lunes, 4 de abril de 2011

Malvinas, el alma herida.

Para todos los que formamos parte de un modo u otro de la "Generación Malvinas", en estas fechas, las imágenes y los recuerdos se agolpan. Vuelvo a publicar aquí un texto que escribí el año pasado, referido al tema. Vaya como un homenaje permanente a todos los que dejaron o se jugaron la vida en una guerra que nadie quería. Gracias por acompañarlo leyendo,

Islas del Sur

Epopeya cobarde contra el viento helado.

Escribo sangre en las noches, de fogonazo y metralla.
Escupo balas secas, como voces de mando ausentes.
Yo, mi pozo zorro y el crepúsculo amargo.
Camarada de armas, pibe viejo de Corrientes, sin lustre y con mucha alma.

Tras su manto… me enseñaron en el Nacional, como previniendo…
Y sigue sudando agua helada la turba oscura. La niebla hostiga.
Pam! Pam! Pam! Vibra el FAL viejo y atorado. Nunca más de tres. Nunca más.

Ciego de santo y seña vá Corrientes a remplazarme en el pozo.
Grita a oscuras, mira sordo el silencio previo. Algo sabía. Pero no me contó.
Y yo vuelvo al trapo, carpa, sábana, manta, nada es eso, barro y espinillo. Y a tientas recorro la piedra ya partida por el plomo viejo, de ayer o de hoy quizás?
No, de hoy no.

Hasta ahora.
Ahora sí. Fogonazo y bomba.
Y no sé si me duermo o me desmayo o me voló el seso derramado. Hasta la luz, nadie dijo nada.
Nadie estaba.
Ni el cabo, ni el sargento. Nadie.
Corrientes dejó su alma lustrada, partido al medio en la carne, su sangre ya congelada por la noche que pasó. Y yo apenas. Y yo a duras penas. Me levanto y veo.
Esa misma sangre pintó la piedra que recorrí anoche con mis manos. Pincel de metralla duro, dibuja salpicando.
Obra terminada.
Y si.
Guerra sin triunfos.

Soldadito sin dedos, sin piernas, sin alma.
No eras vos, ni yo. Debían ser ellos.
Chau Corrientes.

Nelson Acosta García
02/04/2010
(basado en el relato de un buen amigo, ex combatiente de Malvinas)

viernes, 1 de abril de 2011

Ciudad tomada

No sé cuando llegaron. No los escuché. No sé quienes son ni por qué o por quién vinieron.

Esa mañana apuré mi café negro sin azúcar y tomé mi abrigo y mi vieja carpeta de trabajo. Abrí con dificultad la antigua puerta cancel, luego la principal y salí a la calle. No los vi, ni sabía que allí estaban.
La gente caminaba nerviosa, exasperadamente malhumorada. 
-“Es lunes” – pensé.

Doblé en la esquina y recorrí unos 150 metros hacia la vieja estación de tren. Intenté sacar mi pasaje en la expendedora automática, pero la ranura de las monedas estaba bloqueada con una sustancia viscosa, amarronada. No me animé. Busqué la ventanilla de venta de pasajes que tenía un letrero obvio escrito a mano con bolígrafo azul en un cartón manchado y roto: “Ventanilla serrada, disculpe las molestia” (SIC). Caminé unos metros por el andén sucio, plagado de papeles y envases de quién sabe cuantas cosas e intenté sentarme en algún banco, pero todos se hallaban desvencijados y rotos claramente a patadas. La promociones de la empresa de trenes, empastaban las carteleras sin horarios siquiera.

-¿Nos estarán observando?- comencé a preguntarme sin conciencia casi…

Luego de una larga espera, el tren atronó la estación con el chirrido de sus frenos. Como pudimos, los que esperábamos en la estación entramos en esa descomunal lata de sardinas. Arrancamos.

Intentaba cerrar los ojos para aislarme de aquel insano apretujamiento, de los rostros duros que se veían cara a cara o a nuca o a oído, toses y miradas, desconfiando todos de cada uno de nosotros, cuidando carteras, bolsillos, cuerpos o maletines. Ninguna intimidad queda a salvo en esos momentos: los olores, la piel, las ropas, la mirada, el sudor; nada es propio.
Una conversación personal a los gritos por un teléfono móvil, presagiaba un hogar con problemas por la noche a la vuelta del trabajo.

El tren se detuvo. No podía ver siquiera por las ventanillas. Las puertas no se abrían. Giro sobre mi mismo, intentando ver algo más y arrastrando alguna mochila descuidada y logro ver que no hay estación, nos detuvimos en medio de las vías.

Diez, veinte minutos de espera, desde el vagón que nos precede llegan gritos, enojos, insultos.
Se abre una puerta y ventila brevemente ese ambiente pestilente y sofocante de decenas, cientos de personas encerradas en un vagón sin ventanas para abrir, pero cuyo aire acondicionado calienta, en lugar de enfriar ese infierno urbano.

De a poco, más insultos, más gritos, más reclamos, debemos descender del tren, descolgarnos por pequeñas escaleras de emergencia, ancianos, embarazadas, escolares. Entre las vías, los rieles electrificados y la mugre.
Salimos de allí como podemos, saltando un alambrado caído, dispersándonos como hormigas a las que le han pateado el hormiguero. Los vemos allí, son unos veinte empleados (o parecen serlo) de la empresa ferroviaria  que han cortado las vías, poniendo obstáculos y banderas, reclamando por la libertad de un viejo líder sindical apresado por asesinato.  Todos los trenes se han detenido. Todos.

Las hormigas buscan otro camino. El alimento debe llegar al hormiguero, pase lo que pase.

¿Quienes serán? ¿Qué aspecto tendrán? ¿Serán como nosotros?

A duras penas, recorriendo varias calles, un autobús me acerca cansinamente a mi destino. Igual que antes, repleto, sofocante.
Vuelvo a cerrar los ojos, el cansancio y el sueño me invaden. Pronto percibo que hace unos minutos que estamos detenidos. El ulular de sirenas, el ruido de motores, el smog, todo anestesia mis sentidos.

Algunos pasajeros comienzan a descender del autobús, hago lo mismo. Camino unas cinco calles atestadas con cientos de automóviles, taxis y autobuses detenidos, carburando su carburante a pleno humo.  Tocando sus bocinas, los conductores peleando unos con otros.
En ese lugar encuentro el motivo del atasco, banderas rojas,  banderas azules, gritos, cánticos, bombas de estruendo, peleas. Policías, caballos, armas. Una agrupación política corta la avenida para que el mismo viejo líder sindical siga en prisión. Ya no hay trenes, ni calles para circular.

Intento rodear la plaza para apurar mi paso, pero decenas de estudiantes acampan en la plaza y cortan la calle lateral y organizadamente nos desvían a los transeúntes hacia la otra calle. Por aquí no, “¡la Escuela está ocupada!” - nos gritan. Reclaman por calefacción para sus aulas y quieren ser ellos quienes elijan a sus profesores y a sus autoridades y dictar su propio código de convivencia y decidir lo que se debe estudiar.
“¡Democraticemos la Escuela!” nos siguen gritando adolescentes con capuchas y palos.

Hay periodistas, móviles, cámaras que corren de una a otra manifestación con nerviosismo, hacen preguntas, cientos de veces las mismas preguntas, cargan las tintas siempre sobre los mismos temas, salen en vivo, por TV, por radio. Cuando las cámaras se apagan, ríen y beben gaseosas.

¿Por qué vienen? ¿Vendrán por nosotros? ¿Por todos?

Finalmente y con mucho atraso, llego a mi viejo despacho, cuelgo mi abrigo y dejo la carpeta sobre el escritorio. Pienso en mi día, en mi trabajo, en todo lo que tengo por hacer  y ya no podré.

¿Se llevarán a los niños? ¿Buscarán alimentos o riquezas?

Enciendo la radio y  tiemblo al escuchar el breve noticiero: tres muertos en 12 horas, asesinados por robos o por venganzas o “pasionales” o por si acaso. Quiero olvidar todo para poder pensar en mi trabajo, pero no puedo.

Retumban en la ventana los golpes de los tambores que surgen de las entrañas de la ciudad, desde las escaleras del metro. De cada lado de la calle surgen grupos disidentes que pelean, gritan y se desafían. Se arrojan piedras y palos. El Metro de la ciudad está detenido, las vísceras vivas de la red urbana no se mueven, las hormigas salen de los agujeros y huyen despavoridas. Ya no eligen otro transporte, solo corren.

Ya están cerca, vienen por nosotros, de eso no hay dudas.

Van cayendo, minuto a minuto. Nadie avanza, Nadie retrocede. Nadie logra moverse.
Nadie trabaja, nadie quiere hacerlo. Nadie puede. La hormigas obreras se rebelan y paran. Nadie avanza, Nadie retrocede.

Siguen llegando automóviles y la ciudad colapsa. Ellos están ahí y parece que nadie los viera.
Pero yo si los veo, ¿los veo?. Los escucho. Los presiento. Aturdido camino por los pasillos del viejo edificio, abro el gran portón y salgo a la calle. Ellos están ahí. Me rodean. Nos rodean. No, ya no los veo, ni sé si ellos me ven.

Son como nosotros, supongo. Casi iguales. Gritan, corren, gimen y pelean. Como nosotros. Como ellos.

Busco alejarme, camino y corro, camino y corro. Logro encontrar un autobús que me aleje de allí.
Lejos. Donde ellos no puedan encontrarme. Donde nos ocultamos casi todos.

La ciudad queda en manos de ellos. La hemos entregado.

Consigo un coche y salgo por la ruta alejándome de la ciudad. 
Lejos, la carretera surca sinuosamente los sembradíos.
La ciudad era nuestra, es de ellos. Ellos son casi como nosotros.

Casi iguales.
Somos nosotros.

La ciudad está tomada. No debimos permitirlo. No debimos haberlo hecho.


Nelson Acosta García
Un humilde tributo al maestro Julio C.