Ayer me conmovió una noticia que era esperable, pero muy dolorosa y por eso,
siempre inesperada.
Ya no estaba más.
Después de pelearla como todo lo que peleó en su vida, se
apagó la luz de Baby, la querida Baby, “nuestra” querida Baby. Y en este
“nuestra” me permito sacarle la exclusividad a sus seres queridos, a sus hijos,
a su marido, porque ella era de casi todos nosotros.
Hoy sentí que las musas de las letras, realmente estaban de
duelo. Porque ella fue poetisa y maestra de letras, por simplificar enormemente
sus títulos y sus capacidades, pero eso la define. En su creativa intuición,
ella ejerció, enseñó, transmitió y divulgó el amor por las letras. Mi temprana
adolescencia de poeta frustrado un día tuvo la suerte de cruzarse con ella, la
primera persona adulta a la que me animé a enseñarle mis cuadernos, mis versos,
mis dolores escritos con rimas, en cuadernos rayados y a pura birome Bic.
Ella escuchó, leyó y se atrevió a darme alas. Me criticó, me
corrigió, me enseñó a ser riguroso con algunas cosas de la escritura y muy
libre en otras. Deshizo versos e invirtió oraciones y nunca, pero nunca,
desalentó el más mínimo proceso creativo. Me llenó de su genuino amor por este
arte, me llenó de genuino cariño personal. Fue mi mentora literaria, sin dudas y ella así lo asumía con alegría.
Su hablar atolondrado y veloz te hacía creer que siempre
tenía algo que hacer, pero estaba con vos, conversando, escuchando, mimando las
letras. Tuve largas charlas con ella sobre libros, sobre historias, sobre
poetas, sobre la vida, sobre la adolescencia que compartí desde el corazón y el
alma con Mariana, su hija, mi amada amiga de la vida y con Ricardo, querido
amigo y gran maestro de sus artes orientales, su hijo heredero de los genes de
libertad que ella portaba en su ADN.
Crió a sus hijos desde esa libertad intrínseca de dejarlos
ser, de apoyarlos, de la charla permanente, de sentarse a razonar con ellos,
cosa no tan habitual en muchos padres de aquellos años. Los dejó elegir, los
hizo crecer. Construyeron con su amado y amante Yoyo una familia completa, una
visión de la vida conjunta de dos seres tan distintos que impresionaba, pero
con un amor mutuo que se firmaba en roca pura. Entre el puro pragmatismo
racional de Yoyo y la emoción afectiva y creativa de Baby, siempre corrió un
río de amor. Todos nosotros metimos los pies en esas aguas reconfortantes.
Nos abrieron su casa siempre, eramos una banda de
adolescentes ruidosos, les copábamos el living, el patio, la pileta, el
comedor, su casa de veraneo. Nos bancaron las locuras, los conflictos de cada
uno y nos vieron crecer uno a uno, estudiar, crecer más, hacer nuestras
familias, tener hijos.
Recuerdo curiosamente que Baby y Yoyo me prestaron su auto
para que salgamos entre amigos, antes que me lo prestara mi propio padre.
Confiaron siempre en nosotros y respondimos a esa confianza desde nuestra
inconsciencia juvenil.
Y pasaron los años y mis letras se guardaron en una caja de cartón durante muchos. Pero la llama seguía encendida y en cada encuentro con Baby, ella la avivaba con estímulos y arengas…
Y alguna vez, gracias a ella también y a las vueltas (o a los revolcones) de la vida, volví a escribir. Y las letras volvieron a mí como todo eso que nunca se va. Aprendí a escribir sobre todo, los dolores y las dichas. Y siempre su guía estaba presente, en mi cabeza sonaban sus consejos.
Ya grande, hace poquitos años, una vez, por esas cosas de la vida y el estímulo de otra querida amiga embebida en letras, escribí un cuento corto y por primera vez presenté algo en un concurso literario. Y el cuentito recibió una Mención de Honor. En medio de la serena alegría que me provocó el premio, sólo atiné a pensar en Baby. Cuando el cuento salió publicado en una edición económica y gratuita, agarré un ejemplar del pequeño libro y munido de una dedicatoria amorosa y agradecida, la fui a ver a Baby.
Ella ya estaba penando sus nanas, pagando sus culpas de
tabaco de toda la vida, pero con el espíritu intacto y lúcido.
Se emocionó mucho al recibir el librito, me emocioné con
ella y nos dimos un abrazo grande y largo. Y sólo atiné a darle las
gracias. Nunca se dejó llevar por las
muestras de afecto sensiblero y siguió con un chiste enseguida.
Luego siguió su derrotero y su lucha, acompañada por su
gente, por su hija gigante en dedicación y entrega, por su hijo completo en el
afecto físico y sensible y por Yoyo en el recorrido de envejecer juntos.
Siempre juntos.
La noticia esperable del primer renglón me conmovió, y fui a
su casa y vi a sus hijos, a sus bellas nietas, a su amado Yoyo, a sus viejos
amigos de toda la vida, también estábamos muchos de los amigos de sus hijos. Abracé
con el alma a Mariana, a Ricardo (ambos
saben fielmente lo que su madre fue para mí) y a Yoyo que luchará todo lo que
pueda contra la falta de su compañera.
Ayer, en su despedida, una persona que colaboró con ella en su casa los últimos tiempos me
preguntó:
- “¿Usted es el que una vez hace unos años le trajo un librito con un
cuento suyo?
- “Si, soy yo” le
contesté.
- “Ah! Porque la señora Baby
siempre tenía y llevaba juntos el libro de poesías que ella había publicado y
el librito que Ud. le trajo, para ella esos dos libros siempre tenían que estar
juntos”
Y ahí si, se quebró mi alma, de amor, de respeto, de recuerdos y sobre todo de gratitud.
Esperé a llegar a casa a la noche, tarde. Y mientras todos
dormían en casa, pude llorar en silencio y en soledad.
Miento, no fue en soledad, porque mientras las lágrimas
finalmente se liberaron, yo iba escribiendo esto y a mi lado, Baby me seguía corrigiendo y dando vuelta las oraciones, como tantas veces.
Nelson
("Baby" era Iris Haydeé Gastón de Fennen, poetisa, escritora, Profesora de Literatura, Maestra de las Letras, madre, esposa y amiga entrañable. Ayer se fue a escribir a otro lado, lejos de aquí. ¡¡Gracias!!)
Nelson
("Baby" era Iris Haydeé Gastón de Fennen, poetisa, escritora, Profesora de Literatura, Maestra de las Letras, madre, esposa y amiga entrañable. Ayer se fue a escribir a otro lado, lejos de aquí. ¡¡Gracias!!)