Nos dan su aliento, su aguante, su deseo, su belleza, su sutileza, su mesura, su voz seductora y cálida, sus necesidades, su sensualidad, sus urgencias, su talento…

Seguramente hay un montón de cosas que detestamos, no comprendemos y evitamos de ustedes del mismo modo que ustedes lo hacen con nosotros pero hoy el tema es un elogio a la condición femenina y no una polémica de género.

Y el párrafo final para el amor, ese esquivo, maravilloso, difícil, complejo, completo, imprescindible amor de una mujer. Amor difícil de ignorar, intenso, apasionado, comprometido, desmesurado. Ese amor que algunos hombres tenemos la gracia de recibir alguna vez en la vida y que nos mantiene, vivos, alerta, que nos hace evolucionar o enterrarnos, que nos revitaliza o desanima, que nos subleva o rescata. Amor de mujer. Amor del todo.

Mis queridas lectoras, gracias por todo esto, por estar y si hasta aquí llegaron, por leerme esta noche. Algunas cosas les gustarán más y otras menos, todo es opinable, pero hoy quise sintetizar solamente cuestiones emocionales personales que me generan y por suerte seguirán haciéndolo, todas ustedes. Desde el alma, sin filtros.

Gracias, Feliz Día de la Mujer.

Buenas Noches.


Nelson Acosta García

viernes, 4 de marzo de 2011

Más liviano.

Mis “exclusivos” y queridos lectores, disculpen la tardanza, pero el vértigo diario no me ha permitido explayarme en estos días, aunque aquí estoy, de nuevo en el ruedo. Gracias por los comentarios que me hacen llegar…

Más liviano.

Hace poco tuve una charla con un amigo que nos movilizó algunos puntos sensibles referidos a los sueños, los deseos, las utopías y todas las variantes que encuentren. Surgía en la charla, esa acuciante necesidad que tenemos de tener (valga la redundancia) determinados objetivos: de “vida”, laborales, económicos, sociales, etc. hacen que cada momento de nuestras existencias estén plagados de exigencia y necesidades  (de estas, de las otras tenemos todos, ¿no?)

¿Cuándo es que alguien dijo, escribió, estableció o decretó que todos tenemos que tener sueños, objetivos grandiosos, utopías por concretar o deseos inalcanzables? Seguramente, muchos me dirán que no es equiparable una utopía romántica que un objetivo de “posesión” económica, cosa que es real, pero intento no discriminar ya que todos tenemos nuestra propia forma de sentirnos realizados.  El punto en cuestión no es ese de todos modos, sino la exigencia impuesta o auto impuesta que tenemos de (obtener cosas = obtener felicidad)

Es un tema tratado hasta el hartazgo, lo sé, pero a veces, justamente por ser algo tan comentado y declamado, no le damos lugar a analizarlo desde nuestra propia existencia. Como muchos, uno mismo tiene sueños, deseos y proyectos, ya que debe ser una necesidad inherente a la condición humana, pero muchas veces despreciamos al que se despoja de esas metas y solamente se dedica a llevar su existencia por el mejor camino posible, sin importarle no solo lo que los demás opinen sino lo que su propia carga cultural o ,mejor aún, su evolución intelectual y emocional le exige.

Con los años (uno ya tiene unos cuantos en la alforja) he ido bajando pretensiones y objetivos en pos de obtener una felicidad más fecunda en el recorrido de la vida. Como buen descendiente de castellanos de Salamanca, mi tozudez me ha permitido transitar esos caminos cargadito de ítems a cumplir en toda sufrida vida española (recordemos a nuestros antepasados españoles reprimidos, sufridos y oscuros de hace un siglo, no a la España europea de estos tiempos), pero la evolución natural de la misma y los pocos pensamientos evolutivos que uno consigue desarrollar nos permiten descargar algunas cosas.  Para esto, sería un facilismo recurrir a frases occidentales u orientales como “Dios proveerá” o “Todo sucede para bien”, pero debemos admitir que sea cual sea la religión o idiosincrasia adoptada, resumen claramente la intención de vida del emisor del mensaje. No está nada mal. Aunque uno mismo no logre hacerlo.

Los hijos que crecen nos marcan etapas y dibujan líneas no sólo en nuestro rostro, sino en el recorrido de la vida. Cuando se acerca el momento de su independencia, intentamos empezar a prever el nido vacío y hay que prepararse para ese momento, ahí es cuando nos damos cuenta de cual es la motivación que nos llevó a poseer algo más. Y los hijos son un motivo, no una excusa. Como decía un psicólogo conocido; “Los hijos son la excusa más usada y más perfecta para justificar cualquier barbaridad de las tantas que hacemos”.
“¡¡¡Lo hice por mis hijos!!!” es el grito de guerra más mediocre que podemos utilizar. Hay que asumir que cada uno, tenga hijos o no, hace lo que decide hacer o en todo caso, lo que puede.
Los sueños, las posesiones y los deseos de poseer son nuestros, egoístas, personales, internos y profundos.

Tal vez, deberíamos aprender a recibir la vida un poco más como viene y otro poco menos como queremos que venga. Sigamos apilando sueños, pero no caigamos aplastados bajo su peso y cada tanto, cumplamos alguno, eso aliviana.

Tengamos deseos, planes y búsquedas más simples, más básicas, menos onerosas en su costo no solo monetario sino en su costo emocional y vital. Disfrutemos un poco más de crecer, de los caminos, de las esperas, de las charlas largas, no siempre es tiempo perdido.

Hacia allí intento ir, pese a las pesadas ruedas de la carreta que arrastro estos días.
Espero como siempre, que la búsqueda sea fecunda y que el recorrido me lleve finalmente, por ese camino por el que intento ir, descalzo sobre la arena y con el sol en la cara.

En parte desde allí nació este Blog, ya que en mi caso escribir, aliviana…

Buenas Noches.

lunes, 21 de febrero de 2011

La decisión (Texto extirpable)

Hay momentos en que uno debería tener ese control remoto de aquella película tonta que permitía detener el tiempo, accionar el STOP y parar a pensar cuál es la próxima jugada en la vida que debemos hacer. Al menos unas horas de meditación para tomar decisiones trascendentes que uno juzga como merecedoras de una reflexión más profunda y dilatada.

Pero obviamente este “pensamiento mágico” se desmaya cuando cada mañana regresamos a la realidad más absoluta de los minutos que corren inclementes y también ruidosos debido al despertador chino estridente, ése que compramos para que nos despierte de la fábula onírica nocturna. (De los sueños hablaremos en otra oportunidad)

Somos esclavos y señores de nuestro tiempo, de nuestras decisiones, de nuestros deseos, nos sentimos totalmente vulnerables a nuestro propio criterio y tenemos buenas razones para hacerlo.

El devenir de las horas del día hace que si lo analizamos lógicamente, nuestro proceso decisorio está permanentemente encendido, es una perogrullada pero es real que tomamos decisiones todo el tiempo, pequeñas y grandes. Siempre queremos que esta últimas puedan ser más meditadas y evaluadas pero no nos damos cuenta ni podemos contabilizar las decenas de horas en que todo esto se sigue procesando en nuestra cabeza. Nuestro ser, está habitualmente en estado de crispación debido a las “decisiones” que se están procesando allá arriba, en nuestra “oficina central” cerebral.

El tema es aprender a convivir con esto y permitir al mismo tiempo que la vida fluya serena, divertida y/o adrenalínica, según cada uno necesite o desee.

Todos tenemos nuestros momentos de cavilaciones y análisis, mucho más en épocas de crisis, externas o personales. A veces es con el café de la mañana, mientras leemos superficialmente el diario, a veces en un medio de transporte, nuestro auto, un autobús, un tren. Siempre el proceso sigue y sigue. Y siempre pensamos que necesitamos más.

Hay diversos ejercicios de procesamiento lógico de las ideas, dictados por infinidad de gurúes de distinta calaña, pero nada ni nadie nos asegura que podamos entrenar ese poder decisorio, que es único e inherente a cada uno de nosotros. El que se deprime por tener que tomar decisiones o el que se asusta, lo seguirá haciendo por más que haya leído muchas veces “¿Quién se ha llevado mi queso?” y/o haya pagado fortunas por los seminarios del tipo “Decisiones de vida, la llave de la felicidad” incluyendo los folletitos, el coffee-break  y las biromes con el logo que nos regalen.

Este proceso evoluciona o involuciona con los años, según cada cerebrito pueda y espero por el bien de todos que a más edad, seamos más sabios decidiendo.

Las decisiones son nuestras, necesitan procesarse en el contexto de lo que somos,  queremos ser y vivimos. No siempre tienen que tener un objetivo altruista o revolucionario o transgresor; a veces son sólo decisiones con cierto egoísmo, o con cierta comodidad o con cierto desdén. No discriminemos hacia adentro nuestro. Dejemos que el proceso de decidir tenga que ver con lo que nos pasa hoy, ahora; con nuestra necesidad a veces de patear el problema para más adelante.

Disfrutemos lo más posible de este albedrío que nos fue concedido, dejando que las decisiones sucedan sin guía de bolsillo.

Decidamos cada día, si queremos decidir o no, no nos obliguemos a hacerlo, pero si hay ganas, que la decisión sea una fiesta.

Obviamente muchos de Uds. mis “exclusivos” lectores, opinarán distinto, otros pensarán que este post carece de originalidad y algunos pretenderán sobrellevar este texto, ignorándolo olímpicamente.

En todo caso, la decisión… es vuestra.

Buenas noches

Nelson

lunes, 14 de febrero de 2011

La bicicleta

La bicicleta

Circulando por la calle en los últimos días, tuve dos o tres encuentros con ciclistas que me llevaron a escribir algunas cositas que uno va acumulando en el “costurero” como decía mi tía cuando se refería a los recuerdos. (Nunca supe el porqué de ese nombre, pero me pareció siempre muy pintoresco y gráfico)

Desde el ciclista ese que avanza sobre la bocacalle con su rueda delantera tratando de “prepear” al auto que viene por su derecha a que frene y en el último segundo gira manteniendo el equilibrio, hasta los que atraviesan muy raudamente una senda peatonal llena de personas cruzando una calle o avenida, sin respetar ni el semáforo ni a la gente, el ciclista nativo es un dechado de virtudes urbanas, consecuencia de nuestra cada vez más paupérrima educación (y no me refiero a la académica). Un “argento 100%”, diría. Me incluyo, pues he sido ciclista mucho tiempo y aún hoy cada tanto lo soy, pero desde que les enseñé a mis hijos a andar en bici, intenté, espero que exitosamente, transmitir un mínimo respeto por la urbanidad, predicando con el ejemplo.

Podría hablar y gruñir mucho más sobre el tema, incluyendo bici sendas, normas de tránsito, conductores de automotores sin contemplaciones, ciclistas en la vereda, etc., pero el tema iba para otro lado.

Los recuerdos que van llegando a mi memoria sobre la bici son muchos, desde mis gritos:”Soy un inútil” cuando no podía mantener el equilibrio en la Aurorita de mi hermana mientras me estaban enseñando a andar, pasando por mi escapada al río en bici con mis secuaces de la cuadra a mis tiernos 8 o 9 años, cruzando dos avenidas y la barranca de Acassuso cual epopeya sanmartiniana y que me costara un reto severo y la prohibición de salir a la calle por una semana (en esas épocas, ese castigo era equivalente al destierro en Transilvania y así lo sufríamos).

Y cual repechaje de “Feliz Domingo” juguemos un poco a poner cosas que nos sugiere y/o recuerda la palabra “bicicleta”, sin repetir y sin soplar:

  • Mi primera bici, usada hasta que el largo de mis fémures impedía casi que pudiera girar el manubrio.

  • Una “nueva” de reemplazo, en realidad reciclada por mi viejo de una antigua bici inglesa con freno contra pedal (¡avance tecnológico!), a la cual le instalé el setentoso asiento “banana” comprado con ahorros y a la que le partí el cuadro en épocas en que empezaba a aparecer el “bici cross” (hoy lo llaman MTB) mientras saltábamos lomas de tierra en los baldíos y hacíamos concursos de “wheeling” por la calle a ver quién recorría más metros en una sola rueda.

  • Nuestros carritos de rulemanes necesitaban también de las bicis para ser arrastrados a remolque por el pavimento, teníamos “técnicas de arrastre” y hasta dispositivos para desenganchar automáticamente el cable de arrastre en caso de peligro.

  • La bicicleta de mi abuelo, que llamábamos “el buey” porque parecían cuernos las puntas del manubrio de carrera girado hacia arriba

  • Recién inaugurado, el Bar “La Bicicleta” de San Isidro era el lugar donde invité mis primeras gaseosas, tratando de impresionar a alguna damita tan adolescente como yo.

  • Infinidad de pantalones con las botamangas rotas y/o engrasadas por enganches con la cadena

  • Cientos de heridas, raspones, frutillones y varios en piernas codos y cabeza.

  • La bicicleta “financiera”, término que escuché en los tardíos 70 por primera vez y nunca nos ha abandonado, lamentablemente.

  • La bicicleta fija, que todos hemos tenido en casa alguna vez y jamás usamos.

  • La gente querida que no sabe andar en bicicleta y todos los miramos extrañados como si fuera un virus y no una simple habilidad no adquirida en la infancia por algún motivo simple y lógico como “nunca tuve bici” o algo así.

  • El olor a caucho, a pegamento para parches y a grasa para la cadena de la bicicletería del barrio.

  • La fascinación cuando un amigo o conocido aparecía con una BIANCHI o similar y decíamos: “¡Uhh! ¡Es una “media carrera”!” si tenía cubiertas finitas o el éxtasis de  “¡Uhh! ¡Es una “de carrera”!” si portaba tubos en lugar de cubiertas de calle.

Seguramente a muchos de los queridos lectores, la palabrita “bicicleta” les  sugiere muchos recuerdos o comentarios. ¡¡Anímense y posteen sus comentarios!!
Serán bien recibidos.

Buenas noches.

jueves, 3 de febrero de 2011

El año del Conejo

Gracias a todos por la buena onda y los comentarios!  Como lo prometido es deuda, vamos a meter un poco de humor entre tanto sentimiento compartido de los primeros posteos. Para que nadie crea que esto es un homenaje a la psiquis. 


El año del Conejo

Alguna vez, una amiga me dijo que tenía que ver qué animal era yo en el Horóscopo Chino, y me ayudo a buscar, recorriendo los viejos caminos de la sabiduría oriental o los sabios caminos que Ludovica Esquirru le clavó a sus lectores apropiándose de la cultura milenaria para editar libros y más libros sobre el tema.

Sea como sea, descubrimos esa vez que yo era: Conejo. No supe si ponerme orgulloso o triste, mis conocimientos del zodíaco no me permitían tal libertad como es el decir:  “Sos un típico escorpiano, jodido y mentiroso”. Por suerte no soy adepto al Zodíaco, ni siquiera escorpiano, cosa que lo hace más llevadero porque siempre escuché que eran unos jodidos.

Pero debo admitirlo: soy Conejo. (Este es el momento donde una bella cantante y modelo italiana me canta una canzione del coniglio y yo renazco de mis cenizas.)

¡Este año vá a ser maravilloso! , me dicen. ¿Sos conejo? ¡ Qué bueno! me comentan, como si eso fuera la garantía del pasaje a la eternidad, mientras yo me veo más bien en una cacerola, con una mostacita de Dijon adobando mi humanidad, digo, mi “conejez” .

¡Los conejos de metal van a tener un año brutal!  Mientras, me siento como el conejito de Duracell, color rosa chicle,  envuelto en papel aluminio y temiendo que me confundan con el de Pascua y de chocolate para más datos.

Nunca supe de que se trataba el horóscopo chino, pero me temo que si ahondo en las cosas que voy viendo por la web, seguro que me separo: “Fertilidad y muchas parejas” “Te divertirás con todas ellas!”  Wow! Nunca pensé que el destino me deparara algo así, asi que mejor le esquivo el bulto. Me imagino el año próximo (que seguro será del Dragón o de algún animalito mucho más fantástico que mi Bugs Bunny oriental) rodeado de conejitos de metal fruto de mi fertilidad anual e irresponsable.

Otra cosa que me enteré es que también puede ser uno Gato o Liebre, aparte de Conejo. ¡Hubieran avisado antes! Convengamos que el Gato tiene mucho más glamour y al menos una vida más licenciosa y menos reproductiva que la del conejito peludito.
 O sea que a partir de ahora seré un Gato de metal, ese que mueve la patita y es de la abundancia, lo cual me dá más aspecto de adorno comprado en Montañeses y Juramento que de sabiduría milenaria china.

En fin como quieran llamarlo, aquí ha llegado el año del Conejo, no pensamos irnos, hasta que todas y cada una de Uds. se disfrace de conejita para convertirse alegóricamente en un homenaje a la cultura más antigua de la tierra.

Este es nuestro año, somos conejos, queremos conejear! 

Ni Hugh Heffner lo hubiera pensado mejor.

Buenas noches.

La nueva Noche

Hola mis queridos y “exclusivos” lectores. Por más que sean pocos o muchos, siempre serán Uds. los “exclusivos” para mí.
No tengo muchos seguidores, pero sé y he comprobado que muchos me leen sin afiliación por el momento. Gracias.

La nueva Noche

En mi nueva noche, cada luz se confunde con la otra. Habiendo comprendido que no se trata sólo de un problema de astigmatismo refractario, he intentado anidar mis luces en el mismo árbol y empezar a separarlas.

En este momento de mi vida, de crisis como tantos otros, he buscado discernir cuales son las luces que me han iluminado el camino en los momentos mas difíciles.
Buscando en las polvorientas alforjas, cual Kwang Chang Caine de la ciber-era, voy descubriendo que las luces van prendiendo o apagando según el camino que recorremos y siempre o casi siempre, alguna se enciende en la oscuridad más endemoniada.

Asumen distintas formas o brillos, tienen más duración algunos y menos otras, pero todas iluminan. No pretendo hacer una alegoría del camino y los caminantes, pero cada uno sabe de qué se trata. En este tema de las luces he comenzado a poder comunicarle a la gente, qué es cada uno para mí. Dejé de tener pruritos. Tantos años de ser una buena oreja y un buen “solucionador” (otro neologismo y van…) para mucha de mi gente querida, me han dado un entrenamiento en la franqueza que debiera agradecer a mi vocación de amistad perdurable. En mi adolescencia más temprana, los amigos eran como una entidad inalcanzable patrimonio de los populares. Yo era un gris. De esos que no iluminan nada y a duras penas ven su propia nariz. Las distintas vueltas del camino hicieron que entre mis 15 y mis 17, la amistad en sus más diversos envases invadiera mi vida. Hasta tuve alguna “novia” adolescente y luminosa. Todos ellos sin excepción, muchos absolutamente ignorantes de esta situación, me marcaron el camino a seguir. Aprendí a escuchar, a decir despacio, a silenciar a gritos, a consolar llorando. Pero cada uno me iluminó un trecho.
Luego, en la juventud más universitaria, recogí antorchas que iluminaron mi pasaje a la adultez con la fuerza de un huracán caribeño.

Afortunadamente, cruces y quebradas mediante, hoy siguen a mi lado muchas de esas luces acumuladas en el camino. Es la única mochila que no pesa. Y siguen llegando a mi vida. Nuevos amigos de viejas historias. Amigos ciertos de rebote y herencia.
Todas luces. Todas que iluminan mi nueva Noche.

Vaya este texto escueto como un homenaje. Vaya para el amor de mi vida, que ilumina sin avaricia hasta el rincón más negro, aunque no lo sepa y ni siquiera lo pretenda. Vaya para mis pocos hermanos del alma, de los de ahora y de los de siempre, que siguen teniendo la flama en ristre cual lanza de las Cruzadas.
Vaya para los que depositaron en mi sus secretos más valiosos, sepan que esas luces que me dejaron, alumbran mis catacumbas pero nadie jamás podrá verlas.
Vaya para los que llevan mi sangre en su sangre, que sin imaginarlo, me hacen brillar de orgullo muchas veces. Vaya para los de mi carga genética heredada, que siguen iluminando interminablemente, dibujando líneas en mi rostro, finalmente más horizontales que verticales.
Vaya, al fin y al cabo, para esta vida que fui trazando y a la que sospecho, le quedan demasiados rincones por iluminar aún.

Prometo ser menos “interior” en mis próximos textos, pero entiendan amigos míos que tanto tiempo de espera, necesita un alumbramiento, no sé si doloroso, pero al menos profundamente interno.

Las letras han comenzado a salir, gracias por tolerarlas, y a los que no lo pueden hacer, gracias por haberlo intentado.

Es una verdad de Perogrullo pero entenderán: tanto esperar, tanta palabra apretujada que la salida, no puede ser menos que caótica.
En las próximas entregas, mejoraremos al menos… el orden de salida.

Buenas Noches

martes, 1 de febrero de 2011

Contornos

Hay contornos de una noche
urbanos, ciegos, imperfectos
la leve insinuación de imaginar
un rostro que no es, una mirada que desnuda

No hay forma de explicar
el caprichoso designio de ese encuentro
y esta extraña y deliciosa obsesión
sobre aquella sinfonía en blanco y negro

rumores, sospechas y deseo
que conjugan verbos no explicados
mientras cada pétalo que cae
es un segundo más de esta espera.

Que se disfruta, se percibe y se dibuja
en cada palabra susurrada con los dedos
que tu imagen desliza en el teclado

Interminable ser de piernas inmortales
dicho en letras suena diferente
el comienzo,
la caricia,
y nuevamente así, el contorno de esta noche de sueños
vuelve.

lunes, 31 de enero de 2011

Hoy es el día. Bienvenidos.



Hay días en que siento que "hoy es el día", hay otros en los que siento que “ese” día, nunca llegará.  ¿Seré un depresivo? ¿un bipolar? ¿un simple inconstante?

Siempre tuve la duda sobre ese sentimiento que por épocas me asalta casi cada mañana sin razón y sin preaviso y sin guardar un ritmo fijo “positivo-negativo”, pueden ser dos positivos y un negativo o al revés, o alternados perfectamente, o pequeñas seguidillas de uno u otro extremo.

A través de los años he intentado descubrir la pulsión natural de ese sentimiento que no condecía con un ser naturalmente optimista como soy. Debería amanecer sonriente y feliz por el nuevo día, siempre!... y dejar que luego la realidad me aplaste los sueños, pero no es el caso. Hace algún tiempo, sin embargo, pude descubrir algunas cosas respecto a este sentimiento y decidí volcarlas por escrito para ordenar mis pensamientos y tal vez, buscar cómplices que me digan: “a mí me pasa algo parecido”

Lo llamo “sentimiento” para definirlo de algún modo, no sé si lo sea.  ¿Sensación? ¿Síntoma? ¿Crisis? , como quieran llamarlo, a mí “sentimiento” me pareció más benévolo conmigo mismo.

A ver si se los puedo explicar: es como respirar entrecortadamente, oxigeno que llega y oxígeno que no, es como latir uno mismo en disidencia con el corazón que alojamos; es casi impaciencia, casi alegría, casi ansiedad, casi excitación, casi miedo, pero nada de todo esto en realidad. Es paradójico, pero es profundamente vital. Me empuja a la vida. Me pide más respuestas. Me demanda más neuronas. Me corre por la sangre y me mueve visceralmente.  Me lleva a los extremos y me reclama amor, ternura y dependencia, pero también deseo, sexo, trabajo y agotamiento físico. Me pide leer, construir, crear, gritar, correr y me pide gruñir, golpear y romper.

Es primal, es básico, es parte de mis entrañas.

No me sucede en determinados momentos de mi vida, en las crisis (emocionales o económicas o existenciales) o en los remansos de paz, no puedo identificar situaciones que me lleven a sentirlo, simplemente… sucede.

A esta altura, varios de ustedes, mis queridos y escasísimos lectores, dudarán de mi devaluada capacidad intelectual o peor aún, de mi salud mental por estas horas. Agradezco tal preocupación, pero descuiden, convivo con esto casi desde que tengo memoria (la tengo desde un poco antes de mis 4 años de edad. Si, fui poco precoz, es cierto…) y me he sostenido dentro de los parámetros “normales” (¿quién habrá decidido cuáles son, no?) sin ayuda química, hasta ahora al menos.

Por supuesto que todo esto no es liberado impunemente, sino sería un desquiciado de atar por el barrio. Pero es la primera vez que escribo sobre ello y por eso, ustedes hoy son mis secuaces en esta liberación literaria.

Volviendo al tema, era justamente intentar descubrir por dónde pasaba, o mejor dicho, de dónde venía tal sentimiento.  Lo charlé con amigos de los normales, con amigos psicólogos, con amigos no tan amigos en alguna mesa o sobremesa (siempre hay vino en el medio, no sé por qué) con amigos más básicos y menos intelectuales. Por supuesto que muchas veces utilizando a una tercera persona como “el afectado”, de manera de esconder esta manía y ponerla en otro, para ocultar cierta vergüenza personal por mi rareza. Pero bueno, en este momento se están enterando, si, era yo!

La opiniones eran disímiles, algunos hablaban de serios desórdenes de personalidad, otros de abuso de alcohol y/o alucinógenos, pero a más de uno les ví brillar en sus ojos la llama de la identificación con el “afectado”.

De todos modos esto no se trata de buscar réplicas sino de contar lo que fui descubriendo.

Cada día en que uno amanece, se produces miles de reacciones químico-eléctricas  en nuestro organismo, que producen desde la digestión y el mismo amor, hasta estos sentimientos particulares. La evolución de la vida humana y de la civilización han hecho (de algún modo y aunque no parezca) que la vida sea mas FÁCIL, para nosotros en términos relativos que para nuestro australopiteco antecesor. Ese viejo tío cavernario amanecía sin saber si iba a ser masticado por algún predador vecino y con las tripas crujiendo de hambre (sin delivery a la vista). La lucha por su supervivencia iba a ser feroz ese día como lo era en cada día de su vida, (cualquier parecido con nuestra vida de hoy es mera coincidencia)  y su cerebro procesaba con cierta rapidez los indicios que la naturaleza le daba: caza o alimentos cercanos, predadores amenazantes merodeando, refugios, nidos o cuevas donde procurar pasar la próxima noche.

Allí, en el fondo de los tiempos, la incertidumbre de la supervivencia diaria, la adrenalina a chorros de la vida en juego, los músculos tensos preparados para la lucha, la caza o la huída, la necesidad vital del alimento, sumados al instinto básico de conservación de la especie, apareamiento o procreación, como quieran llamarlo los espíritus más delicados, sumaban para que las sensaciones ambiguas, de triunfo o fracaso, de vivir o morir, se agudizaran en los momentos de escasez de alimentos o en el invierno crudo y debían mejorar considerablemente ciertos días de buen clima, de estómagos mas completos, de predadores con menos necesidades inmediatas.

Hoy,  instalados en esta vida un tanto menos riesgosa (el tio Australo, no vivía más allá de los 25 años en promedio) me encuentro con sensaciones o sentimientos muy parecidos a aquellos tan primales, aunque ciertamente adaptados a las tribulaciones de nuestra era, pero que hacen del devenir de cada día una amenaza constante a la monotonía y a la languidez.  Hay pocas formas de combatir ese flagelo, pero tal vez, solamente tal vez, para justificar mi loco “sentimiento” diario, yo he encontrado, sin buscarla, esa forma básica de pelearle a la mediocridad conforme que habitualmente nos acosa.

Munido de esta explicación, he salido hoy al mundo a través de este Blog, donde intentaré transmitir algo de ese fuego/desgarro/pasión/deseo/necesidad/voluntad/dicha que me impulsa a escribir como una compulsión liberadora de ancestrales condicionamientos biólogicos, evolutivos y químicos, pero que seguirán siendo, pese a todas las letras derramadas, absolutamente inexplicables.

Por eso, de este modo, envío mi primer mensaje en una botella, no sé si buscando que me rescaten, no se si como experiencia sociológica, solo sabiendo que hoy mi aguja marcadora, mi instinto o mi sentimiento, me dijeron: “Hoy es el día”

Buenas noches.