Él
intentó sobreponerse a la sensación del acero frío dentro suyo y al dolor agudo
y repentino. No lo esperaba, no creyó que le pudiera suceder a él, aunque ella
se lo había advertido. Quiso gritar.
Las
gotas de sangre invadieron toda la escena, desordenadas, chorreantes, densas;
una tras otra se unieron formando figuras sobre la superficie y acomodándose
guiadas por la gravedad, se unieron a los demás fluídos y formaron un pequeño
riacho de color oscuro que buscaba un cauce donde desaguar.
Sintió
que el líquido ácido y penetrante se filtraba en la herida y las punzadas de
dolor se hicieron más intensas. La sangre no cesaba de manar. Reprimió un grito
de dolor para no delatar su herida, su ubicación, su error, este error que
estaba pagando con su propia sangre, con su carne lastimada y devastada.
La
herida latía rítmicamente, acompasada con el dolor. Se le nubló la vista,
sintió que podía desmayarse en cualquier momento, buscó donde afirmarse para no
caer. El liquido rojo y espeso ya teñía el agua completamente
¿Cómo
había llegado a eso? ¿Por qué a él? Justamente a él que se había ofrecido
inocentemente a realizar esa faena peligrosa, ingrata. ¿Inocentemente? Bueno, tal vez eso era lo que intentaba
transmitir a los demás y a si mismo, pero la culpa y la necesidad de demostrar
algo más, lo habían impulsado. No era una oferta inocente, muy por el contrario
era tendenciosa y especuladora. Quería demostrar que podía hacerlo, por más
desagradable que fuera. Lo que no calculó, fueron los riesgos. No imaginó que
su propia supervivencia podía estar en juego.
Apretó
sus mandíbulas reprimiendo otro alarido de dolor, de bestia herida; quería
insultar, gritar hasta perder la voz, pero debía soportarlo si no quería ser
descubierto. Si aún le quedaba alguna
esperanza, debía terminar la tarea que le habían encomendado, aun a costa de su
propia sangre. ¿Podría hacerlo sin sucumbir? ¿Cuánto tiempo más iba a
mantenerse lúcido? Intentó mantenerse alerta
recordando alguna otra situación similar. Algunas pocas veces había tenido
faenas similares y más de una vez, su sangre había sido el precio. Pero esta
vez todo había ido más allá. Mucho más allá.
La
herida era más profunda que nunca, imaginó. ¿Cuánta sangre había perdido
ya? Seguramente esa pérdida le provocaba
ese mareo cada vez más intenso.
“De
un momento a otro voy a caer”, pensó, “¿Quién sabrá de mí?” “¿Alguien llegará a
tiempo para salvar mi vida?”
Había
sido escogido para ser el victimario y ahora él era la víctima. Pero su
ultima presa estaba casi intacta, su piel blanca, casi pasivamente
aguardándolo. Ya había dado cuenta de
los dos primeros, había visto sus entrañas desechas bajo la luz de esa lámpara
fluorescente vieja y ruidosa. Había disfrutado al hacerlo, prolijamente, con
precisión de cirujano, felicitándose por el resultado. Pero en la tercera,
cuando había asestado el primer corte llegó la oscuridad y la estocada, el
dolor, el grito, la sangre… el silencio aterrador.
Intentó
afirmarse, tomó el cuchillo y se abalanzó sobre ella. Su propia sangre
salpicaba la piel blanca y se mezclaba con el líquido vital de su víctima que a
su vez penetraba en su herida y se clavaba como púas al rojo vivo… dolor y
sangre.
Como
pudo, no supo de qué modo, sintió que había terminado… ya estaba hecho. No
importaba nada más. Apoyó su espalda contra el mueble cercano y se dejo caer
lentamente deslizándose hacia el piso, hasta quedar sentado, obnubilado, casi
sin conciencia, buscó su herida y la apretó fuertemente. Una paz casi
definitiva, lo invadió.
Nunca
supo cuanto tiempo transcurrió, pero aturdido y somnoliento escuchó pasos en la
habitación contigua. Pasos que se acercaban, y esa voz:
- ¿Qué pasó?
- ¿Eh? ¿Qué pasó con
qué?
-
¡Con este
desastre! ¡Está todo manchado! ¿Te lastimaste?
-
Si, me corté el dedo, con el cuchillo, ¡pero lo hice!
-
¡Sí! ¡Hiciste un desastre, Marcos! ¡Sangre por
todos lados! ¿A ver que te pasó? ¡Manchaste todo y encima te desmayaste por un
cortecito de nada en el dedo!
- Si, claro: “De
nada, de nada…”, pero tenés que ver como chorreaba la sangre, ¡casi me muero!
- ¡Me voy a
morir yo para limpiar todo esto! ¡Sólo
te pedí que cortes dos tomates y una cebolla para la ensalada y esto parece una
escena de Freddy Kruger 3 !
-
¿Viste los
tomates? Los corté perfectos… dijo con orgullo mientras se incorporaba. Eso sí,
no sabés como arde la cebolla en la herida! ¡Terrible!
-
¡Sí! ¡Divinos!
Pero la cebolla parece remolacha, toda roja, llena de sangre… es un asco esto,
la tiro y corto otra. Por favor anda a
lavarte esa mano, ponete una venda y vení a comer.
-
“Bueno… ya vuelvo” dijo mientras se iba tambaleante y
mascullaba “Los corté perfectos...”
FIN
Nelson Acosta García
Bueno, muy bueno.
ResponderEliminarMiedo primero risas al final. Gracias Nelson.