jueves, 8 de noviembre de 2012

La vio imperfecta


La vio imperfecta, apenas la conoció. No supo más de ella que su nombre y su rango: “es la novia de”.
Mutó, miró, cambiaron miradas, hubo encuentros, sociales, amistosos, grupos, salidas. Transitó su soledad de años viendo como ella le sonreía, o movía su cabello, o lo miraba cariñosamente.
Cierta vez cruzaron la piel de sus manos casualmente, posando para una foto de amigos varios. La perdió un tiempo y la volvió a encontrar. Y la piel se cruzó de nuevo.

Pero había peros, “la novia de” mantenía el rango. Y cada vez le sostenía más la mirada. Sus ojos declararon otra cosa en un ascensor donde sólo cabían dos. Y el perfume de su cuello sonrojado recibió dos besos de sus labios de hombre sólo.

A él le presentaron diez amigas. Dos eran amigas de ella. Ninguna superó el regreso de un viaje de fin de semana. Pero las dos amigas, sin saberlo, le dieron datos, le mostraron ambientes desconocidos. Y el cuello seguía teniendo el perfume de los labios que él ya había dado por perdidos.

Besó cien veces, cien bocas, sin sabor. Todo el resto era imaginado. O ya no. Ella cedió una vez, la comisura de la suya, turbada, excitada, confundida, culpable.
Y ese beso se derramó en la boca de ella, casto, suave, superficial y candente, Y cedió paso a su mejilla. Y acompaño la búsqueda del cuello aquel del perfume, y se perdió en lágrimas.
Y supo que el perfume no era tal, era el sabor de su piel, era el deseo exudado de ella que no se atrevía. Y no se atrevió. Y hubo encuentros, furtivos, cortos, largos, tersos, silenciosos y conversados.

Y el destrozaba su soledad con sueños, con las fotos de ese día, de esos días... de esos tiempos. Imaginó cuentos donde habitaba entre sus piernas interminables, contó centavos de piel robados en una caricia de cocina.

La vida cambió, pegó, dolió, dibujó feo y amaneció lindo. Y la mirada seguía allí. Y la sonrisa madura de ella y su dolor. Y él sin querer erosionar su piel de nuevo, quiso dejarla de lado. Olvidar sus fotos, su perfume, su cuello y la mirada cariñosa. Y no pudo. Y hubo lágrimas a oscuras que ella nunca vio. Y ella jugó su carta más dañina, sin saberlo. Lo dejó que se deslice cuerpo abajo.
Y él amó su piel, su cabello, su pecho, su mirada y su cuello por última vez. Demolió su cuerpo en amor derramado, y comenzó a despedirse de todo.

Y ella nunca lo vio irse, porque no volvió a girar su rostro hacia donde él estaba.

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