En estas épocas de tanta
autoayuda, meditación, energías positivas, alimentación sana y otros etcéteras para la vida, resulta que uno se encuentra
ante la peregrina idea de tratar de llevar a cabo un plan para “su” propia
vida.
Planificar algo, en fin,
proyectarse o como quieran llamarlo.
Es entonces cuando entran en
escena todas estas nuevas tendencias del pensamiento unido a la acción, de la
meditación profunda y las energías concentradas en los objetivos, etc. que
abundan en las revistas femeninas y en las de interés general como nuevos
oráculos del saber vivir/comer/respirar/etc..
Conste que valoro todas y cada
una de las creencias, prácticas, sistemas y entrenamientos orientados a hacer
de la propia vida un mejor lugar. Puede que a uno le resulte una cosa y a otro
alguna alternativa, pero siempre que sea para ser un poco más feliz y en algún
caso lo consiga, no se puede objetar ninguna variante. Sólo es cuestión de
gustos.
Uno escucha conversaciones o
frases del tipo: “A mí el Reiki no me funcionó pero con medicina ayurveda logré
mejorar mucho mi tracto intestinal” o tal vez “¡No! Te juro que no son
anabólicos, solo semillas de chía con jugo de clorofila de cilantro en licuado
por la mañana más la práctica de Chi kung diaria, así logré mejorar mi físico y
mi mente” y otras expresiones parecidas.
Y volviendo al planteo inicial,
pareciera que tener dudas y/o incertidumbres en estos tiempos es casi una
tontería, habiendo tantos recursos emocionales, intelectuales y físicos disponibles
en revistas, libros, cursos, talleres, coachings e Internet toda.
Pero a uno le cuesta. No sé si
debería mejorar primero mi alimentación o mi autoestima, no sé si entrenar mi
respiración o repasar mi lista de objetivos cada día en ayunas. Se me mezcla la
verdura de hoja verde con la profecía autocumplida y no sé cuál es el día
adecuado (¿o noche?) para exponerme a la energía lunar que me favorece.
Paradójicamente, tengo una
ensalada “integral” en la cabeza, que obnubila el ya desguarnecido por la sociedad
y casi extinto “sentido común”.
Y de eso se trata, tal vez. De
pensar la vida como se hacía antes, con la vieja escuela del paso a paso, de
afirmar logros pequeños para que la suma nos dé un resultado cada vez más
cercano a los objetivos que uno se va imponiendo. Y por qué no, sumar los
“tips” que cada una de las nuevas vertientes nos ofrecen.
Pero el caso es que tengo un plan,
un proyecto, un sueño y resulta que me propuse cumplirlo, antes o después, pero
desde la propia convicción de sentir que eso es lo que quiero para mi vida (ya
aprendí a no decir cosas como “el resto de mi vida”)
El tema es llevarlo a cabo y descubro
que aparte del sentido común, voy abrevando en todas las vertientes,
posibilidades y sugerencias de la gente que rodea mi propia vida. No puedo
menos que agradecer la gran alegría y apoyo que me expresan todos y cada uno de
los que se van enterando y por los comentarios veo que en el imaginario de la
gente (por lo menos la de esta ajetreada Buenos Aires) la idea de irse a vivir
y trabajar a una playa en el vecino Brasil, parece más una recompensa merecida
que un destino vital. En muchos casos me han dicho: “¡Qué bueno! Te lo
merecés…” cosa que agradezco del mismo modo percibiendo que ven el proyecto de
vida como un premio al esfuerzo previo. Pero al fin y al cabo no es más que una
elección del modo en que quiero vivir (“queremos”, somos dos en este barco),
una forma de cambiar lo que hemos vivido hasta ahora y darle un salto de
calidad. Entiendo calidad como más tranquilidad, vivir con lo necesario y
disfrutar de los días sin correr la carrera por los ingresos, por recuperar el
tiempo perdido en ir de aquí para allá, por evitar la violencia diaria de la
calle, de los medios, de la gran ciudad, entre otras cosas.
Recuerdo hace pocos años una
publicidad de una gaseosa ligth, que animaba a todos a cambiar las gaseosas con
azúcar por la dietética como un desafío personal usando como disparadores varios “objetivos o
deseos” que la gente siempre se plantea pero que nunca cumple. Hace poco,
hablando con un creativo de publicidad (ya en otra agencia) que participó de
aquella campaña me contaba que hicieron una encuesta previa a esa producción
para determinar cuáles eran los objetos y situaciones de deseo más habituales
de los argentinos y claramente y en primer lugar aparecía “tener un barcito en
la playa” y obviamente “la playa”, significaba Brasil en un altísimo porcentaje.
Por eso la escena más festejada de ese comercial era el brindis “por el que se
animó, largó todo y se puso el barcito en la playa” y esa playa estaba llena de
palmeras y vegetación tropical… no era Villa Gesell, ¿no?
Esto explica un poco esa alegría
que le genera a la mayoría de la gente cuando les cuento mi proyecto. En el
fondo todos tenemos algo de ese sueño dando vueltas. Pero claro, la diferencia
es cuando se sorprenden del hecho de que estamos estudiando el idioma,
visitando la Embajada, etc. y el famoso “sueño” se convierte en algo más
tangible. Tampoco vamos por un “barcito”, pero vale la diferencia.
No voy a negar que estamos
tratando de darle entidad al sueño, pero es real también que genera
incertidumbre, dudas y cuestionamientos propios y externos, pero vamos
aprendiendo paso a paso la forma de llevarlo adelante, de a poco y sin pausas.
También hay motivaciones que no
son positivas, obviamente. Nuestro país (soy uruguayo, pero me crié y
desarrollé mi vida en Argentina, tengo padres e hijos argentinos y formo y me siento parte de este país) no ha sido muy
receptivo con mis esfuerzos ni con los de dos o tres generaciones más y lo que
nos va devolviendo después de muchos años de estudio, trabajo y lucha es más
parecido al sinsabor perenne que al beneficio del bienestar mínimo.
No quiero más. No puedo más.
Pido, quiero, reclamo y sobre todo busco y procuro darme y darnos otra vida: mejor, posible, tranquila, de trabajo y de disfrute. Mis hijos son grandes y están en la última parte de su formación educativa que me ha costado y me cuesta un esfuerzo enorme, pero que orgullosamente he podido sostener muchos años a costa de muchos sacrificios y resignaciones.
No quiero más. No puedo más.
Pido, quiero, reclamo y sobre todo busco y procuro darme y darnos otra vida: mejor, posible, tranquila, de trabajo y de disfrute. Mis hijos son grandes y están en la última parte de su formación educativa que me ha costado y me cuesta un esfuerzo enorme, pero que orgullosamente he podido sostener muchos años a costa de muchos sacrificios y resignaciones.
Pero ya está, ahora tengo mi nuevo proyecto de vida. Increíblemente después de toda una vida donde me ha sido
literalmente imposible proyectarme, hoy puedo verlo con más claridad, necesito
cada vez menos para disfrutar cada vez más.
Y ojo, también tengo un plan B, por si acaso, por si
necesito tomar otras decisiones, pero el objetivo es el mismo.
¿Qué tengo hoy? Casi nada. ¿Sueños? Sí, claro.
Pero tengo ganas, tengo estímulos,
tengo deseos del cambio. En esta vida cíclica que he llevado claramente tengo
períodos que promedian los 10 años, al final de cada uno de los cuales se
impone un cambio, una vuelta de tuerca, una modificación de los planes.
Y este es el momento.
No es un momento exacto, cortado
a tijera y con fecha predeterminada, pero es el momento cuando uno sabe que ya
está, llegó, hay que cambiar.
Y me siento acompañado. Algunos
de los queridos seres que acompañan mi vida me apoyan, me bancan y me impulsan,
otros me muestran sus objeciones y dudas, pero todos desde el afecto más
genuino.
Y volvemos al sentido común del
que hablábamos antes, ese que hoy nos mueve a seguir trabajando como cada día,
con responsabilidad y esfuerzo, pero tomando el impulso en lo que viene o queremos
que venga.
Proyectos, planes, deseos,
cambios, podemos llamarlos como quieran, pero a mis flamantes 50 he descubierto
que lo que quiero está ahí nomas, cerquita, al alcance de la mano.
Y no se ilusionen, voy a seguir
escribiendo. Desde acá, desde allá, desde donde sea. Porque también es parte
del sueño.
Lo estoy planeando, lo estoy
soñando y de a poco, día a día… lo estoy
realizando.
Ya tendrán novedades.
Pocas noches y buenas noches, mis
pocos, buenos y queridos lectores.