Juan
caminó los cinco pasos que lo separaban de la puerta de la cafetería
recientemente inaugurada cerca de su casa. Como ya había repetido varias veces
la rutina, se acomodó detrás de las dos personas que esperaban a ser atendidas.
Miró distraídamente las mesas ocupadas buscando donde podría ubicarse luego.
No
había espacios libres, así que pensó en subir las escaleras buscando el sector
del primer piso del viejo caserón reciclado en cafetería. Ya con su café moka con
helado de crema en mano, pensaba cual era el motivo extraño que lo atraía hacia
aquel lugar ya que él era un amante del café “espresso” bien fuerte, corto,
italiano y la simple mirada hacia su mano que sostenía el enorme vaso con
helado y café lo hizo sonreír.
Le
atraía la calidez del lugar y su tranquilidad, luego del furor de la
inauguración, los pequeños grupos de adolescentes habían dejado de concurrir en
oleadas y de a poco se iban afianzando los clientes habituales. Mientras subía
la escalera de madera, la música de fondo se sentía suave y agradable y le
gustó descubrir que sólo había un hombre sentado en todo el primer piso, junto
a la mesita baja de la ventana grande. Desvió su camino hacia la salita
contigua, más pequeña aún y nuevamente sonrió: ¡no había nadie allí!
Cada
vez más cómodo, aprovechó uno de los sillones grandes junto a la mesa central y
se instaló allí. Apoyó su maletín en el sillón contiguo, su café en la mesa,
extrajo del maletín su notebook y la encendió mientras la acomodaba enfrente
suyo. Había sol en la ventana y las hojas de los árboles se movían con el
viento suavemente. Era un martes de otoño perfecto.
Se
dispuso a trabajar un tiempo abriendo hojas de cálculo y consultando datos en
Internet, mientras saboreaba el helado que se derretía lentamente con el calor del
café. Le fascinaba aquella combinación frío-calor dulce y era un pequeño exceso
que se permitía.
Juan
tenía un buen estado físico, nadaba una o dos veces por semana, a veces lo
combinaba con el gimnasio y corría sólo 4 o 5 kilómetros , dos
veces por semana con lo cual no necesitaba una dieta estricta, pero intentaba
no excederse mucho en sus comidas. Había cumplido 40 años hacía pocos meses y
estaba logrando la estabilidad económica que buscaba. Su pequeña consultora
administrativo-contable le rendía razonablemente y podía darse algunos gustos,
algunos viajes, buenos restaurantes y algunos signos de cierto status social y
económico que había perseguido con mucho deseo.
Mientras
tecleaba en su computadora, escuchó que los escalones de madera crujían suavemente,
lo cual le hizo desear de forma infantil que, quien fuera que subiera, se
quedara en la sala grande y le respetaran su “privacidad”. No pudo menos que
reírse de su propia exigencia.
Aguzó
el oído y ya escuchando pasos los últimos y más cercanos escalones, reconoció
pisadas femeninas. El suave esbozo de un perfume que llegó hasta su nariz, se
lo confirmó. Los pasos se detuvieron al fin de la escalera, se aquietaron unos
segundos, mientras Juan se concentraba tontamente para que la recién llegada, se quedase en la
sala grande. Luego un paso, se detuvo, dos pasos más, se detuvo nuevamente y
luego comenzó a caminar hacia donde Juan estaba. No la veía pero reconoció nuevamente
pisadas de tacos femeninos que le confirmaban su intuición. Intentó no mirar la
entrada de la salita y clavó su vista en la pantalla.
Tac,
tac, tac, tac. Se detuvo. No había forma de no darse cuenta que se había parado
en la entrada. Juan
sentía su presencia y levantó la vista. Recorrió de abajo hacia arriba toda su
presencia: botas cortas marrón gastado con un delicado y altísimo taco que se
ocultaban bajo los jeans azules y llevaba una túnica amplia, suelta, en tela rústica
color natural, un sweater marrón claro de hilo abierto, asimétrico, con largas
puntas cayendo, el cabello castaño muy claro, casi rubio y abundante caía sobre
sus hombros. Recordó cada detalle. Aquella vez vio su rostro por primera vez,
nunca pensó que jamás iba a olvidarlo.
Llevaba
una cartera bolso amplia al hombro del color de sus botas y Juan llegó a su rostro
sonriente, recorriendo con sus ojos que subían, las manijas del bolso, su
cabello, sus hombros y… ella. Ojos entre grises y azulados, bellos labios
apenas maquillados y dientes blanquísimos
Sonrió
en forma dulce y devastadora mientras lo miraba y a Juan, esas décimas de
segundo le parecieron casi un “siempre”
-
“Disculpame,
¿te molesta si te robo un lugarcito aquí en tu oficina?” dijo pícaramente.
-
“Eeeh… no, no
es mi ofi... ¡sí, claro! Por supuesto…digo, ¡no! ¡No me molesta!
No
quiso imaginar Juan el color de su rostro y su sonrisa tonta mientras
balbuceaba esas palabras. Ella soltó una pequeña risita y caminó atravesando la
salita pasando frente a él y a su mesa. Tac, tac, tac, tac, tac, tac, sus
largas piernas daban pasos seguros, elegantes y femeninos. Se sentó en una
silla vieja muy cómoda, junto a la mesa que estaba bajo la ventana soleada.
Juan siguió su recorrido con sus ojos sin poder dejar de mirarla. Seguramente a
ella le pareció divertido y sabía que él la miraba. Se quitó el
sweater, dejando a la imaginación de Juan el cuerpo delgado, firme y atractivo
que ocultaba delicadamente bajo su camisa, apoyó el bolsón en la silla a su
lado y extrajo de él un libro mediano de muchas páginas marcado con un colorido
señalador artesanal, tejido en hilos de lana con un pequeño cascabel pendiendo
de algunos de ellos.
Juan
recorrió sus manos que sostenían el libro, reconoció una alianza de compromiso
en su anular izquierdo, otros anillos de diseño en plata, dedos largos, blancos
y delicados, sus uñas apenas brillantes. De su cuello pendía un colgante
tribal, en metal plateado y finas tiras de cuero negro. Mientras seguía su
reconocimiento, tropezó su mirada con la de ella. Sintió que el rubor lo
invadía como hacía muchos años no le sucedía, se sentía un niño sorprendido en
una travesura y volvió a sonreír torpemente sin decir palabra cuando la dulce
sonrisa levemente inquisidora de ella lo atrapó.
Siguió
intentando trabajar en su notebook mirando de reojo cada tanto a esa imagen que
ocupaba toda su razón. El sol que se filtraba por la ventana, brillaba en sus
cabellos claros y destellaba en la habitación, o al menos eso creía ver Juan.
Sus
largas piernas cruzadas eran una invitación a la fantasía y cada ruidito que
ella hacía al apoyar su café, o su cucharita, o con el libro, eran motivo de la
atención absoluta de Juan, que intentaba sin ningún éxito disimular su pequeña
y repentina obsesión. Ella tendría unos 30 o 32 años como mucho o incluso menos.
Unos
cuarenta y cinco minutos después de haber llegado, aquella mujer cerró su
libro, lo guardó en su bolsón, levantó su teléfono celular, que sólo había
chequeado una vez, se colocó su saco, tomo su bolso y comenzó a caminar hacia
la salida de la habitación.
Juan
la siguió con los ojos hasta que volvió a escuchar su voz - “¡Chau! y…
¡gracias!” dijo sonriente y cómplice con un guiño.
La
vió caminar e irse, esta vez su cuerpo y su cabello le parecieron más
atractivos aún que al llegar y Juan creyó haberse escuchado decir, casi para si
mismo y en un susurro -“De nada…”
Esa
semana, Juan volvió todos los días a esa hora o un rato antes a la cafetería,
se ubicó mas cerca de la ventana, para intentar verla llegar. Se acomodaba en
los distintos sillones tratando de decidir que posición le era más favorable,
cómo verla mejor si se sentaba en el mismo sitio que el martes, cómo podría él
ubicado para estar en un ángulo mas favorecedor para iniciar una charla.
Pero
no, no volvió a aparecer en toda la semana. Una leve y desesperada tristeza lo
invadió el viernes, al irse del café.
El
lunes siguiente, volvió con energía renovada, pero su frustración se replicó
ante la ausencia de su nuevo objeto de deseo.
El
martes, ya resignado, volvió a repetir sus ritos abruptamente diarios, pero sin
prestar atención. En algún momento creyó oler aquel perfume que lo envolvió una
semana atrás, pero prefirió ignorarlo. Subieron algunas personas, bajaron otras
y cuando Juan ya estaba por desconectar su notebook escuchó: tac, tac, tac,
tac… y el sonido se detuvo.
Juan
giró su cabeza y la vió, parada en el mismo sitio que hacía exactamente una
semana, ya esta vez mirándolo sonriente. “Te invado de nuevo, ¿puedo?” Esta vez, Juan tuvo algo más de presencia de
ánimo: “Sentite como en tu casa, o como en la mía”
Se
felicitó a si mismo por la respuesta graciosa, inmediata y ambigua que había
improvisado y su masculino instinto de conquista se sintió poderoso. Juan tendía a autoevaluarse socialmente todo
el tiempo, en una práctica que no siempre era saludable para su ego.
Poco
más de media hora transcurrió, ella (Juan había decidido llamarla para sí
mismo, María, caprichosamente) recogió sus cosas y caminó hasta la escalera. Juan
intentó no mirarla, pero no pudo evitarlo cuando escuchó que sus pasos se detenían:
Tac, tac, tac…
Levantó
la vista y la vio, de espaldas hacia él, aun como si hubiera recordado algo.
Giró su cabeza y levemente su cuerpo y obviamente chocó su mirada con la de él
y le dijo: “Chau, ¡gracias!”; haciendo
un pequeño guiño cómplice que a Juan le resultó demoledor, inmediatamente
volvió la vista hacia el frente y se perdió escaleras abajo. Juan no atinó a
contestar nada; esa mujer, su belleza, su cuerpo, su estilo, su deliciosa
femineidad lo tenían atrapado y supo que no podría sacarla de su mente.
Durante
las siguientes doce semanas, Juan se encontró con María cada martes a la misma
hora, repitieron los mismos ritos, animaron brevemente unas pocas palabras más
cada vez, conversando brevemente sobre el clima o algún suceso que hubiera sido
noticia por esos días. Sin nombres, sin información uno del otro.
Juan
se desconocía. Era incapaz de avanzar un paso más, de convertir la mínima
charla cordial y de compromiso en algo más sustancioso. Subyugado por la presencia
de esta mujer, sus dotes de conquistador quedaban destrozadas al sentir su
perfume o ver sus ojos o sentir sus pasos. No era él.
A
la semana trece, sucedió algo inusual. María llegó algo más tarde que de
costumbre, su semblante no era el mejor. El brillo de su mirada se había
opacado. Sus respuestas fueron, de todos modos, cordiales y de compromiso,
esbozando una delicada y forzada sonrisa. Evidentemente no quería ser descortés
con Juan y hacía un esfuerzo. Obviamente Juan tampoco se animó a preguntar,
prefirió esperar una semana más y ahí si, esta situación lo había decidido,
iniciaría una conversación más profunda. Pese a la liviandad de sus charlas
habituales, sentía que ya había ente ambos una cierta confianza, una
familiaridad dada por esos ratos de silencio compartido, había llegado el
momento.
El
martes siguiente, el de la semana catorce, María no vino.
En
la semana quince, Juan estaba decidido y por qué no, preocupado. Por su falta
de iniciativa en las catorce semanas anteriores, por el rostro triste que había
visto en María esa última vez.
Ya
casi estaba por irse cuando escuchó sus pasos inconfundibles.
Instintivamente
se paró, necesitaba recibirla, de algún modo. La vió llegar al rellano de la
escalera con la mirada baja, concentrada en los escalones, unas gafas oscuras
tapaban sus ojos. Tac, tac, tac, tac..
Levantó
su mirada hacia Juan y comenzó a caminar hacia él. Juan se dedicó a mirarla
desde los pies a la cabeza y vió que ella se quitaba las gafas. Al ver sus
ojos, los descubrió llorosos, llenos de una infinita tristeza. Su corazón latía
desordenadamente, pugnando por salir de su pecho, lleno de congoja y
frustración, por lo que veía, por lo que sentía, por la impotencia que le
provocaba la visión de esa mujer triste y devastada a la cual lo unía,
seguramente, un sentimiento que no había reconocido hasta este momento.
Ella
se dirigió esta vez, directamente hacia él. Se detuvo a pocos centímetros de
Juan, mirándolo a los ojos desde sus ojos repletos de lágrimas quietas, Juan
respiraba aceleradamente y aspiraba ese dulce y soñado aroma de su perfume, de
su piel. María descargó su bolso en el sillón grande donde había estado sentado
Juan. Lentamente se acercó a él, mientras Juan instintivamente abría sus
brazos, ella recostó su cabeza entre el pecho y el hombro izquierdo de Juan y
comenzó a sollozar suavemente, con pequeños estertores.
Juan,
superado por la situación, la abrazó delicadamente pero con firmeza.
Juan,
nuevamente, no podía hablar.
La
dejó llorar sobre su hombro casi diez minutos, acariciando suavemente su cabeza
y su espalda, consolándola en silencio, hasta que lentamente se calmó.
Suavemente
fue liberándose del amoroso abrazo de Juan. Apoyó las palmas de sus manos sobre
el pecho de él, mientras Juan aun la sostenía por la cintura y ella se dejaba
sostener. Levantó la mirada hacia los ojos de ese hombre casi desconocido que
la tenia entre sus brazos y entre sus lágrimas esbozó una triste sonrisa con
sus dientes blanquísimos.
Acercó
su rostro lentamente hacia el de Juan, que por primera vez intentó hablar:
“¿Qué es lo q…?” ella lo interrumpió y tapó con un gesto de su mano derecha la
boca de Juan, implorando silencio.
Acercó
sus labios y comenzó a besarlo profundamente. Ese beso era conmovedor,
desesperado, necesitado, silencioso y lleno de dulzura. Juan sólo sentía que su
mundo se llenaba de estupor, de belleza, de tristeza, de dolor, de un deseo
demandante y ambiguo. No podía abstraerse del sabor de los labios de esa mujer
soñada y deseada tan intensamente. Pero no había euforia, no había sexo
urgente, ni afán de conquista. Sólo quería darle lo que ella necesitara en ese
momento, sólo quería borrar su tristeza de un plumazo, fuera como fuera. La
besó y se dejó llevar hacia donde fuera que ella iba.
Finalmente,
María se separó de Juan, que estaba inmóvil. Lo miró con dulzura y con sus ojos
húmedos y enrojecidos. Dio un paso hacia atrás, se reclinó brevemente para
buscar su bolso, lo colgó de su hombro izquierdo y comenzó a irse, mientras
seguía mirándolo.
Juan
nuevamente intentó decir algo, pero ella le dijo casi imperceptiblemente: “ No!
Por favor… no… shhh! “
Se
alejó caminando lentamente sin quitar la vista de su rostro. Al llegar a la
escalera, giró brevemente y lo miró a modo de despedida.
Tac,
tac, tac,… sus tacos retumbaron en la escalera, y Juan sintió que ese sonido
era devastador y poderoso, hasta que finalmente se diluyó.
Juan
no supo cuanto tiempo estuvo allí parado, inmóvil, en silencio, hasta que una
adolescente subió la escalera y lo miró extrañada. Tomando conciencia de la
incómoda situación, Juan comenzó a recoger sus cosas, echó un vistazo hacia
atrás al salir, como si estuviera dejando algo olvidado. La sensación que lo
invadía era extraña, triste y desesperante. Una profunda tristeza lo acompañó
en su salida.