La conocí una fría tarde de julio, en
la Patagonia, hace algunos años, luego de una intensa nevada. El sol salió a
confirmar quién era el que mandaba y yo estaba en el lobby del pequeño hotel
boutique, con otros directivos de la empresa en la cual trabajaba. Varios
asuntos laborales se habían concentrado en esa reunión y tres o cuatro personas
bebíamos café y algunos minúsculos manjares dulces.
Arrellanados en los sillones
frente al fuego, mi posición me permitía ver la entrada del edificio, a unos 20
metros de donde me encontraba. La conversación versaba sobre algunas
actividades promocionales que íbamos a desarrollar en esos días. Escuchamos
voces en la entrada y movimiento. Me distraje un momento y desvié la vista
hacia la puerta. Ella ingresó haciendo ademanes a las personas que estaban con
ella. Se detuvo en el front desk, y dio algunas instrucciones. Le avisaron que
estábamos allí, dio una mirada rápida hacia donde nos encontrábamos, dijo dos
palabras más y caminó hacia nosotros.
Era pequeña, segura, extrovertida
y con una sonrisa devastadora. Su aspecto denotaba la formalidad de su cargo,
vestía un tailleur oscuro, pero me llamaron la atención sus botas negras: clásicas,
elegantes, en punta y con tacos altos y delicados que no condecían con el clima
y el suelo de la región. Sus pasos eran rápidos, cortos, sensuales, sonoros y
muy femeninos.
Nos presentaron a todos, nos
saludó con un apretón de manos firme y un beso en la mejilla a cada uno y se
sentó un rato a conversar con nosotros. Era la nueva Gerente del Hotel, quince
minutos después, se retiró hacia otras obligaciones. Ese fue nuestro primer
encuentro.
Es el que siempre recuerdo,
porque fue el momento en que entró a mi vida, para siempre.
Luego se sucedieron viajes,
eventos, festejos y actividades diversas. Mis viajes al Sur eran frecuentes por
trabajo y trabajar con ella era una fiesta. No había stress posible en cada
charla, pese a su poco patagónica hiperactividad, porque hasta en el más
complejo problema, su sonrisa nos impedía perder la línea del disfrute.
Compartimos amigos en común y gracias a ella conocí personas deliciosas que
fueron y siguen siendo importantes en mi vida.
Algunas mesas compartidas, una
apuesta graciosa que perdí y me tocó pagar una cena para ambos.
Esa noche me resultó fantástica,
me contó su vida, su película de aventura de hijos, países y ex maridos,
bebimos uno o dos Merlot de mis favoritos y las pastas artesanales nos
cobijaron el alma. Me sedujo de lado a lado, su espontaneidad, su humor, su
postura frente a su vida y a sus propios desmanes emocionales, su femenina
complicación. Digamos que mi corazón, mi amor y mi deseo estaban ya en ese
entonces depositados en otra dama, la misma que por suerte hoy sigue compartiendo
mi vida, pero si no hubiera sido por eso, seguramente me hubiera devorado el
romance, sin garantía de salir exitoso, obviamente. Con lo cual, las reglas de juego y de nuestra
amistad, quedaron claras. Y en ese juego de iguales nació un cariño enorme, una
complicidad graciosa y zafada, nos reímos en eventos sociales y de amigos, trabajamos,
bailamos más de una vez y hasta me escuchó cantar un tango que ella recuerda
bolero.
Y hoy, varios años después, recuerda detalles que yo desconozco. Hay
guiños y recuerdos confusos, pero todos profundamente vívidos y gratos.
Nuestros encuentros a lo largo de los años fueron pocos, realmente, pero la
intensidad que siempre tuvieron me ha hecho pensar que fueron muchos más.
En algún momento se fue de aquel
trabajo que compartíamos, volvió a su “entorno natural” allá por el Llao Llao, nos seguimos
viendo, chateando por Internet, o cruzando por la vida, sabiendo uno del otro
por amigos en común. Y en otro momento empezó a disputar una lucha silenciosa,
de la cual, de un modo u otro nos fuimos enterando, por ella o por los demás.
Los stilettos más femeninos de la Patagonia, seguían pisando fuerte.
Y esa lucha, hoy la sigue
disputando, ganando batallas todo el tiempo, aunque pierda algún soldado en
ellas, levanta la bandera de su sonrisa y avanza de nuevo hacia el frente. Y me
reclama letras y “puesías”, por Facebook, por Twitter, por chat, y yo me
derrito en sus pedidos. Y la admiro en su entereza, en su belleza íntegra y
femenina y la quiero con toda el alma.
Y aparte de las “puesías”, hoy le
quise escribir esta, nuestra historia chiquita y dulce, solamente como un
testimonio de todas las nuevas historias y “puesías” que vendrán, siempre que
ella quiera seguir iluminando esos rincones literarios de mi vida.
Porque ilumina aunque no quiera,
porque ríe con la sonrisa más seductora de todas, porque sus hijos, sus nietos,
sus amigos tenemos la suerte de tenerla todo el tiempo pidiendo y dando más.
Y siempre
habrá más poesía para vos, Norita, desde el alma, porque me seguís dando letra…
Y como dice una frase que vi en tu Face: "La gente bella, no surge de la nada"
Con profundo cariño
Què lindo como escribìs...
ResponderEliminarUno se mete en la historia y pareciera que lo està viviendo. No todos los escritores lo logran.
Me encanta.
Gracias, Anónimo!!
ResponderEliminarA la espera de màs...!!!, tu fiel lectora jaja!
ResponderEliminarGaby!
ResponderEliminarGracias Gaby!!! Ahora si!!! Besazo!
EliminarEsta luciérnaga chiquita. Que no voy a poder decirle gracias porque la palabra me queda chica.
ResponderEliminarPor suerte la luciérnaga chiquita sigue iluminando fuerte...
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