lunes, 27 de febrero de 2012

Acero y Sangre

La hoja de acero afilada se hundió en la carne, abriendo un surco limpio y definido en la piel pálida. La sangre comenzó a brotar inmediatamente, descontrolada, caliente, vivaz; formó un caprichoso dibujo sobre la dermis ultrajada y se amontonó desordenada sobre la herida.

Él intentó sobreponerse a la sensación del acero frío dentro suyo y al dolor agudo y repentino. No lo esperaba, no creyó que le pudiera suceder a él, aunque ella se lo había advertido. Quiso gritar.

Las gotas de sangre invadieron toda la escena, desordenadas, chorreantes, densas; una tras otra se unieron formando figuras sobre la superficie y acomodándose guiadas por la gravedad, se unieron a los demás fluídos y formaron un pequeño riacho de color oscuro que buscaba un cauce donde desaguar.

Sintió que el líquido ácido y penetrante se filtraba en la herida y las punzadas de dolor se hicieron más intensas. La sangre no cesaba de manar. Reprimió un grito de dolor para no delatar su herida, su ubicación, su error, este error que estaba pagando con su propia sangre, con su carne lastimada y devastada.
La herida latía rítmicamente, acompasada con el dolor. Se le nubló la vista, sintió que podía desmayarse en cualquier momento, buscó donde afirmarse para no caer. El liquido rojo y espeso ya teñía el agua completamente

¿Cómo había llegado a eso? ¿Por qué a él? Justamente a él que se había ofrecido inocentemente a realizar esa faena peligrosa, ingrata. ¿Inocentemente?  Bueno, tal vez eso era lo que intentaba transmitir a los demás y a si mismo, pero la culpa y la necesidad de demostrar algo más, lo habían impulsado. No era una oferta inocente, muy por el contrario era tendenciosa y especuladora. Quería demostrar que podía hacerlo, por más desagradable que fuera. Lo que no calculó, fueron los riesgos. No imaginó que su propia supervivencia podía estar en juego.

Apretó sus mandíbulas reprimiendo otro alarido de dolor, de bestia herida; quería insultar, gritar hasta perder la voz, pero debía soportarlo si no quería ser descubierto.  Si aún le quedaba alguna esperanza, debía terminar la tarea que le habían encomendado, aun a costa de su propia sangre. ¿Podría hacerlo sin sucumbir? ¿Cuánto tiempo más iba a mantenerse lúcido?  Intentó mantenerse alerta recordando alguna otra situación similar. Algunas pocas veces había tenido faenas similares y más de una vez, su sangre había sido el precio. Pero esta vez todo había ido más allá. Mucho más allá.
La herida era más profunda que nunca, imaginó. ¿Cuánta sangre había perdido ya?  Seguramente esa pérdida le provocaba ese mareo cada vez más intenso.
“De un momento a otro voy a caer”, pensó, “¿Quién sabrá de mí?” “¿Alguien llegará a tiempo para salvar mi vida?”

Había sido escogido para ser el victimario y ahora él era la víctima. Pero su ultima presa estaba casi intacta, su piel blanca, casi pasivamente aguardándolo.  Ya había dado cuenta de los dos primeros, había visto sus entrañas desechas bajo la luz de esa lámpara fluorescente vieja y ruidosa. Había disfrutado al hacerlo, prolijamente, con precisión de cirujano, felicitándose por el resultado. Pero en la tercera, cuando había asestado el primer corte llegó la oscuridad y la estocada, el dolor, el grito, la sangre… el silencio aterrador.

Intentó afirmarse, tomó el cuchillo y se abalanzó sobre ella. Su propia sangre salpicaba la piel blanca y se mezclaba con el líquido vital de su víctima que a su vez penetraba en su herida y se clavaba como púas al rojo vivo… dolor y sangre.

Como pudo, no supo de qué modo, sintió que había terminado… ya estaba hecho. No importaba nada más. Apoyó su espalda contra el mueble cercano y se dejo caer lentamente deslizándose hacia el piso, hasta quedar sentado, obnubilado, casi sin conciencia, buscó su herida y la apretó fuertemente. Una paz casi definitiva, lo invadió.


Nunca supo cuanto tiempo transcurrió, pero aturdido y somnoliento escuchó pasos en la habitación contigua. Pasos que se acercaban, y esa voz:

-        ¿Qué pasó?
-        ¿Eh? ¿Qué pasó con qué?
-          ¡Con este desastre! ¡Está todo manchado! ¿Te lastimaste?
-          Si, me corté el dedo, con el cuchillo, ¡pero lo hice!
-          ¡Sí!  ¡Hiciste un desastre, Marcos! ¡Sangre por todos lados! ¿A ver que te pasó? ¡Manchaste todo y encima te desmayaste por un cortecito de nada en el dedo!
-      Si, claro: “De nada, de nada…”, pero tenés que ver como chorreaba la sangre, ¡casi me muero!
-       ¡Me voy a morir yo para limpiar todo esto!  ¡Sólo te pedí que cortes dos tomates y una cebolla para la ensalada y esto parece una escena de Freddy Kruger 3 !
-          ¿Viste los tomates? Los corté perfectos… dijo con orgullo mientras se incorporaba. Eso sí, no sabés como arde la cebolla en la herida! ¡Terrible!
-          ¡Sí! ¡Divinos! Pero la cebolla parece remolacha, toda roja, llena de sangre… es un asco esto, la tiro y corto otra.  Por favor anda a lavarte esa mano, ponete una venda y vení a comer.
-          “Bueno…  ya vuelvo” dijo mientras se iba tambaleante y mascullaba “Los corté perfectos...”

FIN

Nelson Acosta García