Hay días en que siento que "hoy es el día", hay otros en los que siento que “ese” día, nunca llegará. ¿Seré un depresivo? ¿un bipolar? ¿un simple inconstante?
Siempre tuve la duda sobre ese sentimiento que por épocas me asalta casi cada mañana sin razón y sin preaviso y sin guardar un ritmo fijo “positivo-negativo”, pueden ser dos positivos y un negativo o al revés, o alternados perfectamente, o pequeñas seguidillas de uno u otro extremo.
A través de los años he intentado descubrir la pulsión natural de ese sentimiento que no condecía con un ser naturalmente optimista como soy. Debería amanecer sonriente y feliz por el nuevo día, siempre!... y dejar que luego la realidad me aplaste los sueños, pero no es el caso. Hace algún tiempo, sin embargo, pude descubrir algunas cosas respecto a este sentimiento y decidí volcarlas por escrito para ordenar mis pensamientos y tal vez, buscar cómplices que me digan: “a mí me pasa algo parecido”
Lo llamo “sentimiento” para definirlo de algún modo, no sé si lo sea. ¿Sensación? ¿Síntoma? ¿Crisis? , como quieran llamarlo, a mí “sentimiento” me pareció más benévolo conmigo mismo.
A ver si se los puedo explicar: es como respirar entrecortadamente, oxigeno que llega y oxígeno que no, es como latir uno mismo en disidencia con el corazón que alojamos; es casi impaciencia, casi alegría, casi ansiedad, casi excitación, casi miedo, pero nada de todo esto en realidad. Es paradójico, pero es profundamente vital. Me empuja a la vida. Me pide más respuestas. Me demanda más neuronas. Me corre por la sangre y me mueve visceralmente. Me lleva a los extremos y me reclama amor, ternura y dependencia, pero también deseo, sexo, trabajo y agotamiento físico. Me pide leer, construir, crear, gritar, correr y me pide gruñir, golpear y romper.
Es primal, es básico, es parte de mis entrañas.
No me sucede en determinados momentos de mi vida, en las crisis (emocionales o económicas o existenciales) o en los remansos de paz, no puedo identificar situaciones que me lleven a sentirlo, simplemente… sucede.
A esta altura, varios de ustedes, mis queridos y escasísimos lectores, dudarán de mi devaluada capacidad intelectual o peor aún, de mi salud mental por estas horas. Agradezco tal preocupación, pero descuiden, convivo con esto casi desde que tengo memoria (la tengo desde un poco antes de mis 4 años de edad. Si, fui poco precoz, es cierto…) y me he sostenido dentro de los parámetros “normales” (¿quién habrá decidido cuáles son, no?) sin ayuda química, hasta ahora al menos.
Por supuesto que todo esto no es liberado impunemente, sino sería un desquiciado de atar por el barrio. Pero es la primera vez que escribo sobre ello y por eso, ustedes hoy son mis secuaces en esta liberación literaria.
Volviendo al tema, era justamente intentar descubrir por dónde pasaba, o mejor dicho, de dónde venía tal sentimiento. Lo charlé con amigos de los normales, con amigos psicólogos, con amigos no tan amigos en alguna mesa o sobremesa (siempre hay vino en el medio, no sé por qué) con amigos más básicos y menos intelectuales. Por supuesto que muchas veces utilizando a una tercera persona como “el afectado”, de manera de esconder esta manía y ponerla en otro, para ocultar cierta vergüenza personal por mi rareza. Pero bueno, en este momento se están enterando, si, era yo!
La opiniones eran disímiles, algunos hablaban de serios desórdenes de personalidad, otros de abuso de alcohol y/o alucinógenos, pero a más de uno les ví brillar en sus ojos la llama de la identificación con el “afectado”.
De todos modos esto no se trata de buscar réplicas sino de contar lo que fui descubriendo.
Cada día en que uno amanece, se produces miles de reacciones químico-eléctricas en nuestro organismo, que producen desde la digestión y el mismo amor, hasta estos sentimientos particulares. La evolución de la vida humana y de la civilización han hecho (de algún modo y aunque no parezca) que la vida sea mas FÁCIL, para nosotros en términos relativos que para nuestro australopiteco antecesor. Ese viejo tío cavernario amanecía sin saber si iba a ser masticado por algún predador vecino y con las tripas crujiendo de hambre (sin delivery a la vista). La lucha por su supervivencia iba a ser feroz ese día como lo era en cada día de su vida, (cualquier parecido con nuestra vida de hoy es mera coincidencia) y su cerebro procesaba con cierta rapidez los indicios que la naturaleza le daba: caza o alimentos cercanos, predadores amenazantes merodeando, refugios, nidos o cuevas donde procurar pasar la próxima noche.
Allí, en el fondo de los tiempos, la incertidumbre de la supervivencia diaria, la adrenalina a chorros de la vida en juego, los músculos tensos preparados para la lucha, la caza o la huída, la necesidad vital del alimento, sumados al instinto básico de conservación de la especie, apareamiento o procreación, como quieran llamarlo los espíritus más delicados, sumaban para que las sensaciones ambiguas, de triunfo o fracaso, de vivir o morir, se agudizaran en los momentos de escasez de alimentos o en el invierno crudo y debían mejorar considerablemente ciertos días de buen clima, de estómagos mas completos, de predadores con menos necesidades inmediatas.
Hoy, instalados en esta vida un tanto menos riesgosa (el tio Australo, no vivía más allá de los 25 años en promedio) me encuentro con sensaciones o sentimientos muy parecidos a aquellos tan primales, aunque ciertamente adaptados a las tribulaciones de nuestra era, pero que hacen del devenir de cada día una amenaza constante a la monotonía y a la languidez. Hay pocas formas de combatir ese flagelo, pero tal vez, solamente tal vez, para justificar mi loco “sentimiento” diario, yo he encontrado, sin buscarla, esa forma básica de pelearle a la mediocridad conforme que habitualmente nos acosa.
Munido de esta explicación, he salido hoy al mundo a través de este Blog, donde intentaré transmitir algo de ese fuego/desgarro/pasión/deseo/necesidad/voluntad/dicha que me impulsa a escribir como una compulsión liberadora de ancestrales condicionamientos biólogicos, evolutivos y químicos, pero que seguirán siendo, pese a todas las letras derramadas, absolutamente inexplicables.
Por eso, de este modo, envío mi primer mensaje en una botella, no sé si buscando que me rescaten, no se si como experiencia sociológica, solo sabiendo que hoy mi aguja marcadora, mi instinto o mi sentimiento, me dijeron: “Hoy es el día”
Buenas noches.
me siento totalmente identificada!!! te felicito por el blog. sos un genio escribiendo. mucha suerte con la escritura y con todo aquello que sueñes. un beso emi
ResponderEliminarcomo te quiero.
ResponderEliminarBueno, muy bueno.
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