lunes, 21 de febrero de 2011

La decisión (Texto extirpable)

Hay momentos en que uno debería tener ese control remoto de aquella película tonta que permitía detener el tiempo, accionar el STOP y parar a pensar cuál es la próxima jugada en la vida que debemos hacer. Al menos unas horas de meditación para tomar decisiones trascendentes que uno juzga como merecedoras de una reflexión más profunda y dilatada.

Pero obviamente este “pensamiento mágico” se desmaya cuando cada mañana regresamos a la realidad más absoluta de los minutos que corren inclementes y también ruidosos debido al despertador chino estridente, ése que compramos para que nos despierte de la fábula onírica nocturna. (De los sueños hablaremos en otra oportunidad)

Somos esclavos y señores de nuestro tiempo, de nuestras decisiones, de nuestros deseos, nos sentimos totalmente vulnerables a nuestro propio criterio y tenemos buenas razones para hacerlo.

El devenir de las horas del día hace que si lo analizamos lógicamente, nuestro proceso decisorio está permanentemente encendido, es una perogrullada pero es real que tomamos decisiones todo el tiempo, pequeñas y grandes. Siempre queremos que esta últimas puedan ser más meditadas y evaluadas pero no nos damos cuenta ni podemos contabilizar las decenas de horas en que todo esto se sigue procesando en nuestra cabeza. Nuestro ser, está habitualmente en estado de crispación debido a las “decisiones” que se están procesando allá arriba, en nuestra “oficina central” cerebral.

El tema es aprender a convivir con esto y permitir al mismo tiempo que la vida fluya serena, divertida y/o adrenalínica, según cada uno necesite o desee.

Todos tenemos nuestros momentos de cavilaciones y análisis, mucho más en épocas de crisis, externas o personales. A veces es con el café de la mañana, mientras leemos superficialmente el diario, a veces en un medio de transporte, nuestro auto, un autobús, un tren. Siempre el proceso sigue y sigue. Y siempre pensamos que necesitamos más.

Hay diversos ejercicios de procesamiento lógico de las ideas, dictados por infinidad de gurúes de distinta calaña, pero nada ni nadie nos asegura que podamos entrenar ese poder decisorio, que es único e inherente a cada uno de nosotros. El que se deprime por tener que tomar decisiones o el que se asusta, lo seguirá haciendo por más que haya leído muchas veces “¿Quién se ha llevado mi queso?” y/o haya pagado fortunas por los seminarios del tipo “Decisiones de vida, la llave de la felicidad” incluyendo los folletitos, el coffee-break  y las biromes con el logo que nos regalen.

Este proceso evoluciona o involuciona con los años, según cada cerebrito pueda y espero por el bien de todos que a más edad, seamos más sabios decidiendo.

Las decisiones son nuestras, necesitan procesarse en el contexto de lo que somos,  queremos ser y vivimos. No siempre tienen que tener un objetivo altruista o revolucionario o transgresor; a veces son sólo decisiones con cierto egoísmo, o con cierta comodidad o con cierto desdén. No discriminemos hacia adentro nuestro. Dejemos que el proceso de decidir tenga que ver con lo que nos pasa hoy, ahora; con nuestra necesidad a veces de patear el problema para más adelante.

Disfrutemos lo más posible de este albedrío que nos fue concedido, dejando que las decisiones sucedan sin guía de bolsillo.

Decidamos cada día, si queremos decidir o no, no nos obliguemos a hacerlo, pero si hay ganas, que la decisión sea una fiesta.

Obviamente muchos de Uds. mis “exclusivos” lectores, opinarán distinto, otros pensarán que este post carece de originalidad y algunos pretenderán sobrellevar este texto, ignorándolo olímpicamente.

En todo caso, la decisión… es vuestra.

Buenas noches

Nelson

lunes, 14 de febrero de 2011

La bicicleta

La bicicleta

Circulando por la calle en los últimos días, tuve dos o tres encuentros con ciclistas que me llevaron a escribir algunas cositas que uno va acumulando en el “costurero” como decía mi tía cuando se refería a los recuerdos. (Nunca supe el porqué de ese nombre, pero me pareció siempre muy pintoresco y gráfico)

Desde el ciclista ese que avanza sobre la bocacalle con su rueda delantera tratando de “prepear” al auto que viene por su derecha a que frene y en el último segundo gira manteniendo el equilibrio, hasta los que atraviesan muy raudamente una senda peatonal llena de personas cruzando una calle o avenida, sin respetar ni el semáforo ni a la gente, el ciclista nativo es un dechado de virtudes urbanas, consecuencia de nuestra cada vez más paupérrima educación (y no me refiero a la académica). Un “argento 100%”, diría. Me incluyo, pues he sido ciclista mucho tiempo y aún hoy cada tanto lo soy, pero desde que les enseñé a mis hijos a andar en bici, intenté, espero que exitosamente, transmitir un mínimo respeto por la urbanidad, predicando con el ejemplo.

Podría hablar y gruñir mucho más sobre el tema, incluyendo bici sendas, normas de tránsito, conductores de automotores sin contemplaciones, ciclistas en la vereda, etc., pero el tema iba para otro lado.

Los recuerdos que van llegando a mi memoria sobre la bici son muchos, desde mis gritos:”Soy un inútil” cuando no podía mantener el equilibrio en la Aurorita de mi hermana mientras me estaban enseñando a andar, pasando por mi escapada al río en bici con mis secuaces de la cuadra a mis tiernos 8 o 9 años, cruzando dos avenidas y la barranca de Acassuso cual epopeya sanmartiniana y que me costara un reto severo y la prohibición de salir a la calle por una semana (en esas épocas, ese castigo era equivalente al destierro en Transilvania y así lo sufríamos).

Y cual repechaje de “Feliz Domingo” juguemos un poco a poner cosas que nos sugiere y/o recuerda la palabra “bicicleta”, sin repetir y sin soplar:

  • Mi primera bici, usada hasta que el largo de mis fémures impedía casi que pudiera girar el manubrio.

  • Una “nueva” de reemplazo, en realidad reciclada por mi viejo de una antigua bici inglesa con freno contra pedal (¡avance tecnológico!), a la cual le instalé el setentoso asiento “banana” comprado con ahorros y a la que le partí el cuadro en épocas en que empezaba a aparecer el “bici cross” (hoy lo llaman MTB) mientras saltábamos lomas de tierra en los baldíos y hacíamos concursos de “wheeling” por la calle a ver quién recorría más metros en una sola rueda.

  • Nuestros carritos de rulemanes necesitaban también de las bicis para ser arrastrados a remolque por el pavimento, teníamos “técnicas de arrastre” y hasta dispositivos para desenganchar automáticamente el cable de arrastre en caso de peligro.

  • La bicicleta de mi abuelo, que llamábamos “el buey” porque parecían cuernos las puntas del manubrio de carrera girado hacia arriba

  • Recién inaugurado, el Bar “La Bicicleta” de San Isidro era el lugar donde invité mis primeras gaseosas, tratando de impresionar a alguna damita tan adolescente como yo.

  • Infinidad de pantalones con las botamangas rotas y/o engrasadas por enganches con la cadena

  • Cientos de heridas, raspones, frutillones y varios en piernas codos y cabeza.

  • La bicicleta “financiera”, término que escuché en los tardíos 70 por primera vez y nunca nos ha abandonado, lamentablemente.

  • La bicicleta fija, que todos hemos tenido en casa alguna vez y jamás usamos.

  • La gente querida que no sabe andar en bicicleta y todos los miramos extrañados como si fuera un virus y no una simple habilidad no adquirida en la infancia por algún motivo simple y lógico como “nunca tuve bici” o algo así.

  • El olor a caucho, a pegamento para parches y a grasa para la cadena de la bicicletería del barrio.

  • La fascinación cuando un amigo o conocido aparecía con una BIANCHI o similar y decíamos: “¡Uhh! ¡Es una “media carrera”!” si tenía cubiertas finitas o el éxtasis de  “¡Uhh! ¡Es una “de carrera”!” si portaba tubos en lugar de cubiertas de calle.

Seguramente a muchos de los queridos lectores, la palabrita “bicicleta” les  sugiere muchos recuerdos o comentarios. ¡¡Anímense y posteen sus comentarios!!
Serán bien recibidos.

Buenas noches.

jueves, 3 de febrero de 2011

El año del Conejo

Gracias a todos por la buena onda y los comentarios!  Como lo prometido es deuda, vamos a meter un poco de humor entre tanto sentimiento compartido de los primeros posteos. Para que nadie crea que esto es un homenaje a la psiquis. 


El año del Conejo

Alguna vez, una amiga me dijo que tenía que ver qué animal era yo en el Horóscopo Chino, y me ayudo a buscar, recorriendo los viejos caminos de la sabiduría oriental o los sabios caminos que Ludovica Esquirru le clavó a sus lectores apropiándose de la cultura milenaria para editar libros y más libros sobre el tema.

Sea como sea, descubrimos esa vez que yo era: Conejo. No supe si ponerme orgulloso o triste, mis conocimientos del zodíaco no me permitían tal libertad como es el decir:  “Sos un típico escorpiano, jodido y mentiroso”. Por suerte no soy adepto al Zodíaco, ni siquiera escorpiano, cosa que lo hace más llevadero porque siempre escuché que eran unos jodidos.

Pero debo admitirlo: soy Conejo. (Este es el momento donde una bella cantante y modelo italiana me canta una canzione del coniglio y yo renazco de mis cenizas.)

¡Este año vá a ser maravilloso! , me dicen. ¿Sos conejo? ¡ Qué bueno! me comentan, como si eso fuera la garantía del pasaje a la eternidad, mientras yo me veo más bien en una cacerola, con una mostacita de Dijon adobando mi humanidad, digo, mi “conejez” .

¡Los conejos de metal van a tener un año brutal!  Mientras, me siento como el conejito de Duracell, color rosa chicle,  envuelto en papel aluminio y temiendo que me confundan con el de Pascua y de chocolate para más datos.

Nunca supe de que se trataba el horóscopo chino, pero me temo que si ahondo en las cosas que voy viendo por la web, seguro que me separo: “Fertilidad y muchas parejas” “Te divertirás con todas ellas!”  Wow! Nunca pensé que el destino me deparara algo así, asi que mejor le esquivo el bulto. Me imagino el año próximo (que seguro será del Dragón o de algún animalito mucho más fantástico que mi Bugs Bunny oriental) rodeado de conejitos de metal fruto de mi fertilidad anual e irresponsable.

Otra cosa que me enteré es que también puede ser uno Gato o Liebre, aparte de Conejo. ¡Hubieran avisado antes! Convengamos que el Gato tiene mucho más glamour y al menos una vida más licenciosa y menos reproductiva que la del conejito peludito.
 O sea que a partir de ahora seré un Gato de metal, ese que mueve la patita y es de la abundancia, lo cual me dá más aspecto de adorno comprado en Montañeses y Juramento que de sabiduría milenaria china.

En fin como quieran llamarlo, aquí ha llegado el año del Conejo, no pensamos irnos, hasta que todas y cada una de Uds. se disfrace de conejita para convertirse alegóricamente en un homenaje a la cultura más antigua de la tierra.

Este es nuestro año, somos conejos, queremos conejear! 

Ni Hugh Heffner lo hubiera pensado mejor.

Buenas noches.

La nueva Noche

Hola mis queridos y “exclusivos” lectores. Por más que sean pocos o muchos, siempre serán Uds. los “exclusivos” para mí.
No tengo muchos seguidores, pero sé y he comprobado que muchos me leen sin afiliación por el momento. Gracias.

La nueva Noche

En mi nueva noche, cada luz se confunde con la otra. Habiendo comprendido que no se trata sólo de un problema de astigmatismo refractario, he intentado anidar mis luces en el mismo árbol y empezar a separarlas.

En este momento de mi vida, de crisis como tantos otros, he buscado discernir cuales son las luces que me han iluminado el camino en los momentos mas difíciles.
Buscando en las polvorientas alforjas, cual Kwang Chang Caine de la ciber-era, voy descubriendo que las luces van prendiendo o apagando según el camino que recorremos y siempre o casi siempre, alguna se enciende en la oscuridad más endemoniada.

Asumen distintas formas o brillos, tienen más duración algunos y menos otras, pero todas iluminan. No pretendo hacer una alegoría del camino y los caminantes, pero cada uno sabe de qué se trata. En este tema de las luces he comenzado a poder comunicarle a la gente, qué es cada uno para mí. Dejé de tener pruritos. Tantos años de ser una buena oreja y un buen “solucionador” (otro neologismo y van…) para mucha de mi gente querida, me han dado un entrenamiento en la franqueza que debiera agradecer a mi vocación de amistad perdurable. En mi adolescencia más temprana, los amigos eran como una entidad inalcanzable patrimonio de los populares. Yo era un gris. De esos que no iluminan nada y a duras penas ven su propia nariz. Las distintas vueltas del camino hicieron que entre mis 15 y mis 17, la amistad en sus más diversos envases invadiera mi vida. Hasta tuve alguna “novia” adolescente y luminosa. Todos ellos sin excepción, muchos absolutamente ignorantes de esta situación, me marcaron el camino a seguir. Aprendí a escuchar, a decir despacio, a silenciar a gritos, a consolar llorando. Pero cada uno me iluminó un trecho.
Luego, en la juventud más universitaria, recogí antorchas que iluminaron mi pasaje a la adultez con la fuerza de un huracán caribeño.

Afortunadamente, cruces y quebradas mediante, hoy siguen a mi lado muchas de esas luces acumuladas en el camino. Es la única mochila que no pesa. Y siguen llegando a mi vida. Nuevos amigos de viejas historias. Amigos ciertos de rebote y herencia.
Todas luces. Todas que iluminan mi nueva Noche.

Vaya este texto escueto como un homenaje. Vaya para el amor de mi vida, que ilumina sin avaricia hasta el rincón más negro, aunque no lo sepa y ni siquiera lo pretenda. Vaya para mis pocos hermanos del alma, de los de ahora y de los de siempre, que siguen teniendo la flama en ristre cual lanza de las Cruzadas.
Vaya para los que depositaron en mi sus secretos más valiosos, sepan que esas luces que me dejaron, alumbran mis catacumbas pero nadie jamás podrá verlas.
Vaya para los que llevan mi sangre en su sangre, que sin imaginarlo, me hacen brillar de orgullo muchas veces. Vaya para los de mi carga genética heredada, que siguen iluminando interminablemente, dibujando líneas en mi rostro, finalmente más horizontales que verticales.
Vaya, al fin y al cabo, para esta vida que fui trazando y a la que sospecho, le quedan demasiados rincones por iluminar aún.

Prometo ser menos “interior” en mis próximos textos, pero entiendan amigos míos que tanto tiempo de espera, necesita un alumbramiento, no sé si doloroso, pero al menos profundamente interno.

Las letras han comenzado a salir, gracias por tolerarlas, y a los que no lo pueden hacer, gracias por haberlo intentado.

Es una verdad de Perogrullo pero entenderán: tanto esperar, tanta palabra apretujada que la salida, no puede ser menos que caótica.
En las próximas entregas, mejoraremos al menos… el orden de salida.

Buenas Noches

martes, 1 de febrero de 2011

Contornos

Hay contornos de una noche
urbanos, ciegos, imperfectos
la leve insinuación de imaginar
un rostro que no es, una mirada que desnuda

No hay forma de explicar
el caprichoso designio de ese encuentro
y esta extraña y deliciosa obsesión
sobre aquella sinfonía en blanco y negro

rumores, sospechas y deseo
que conjugan verbos no explicados
mientras cada pétalo que cae
es un segundo más de esta espera.

Que se disfruta, se percibe y se dibuja
en cada palabra susurrada con los dedos
que tu imagen desliza en el teclado

Interminable ser de piernas inmortales
dicho en letras suena diferente
el comienzo,
la caricia,
y nuevamente así, el contorno de esta noche de sueños
vuelve.