¿Se puede volver a empezar?
¿Siempre?
¿En cualquier momento?
¿A cualquier edad?
¿De cualquier manera?
Estas y varias preguntas más por el estilo, acosan mis sobrecargadas y
ya decadentes neuronas en esta época de mi vida y las respuestas se van
acumulando como las hojitas que caen del calendario.
Vivimos pensando en lo que va a venir en el momento que llegue. Esa
“cosa” que no sabemos bien qué es, pero seguro que está buena. Culturalmente
recibimos una formación ordenadita de clase media que quiere superarse a través
de diversos bienes: educación, familia, vivienda, confort, retiro asegurado,
etc. y aunque sea de manera inconsciente vamos marcando esos pasitos creyendo
inocentemente que somos revolucionarios en nuestros 20, exitosos en nuestros 30
y definitivamente sabios en los 40.
La verdad tiende a derribar todo esto rápida y fácilmente, como si fuera
la casa del primer chanchito. Sobre todo en nuestro país, donde aquel sueño
integral de “casa/comida/educación” era un paradigma de nuestros padres,
heredado de la búsqueda desesperada de (probablemente) nuestros abuelos y/o
bisabuelos inmigrantes de una Europa devastada por las guerras y las hambrunas.
Una vez comenzado el sueño americano, nada podía sucedernos mejor que
cumplir con esos paradigmas de exitoso clase media, de “m´hijo el dotor” y
nuestros padres intentaron a duras penas obtenerlo. Había una edad para
empezar, otra para cumplir cada uno de los pasos y otra para retirarse.
Pero nadie contó con que el mundo iba a cambiar tanto.
Las comunicaciones, motor principal de la globalización real, hicieron
que todo aquel paradigma exitoso se convirtiera en una olla de espeso caldo
hirviendo, donde se cocinaron a fuego lento los sueños de un par de
generaciones rioplatenses.
Y llegaron los sesentas, con su carga hippie de amor y alucinógenos,
planteando que “all you need is love” y se empezó a caer la estantería.
Como aquel incauto que quita la lata de abajo de toda la pila del
supermercado, los franceses (cuándo no) y los jóvenes de la época derribaron
mitos y conceptos tan machacados, que esa generación se fue quedando sin
sostén, sin certezas, sin lugares seguros donde enfocar su vida, al menos desde
los clichés habituales. Eso es volver a empezar, ¿no?
Y tal vez eso fue lo que llevó a que ese par de generaciones termine
buscando principios y finales todo el tiempo. ¿Adónde podemos empezar, si se
terminaron las referencias?
Y ahí llegamos al tema del título, volver a empezar.
Que no es solamente el título de una canción de Alejandro Lerner, sino
una visión, una necesidad, una búsqueda de muchos, sobre todo en esta Argentina
cíclica, que alterna dos o tres años de bienestar relativo, con seis o siete de
crisis devastadora, como mínimo.
El profesional liberal, el empleado raso o el ejecutivo superior, pasan
por un sinfín de peripecias para construir algo que le permita sentir que el
esfuerzo valió la pena, pero lamentablemente, en un enorme porcentaje, jamás lo
logran. Quedan divorcios, matrimonios, familias, profesiones y títulos
universitarios en el camino, en la búsqueda inerte de la vida de confort
razonable.
Y pasan los años, y la vida de cada uno de nosotros comienza a tener una
fecha futura que no queremos y una fecha pasada que ya ni recordamos o, mucho
peor, la recordamos como si hubiera sido ayer. Y fue ayer.
Pero, ¿Entonces? ¿Cuál es la opción?
La opción es elegir del escueto menú que la vida nos ofrece y en eso
estamos muchos.
Volver a empezar, a determinada edad, parece ser una utopía juvenil a destiempo
pero debiéramos considerar la posibilidad de que sea una elegante y poderosa salida
a esta vida sin alicientes o metas de largo plazo que puedan obtenerse o
plantearse siquiera.
Recomenzar de nuevo cada tanto tiene un efecto purificador en el proceso
de acumulación con el que recorremos la vida. Y no se trata sólo de acumulación
material, que siempre la hay, sino de la otra, la de acumular experiencias,
vivencias, situaciones, proyectos, intentos y frustraciones. “Limpiar” un poco
ese material acumulado y seguramente algo tóxico, tal vez nos permita pasar de
etapa y desprendernos más y más con cada recomienzo.
Vaciamos parte del placard y bajamos parte de los malos recuerdos y de
los malos resultados obtenidos, todo se va por el mismo caño, siempre y cuando
esta catarsis tenga un objetivo propuesto y noble.
Desprenderse de relaciones, historias y experiencias, junto con esa
remera que amamos pero que venció hace mucho o esas zapatillas de tenis que no
acumularon ni un gramo de polvo de ladrillo en años, nos permite recorrer el
resto del camino más livianos.
Los hijos tienen un camino marcado (espero que no muy marcado), una
senda que acompaño cada día y cada día desde más lejos, a propósito, para que
se vayan creando sus propios comienzos sin imposiciones ni modelos paternales.
Cuesta y reconforta a la vez saber que uno ha hecho su trabajo, que cada vez
nos necesitan menos. La búsqueda de su propia felicidad es el comienzo que les
espera. Sólo puedo enseñarles a buscar.
Podemos renovar los compromisos afectivos, esos que siempre necesitamos
y que sabemos nos acompañaran en el próximo recomienzo, pero es una elección
personal y no una consecuencia evolutiva de la interminable serie de
requerimientos que nos impusieron de pequeñitos, sin tener en cuenta los
tiempos que venían.
Las nuevas alforjas, afortunadamente, son mucho más pequeñas en cada recomienzo,
será por eso de: “me llevo lo puesto” que hace que sea más valiosa alguna experiencia
bizarra que llevamos en la memoria, que
los resúmenes del banco de hace cinco años o el comprobante de pago del
monotributo de hace ocho que están guardados en un sobre de papel madera quién
sabe en qué armario.
Y el volver a empezar implica firmar nuevos pactos con los afectos que
seguirán “afectados” (valga la redundancia) por nuestro nuevo comienzo.
Establecer nuevas pautas de intercambio, no en forma taxativa, sino al
menos provisoria hasta que la vida, como siempre, decida esas pautas por su
propia sinrazón.
También requiere reformular los objetivos de “posesión” en términos
materiales, pero como decíamos antes, claramente nos vamos despojando de mucho
y eso nos hace mejores, más accesibles a ciertos grados de felicidad y sobre
todo más ágiles para recomenzar la próxima vez, si es que la hay.
Hace poco, a una querida amiga le gustó esta palabrita que usé:
“desposeer” y creo que ése es un punto.
Antes que me lo hagan notar, aclaro que no soy partidario del recomienzo
permanente, ni siquiera creo que uno deba (o pueda) hacerlo más de dos o tres
veces en la vida, pero (¿quién puede afirmarlo?) no se trata de “deber” sino de
“poder” o de “necesitar”. Seguramente algunos necesitan más recomienzos (palabrita
inventada) y otros necesitan menos. O ninguno quizá.
Yo lo necesito. Necesito volver a empezar cada tanto, cada ocho, diez,
doce o trece años. No es algo que traiga masticado hace mucho, pero el repaso
simple de mis años de adulto me llevan directamente a entender esto.
Pasé varias etapas, la de formación personal, la de cumplir con el
libreto: profesional, matrimonio, hijitos y luego, como corresponde, la de la “crisis
del modelo” (de vida, aclaro), la de la reconstrucción y siguen las firmas…
Tuve recomienzos muy difíciles, dolorosos e inevitables, sobre las
ruinas aún humeantes de lo anterior. Tuve algunos más livianos y placenteros y,
definitivamente, tengo un “volver a empezar” muy próximo y necesario.
Barajar y dar de nuevo.
Tengo la alegría de poder hacerlo sin que nada ni nadie me obligue, más
que ese impulso primal que siento. Este próximo recomienzo es tranquilo y meditado,
deseado y autopermitido. Tengo buenos compañeros de viaje y no quedarán ruinas
humeantes detrás de mí, sólo cargas que no necesito, ropajes que ya no usaré,
ambiciones que se deshilacharon con el tiempo y que ya no me interesan ni valoro.
Los pies descalzos, las manos listas a trabajar y el amor conmigo en un
bolsito. No necesito más. Lo que tuve o quise tener, ya no me hace falta. Lo
que tengo y quiero mantener a mi lado, se viene conmigo.
Ya lo dijo Lerner:
“Volver a empezar, que aún no termina el juego, queda mucho por andar”
Buenas noches, Pocas noches.